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Monika y la Revolución
Una mirada singular sobre la historia reciente de Cuba
- 276 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro
La autora, Monika Krause-Fuchs, ofrece, a través de su autobiografía, una visión sumamente realista de la vida en Cuba tras la Revolución. Esta mujer alemana que debido a su matrimonio con un cubano vivió casi treinta años en Cuba, refleja la complejidad de la Revolución Cubana, sus aciertos, pero también sus contradicciones.
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Información
Editorial
Books on DemandAño
2016ISBN de la versión impresa
9783739239187ISBN del libro electrónico
9783741216046Capítulo VIII
De nuevo en La Habana. Dictys, la pelota de pin-pon. Se completará nuestra familia. Nos vamos a Nueva York. Dani resucita. Vacaciones con los abuelos alemanes. Exámenes de admisiónen la escuela de natacion. Dani nos saca de quicio.
¡Bienvenida dieta cubana compuesta de escasez perpetua, de pollos atléticos, de huesos y tendones, una vez al mes! ¡Bienvenido mercado negro, comercio de trueque y de trapicheo! ¡Bienvenida malanguita raquítica "comprada" a precio de oro! ¡Bienvenidos caos burocrático, desorden y testarudez de funcionarios! ¡Bienvenidos verborrea cubana, gritería, música estridente y bailes eróticos! ¡Que vivan el sol, la playa deliciosa, el calor, la humedad, los mosquitos, las cucarachas, los ciclones, la seca, el mango, la guanábana, el mamey, el aguacate, los limones, las naranjas, el café, el machismo-leninismo, el eterno, el omnipresente "tengo que resolver un problema”! "¡Patria o Muerte -Venceremos!”.
Después de meses de no habernos visto, encontramos a mi capitán y papá del niño en La Habana. Claro, este estado de convivencia no se prolongó, pero, al menos duró el tiempo necesario para mudarnos del cuchitril en El Vedado a un apartamento en Miramar. Perdimos gustosamente a nuestros vecinos del solar yermo, maestros míos del cubaneo chabacano y vulgar, cambiándolos por un grupo de muchachitas orientales, becadas "Macarenco", quienes, albergadas en casonas lujosas logran en tiempo récord convertir los jardines y patios en un paisaje lunar. Las ramas de árboles de mamey, aguacate, mango y naranja son utilizadas como fuente de combustible para hervir la ropa en grandes latas de aceite, en medio del patio. Con tenazas de hierro (¿de dónde las habrán sacado, si estos instrumentos se usaban antes de conocerse la electricidad?) se estiran las "pasas", mientras observan el proceso de hervor de las toallas y sábanas. Donde hacía unos días se encontraba un arbusto hermoso de marpacífico, hoy hay un hueco con restos de leña, ceniza y troncos semi-quemados. Las lavadoras de las casas, los calentadores de agua, las cocinas eléctricas y modernamente equipadas; todos estos aparatos que no tienen absolutamente ninguna utilidad para las muchachitas, son sacados por gente inescrupulosa, quienes se los llevan, dejando desmanteladas las casas antaño ricas. A las pocas semanas se rompe el motor de agua que abastece del preciado líquido el edificio nuestro y el de las "becadas" vecinas. Como no hay agua de la pila, las muchachas determinan bañarse en la cisterna. Ahora, la cisterna sirve de piscina, fuente de agua y cloaca. De nada sirve hablar con las jóvenes vecinas. No entienden todavía que la cisterna no es un baño público ni el lugar apropiado para echar allí los desechos humanos. La "tía", designada por el MINED para vigilar a las jóvenes, pobrecita, es buena gente, pero tan inculta e ignorante como las muchachas. Con pesar y sin poder evitar este proceso de deterioro vemos cómo las casas bellísimas junto con sus jardines y patios se transforman en verdaderas favelas.
Como contrapunto al deterioro y a la destrucción del entorno, confeccioné unos cajones para nuestro balcón. Los llené de tierra fértil y sembré en ella unos bulbitos de tulipanes traídos de Holanda. Así no me resultaría tan difícil haber dejado atrás una temporada de comodidades y de abundancia de recursos.
