Este libro se propone captar y hasta renovar el proyecto esencial de la metafísica presentando varios estudios que bosquejan algunas de las ideas generales de la hermenéutica metafísica, así como su actual estado de situación. La investigación abre una línea de discusión sobre la hermenéutica del pensamiento metafísico, uno de los campos de investigación filosófica más estimulantes de nuestro tiempo. Grondin, en este libro, propone poner en marcha una interpretación y un desciframiento de los procedimientos del pensamiento del ser utilizando la hermenéutica para desvelar el sentido de las cosas.

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Descripción del libro
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Información
Editorial
Herder EditorialAño
2018ISBN de la versión impresa
9788425439322
ISBN del libro electrónico
9788425439346
Categoría
FilosofíaCategoría
Historia y teoría filosóficasCuarta lección
De la verdad, comenzando por la de las cosas
De la verdad, comenzando por la de las cosas
La investigación de la verdad (he peri tes aletheias theoria) es, en un sentido, difícil;
pero, en otro, fácil. Lo prueba el hecho de que nadie puede alcanzarla
dignamente (axios), ni yerra por completo.
ARISTÓTELES 1
pero, en otro, fácil. Lo prueba el hecho de que nadie puede alcanzarla
dignamente (axios), ni yerra por completo.
ARISTÓTELES 1
Anamnesis: los fondos de la verdad
Una reflexión metafísica sobre el sentido de las cosas no puede dejar de encontrarse con la cuestión de la verdad. Ocurre que la inteligencia que siente el scent de las cosas aspira a la verdad. ¿Qué es la verdad?
Cuando se habla de verdad se lo hace —pero no siempre percatándose— desde el fondo de varias tradiciones. Esas fuentes no se ubican todas en el mismo plano. Una de ellas es con seguridad la tradición filosófica, en la que la noción de verdad es central, puesto que encarna a la vez el objetivo último y el elemento de la filosofía: el objetivo, puesto que la filosofía quiere saber y experimentar lo que es verdaderamente el sentido de las cosas, y su elemento, porque sin la capacidad de discernir lo verdadero el ejercicio filosófico perdería todo su sentido. Algunos filósofos, por lo tanto, desarrollaron, naturalmente, teorías de la verdad.2 Es en esta ilustre tradición donde se sitúan escritos como el De veritate de Tomás de Aquino o De la esencia de la verdad de Heidegger (en ambos casos me gusta pensar que se trata de la verdad en el sentido partitivo de la partícula «de»: no se trata de agotar su contenido, sino de acercarse a lo que ella significa; piénsese también en el voluminoso estudio de Karl Jaspers, Von der Wahrheit [De la verdad], 1947). Los dos autores elaboraron concepciones poderosas de la verdad, entendiéndola el primero como adecuación (del ser y del pensamiento), el segundo como des-velamiento (del ente en su ser, por el hecho de un ser, el homo sapiens o el Dasein que somos, que tiene en forma exclusiva el poder des-cubrir el ser y el sentido de las cosas).
Pero, cuando se habla de verdad, se lo hace desde otras herencias. En primer lugar está aquella, inmemorial, de las lenguas que hablamos (y que nos hablan), en las que el término «verdad» incluye varios sentidos, que una fenomenología no puede ignorar: allí la verdad se encuentra enfrentada a veces a la falsedad, otras, a la mentira, otras, a lo que es insípido o inauténtico. Es en este último sentido como se puede hablar de un oro verdadero, de una verdadera comida, de un amigo verdadero (en el sentido de seguro, auténtico, fiel, etc.) o de alguien que no dice «toda la verdad». Esta expresión, sobre la que volveremos, es admirable: «no decir toda la verdad». Deja entender que, en un testimonio o un proceso, por ejemplo, se dice algo verdadero pero no se dice todo, todo lo que se sabe, y a partir de entonces se miente un poco, incluso mucho y tal vez de manera descarada. Cuando no se dice «toda la verdad», en muchos casos es porque se oculta algo. Aquí, la verdad parcial camufla más de lo que revela. Forma parte de ese reservorio de las lenguas todo el tesoro de las expresiones proverbiales en que se depositó nuestra experiencia de la verdad, como: el momento de la verdad3 (aquel en que todo se decide, cuando ya no es posible echarse atrás), la verdad sale de la boca de los niños, más verdades se han de saber que decir, in vino veritas, etc.4 No es desaconsejable, ni mucho menos, que una reflexión sobre el sentido de la verdad se inspire en ellas.
Pero la noción de verdad se dice igualmente desde un trasfondo que se puede llamar religioso. Cuando Jesús proclama que él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6), probablemente no quiere decir que él es el adæquatio rei et intellectus (aunque Tomás intentará acordar las dos ideas).5 Jesús explica un poco lo que quiere decir cuando añade que «nadie llega al Padre, sino por mí»: él representa la verdad porque encarna el camino que conduce a lo divino. El término «verdad» se encuentra aquí cargado de un sentido que lo identifica un poco con la sabiduría última que es posible alcanzar. Con el objeto de explicar ese concepto de verdad frecuentemente se apela a la raíz hebraica del término. En hebreo, el término «verdad», emeth, connotaría sobre todo la fidelidad, la constancia y la solidez. Cuando se aplica a Dios, en los Salmos, por ejemplo (111,7 y 57,4), significaría que se puede confiar en él porque es sólido.6 En el Segundo libro de las Crónicas (15,3), por lo tanto, puede tratarse del «verdadero Dios» (según la traducción de la Vulgata).7 La verdad se parece aquí a la «veracidad», la solidez y la autenticidad. Esta noción sobrevive en nuestras lenguas cuando se habla de un amigo verdadero.
