Conciencia del tiempo
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Conciencia del tiempo

Por qué pensar como geólogos puede ayudarnos a salvar el planeta

Marcia Bjornerud, Mario Zamudio Vega

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Por qué pensar como geólogos puede ayudarnos a salvar el planeta

Marcia Bjornerud, Mario Zamudio Vega

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El tiempo es uno para los seres humanos y otro radicalmente distinto para el planeta en que vivimos. Agobiados por el fugaz presente, por la inmediatez de nuestros problemas y anhelos, solemos perder de vista el pausado ritmo que ha dado forma a este esferoide que gira en torno al Sol. Las transformaciones de la Tierra no s√≥lo son apasionantes ‚ÄĒtanto como los esfuerzos cient√≠ficos por desentra√Īarlas observando la corteza terrestre, extrayendo registros del hielo formado hace millones de a√Īos, leyendo en los f√≥siles que dan cuenta del auge y la ca√≠da de much√≠simas especies‚ÄĒ sino que pueden abrirnos la mente hacia una experiencia inesperada e iluminadora: la conciencia del tiempo.En estas p√°ginas, Marcia Bjornerud muestra c√≥mo la geolog√≠a proporciona una lente para mirar el tiempo de una manera que trasciende los l√≠mites de la experiencia humana. Luego de presentar la historia de c√≥mo los ge√≥logos han cartografiado los eones y las edades, de explicar ideas como la tect√≥nica de placas y otras fuerzas que han dado forma al paisaje actual, de esbozar una biograf√≠a de nuestra atm√≥sfera y de sintetizar los muchos episodios de cambio clim√°tico ‚ÄĒque culminan con el Antropoceno, la era geol√≥gica engendrada por la actividad humana‚ÄĒ, la autora demuestra que estudiar la ciencia de la Tierra es lo m√°s cerca que podemos estar de emprender un viaje en el tiempo."Como ge√≥loga, Marcia Bjornerud se mueve en muchos marcos temporales: la historia de la Tierra de 4?500 millones de a√Īos, el semestre acad√©mico, la rutina diaria. En este incisivo estudio, defiende la necesidad de una nueva alfabetizaci√≥n en geolog√≠a para as√≠ inculcar en la gente un conocimiento m√°s profundo de los ritmos y procesos planetarios."Barbara Kiser, Nature"La tesis central de Bjornerud es que tener m√°s personas que piensen como ge√≥logos, elev√°ndose por arriba de las preocupaciones cotidianas para comprender las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones, ayudar√° a la sociedad a superar muchos problemas que enfrentamos."David R. Wunsch, Science

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Information

Jahr
2020
ISBN
9786079861100

1. Un llamado a la conciencia del tiempo

Omnia mutantur, nihil interit
[Todo cambia, nada perece]
OVIDIO,
Metamorfosis, 8 d. C.