Pero se me fueron al cubo todos mis conocimientos de agricultura, de siembra, de las características esenciales de las diferentes especies vegetales. ¿Cómo se me ocurrió pensar que iba a poder cultivar tulipanes en La Habana? ¿Acaso los había visto en algún jardín cubano? Los tulipanes necesitan imprescindiblemente una etapa de frío para dormir el sueño de invierno reconfortante y luego, en la primavera, renacer con fuerza y bríos, sacando a relucir sus colores bellos.
A los pocos días de haber sembrado mis lindos tulipanes, salieron de los cajones unos palos verdes flacos, raquíticos. De capullos ni rastro. Rápidamente siguieron creciendo los palos feos, enclenques, que pronto tomaron aspecto de caña brava. Cada mañana iba corriendo al balcón para ver si, al fin, aparecían capullos. Nada. Cuando los tallos empezaron a tener un color amarillo y se marchitaron por completo, quedé convencida de que mi siembra de tulipanes había resultado infructuosa. Les había pasado lo mismo que al pobre pingüino en el acuario: no soportaron el calor.
El niño y yo pasamos por un proceso similar, pero -a diferencia de los tulipanes-teníamos la playa a menos de cien metros de la casa. La playa fue nuestra salvación. Sustituyó las necesidades más diversas. La playa significó libertad en su máxima expresión. Cuando nadaba, la fantasía echaba a andar. Cuando necesitaba hablar cosas prohibidas y nadie debía escuchar lo que decíamos, salíamos nadando mar adentro y allí, sin testigos, cambiábamos el mundo, discutíamos hasta cansarnos, felices y contentos.
Había pasado el tiempo requerido para terminar la reforma universitaria. En una entrevista con la dirección de la facultad de humanidades supe que debía empezar mi carrera desde cero. Salvo el latín, no se me reconocían las asignaturas aprobadas en la universidad alemana ni encontraban concordancia con el programa actual.
Éramos cerca de veinte estudiantes, casi todos familiares de diplomáticos extranjeros en Cuba. Algunos entre ellos tenían verdaderamente el deseo de estudiar lengua y literatura, pero la mayoría quería aprovechar su estadía en La Habana para recibir un barniz y adquirir de paso un diploma universitario. Con el decursar del tiempo, el grupo iba achicándose; se quedaron sólo aquéllos que realmente querían estudiar con seriedad. Afortunadamente, este proceso iba acompañado de un incremento de la calidad, pues aumentaron las exigencias por parte de los profesores y también aumentó la disposición de los estudiantes restantes a trabajar más recibiendo notas menos brillantes.
Nuevamente, los alemanes de la oficina comercial se acordaron de mí. Otra vez necesitaron una intérprete en sustitución de la oficial que había terminado su estancia en Cuba. La sucesora aún no estaba nombrada.
Debido a nuestra estancia prolongada en Holanda, había perdido la plaza en el círculo infantil. Los alemanes tenían un círculo-escuela fantástico recién inaugurado. Impuse la condición de conseguir una plaza para el niño a cambio de brindarme a trabajar en la oficina comercial. El consejero me aseguró: "no va a haber problema, aún no hay muchos niños en el círculo recién abierto". Sin embargo, al día siguiente recibí una llamada de la directora de la institución, la cual me informó que no había cupo en el círculo. Indignada solicité al consejero que me explicara la situación. Yo sabía la respuesta, sabía que ellos no podían darle entrada a un niño cuyos padres estuviesen fuera del ámbito de empleados oficiales filtrados por los órganos de seguridad de la RDA, pero no se atrevían a decírmelo clara y directamente. Me despedí de los alemanes de manera definitiva. Los mandé al infierno con su círculo y trabajo ocasional y les di a entender que conmigo no podían contar nunca más. Así entré en el archivo de la Embajada de la RDA en Cuba como persona conflictiva, indigna de merecer su confianza.
No reanudé las relaciones con la Embajada alemana hasta mediados de los setenta, cuando por razones de trabajo con la primera dama de Cuba se impuso esta relación, - ahora actuando yo como funcionaria cubana de alto nivel-. Pero ésta es otra historia.
