El hombre en busca de sentido (nueva traducción)
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El hombre en busca de sentido (nueva traducción)

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El hombre en busca de sentido (nueva traducción)

Descripción del libro

El hombre en busca de sentido es el estremecedor relato en el que Viktor Frankl nos narra su experiencia en los campos de concentración. Durante todos esos años de sufrimiento, sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda, absolutamente desprovista de todo, salvo de la existencia misma. Él, que todo lo había perdido, que padeció hambre, frío y brutalidades, que tantas veces estuvo a punto de ser ejecutado, pudo reconocer que, pese a todo, la vida es digna de ser vivida y que la libertad interior y la dignidad humana son indestructibles.

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Información

Año
2015
ISBN de la versión impresa
9788425432026
ISBN del libro electrónico
9788425432033
Categoría
Psychology
PRIMERA PARTE
UN PSICÓLOGO
EN UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN
A la memoria de mi madre
«U
n psicólogo en un campo de concentración». Este libro no pretende ser un informe sobre hechos y sucesos, sino el relato de experiencias personales, experiencias que han sufrido millones de personas una y otra vez. Es la historia del interior de un campo de concentración, contada por uno de sus supervivientes. No se ocupa de resaltar los grandes horrores, que en otros lugares ya han sido descritos exhaustivamente —y no siempre se han creído—, sino que se detiene en los pequeños sufrimientos diarios. En otras palabras, intentará responder a la pregunta: «¿Cómo se veía afectada la psicología del prisionero por el día a día en un campo de concentración?».
La mayoría de los sucesos que aquí se describen no ocurrieron en los grandes campos, los más famosos, sino en los pequeños, donde tuvo lugar la mayor parte del exterminio real. Este no es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes héroes y mártires o prisioneros de renombre, ni sobre la crueldad de los kapos[1] —prisioneros especiales que gozaban de la confianza de los guardias de las SS—. No se ocupa, por tanto, del dolor de quienes ostentaban algún poder, sino de los sacrificios, el padecimiento y la muerte de muchas víctimas anónimas y olvidadas. Los kapos despreciaban particularmente a estos prisioneros normales y corrientes, aquellos sin un brazalete distintivo en la manga. Mientras que estos reclusos comunes no tenían nada o casi nada que llevarse a la boca, los kapos nunca pasaban hambre; de hecho, para muchos kapos su estancia en el campo fue la mejor etapa de su vida, antes y después del cautiverio. A menudo trataban a los prisioneros con mayor crueldad que los guardias y los golpeaban con más saña que los miembros de las SS. Los kapos eran elegidos exhaustivamente entre los reclusos cuyo carácter y actitud revelaban que eran aptos para tales procedimientos, y si no cumplían su cometido, enseguida se los destituía. En poco tiempo se asemejaban a los guardias y a los miembros de las SS, hasta el punto de que se los puede incluir en un mismo perfil psicológico.
SELECCIÓN ACTIVA Y PASIVA
Quienes nunca han pisado un Lager[2] se hacen una idea equivocada de la vida en un campo de concentración, mezclando sentimentalismo y compasión. Desconocen la lucha por sobrevivir que extenuaba a los prisioneros, especialmente en los campos pequeños: la lucha diaria por un trozo de pan, por mantenerse vivo o salvar a un amigo. Tomemos como ejemplo un traslado oficialmente anunciado para llevar a cierto número de prisioneros a otro campo; no era difícil adivinar el destino de esos prisioneros: la cámara de gas. Se seleccionaba a los enfermos, a los más débiles, a los que no podían trabajar, para enviarlos a uno de los grandes campos centrales, equipados con cámaras de gas y crematorios. El anuncio del traslado suponía la señal que desencadenaba una encarnizada lucha entre los prisioneros, o entre distintos grupos, para conseguir, del modo que fuera, tachar de la lista el propio nombre o el de un amigo. Todos éramos conscientes de que había que encontrar otra víctima para sustituir el número borrado; la cantidad estipulada de trasladados no podía alterarse. Seguir vivo exigía la muerte de otro.