BREVE HISTORIA DE LA NEGACI√ďN DEL TIEMPO

Como ge√≥loga y profesora, hablo y escribo con cierta displicencia sobre eras y eones. Uno de los cursos que suelo impartir es Historia de la Tierra y la Vida, una revisi√≥n de la saga de 4500 millones de a√Īos del plane-ta, en un trimestre de 10 semanas; pero, como ser humano y, m√°s en concreto, como hija, madre y viuda, lucho como todos los dem√°s para mirar el Tiempo a la cara con honestidad; es decir, admito cierta hipocres√≠a al respecto.
La antipat√≠a por el tiempo nubla el pensamiento personal y colectivo. La ahora rid√≠cula crisis del a√Īo 2000 (y2k), que amenaz√≥ con paralizar los sistemas inform√°ticos y la econom√≠a mundiales cuando cambi√°ramos de milenio, fue causada por los programadores del periodo de 1960 a 1980 que, evidentemente, cre√≠an que el a√Īo 2000 no llegar√≠a nunca. Durante los pasados diez a√Īos, los tratamientos con b√≥tox y la cirug√≠a pl√°stica llegaron a ser considerados como una mejora saludable de la autoestima, antes bien que lo que realmente son: la evidencia de que tememos y detestamos nuestra falta de conciencia del tiempo. Nuestra aversi√≥n natural a la muerte es amplificada por una cultura que considera que el tiempo es un enemigo y hace todo lo posible para negar su paso. Como dijo Woody Allen: ‚ÄúLos estadounidenses creen que la muerte es opcional.‚ÄĚ
Ese tipo de negaci√≥n del tiempo, arraigada en una combinaci√≥n muy humana de vanidad y temor existencial, es quiz√° la forma m√°s com√ļn y comprensible de lo que podr√≠a llamarse cronofobia, pero existen otras variedades m√°s t√≥xicas que tambi√©n interact√ļan para generar un desconocimiento social persistente, obstinado y peligroso con respecto al tiempo. Ahora, ya en el siglo XXI, nos sorprender√≠amos si un adulto educado fuera incapaz de identificar los continentes en un planisferio; sin embargo, nos sentimos bastante c√≥modos con el olvido generalizado de todo lo que no sean los aspectos m√°s superficiales de la prolongada historia del planeta ‚ÄĒ‚Äú Mmm, el estrecho de Bering‚Ķ los dinosaurios‚Ķ ¬ŅPangea?‚ÄĚ‚ÄĒ. La mayor√≠a de los seres humanos, incluidos los de los pa√≠ses ricos y t√©cnicamente avanzados, no tienen un sentido de proporci√≥n temporal: la duraci√≥n de los grandes cap√≠tulos de la historia de la Tierra, los pulsos de cambios de los intervalos previos de inestabilidad medioambiental, las escalas de tiempo intr√≠nsecas del ‚Äúpatrimonio natural‚ÄĚ, como los sistemas de agua subterr√°nea. En nuestra calidad de especie, hemos mostrado un desinter√©s infantil y una incredulidad parcial en lo concerniente al tiempo anterior a nuestra aparici√≥n en la Tierra. Sin deseos por conocer las historias que carecen de protagonistas humanos, muchas personas simplemente no quieren ser molestadas con la historia natural; en consecuencia, somos intemperantes e intemporales: analfabetos en lo que al tiempo respecta. Al igual que los conductores sin experiencia pero con una confianza excesiva, pasamos con celeridad a trav√©s de paisajes y ecosistemas sin entender sus normas de tr√°nsito establecidas desde hace mucho tiempo y, entonces, cuando enfrentamos las consecuencias por ignorar las leyes naturales, reaccionamos con sorpresa e indignaci√≥n. Nuestra ignorancia de la historia del planeta socava toda reivindicaci√≥n que podamos hacer sobre la modernidad. Navegamos en forma imprudente hacia nuestro futuro, bas√°ndonos en unas concepciones del tiempo tan primitivas como un mapamundi del siglo XIV, cuando los dragones acechaban en los l√≠mites de una tierra que era plana: los dragones de la negaci√≥n del tiempo todav√≠a persisten en una asombrosa variedad del h√°bitat humano.