En Holanda, Dictys había cumplido dos años. No hablaba ni alemán que yo trataba de enseñarle, ni español que hablaba con él la niñera española, ni inglés que se hablaba constantemente cuando había visitantes, ni holandés que oía de los vecinos. Hablaba su propio idioma, creado exclusivamente por él. Me preocupaba, porque no había en su jerigonza una sola palabra proveniente de, o perteneciente a alguno de los idiomas mencionados. Hablaba articulando palabras fluidas y bien diferenciadas, parecía un pequeño Demóstenes, colocándose en pose de orador importante, acompañando su lengua particular de gestos y miradas tan expresivos que yo lograba entender de qué tema hablaba, sin comprender sus palabras.
De regreso en La Habana, continuaba hablando su idioma y no había forma de que pronunciara algo inteligible. Yo ya estaba convencida de que el muchacho tenía algún problema serio, de que nunca iba a poder hablar normalmente, de que siempre tendríamos que leer de sus gestos y miradas para poder entenderlo. En Cuba ya no existían tantas fuentes de confusión para el niño, pues todos le hablábamos en español para acostumbrar su oído a una sola lengua. Pasaron días y días y Dictys continuaba desarrollando y depurando su propio idioma. Para mí quedaba claro: el muchacho tiene un defecto, algún cable quemado, algún desenchuche que le impide hablar español.
No había tenido en cuenta que el pequeño, durante meses, no veía o no se comunicaba con otros niños. Casi siempre estaba entre adultos.
Un fin de semana, la señora que limpiaba la casa, madre de dos chiquillos, me pidió permiso para llevarse a mi hijo para que participara en una fiesta de cumpleaños y jugara con niños.
"Si se queda con usted y no le destroza los nervios con las tánganas que produce si no ve a su madre, lléveselo", fue mi reacción.
A la hora de haberse llevado a mi hijo yo ya estaba convencida de su rápido retorno. Pero no sucedió así. Por la noche me llamó la señora para avisarme que el niño se quedaría con ella y con sus hijos, durmiendo en su casa, que se estaba comportando divinamente, que se había divertido muchísimo, sin preguntar por su mamá. Por la mañana del otro día, ya estaba intranquila y preocupada, porque el niño seguía fuera de su casa. Llamé a la señora por teléfono. Me aseguró que mi hijo estaba perfectamente bien, que había desayunado y que ya estaba jugando en el patio con sus niños y los de los vecinos. ¡Qué domingo más largo, tortuoso y angustioso!
Finalmente, a las cuatro de la tarde apareció la mujer con sus hijos y el mío a cuestas. Dictys, al verme, echó a correr hacia mí y se me tiró al cuello, besándome y riéndose como para decirme: "Me divertí cantidad, pero ahora estoy contigo otra vez". La señora y sus hijos regresaron a su casa. Agarré al niño para cruzar la 5ta Avenida y bañarnos en el, Círculo Social "P. Lumumba" (el antiguo Miramar Yacht Club, más tarde la “Casa Central de las FAR”, Club de los oficiales del MINFR -Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias-) que quedaba a menos de una cuadra de nosotros. Estando sentados en la arena, de repente Dictys empezó a cantar: "María Caracoles baila Mozambi-i-que", meneándose al compás de su canto. No pude creer lo que escuchaba. Fueron las primeras palabras de mi hijo nítidamente pronunciadas en español. Todos los intentos por lograr que el niño hablara algo inteligible habían tenido como resultado un gran cero, y ahora, de repente, "Pello el Afrocán", cuya música estaba en boga y que me causaba oleadas de escalofríos, porque la detestaba, había inspirado a mi hijo de tal manera que de ahora en adelante se desencadenó un proceso ininterrumpido de aprendizaje del idioma español. Cada día hablaba más y mejor. En cuestión de semanas recuperó todo el terreno que no había alcanzado en dos años. He llegado a pensar que para el pequeño el entorno holandés le resultó tan hostil que paralizó su centro cerebral responsable del habla y que el ambiente tropical lo incitó a hacerle competencia a la cotorra más parlera del país. Entablaba conversaciones largas con las becadas vecinas nuestras. Las regañaba cuando le estropeaban la siesta y las exhortaba al diálogo cuando se aburría. Parado en una sillita colocada en el balcón, se dirigía a ellas para que le explicaran, con todo detalle, sus quehaceres cotidianos.
