Autobiografía
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Autobiografía

  1. 154 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro

This autobiography of José María Blanco White features all stages of his adult life. He was a masterful, canonical voice in Cadiz and Seville as well as a member of la Academia de Letras Humanas. After a spiritual crisis he moved to Madrid, where he worked in la Comisión de Literatos del Instituto Pestalozziano and fought against the French during the occupation. His liberal ideology led him to disagree with the Central Board. He left Spain for England in 1810, where he resumed his studies of English, his second language, and Greek.

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Información

Editorial
Linkgua
Año
2014
ISBN de la versión impresa
9788490070079
ISBN del libro electrónico
9788499539997
Edición
1
Categoría
Literature
Capítulo II. Narración de su vida en España (1800-1809)
En las Cartas de España he tenido ocasión de referir mis sentimientos durante la celebración de mi primera misa, y como el paso de los años ha hecho más penosa la renovación de estos recuerdos, me excusará usted que no vuelva a contar aquella engañosa pero afectiva escena. Mi ordenación tuvo lugar en Navidad y el día de Año Nuevo fui elegido Rector de mi colegio.5 Por consideración a este puesto el Arzobispo de Sevilla me dio licencias plenas de confesar poco tiempo después de la ordenación.
Para que pueda usted darse cuenta de en qué consistía aquel privilegio personal, debe saber que, de acuerdo con la doctrina católica, el poder sacerdotal de perdonar los pecados tiene, como si dijéramos, dos caras. En virtud de la ordenación tal poder es ilimitado, pero a consecuencia de la jurisdicción de origen divino que, como algunos mantienen, dio Cristo directamente a los obispos sobre sus respectivas diócesis, o, como otros piensan, se les confiere por medio del Papa como representante de Cristo en la tierra, lo cierto es que en circunstancias normales el sacerdote no puede absolver a los súbditos espirituales de un obispo sin licencia de éste. Inmediatamente después de la ordenación el sacerdote recibe una primera licencia limitada a oír las confesiones de los varones, que más tarde se extiende, de acuerdo con las circunstancias, a las mujeres no ligadas por votos religiosos, y, por fin, a las monjas, para cuya dirección espiritual se supone que hace falta gran pericia y experiencia. La opinión favorable que tenían de mis cualidades, así como la importancia del puesto a que había sido elegido, me procuraron a los pocos meses la totalidad de estas facultades y de hecho muy pronto vine a estar absorbido por mi nuevo oficio.
En una ciudad donde, según los cálculos que puedo hacer basándose en mis recuerdos generales, hay siempre unas quinientas mujeres encerradas de por vida en los conventos sin otra distracción u ocupación que la de seguir las prácticas de una religión complicada, la aparición de un nuevo confesor es un suceso de la mayor importancia. Arjona recibía diariamente más peticiones de monjas que querían confesar, que las que podía atender. Como todo el mundo sabía que yo era su discípulo favorito, aquellas angustiadas religiosas que no podían conseguir la ayuda del maestro solicitaron la mía, en la mayor parte de los casos por medio del mismo Arjona. De esta manera sucedió que al poco tiempo estaba obligado a pasar unas dos horas diarias (sin contar el tiempo necesario para ir de convento en convento) unas veces oyendo las detalladas y angustiosas relaciones de más de una nerviosa reclusa que difícilmente se consideraba libre del crimen y castigo de una confesión insincera, a pesar de haber manifestado todo pensamiento, palabra y obra, incluso los más inocentes que se le habían podido ocurrir durante la semana anterior en medio de la monotonía de su vida; y en otras ocasiones escuchando dolorosas historias de verdaderos y desesperanzados sufrimientos.
