Noli me tangere
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Noli me tangere

  1. 166 páginas
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Noli me tangere

Descripción del libro

Noli Me Tangere es el texto más célebre de José Rizal. Rizal escribió su novela sobre la sociedad de Filipinas en el siglo XIX en medio de su actividad política, y pretendió denunciar los desmanes del gobierno español y sus instituciones religiosas a través de un relato en el que comparecen las clases sociales imperantes, el amor y la reflexión histórica. Edición basada en la de Valencia, F. Sempere.

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Información

Editorial
Linkgua
Año
2014
ISBN del libro electrónico
9788498978841
Categoría
Littérature
Categoría
Classiques
XIII. La pesca
Han transcurrido tres días desde los acontecimientos que hemos narrado.
María Clara, acompañada de su tía Isabel, acababa de llegar al pueblo.
Juan Crisóstomo Ibarra había telegrafiado desde la cabecera de la provincia saludando a tía Isabel y su sobrina, pero sin explicar la causa de su ausencia. Muchos lo creían preso por su conducta con el padre Salvi en la tarde del día de Todos los Santos. Pero los comentarios subieron de punto y fue grande el asombro, cuando le vieron bajar de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortésmente al religioso que también se dirigía a ella.
Los vecinos ignoraban que Ibarra después de serenarse y de reflexionar sobre lo que había hecho, habíase apresurado a presentar sus excusas al fraile.
Esté lo recibió benévolamente, se hizo cargo del estado de ánimo del joven al encontrarse con él, y quedaron muy amigos.
María Clara y su prometido conversaban asomados a una ventana. Se dijeron mil ternezas y cambiaron mil protestas de amor. Ibarra olvidaba todos sus pesares al lado de su amada.
—Mañana antes que raye el alba se cumplirá tu deseo. Esta noche lo dispondré todo para que nada falte.
—Entonces escribiré a mis amigas para que vengan. ¡Oye! ¡No quiero que venga el cura!
—Y ¿por qué?
—Porque parece que me vigila. Me hacen daño sus ojos hundidos y sombríos; cuando los fija en mí, me dan miedo. Cuando me dirige la palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, tan incomprensibles... Mi amiga Sinang y Andeng, mi hermana de leche, dicen que está algo tocado porque no come, ni se baña y vive a oscuras. ¡Procura que no venga!
—No podemos menos de invitarle. Las costumbres del país lo exigen. Además se ha portado conmigo con nobleza. Lo único que podré evitar es que nos acompañe en la banca.12
Oyéronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada sonrisa en los labios. Empezaron a hablar de cosas indiferentes, del tiempo, del pueblo y de las fiestas que iban a celebrarse. María Clara buscó un pretexto y se alejó.
—Y pues que hablamos de fiestas, permítame usted que le invite a la que celebraremos mañana. Es una gira campestre. Iremos unos cuantos amigos.
—¿Y en dónde se hará?
Las jóvenes quieren que sea en el arroyo que corre en el vecino bosque cerca del baliti: nos levantaremos temprano para que no nos alcance el Sol.
El religioso reflexionó un momento; después contestó:
—La invitación es muy tentadora y la acepto para probarle que ya no le guardo rencor. Pero iré más tarde; después que haya cumplido con mis obligaciones. ¡Feliz usted que está libre, enteramente libre!
Todavía brillaban las estrellas y las aves dormitaban aún en las ruinas, cuando una alegre comitiva recorría ya las calles del pueblo dirigiéndose al lago, a la luz de unas cuantas antorchas de brea llamadas comúnmente huepes.
Iban delante cinco jovencitas cogidas de las manos y de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones. Eran María Clara y sus cuatro amigas, la alegre Sinang, la severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng.
Conversaban animadamente, se pellizcaban, se hablaban al oído y después prorrumpían en carcajadas.
—¡Vais a despertar a la gente que aún está durmiendo! —les decía la tía Isabel—. Cuando nosotras éramos jóvenes no alborotábamos tanto.
—¿Está el lago tranquilo? ¿Creen ustedes que vamos a tener buen tiempo? —preguntaban las mamás llenas de temor.
—No se inquieten ustedes señoras; ¡yo sé nadar perfectamente! —contestó un joven alto y delgado.
—¡Debíamos antes haber oído misa! —suspiraba tía Isabel juntando las manos.
—Aún hay tiempo, señora; Albino, que fue seminarista, la puede decir en la banca —contestó otro señalando al joven flaco y alto.
Éste, que tenía una fisonomía de socarrón, al oír que le aludían adoptó un ademán compungido, caricaturizando al padre Salvi.
Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba también parte en la alegría de sus compañeros.
Al llegar a la playa escapáronse de los labios de las mujeres exclamaciones de asombro y alegría. Veían dos grandes bancas, pintorescamente adornadas con guirnaldas de flores, telas de varios colores y farolitos de papel. En la banca mejor adornada había un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la otra ardía el fuego en kalanes de barro y preparábase té, café y salabat para el desayuno.
—¡Aquí las mujeres y allí los hombres! ¡Estaos quietos! ¡No moverse mucho que vamos a naufragar! —decían las mujeres formales al embarcarse.
—¡Haced antes la señal de la cruz! —decía tía Isabel persignándose.
—¿Y vamos a ir solas? —preguntaba Sinang haciendo un mohín—. ¡Ay!
Esta exclamación la había producido un pellizco propinado a tiempo por su madre.
Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz de los faroles en el espejo del lago completamente tranquilo. En el Oriente aparecían las primeras tintas de la aurora.
Deslizábanse silenciosamente las embarcaciones por la tranquila superficie. Los jóvenes, con la separación establecida por las madres, parecían haberse puesto tristes.
—¡Ten cuidado! —dijo en voz alta Albino el seminarista, a otro joven—; pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.
—¿Para qué?
—Puede entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.
—¡Ay, que nos hundimos! —gritaron las mujeres asustadas.
—¡No tengan cuidado, señoras! —dijo el seminarista—. En esa banca no hay peligro. ¡No tiene más que cinco agujeros!
—¡Cinco agujeros! ¡Jesús! ¿Quieren ustedes ahogarnos? —exclamaron las mujeres ...

Índice

  1. Créditos
  2. Presentación
  3. A mi patria
  4. I. Una reunión
  5. II. Crisóstomo Ibarra
  6. III. La cena
  7. IV. Hereje y filibustero
  8. V. Capitán Tiago
  9. VI. Idilio en una azotea
  10. VII. Recuerdos
  11. VIII. Política frailuna
  12. IX. El pueblo
  13. X. Los caciques
  14. XI. La ciudad de los muertos
  15. XII. Presagios de tempestad
  16. XIII. La pesca
  17. XIV. En el bosque
  18. XV. La víspera de la fiesta
  19. XVI. Al anochecer
  20. XVII. Correspondencias
  21. XVIII. La mañana
  22. XIX. El sermón
  23. XX. La cabria
  24. XXI. El banquete
  25. XXII. La primera nube
  26. XXIII. Su excelencia
  27. XXIV. El derecho y la fuerza
  28. XXV. La gallera
  29. XXVI. Planes siniestros
  30. XXVII. La catástrofe
  31. XXVIII. ¡Vae victis!
  32. XXIX. El maldito
  33. XXX. Patria e intereses
  34. XXXI. El casorio de María Clara
  35. XXXII. El cabecilla
  36. XXXIII. La caza en el lago
  37. XIXIV. María Clara
  38. Epílogo
  39. Libros a la carta

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