Entre los diversos enemigos del tiempo, el creacionismo y su idea de la Tierra joven es el drag√≥n que m√°s fuego arroja, pero al menos su postura es predecible. Durante los a√Īos en que he ense√Īado geolog√≠a en el ciclo universitario, he tenido estudiantes de antecedentes cristiano-evang√©licos que se esfuerzan de todo coraz√≥n por reconciliar su fe con la comprensi√≥n cient√≠fica de la Tierra. De verdad siento empat√≠a por su aflicci√≥n y trato de se√Īalarles las sendas que llevan a la resoluci√≥n de esa discordancia interior: en primer lugar, subrayo que mi tarea no consiste en confrontar sus creencias personales, sino en ense√Īarles la l√≥gica de la geolog√≠a (¬Ņgeo-l√≥gica?): los m√©todos y las herramientas de la disciplina que nos permiten no s√≥lo comprender c√≥mo funciona la Tierra en el presente, sino tambi√©n documentar con todo detalle su intrincada e impresionante historia. Algunos estudiantes parecen estar satisfechos con el hecho de mantener separadas la ciencia y sus creencias religiosas por medio de esa divisi√≥n metodol√≥gica, pero, con m√°s frecuencia, a medida que aprenden a interpretar por s√≠ mismos las rocas y los paisajes, las dos visiones del mundo les parecen cada vez m√°s incompatibles. En ese caso, recurro a una variaci√≥n del argumento expuesto por Ren√© Descartes en sus Meditaciones acerca de si su experiencia existencial era real o una elaborada ilusi√≥n creada por un demonio o dios mal√©volo.1
Al comienzo de un curso de introducci√≥n a la geolog√≠a, se comienza por comprender que las rocas no son sustantivos sino verbos, la prueba visible de ciertos procesos: una erupci√≥n volc√°nica, la acumulaci√≥n de un arrecife de coral, la formaci√≥n de una cadena monta√Īosa. Dondequiera que se mire, las rocas dan testimonio de eventos que se desarrollaron a lo largo de extensos periodos de tiempo; poco a poco, durante m√°s de dos siglos, las historias locales contadas por las rocas en todas partes del mundo han sido reunidas en un gran tapiz mundial: la escala del tiempo geol√≥gico. Ese ‚Äúmapa‚ÄĚ del tiempo geol√≥gico ‚ÄĒ‚Äútiempo profundo‚ÄĚ, seg√ļn lo postul√≥ Hutton y lo emple√≥ Lyell en sus Principios de geolog√≠a ‚ÄĒ representa uno de los grandes logros intelectuales de la humanidad, elaborado arduamente por los estudiosos de la estratigraf√≠a, los paleont√≥logos, los geoqu√≠micos y los geocron√≥logos de muchas culturas y creencias. Todav√≠a es un trabajo en proceso al que constantemente se a√Īaden m√°s detalles y cuyas calibraciones son cada vez m√°s precisas. Hasta ahora, en m√°s de 200 a√Īos, nadie ha encontrado una roca o un f√≥sil anacr√≥nicos ‚ÄĒes decir, a nadie le ha saltado una ‚Äúliebre prec√°mbrica‚ÄĚ,2 como supuestamente dijo el bi√≥logo J. B. S. Haldane‚ÄĒ que representar√≠a una incongruencia fatal en la l√≥gica de la escala del tiempo.
Si se reconoce la credibilidad del met√≥dico trabajo de innumerables ge√≥logos de todo el mundo ‚ÄĒmuchos al servicio de las compa√Ī√≠as petroleras‚ÄĒ y se cree en un dios creador, la elecci√≥n entonces estar√° entre aceptar la idea de: 1] una Tierra antigua y compleja con historias √©picas que contar, puesta en marcha hace miles de millones de a√Īos por un creador benevolente, y 2] una Tierra joven fabricada hace apenas unos cuantos miles de a√Īos por un creador taimado y embustero que plant√≥ pruebas enga√Īosas de un planeta viejo en cada rinc√≥n y cada grieta, desde los lechos f√≥siles hasta los cristales de zirc√≥n, habiendo previsto nuestras exploraciones y an√°lisis de laboratorio. ¬ŅQu√© es m√°s her√©tico? Un corolario de esta argumentaci√≥n, que debe exponerse con tacto y cuidado, es que en comparaci√≥n con la historia antiqu√≠sima, rica y grandiosa de la Tierra, la versi√≥n del G√©nesis es una simplificaci√≥n intelectual ofensiva, una simplificaci√≥n tan extrema que significa una falta de respeto a la creaci√≥n.
