Apuntes para una psicopatología basada en la relación
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Apuntes para una psicopatología basada en la relación

Vol. 2: relaciones dramatizadas, atemorizadas y racionalizadoras

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Apuntes para una psicopatología basada en la relación

Vol. 2: relaciones dramatizadas, atemorizadas y racionalizadoras

Descripción del libro

En este segundo volumen, Relaciones dramatizadas, atemorizadas y racionalizadoras, se redefinen los estilos y organizaciones desde el punto de vista de la relación, centrándose en los "síndromes clínicos" que tradicionalmente se han entendido como "neuróticos" o "trastornos de ansiedad": histeria, fobias y trastornos obsesivos.

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Información

Año
2018
ISBN de la versión impresa
9788425440885
ISBN del libro electrónico
9788425440892
1. LA RELACIÓN DRAMATIZADA Y LA HISTERIA COMO ORGANIZACIÓN O ESTRUCTURA RELACIONAL
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Introducción. Algunas consideraciones acerca de la historia de la histeria
La histeria ha sido uno de los temas centrales del psicoanálisis y la psicopatología, al menos hasta los últimos decenios. Los primeros estudios de Freud y Breuer (1893-1895), que anunciaban ya la revolución teórica y técnica freudiana, se realizaron a partir de las observaciones e intentos de tratamiento de pacientes histéricos. De igual forma, la histeria también fue el punto de partida y la «experiencia crucial» de las primeras concepciones psicoanalíticas freudianas (Freud, 1984, 1895, 1896, 1900, 1905b, 1908b, 1917, 1924, 1926, 1931). Durante bastante tiempo, centró buena parte de los trabajos e investigaciones de los primeros psicoanalistas (Jones, 1913; Rank, 1922; Horney, 1937; Fenichel, 1958...). De esta forma, podríamos decir que, en buena medida, la historia del surgimiento del psicoanálisis y de la «psicología basada en la relación» se halla íntimamente relacionada con la historia del estudio psicológico de la histeria.
Sin embargo, en los últimos decenios el interés de los psicoanalistas por el tema parece haber descendido, al menos si tenemos en cuenta como indicadores el número de casos comunicados y discutidos, o el número de publicaciones y reuniones de trabajo centradas expresamente en este punto. Las explicaciones de ese aparente descenso de interés por el tema podrían ser muy variadas. Por ejemplo, algunos autores nos hablan de una disminución o casi desaparición de la histeria clínica. Disminución en general o, como poco, en las consultas de los psicoanalistas. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, no creo que sea exacto hablar de una «desaparición» de la histeria, sino más bien de una serie de fenómenos o posibilidades que interactúan entre sí para que podamos tener esa impresión. A nuestro juicio, esos fenómenos se podrían agrupar en cuatro apartados:
  1. Una posible disminución de la incidencia de la histeria.
  2. Un cambio en sus manifestaciones clínicas, que la hace menos reconocible o diagnosticable.
  3. Una dificultad para seguir investigando la histeria y teorizando a partir de ella a causa del (relativo) agotamiento de la capacidad epistemológica y teórica de determinados paradigmas o programas de investigación psicoanalíticos anteriores.
  4. El «bombardeo de la histeria»: su desmenuzamiento arbitrario en los DSM (Diagnostic and Statistic Manual of Mental Disorders), en puro delirio biologista y taxonómico, despectivo respecto de las bases psicológicas de toda psico(pato)logía, ha logrado que buena parte de los nuevos psiquiatras y psicólogos no vivan las manifestaciones «histéricas» unificadas por una estructura (y, menos aún, por una estructura relacional), sino que las capten como una serie de «síntomas» o incluso «enfermedades» diferenciadas: trastornos conversivos, trastornos disociativos, «fugas psicógenas» y demás detritus supuestamente a-teoréticos. En general, se trata de subproducto de la actitud empirista y torpemente acumulativa de unas teorías reales sumamente simples, reduccionistas y empobrecedoras, por no usar términos más fuertes.