En las tradiciones religiosas, la verdad se encuentra generalmente unida a la más alta sabiduría. Esta es presentada ora como algo superior al conocimiento humano, ora como su término o telos último. Es una concepción de la verdad que el Evangelio de Juan expresa todavía cuando hace decir a Jesús: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres».8 Si Jesús encarna el camino que conduce a lo divino, y por consiguiente la verdad, es concebible que esa verdad nos hará libres, porque de ella se desprenderá una sabiduría de vida.
Tal vez algunos se sorprendan de ver que cito aquí textos sagrados, pero lo hago porque su herencia permanece presente en algunas de nuestras maneras de concebir la verdad. Se puede hablar aquí de la Verdad con V mayúscula, y es así como la designaré en adelante, es decir, la Verdad comprendida como la cima de la sabiduría. Con todo derecho puede dudarse de que haya algo semejante —es muy peligroso pretender que uno posee la Verdad,9 y siempre hay que desconfiar de aquellos que lo hacen—, así como también se puede dudar de que sea posible tener algo que ver con esto, pero no deja de tratarse de una muy influyente inteligencia de la verdad (o de la Verdad). Ella parece presupuesta ex negativo cuando de buena gana se sostiene, aquí y allá, que la verdad es inalcanzable, que nadie la posee o, como desde Nietzsche a veces se aventura a afirmar, no es más que una quimera, una fábula o un ídolo (piénsese, por supuesto, en El ocaso de los ídolos y en su breve historia «Wie die “wahre Welt” endlich zur Fabel wurde»10 [«Cómo el “verdadero mundo” finalmente se convirtió en una fábula»], historia que pretende ella misma ser verdadera y probablemente pronunciar una verdad que nos hará libres). Afirmar que la verdad es un mito, un error, o decirle adiós, como lo resuelve Gianni Vattimo en una obra reciente,11 es despedirse de esa concepción de la verdad, al tiempo que se pretende enunciar algo verdadero que, una vez más, «nos hará libres». En efecto, es muy difícil renunciar a la verdad sin presuponerla.
Esta concepción ambiciosa que asocia la Verdad a la sabiduría no se halla únicamente en nuestra herencia religiosa. Se la encuentra muy a comienzos de nuestra tradición metafísica, sobre todo en Parménides, Platón y Aristóteles. El discurso de la diosa en Parménides se invoca expresamente como el camino de la Verdad (aletheia). Aquí, la verdad no designa una simple característica del conocimiento o del juicio, sino el equivalente de una revelación fuerte sobre el ser que es verdaderamente. Es incluso una Verdad, dice la diosa, o Parménides, aquello que a los hombres les cuesta todo el trabajo del mundo comprender, ellos que permanecen prisioneros de las apariencias (del devenir y del movimiento) y de las opiniones (doxai) que ellas suscitan. No está prohibido pensar que Parménides habla aquí de aletheia partiendo él mismo de sus propias raíces religiosas. En todo caso, es difícil no entender el motivo órfico de una elevación iniciática en el periplo que conduce al héroe de Parménides a esa Verdad. Se dirá que esta es una visión arcaica de las cosas, que no tiene nada que ver con lo que se puede entender humanamente por verdad. Yo, por el contrario, pienso que esa concepción fuerte de la Verdad marcó nuestra inteligencia, porque identifica la verdad con una doctrina rigurosa y racional sobre lo que es, doctrina que al filósofo o al pensador que utiliza su razón (noein) le corresponde revelarnos. Encontramos aquí una concepción de la verdad, de la razón y de la filosofía de la que no es seguro que uno pueda deshacerse tan fácilmente.
Con seguridad, Platón retomó sus grandes líneas cuando separó dos órdenes de saber, el de la doxa, unida a las apariencias sensibles (pero donde la exactitud, la orthe doxa, es posible), y el de la episteme, que nos conduce a la verdad (agoge pros aletheian, Rep. VII, 524 a) porque se sostiene en la realidad verdadera, aquella de las ideas. Platón habla incluso a menudo de esa realidad auténtica como de la verdad (to alethes) misma, que el filósofo puede conocer, incluso contemplar, si no tocar. Sin insistir demasiado en esto, Platón hace aquí una distinción, importante, sobre la cual volveremos pronto, entre la realidad verdadera, conocida por el filósofo, y la verdad de su propio conocimie...
Índice
- Cubierta
- Portada
- Créditos
- Índice
- Citas
- PREFACIO. HERMENÉUTICA METAFÍSICA
- PRIMERA LECCIÓN. HERMENÉUTICA DE LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA METAFÍSICA
- SEGUNDA LECCIÓN. HERMENÉUTICA DEL ESFUERZO METAFÍSICO
- TERCERA LECCIÓN. DEL SENTIDO DE LAS COSAS
- CUARTA LECCIÓN. DE LA VERDAD, COMENZANDO POR LA DE LAS COSAS
- QUINTA LECCIÓN. DEL SENTIDO DE LA INTELIGENCIA
- SEXTA LECCIÓN. DEL SENTIDO METAFÍSICO
- EPÍLOGO. DE LA DIMENSIÓN METAFÍSICA DE LA HERMENÉUTICA
- ÍNDICE DE NOMBRES
- Información adicional
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