Aun cuando simpatizo con individuos que lidian con las interrogantes teol√≥gicas, no tengo tolerancia alguna con los que, bajo la protecci√≥n de organizaciones religiosas, sospechosamente bien financiadas, difunden con toda intenci√≥n la pseudociencia que empa√Īa el cerebro. Mis colegas y yo nos desesperamos ante la existencia de atrocidades como el Museo de la Creaci√≥n, con sede en Kentucky, y la desalentadora frecuencia con que aparecen los sitios electr√≥nicos de la Young Earth, la ‚ÄúTierra joven‚ÄĚ, cuando los estudiantes buscan informaci√≥n sobre, por ejemplo, la data-ci√≥n isot√≥pica. Pero yo no hab√≠a comprendido completamente las t√°cticas ni visto los largu√≠simos tent√°culos de la industria de la ‚Äúciencia de la creaci√≥n‚ÄĚ hasta que un ex alumno me alert√≥ de que uno de mis propios art√≠culos, publicado en una revista que s√≥lo los geof√≠sicos introvertidos y obsesivos le√≠an, hab√≠a sido citado en el sitio electr√≥nico del Instituto para la Investigaci√≥n de la Creaci√≥n. La frecuencia de las citas es una medici√≥n con la que el mundo cient√≠fico clasifica a los investigadores y la mayor√≠a de los cient√≠ficos adopta el punto de vista de P. T. Barnum en el sentido de que ‚Äúno existe tal cosa como la mala publicidad‚ÄĚ: cuantas m√°s citas, mejor, aun cuando las ideas de uno est√©n siendo refutadas o puestas en tela de juicio; pero esa cita era similar al respaldo de un troll en las redes sociales, un personaje grotesco por el que siento un profundo desprecio.
El art√≠culo trataba sobre algunas inusuales rocas metam√≥rficas presentes en la cordillera Caled√≥nica noruega, cuyos minerales de alta densidad son prueba de que se encontraban a profundidades de al menos 50 kil√≥metros en la corteza terrestre en el momento en que se estaba formando esa cadena monta√Īosa. Curiosamente, esas rocas se presentan como lentes y cu√Īas alargadas, intercaladas con masas rocosas que no sufrieron la conversi√≥n a formas minerales m√°s compactas. Mis colegas investigadores y yo demostramos que el metamorfismo no uniforme se deb√≠a a la naturaleza extremadamente seca de las rocas originales, que inhibi√≥ el proceso de recristalizaci√≥n: argumentamos que las rocas, con sus minerales de baja densidad, probablemente permanecieron en un estado inestable durante alg√ļn tiempo en la corteza profunda hasta que uno o m√°s terremotos fuertes fracturaron las rocas y permitieron que los fluidos se introdujeran y desencadenaran en ellas reacciones metam√≥rficas reprimidas durante mucho tiempo. Recurrimos a algunas restricciones te√≥ricas para sugerir que, en ese caso, el metamorfismo irregular podr√≠a haber tenido lugar a lo largo de miles o decenas de miles de a√Īos, en lugar de los cientos de miles a millones de a√Īos en que suelen ocurrir en esta clase de entornos tect√≥nicos. Esa ‚Äúevidencia de un metamorfismo r√°pido‚ÄĚ es lo que alguien del Instituto para la Investigaci√≥n de la Creaci√≥n tom√≥ y cit√≥, ignorando por completo el hecho de que se sabe que las rocas tienen alrededor de mil millones de a√Īos de antig√ľedad y que la cadena Caled√≥nica se form√≥ hace unos 400 millones de a√Īos. Me sorprendi√≥ darme cuenta de que hay personas con tiempo, entrenamiento y motivaci√≥n suficientes para navegar por las vastas aguas de la bibliograf√≠a cient√≠fica con el prop√≥sito de pescar tales descubrimientos, y que quiz√°s alguien les est√° pagando para que lo hagan. Lo que est√° en juego debe ser muy importante.