Dictys, la pelota de pin-pon
Medio año después de haber regresado de Holanda a Cuba, me encargaron un trabajo que requería mi presencia en horario incompatible con la atención al chico. Mis padres se brindaron para atendérmelo durante tres meses. Otro cambio violento para el crío, el cual demostró fehacientemente que su capacidad de aguante y de adaptación constituían su fuerte. En cuestión de días borró de su cabeza el español, dándole entrada al alemán, idioma que devino su favorito, aunque nunca pisara una escuela alemana.
Mis padres vivían en una casona grande, rodeada de jardines, patios, invernaderos con plantas tropicales que crecían abundantemente aun en el invierno más crudo. Mi hermana, adolescente en aquel tiempo, se desempeñaba como madre sustituta de mi hijo. Lo llevaba a casa de los vecinos, donde le aguardaba una muchedumbre de niños. Apenas había terminado el desayuno, Dictys se desaparecía a casa de sus nuevos amigos. A la fuerza retornaba a casa de sus abuelos para almorzar y dormir la siesta. Este proceder se repetía día tras día y se acompañaba de los peores insultos que pronunciaba el pequeño contra su tía, porque lo obligaba a regresar a casa cuando él quería seguir jugando. No es de extrañar que sus primeras palabras en alemán constituyeran una colección enorme de palabrotas vulgares, aprendidas de sus compañeros de juego, maestros de este lenguaje.
Cuando, pasados los tres meses, fui a recoger a mi hijo, éste me recibió con un rosario de improperios. En alemán me dio a entender que yo estaba mal de la cabeza porque le hablaba en español y él ya no lo entendía. Durante el viaje en tren a Berlín me hizo un acto de repudio. Lloraba, suplicaba, me agarraba la mano para irse de nuevo a casa de su querida abuela. En Berlín decidió entrar en huelga. Se sentó en la calle y se negó a seguir caminando. Como ninguna de las maniobras de resistencia tuvo el efecto esperado, se resignó. Su tristeza me hizo sentirme culpable, mala madre, abusadora y desalmada. Pero no podía dejarlo en Alemania, su hogar estaba en Cuba, aunque no quisiese aceptar esta realidad. El vuelo de regreso fue una pesadilla y cuando finalmente llegamos a casa, se recostó en el marco de la puerta, diciéndome con los ojos aguados: "Ésta no es mi casa, quiero ir a mi casa, quiero ir donde mi abuela". Cuando le servía la comida, me pedía cosas que sólo existían en casa de mis padres. En alemán perfecto me rezaba la lista de manjares que había recibido de los abuelos y se negaba a comer lo que yo había conseguido. Ni yuca, ni malanga, ni arroz, ni frijoles negros, nada le gustaba, todo le daba náuseas. Dictys se estaba poniendo flaco como un palillo de dientes. Su huelga de hambre prolongada empezó a causarle problemas de salud. A cada rato estaba acatarrado, con fiebre y malestares de la más diversa índole. Un niño enfermizo, flaco, enclenque y triste. Pasaron semanas hasta que -al fin- aceptó su destino; me daba la impresión de que sólo lo hacía porque no le quedó otro camino. En el círculo infantil, conseguido después de mucha lucha burocrática, se adaptó igualmente. Parece que los niños de su grupo -por el momento- lo curaron de su "alemanitis".
Dedicada con ahínco a mis estudios en la Universidad de La Habana, pasaron los meses velozmente. Fue la época, en que el ahora "Historiador" de La Habana hacía ingentes esfuerzos por restaurar el Palacio de los Capitanes Generales. En excavaciones realizadas habían encontrado los restos de los muros de la iglesia y montones de huellas de los habitantes de esa área, algunos siglos atrás. Con un cajón lleno de pedacitos de cerámica de Puebla y de origen europeo se apareció en la Universidad el nuevo director del Museo de La Habana, para buscar apoyo, por parte de los estudiantes, para los trabajos de restauración que incluían la búsqueda de objetos valiosos de las distintas épocas del desarrollo de La Habana. Contagiados del espíritu detectivesco, cual sabuesos enloquecidos, participamos en la colecta y pesquisa, visitando a los nuevos moradores de casonas antiguas, casi siempre personal de servicio de los antiguos dueños, que se habían apropiado de las mansiones de sus patrones de antaño. De esta manera, el museo recibió más de una lámpara, sillón o armario que habían quedado depositados en algún garaje o pasillo, porque sus nuevos "dueños" los encontraban feos o porque ocupaban demasiado espacio.