Acerca del primero de los apartados poco hay que decir: no hay datos fidedignos que permitan aclarar un aumento, una disminución o un estancamiento de la psicopatología «histérica». Máxime si tenemos en cuenta que la histeria suele ser conocida y reconocida en dos niveles sociales extremos: por un lado, entre los marginados y las clases trabajadoras y oprimidas —los pacientes de Charcot, las pacientes «histéricas» aún hoy presentadas en las sesiones clínicas de los hospitales universitarios, los sujetos que manifiestan visiones y otros síntomas comunicativos en determinadas romerías y actos religiosos...—; por otro lado, entre las clases acomodadas —mujeres dependientes, hombres y mujeres «extravagantes» o seductores de las clases dominantes...—. Tengamos en cuenta, además, que los marginados e inmigrantes de los países del sur, entre los que se presume una alta incidencia de fenómenos símil-histéricos y conversivos, no suelen ir al psiquiatra (y menos, al psicoanalista).
En otros trabajos hemos intentado incidir en la idea de que muchos de los «trastornos disociativos» descritos en numerosas culturas y, sobre todo, los trastornos somatomorfos endémicos y epidémicos (Tizón y Pañella, 1998; Tizón, Pañella y Maldonado, 2000), poseen una base en la estructura «histérica», algo directamente relacionado con el cuarto motivo de la «desaparición de la histeria». Y nos referimos tanto a los «trastornos por personalidad múltiple» puestos de moda por la psiquiatría norteamericana de finales del siglo XX, como a muchos de los «trances» y trastornos somatomorfos descritos por la psiquiatría intercultural: por ejemplo, la «enfermedad de los partisanos» yugoslavos, el «mal de pelea» americano, las «psicosis nupciales» egipcias, el dhat hindú, el koro malasio, el shenkui chino, el hwa-byung coreano, el meigallo gallego... (Ellenberg, 1968; Kirmayer y Young, 1998; González Fernández, 1990, 1999; Lamas, 1995; González Váquez, 2008 …).
En cuanto al segundo apartado, tal vez valiera la pena recordar que el propio síndrome o sintomatología «histérica» es el más plástico e influenciable (¿sugestionable?) de la psicopatología: históricamente, comenzó confundiéndose e identificándose con las situaciones religiosas (por ejemplo, en nuestra cultura, con sacerdotisas, magas, brujas y «herejes», así como con los éxtasis y fenómenos místicos religiosos, el meigallo y demás). Más tarde, sus manifestaciones más llamativas adoptaron el modelo plástico del gran ataque histérico, adhesiva y directamente imitado del ataque o crisis epiléptica, todavía relacionada con lo religioso —como es sabido, la epilepsia fue considerada durante siglos el morbus sacer, la enfermedad sagrada.
Era otra muestra actualizada de la ambivalente identificación de la histeria con lo médico (con el lenguaje del cuerpo, en realidad). Con la aparición y desarrollo de la medicina tecnológica y la extensión de sus aplicaciones a la población, las manifestaciones «histéricas», abandonando la adhesividad a «lo sagrado», parece como si tendieran a identificarse adhesivamente con algunas de las enfermedades somáticas más dramáticas y/o comunes (tos-tuberculosis, parálisis, afonías, trastornos digestivos, desvanecimientos...). Pero hoy en día ese tipo de manifestaciones han entrado claramente dentro de las posibilidades de identificación empírica de las modernas técnicas médicas mecanizadas. En parte por esta causa, la sintomatología «histérica» está cambiando correlativamente. A mi entender, en la actualidad la estructura histriónica (y el modo de relación dramatizado) tiende a manifestarse de forma más interactiva en conductas de relación. Por ejemplo, en algunas manifestaciones o conductas religiosas, en determinadas formas de anorexia y «fibromialgia», en determinadas formas de seudodiagnósticos o quejas de bullying, «abusos sexuales», «crisis de locura», «TDAH», como conductas homosexu...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Créditos
  4. Índice
  5. Prefacio
  6. Abreviaturas
  7. 1. LA RELACIÓN DRAMATIZADA Y LA HISTERIA COMO ORGANIZACIÓN O ESTRUCTURA RELACIONAL
  8. 2. LA RELACIÓN ATEMORIZADA Y LA ORGANIZACIÓN FÓBICO-EVITATIVA DE LA RELACIÓN
  9. 3. LA RELACIÓN RACIONALIZADORA Y LA ORGANIZACIÓN OBSESIVO–CONTROLADORA DE LA RELACIÓN
  10. Información adicional

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