A las autoridades del Lager solo les importaba que se cubriera cada traslado con el número previsto de prisioneros. Les daba igual quiénes estaban incluidos en la lista. Los prisioneros eran un número, y eso era lo que constaba en el traslado. Al entrar en el Lager —ese era al menos el método practicado en Auschwitz— se despojaba a los prisioneros de todas sus pertenencias, incluidos los documentos de identificación, circunstancia que algunos aprovecharon para adoptar otro nombre o atribuirse una profesión igualmente ficticia; y por los más diversos motivos muchos lo hacían. A las autoridades del campo les interesaba únicamente el número del prisionero, un número que tatuaban en la piel, y que había que llevar también cosido en un determinado lugar del pantalón, la chaqueta o el abrigo. Los guardias nunca utilizaban el nombre del prisionero; si querían presentar una queja sobre algún recluso —casi siempre por «pereza» en el trabajo— les bastaba mirar el número (¡cómo temíamos esas miradas por sus posibles consecuencias!) y apuntarlo en su libreta.
Volvamos al convoy a punto de partir. No teníamos tiempo, ni ganas, para consideraciones morales o éticas. Nos aferrábamos a un pensamiento obsesivo: seguir vivos para volver con la familia o salvar a un amigo. En esas condiciones no se dudaba en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro «número», se incluyera en la lista del traslado.
Como ya he mencionado, la selección de los kapos era por vía negativa; para esa tarea se elegía exclusivamente a los prisioneros más brutales (aunque, por suerte, hubo algunas felices excepciones). Pero además de esta selección de los kapos llevada a cabo por las SS, y que podríamos llamar «activa», se producía una continua autoselección «pasiva» entre todos los reclusos del campo. En general lograban sobrevivir solo aquellos prisioneros que, endurecidos tras años de deambular por distintos campos, habían perdido todos los escrúpulos en su lucha por la supervivencia, y para salvarse recurrían a cualquier medio, honrado o deshonroso, sirviéndose incluso de la fuerza bruta, el robo o la traición a sus amigos. Los escasos afortunados que sobrevivimos, gracias a una concatenación de casualidades o milagros —llámese como se quiera—, estamos convencidos de que los mejores no regresaron.
EL INFORME DEL PRISIONERO N.º 119.104
UN ENSAYO PSICOLÓGICO
D
ebo resaltar que este texto, el informe del prisionero n.º 119.104, no pretende contar mis vivencias en el campo de concentración. Mi intención es describir, en virtud de mi experiencia y desde mi perspectiva de psiquiatra, cómo vivía el prisionero normal en el campo y cómo esa vida influía en su psicología. Al describir, desde la profesión psiquiátrica, la psicología del prisionero medio, debo señalar —no sin orgullo— que yo fui un preso ordinario; allí no ejercí la psiquiatría, ni trabajé como médico, excepto las semanas anteriores a la liberación. Unos pocos colegas tuvieron la suerte de ser reclutados para aplicar rudimentarios vendajes de papel en puestos de primeros auxilios, con la ventaja de que podían gozar de una precaria calefacción. Pero yo permanecí la mayor parte de mi tiempo de internamiento cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril. En cierta ocasión me asignaron la tarea de abrir un túnel bajo una carretera para la instalación de una tubería, sin ninguna ayuda. Este trabajo no quedó sin recompensa: me reportó dos llamados «cupones de regalo», que recibí antes de la Navidad de 1944. La empresa constructora pagaba a las autoridades del Lager un precio fijo por día y prisionero; prácticamente nos habían vendido como esclavos. Nos daban «cupones de regalo», que a la empresa le costaban unos cincuenta pfennig cada uno. Los cupones constituían un preciado capital, ya que durante varias semanas —aunque se corría el riesgo de que perdieran su valor— se podían canjear por cigarrillos: un cupón equivalía a seis cigarrillos. Me convertí en el afortunado propietario de doce cigarrillos, y esos valiosísimos cigarrillos, a su vez, podían cambiarse por doce raciones de sopa, y esas raciones de sopa eran un remedio para el hambre, al menos durante dos semanas.
Los reclusos comunes nunca fumábamos los cigarrillos conseguidos: se cambiaban por alimentos. El privilegio de fumar, con una cuota asegurada, estaba reservado a los kapos; a veces, también algún prisionero que trabajaba de capataz en un almacén o taller recibía cigarrillos como compensación por alguna tarea peligrosa. Pero si un recluso fumaba se juzgaba un mal presagio. Significaba una evidente pérdida de su voluntad de vivir, la intención fatal de «disfrutar» de sus últimos días. Declaraba su renuncia a sobrevivir, y, perdida la voluntad, raramente se recuperaba.
Hay una abundante literatura publicada sobre los campos de concentración. Este ensayo se ha concebido con un enfoque menos usual: describir las experiencias de un hombre, trazar la psicología de sus vivencias. A quienes fueron liberados de los campos intentamos explicarles esas ...

Índice

  1. Portada
  2. Créditos
  3. Índice
  4. Prefacio
  5. El hombre en busca de sentido
  6. Primera parte. Un psicólogo en un campo de concentración
  7. Segunda parte Conceptos básicos de logoterapia
  8. Otras obras de Viktor Frankl
  9. Más información
  10. Notas