De entre todas las víctimas de la Iglesia romana son las monjas las que merecen mayor simpatía. La temprana edad de quince años en que se les permite hacer el sacrificio de su libertad; la inflexible crueldad con que se les obliga a perseverar en los votos durante toda la vida; la tendencia fatal de su enclaustramiento y forma de vida a producir enfermedades crónicas, e incluso en algunos casos la misma enajenación mental, son hechos más que suficientes para mover a compasión al corazón de todos los que no lo tengan endurecido por la superstición y el fanatismo. Estas pobres prisioneras, en medio de la pesadez y monotonía de sus vidas, con la intranquilidad constante de un alma obsesionada por una conciencia enfermiza (quizá con el remordimiento de culpas que solo sirven para aumentar su desesperación), no tienen a nadie a quien confiar sus penas más que al confesor. Y aún este pobre consuelo es muchas veces más nominal que efectivo. Los sacerdotes mayores suelen mostrarse insensibles ante las angustias de esta clase de penitentes (nombre opuesto al de confesor), y las tratan con despego y dureza. Algunos locos sentimentales (clase no muy numerosa, pero tampoco extinguida) aumentan los males ya existentes exponiendo a su clientela espiritual y a ellos mismos a peligros muy serios. De esta manera, cuando sucede que una mujer de sentido común, encerrada de por vida, se encuentra con un sacerdote que, teniendo cuidado de no dejarse atrapar por el riesgo de un afecto sin esperanza y además deshonroso, dadas las circunstancias, muestra un sincero interés escuchando pacientemente, y establece su autoridad decidiendo con prontitud y seguridad, la pobre penitente no puede menos de considerarlo como el último soporte de su perdida felicidad o, mejor todavía, como su última esperanza contra la desgracia absoluta. En cualquier caso, el confesor que no atormenta a la pobre prisionera se convierte necesariamente en su más querido amigo, por ser la única persona a quien puede confiar abiertamente sus penas. De aquí la insistencia con que las monjas que no se han comprometido con un confesor, como son, por ejemplo, las que se han visto privadas del director espiritual que les gustaba por la muerte de éste o su ausencia o cualquier otra circunstancia, y también las que no tienen otros medios de cambio y novedad, persiguen a los sacerdotes que gozan de buena fama por sus conocimientos y no declinan este servicio.
Se podría suponer que, dada la importancia que la Iglesia de Roma atribuye a las ramas femeninas de las órdenes religiosas, la opinión pública, o al menos los más fervientes católicos, considerarán a los directores espirituales de estas santas reclusas como hombres dignos de la mayor alabanza por la misión que realizan, pero la realidad es muy otra. A los ojos del público las monjas son al propio tiempo seres sacrosantos y ridículos. La idea de la vida conventual (como diría Coleridge con su lengua platónica) es exaltada en los sermones y manuales de Teología como la más pura, poética y alta forma de vida religiosa. Pero el convento real es tenido por todos como el mayor símbolo de ignorancia, infantilismo y gazmoñería. En una palabra, monja es verdaderamente el superlativo de vieja. Por consiguiente, debajo del celo con que acepté el cargo de confesor de unas cuantas monjas, recomendadas por Arjona y por mi buena madre, no dejaba de esconderse cierto sentido del ridículo. Algunas de estas monjas eran mujeres de gran sentido común y modelos de esa fortaleza de alma que, teniendo que enfrentarse a sufrimientos solo conocidos del que los padece, no goza de la ayuda o admiración de los demás. Una de estas excelentes religiosas parece que dependía tanto de mi ayuda para subsistir que no fui capaz de dejarla durante mucho tiempo después de que mis creencias religiosas me hubieran abandonado completamente. La continuidad de su estima hacia mí, a pesar de mi larga ausencia de Sevilla durante mi residencia en Madrid, y de haber rechazado el seguir siendo su director espiritual cuando regresé de la capital, y de mi final salida de España, creo que merece este reconocimiento público de mi respeto después de los años que han pasado.6