Con respecto a aquellos que a prop√≥sito confunden al p√ļblico con explicaciones falsificadas de la historia natural, en connivencia con las poderosas asociaciones religiosas para promover una doctrina que beneficia a sus propias arcas y sus programas pol√≠ticos, mi amabilidad t√≠pica del Medio Oeste llega a su l√≠mite. Me encantar√≠a decirles: ‚ÄúNo hay combustibles f√≥siles para ustedes (ni pl√°sticos, tampoco): todo ese petr√≥leo se encontr√≥ gracias a una comprensi√≥n rigurosa del registro sedimentario del tiempo geol√≥gico. Y tampoco hay medicina moderna para ustedes, dado que la gran mayor√≠a de los avances farmac√©uticos, terap√©uticos y quir√ļrgicos implican pruebas en ratones, lo cual solamente tiene sentido si ustedes entienden que son nuestros parientes evolutivos. Pueden ser fieles a cualquier mito que les guste sobre la historia del planeta, pero entonces deber√≠an vivir √ļnicamente con las tecnolog√≠as que se desprenden de esa visi√≥n del mundo. Y, por favor, dejen de embotar la mente de las pr√≥ximas generaciones con su pensamiento retr√≥grado.‚ÄĚ (¬°Vaya! Ahora me siento mucho mejor.)
Algunas sectas religiosas adoptan una forma sim√©trica de negaci√≥n del tiempo, creyendo no s√≥lo en un pasado geol√≥gico truncado sino tambi√©n en un futuro contra√≠do en el que el Apocalipsis est√° pr√≥ximo. La fijaci√≥n con el fin del mundo puede parecer una ilusi√≥n inofensiva: el hombre con una t√ļnica solitaria y un cartel de advertencia es un lugar com√ļn caricaturizado, y todos hemos salido indemnes de varios ‚Äúd√≠as del juicio final‚ÄĚ; pero, si suficientes electores realmente piensan de esa mane-ra, las implicaciones pol√≠ticas pueden ser graves: aquellos que creen que el fin del tiempo est√° a la vuelta de la esquina no tienen razones para preocuparse por cuestiones como el cambio clim√°tico, el agotamiento de las aguas subterr√°neas o la p√©rdida de la biodiversidad.3 Si no hay futuro, la conservaci√≥n del tipo que sea es, vaya paradoja, un despilfarro.
Por exasperantes que puedan ser los que creen en una Tierra joven, los creacionistas profesionales y los apocal√≠pticos, son completamente francos en lo concerniente a su cronofobia; sin embargo, las formas casi invisibles de la negaci√≥n del tiempo que est√°n insertas en la infraestructura misma de nuestra sociedad son m√°s penetrantes y corrosivas. Por ejemplo: en la l√≥gica de la econom√≠a, donde la productividad de la mano de obra siempre debe ser mayor para justificar el aumento de los salarios, las profesiones centradas en las tareas que simplemente toman tiempo ‚ÄĒcomo la educaci√≥n, la enfermer√≠a o la creaci√≥n art√≠stica‚ÄĒ constituyen un problema, porque no es posible hacer que sean significativamente m√°s eficientes. Interpretar un cuarteto de cuerdas de Haydn lleva tanto tiempo en el siglo XXI como lo hac√≠a en el siglo XVIII: ¬°no se ha logrado ninguna reducci√≥n! A eso se le llama en ocasiones la ‚Äúenfermedad de Baumol‚ÄĚ, en honor de uno de los economistas que describieron por primera vez ese dilema,4 y el hecho de que se le considere como una patolog√≠a re-vela mucho sobre nuestra actitud con respecto al tiempo y el escaso valor que otorgamos en Occidente al proceso, el desarrollo y la maduraci√≥n.