Mi matrimonio se había convertido en una relación fortuita. En todo un año nos veíamos algunas semanas. No podía contar casi nunca con el apoyo de mi marido. En los momentos de mayor necesidad se encontraba fuera. Sus compañeros de trabajo se encargaron de ayudarme, pero no me gustaba tener que pedirles favores. No pude exigirles nada y la consabida informalidad cubana me sacaba de quicio más de una vez. Al igual debo haberlos llevado al límite de su paciencia con mis solicitudes. Tenía fama de quisquillosa, persistente y testaruda.
Un amigo nuestro se encargó de recoger a nuestro hijo del círculo infantil. Su hijita estaba en la misma institución, de forma que cotidianamente hicieron el viaje juntos. No era de extrañar que el pequeño llamara "papi" al que su amiguita llamaba así. Era el único "papi" que veía con regularidad durante la ausencia de su padre verdadero.
De vez en cuando a Dictys le daban arrebatos de rebeldía. Se evidenciaban claramente rasgos heredados de la madre. Un día muy caluroso de agosto, para mí el mes más insoportable por el calor y la humedad imperantes, al pequeño rebelde se le ocurrió ponerse una gorra y guantes de lana, prendas que había utilizado el pasado invierno gélido en Alemania. Parece que por un instante se le metió en la cabeza el recuerdo idealizado de los meses encantadores vividos en casa de los abuelos. "Voy así al círculo", me dijo muy resuelto. Una camisita y un short completaban esta combinación ridícula. No había argumento que lo convenciera de que éstos no eran tiempos de ponerse gorra y guantes. Salimos a la calle. Antes de llegar a la parada de la guagua, ya Dictys no aguantaba la picazón que le causaba la gorra en la cabeza sudada, ni los guantes pegados a los dedos. Con gestos de desprecio se quitó el atuendo extemporáneo y me permitió guardarlo para tiempos más apropiados.
Pocas semanas después el niño había llegado al límite de paciencia con su madre y el entorno en la casa. Simplemente no quiso seguir soportando el régimen imperante. Decididamente agarró una maletita, le echó dentro lo más importante: un trapito blanco, su acompañante perpetuo e imprescindible (no era éste un trapo cualquiera. Lo usaba desde muy pequeño. Lo estrujaba y dándole vueltas rítmicamente con la mano izquierda, se chupaba el pulgar derecho. El paño que tenía que oler a jabón y estar planchado, cumplía función de somnífero y le calmaba los nervios) y unas prendas de ropa. Me pidió un medio para poder pagar la guagua y me anunció muy seriamente: "Me voy de la casa ahora mismo. No quiero quedarme en esta casa, me voy”.
"Y ¿adónde vas?, le pregunté. Con la misma cara de hombre seriamente decidido me respondió: "Me voy de aquí, no quiero estar contigo en esta casa”. Agarró su maletita, apretó fuertemente el puño con el medio entre los dedos y se marchó. Con disimulo, para que no me viera, le seguí. Llegó a la parada. Se puso a esperar. Vino la guagua. A mí se me apretaba el corazón, tení...
Índice
- TABLA DE CONTENIDO
- PRÓLOGO DE JESÚS DÍAZ
- CAPÍTULO I
- CAPÍTULO II
- CAPÍTULO III
- CAPÍTULO IV
- CAPÍTULO V
- CAPÍTULO VI
- CAPÍTULO VII
- CAPÍTULO VIII
- CAPÍTULO IX
- CAPÍTULO X
- CAPÍTULO XI
- CAPÍTULO XII
- CAPÍTULO XIII
- CAPÍTULO XIV
- CAPÍTULO XV
- EPÍLOGO
- BIOGRAFÍA Y PUBLICACIONES
- ANEXO
- DERECHOS DE AUTOR