Mi amor por la verdad y la conveniencia de registrar hechos que muestran la naturaleza de instituciones que considero muy perniciosas, me hace declarar breve pero explícitamente que entre los habitantes de los conventos llegué a conocer caracteres de estampa muy diferente. En el curso de mi vida he conocido a todo tipo de personas, y he tenido ocasión de ver el espíritu humano en diversos estadios de elevación y bajeza, pero jamás he conocido almas más manchadas que algunas de las vestales profesas de la Iglesia de Roma. Debo añadir con toda justicia que la sincera declaración de su estado, que me revelaron aquellas desgraciadas víctimas, me convencieron también que su situación moral hubiera sido muy distinta si la Iglesia no se hubiera mostrado tan implacable con ellas. Y no digo más por temor de pasar la raya de la delicadeza. Pero como la política de Roma se apoya en estos mismos sentimientos de delicadeza para que permanezcan en secretos unos hechos que levantarían un irreprimible grito de indignación en los países no sometidos del todo a la autoridad del Papa, me siento obligado a testimoniar de esta manera las horribles consecuencias ante las cuales esa misma Iglesia se muestra completamente insensible.7
La horrible calamidad que visitó Sevilla en el verano de 1800 (año a que se refiere esta parte de mi narración) hará mi Rectorado memorable en la historia de mi Colegio. Me refiero a la epidemia de fiebre amarilla descrita minuciosamente en las Cartas de España. Voy a contar ahora solo lo que se refiere a mi historia personal, pero para colocar estos sucesos en su marco apropiado es preciso referirse primero a un período anterior.
Dos o tres años antes de terminar mis estudios en la Universidad y ser admitido como colegial en Santa María de Jesús, la más joven de mis dos hermanas, que entonces tenía unos diecisiete años, tuvo resolución suficiente para expresar su deseo de volver a casa y dejar el convento donde la habían metido para su educación a la temprana edad de seis o siete años. La mayor había tomado el velo no mucho tiempo antes en el mismo convento. Con su gracia y juventud mi hermana pequeña hizo desaparecer gran parte de la tristeza que tanto la mala salud de mi madre como la peculiar manera de ser de mi padre había pesado sobre mi casa durante mi niñez y primera juventud. Para disfrutar de una alegre compañía ya no dependía yo solamente de mis compañeros de la Universidad. Mi mismo padre sitió la influencia bienhechora de la presencia de su hija y nuestro pequeño círculo familiar empezó a mostrar una felicidad que poco tiempo antes no hubiera podido imaginar. Pero un suceso inesperado vino a turbar esta felicidad poco tiempo después de mi ingreso en el Colegio Mayor.
Durante muchos años mi padre había sido vicecónsul británico en Sevilla y por lo tanto el único representante de los intereses del Reino Unido en la ciudad. El gobierno español, después de haberse visto obligado a hacer las paces con la República Francesa, lleno de temor cambió su política y adoptó el tono más servil con respecto a esta nación. Un comerciante francés establecido en Sevilla, que durante la corta y desafortunada guerra que España mantuvo contra los republicanos franceses había sido tratado ignominiosamente por las autoridades españolas, creyendo que sus sufrimientos y los de sus otros compatriotas residentes en España se debían a la influencia inglesa, se aprovechó del repentino cambio de la política española para tomar venganza en el vicecónsul británico y así demostrar la completa supremacía de su nación. Se dirigió al gobierno francés, que consiguió sin dificultad que el gobierno español desterrara a mi padre al interior del país, a una distancia de sesenta u ochenta millas de la costa. Esta arbitrariedad fue para él un duro golpe. Sus continuos ejercicios ascéticos lo habían privado de toda energía y decisión personal. Desde su casamiento jamás había pasado por su mente la más remota idea de tener que salir de Sevilla. Además sintió amargamente la injusticia y arbitrariedad del insulto porque creía que lo hacía sospechoso de haber cometido alguna acción inmoral. Pero de momento nada ni nadie podía ayudarlo. Las autoridades de la ciudad, que lo respetaban y querían, le aconsejaron que obedeciera la orden sin demora y que se fuera a la distancia mandada en la orden, para algún tiempo después establecerse en uno de los pueblos cercanos a Sevilla donde le prometieron que no lo molestarían.