Los a√Īos fiscales y los periodos legislativos imponen una actitud de miras muy estrechas en lo concerniente al futuro. Quienes piensan a corto plazo son recompensados con bonos y con la reelecci√≥n, mientras que aquellos que se atreven a tomar en serio nuestra responsabilidad respecto de las generaciones futuras suelen encontrarse por lo general superados en n√ļmero, acallados y fuera del cargo. Pocas entidades p√ļblicas modernas pueden hacer planes m√°s all√° de los ciclos presupuestarios bienales, e incluso los dos a√Īos de previsi√≥n parecen estar m√°s all√° de la capacidad del Congreso estadounidense y de las legislaturas estatales en estos d√≠as, cuando las medidas de gasto de √ļltimo minuto, provisionales, se han convertido en la norma. Las instituciones que realmente aspiran a una visi√≥n general ‚ÄĒlos parques estatales y nacionales, las bibliotecas p√ļblicas y las universidades‚ÄĒ son consideradas cada vez m√°s como una carga para los contribuyentes, o como oportunidades no aprovechadas para el patrocinio de las empresas.
Alguna vez, la conservaci√≥n de los recursos naturales ‚ÄĒsuelo, bosques, agua, etc√©tera‚ÄĒ para el futuro de la naci√≥n fue considerada una causa patri√≥tica, una prueba del amor por el pa√≠s; en la actualidad, no obstante, el consumo y la monetizaci√≥n se han mezclado de formas extra√Īas con la idea de una buena ciudadan√≠a ‚ÄĒconcepto que ahora incluye a los grandes consorcios empresariales‚ÄĒ; en realidad, la palabra consumidor se ha convertido m√°s o menos en sin√≥nimo de ciudadano, pero eso no parece molestar realmente a nadie. Ser un ‚Äúciudadano‚ÄĚ implica estar comprometido, contribuir, dar y recibir, mientras que ser un ‚Äúconsumidor‚ÄĚ sugiere √ļnicamente comprar, como si nuestra √ļnica funci√≥n fuera devorar todo lo que est√© a la vista, a la manera de las langostas que se abalanzan sobre un campo de granos. Podr√≠amos burlarnos del pensamiento apocal√≠ptico, pero la idea aun m√°s penetrante ‚ÄĒel credo econ√≥mico, en realidad‚ÄĒ de que las cifras del consumo pueden y deben aumentar todo el tiempo es igualmente enga√Īosa, y, a pesar de que se vuelve cada vez m√°s aguda la necesidad de que haya una visi√≥n de largo alcance, los periodos a los que dedicamos nuestra atenci√≥n se est√°n reduciendo, a medida que enviamos mensajes de texto y ‚Äútuiteamos‚ÄĚ en un ahora herm√©tico y narcisista.
Tambi√©n el mundo acad√©mico debe asumir cierta responsabilidad por divulgar una sutil variedad de negaci√≥n del tiempo por la manera como privilegia ciertos tipos de investigaci√≥n. La f√≠sica y la qu√≠mica ocupan los escalones m√°s altos en la jerarqu√≠a de las actividades intelectuales debido a su exactitud cuantitativa, pero tal precisi√≥n al caracterizar la manera en que funciona la naturaleza es posible s√≥lo en condiciones estrictamente controladas, totalmente antinaturales y completamente divorciadas de toda historia o momento en particular. Su designaci√≥n como ciencias ‚Äúpuras‚ÄĚ es reveladora: son puras por ser atemporales en esencia: sin m√°cula alguna debida al tiempo, preocupadas s√≥lo por las verdades universales y las leyes eternas.5 Al igual que las ‚Äúformas‚ÄĚ de Plat√≥n, con frecuencia se considera que esas leyes inmortales son m√°s reales que cualquier manifestaci√≥n espec√≠fica de ellas ‚ÄĒpor ejemplo, la Tierra‚ÄĒ; en cambio, los campos de la biolog√≠a y la geolog√≠a ocupan los pelda√Īos m√°s bajos de la escala acad√©mica porque son muy ‚Äúimpuras‚ÄĚ, debido a que carecen de los embriagadores matices de la certeza, pues est√°n completamente impregnadas con el tiempo. Es evidente que las leyes de la f√≠sica y la qu√≠-mica se aplican a las formas de vida y a las rocas, y tambi√©n es posible abstraer algunos principios generales sobre el funcionamiento de los sistemas biol√≥gicos y geol√≥gicos, pero el meollo de esos campos se encuentra en la profusi√≥n idiosincr√°sica de organismos...

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