Sucedió que por aquel entonces mi Colegio me había designado para informar sobre la pureza de sangre de un candidato natural de Olvera, aquel agreste lugar que he dado a conocer en mi tantas veces (como me temo) mencionada obra Cartas de España. Un sacerdote, pariente lejano de mi madre, vivía en un pueblo de la parte menos agreste de la zona montañosa antes mencionada. Aprovechándose de esta circunstancia mi padre decidió viajar en mi compañía y retirarse durante unos cuantos meses a la casa de nuestro pariente. Mientras tanto se hicieron las oportunas gestiones para que mi madre con mi hermana menor y mi hermano, entonces un niño, se establecieran en Alcalá de Guadaira, pueblo situado a unas doce millas de la Ciudad, donde mi padre se les uniría poco tiempo después, de acuerdo con las autoridades de Sevilla. Cuando ocurrieron los sucesos que voy a relatar a continuación mi familia llevaba más de un año viviendo en Alcalá, sin atreverse a aparecer por Sevilla, con la única excepción del día de mi primera misa. Como la distancia era corta y la situación del pueblo era muy hermosa y despejada, los más amigos de entre mis compañeros colegiales y yo íbamos con mucha frecuencia a ver a los exiliados, y nos alegrábamos de encontrarlos contentos porque la necesidad de haber tenido que salir de Sevilla se veía compensada por el aire puro y los bellos panoramas de aquel lugar tan romántico.
1800, 25 años
Tal era la situación de mi familia y la mía propia cuando cerca del final del mes de mayo cogí unas tercianas que, mal tratadas por la ignorancia de los médicos, me debilitaron hasta el extremo de que apenas podía levantarme del lecho donde estaba postrado. En Inglaterra he podido saber la causa de esta enfermedad al tener oportunidad de conocer una serie de cosas por las que mis compatriotas no parecían mostrar el menor interés. Mi Colegio está muy cerca del Guadalquivir, que como discurre por un cauce parcialmente cegado en el transcurso de los años y está sometido a grandes riadas en la época lluviosa del invierno andaluz, amenaza casi todos los años con inundar a gran parte de la ciudad. Para evitar en lo posible esta calamidad hay que padecer otra menor pero semejante a la anterior. Cuando llegan las lluvias se tapan las numerosas alcantarillas que desaguan en el río con el fin de impedir la entrada de la crecida corriente de las aguas, contenidas por unas defensas de piedra de una altura de quince a veinte pies sobre la llanura de la ciudad. Pero, por otro lado, la lluvia, que cae con violencia casi tropical, se acumula de tal manera en la parte más baja de Sevilla, que hay que llevar alimentos a los vecinos de las calles inundadas por medio de lanchas.
A consecuencia de la gran riada del invierno de 1799 a 1800 se nos inundaron completamente las habitaciones de la planta baja del Colegio. Sin haber tomado ninguna precaución en cuanto empezó el calor del verano me trasladé, según costumbre, a las habitaciones rectorales de la planta baja. Pero el calor había producido una infección de malaria, que fue la causa de las fiebres que me atacaron. A excepción de la servidumbre yo era el único residente en el Colegio. El médico me recetó los remedios usuales, que no consiguieron ninguna mejoría, ni de hecho podía tenerla mientras permaneciera en aquellas habitaciones infectas. Fue el médico la primera persona que me habló del horrible avance de la epidemia de fiebre amarilla que había comenzado en el barrio del otro lado del río y que empezaba a extenderse rápidamente por la ciudad. De haber permanecido en el Colegio estoy seguro que hubiera perecido sin remedio porque todos los criados del Colegio murieron, a excepción del viejo servidor de la portería.
Me libró de este peligro la atención de uno de los Colegiales.8 Enterado de la situación de Sevilla vino a...

Índice

  1. Créditos
  2. Presentación
  3. AUTOBIOGRAFÍA
  4. Capítulo I. Narración de su vida en España (1775-1800)
  5. Capítulo II. Narración de su vida en España (1800-1809)
  6. Capítulo III. Salida de España y llegada a Inglaterra (1810)
  7. Capítulo IV. Narración de su vida en Inglaterra (1810-1814)
  8. Capítulo V. Narración de su vida en Inglaterra (1814-1826)
  9. Libros a la carta

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