El peso de las estrellas
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El peso de las estrellas

Vida del anarquista Octavio Alberola

  1. 384 páginas
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El peso de las estrellas

Vida del anarquista Octavio Alberola

Descripción del libro

Octavio Alberola lleva ochenta años pensando, viviendo y reformulando su vida desde la perspectiva ácrata, y no ha dudado en cuestionar cada uno de sus actos al punto de afectar de manera dramática su existencia.Pertenece a una generación de luchadores que vivió los acontecimientos del siglo xx de manera directa y como protagonista: la guerra, la dictadura, el exilio, la precariedad de la clandestinidad, las luchas internas dentro del anarquismo de la posguerra y las grandes luchas sociales alrededor del mundo. Su actividad lo llevó a conocer a personas como García Oliver, el Che Guevara, Cipriano Mera, Federica Montseny, Félix Guattari, Daniel Cohn-Bendit, Régis Debray o Giangiacomo Feltrinelli.Agustín Comotto recoge la esencia de los pensamientos, los valores, las contradicciones, los miedos y las esperanzas de Octavio Alberola. Juntos recorren la experiencia anarquista del siglo xx para centrarse en aquellas vivencias imprescindibles de las que Octavio fue testigo y actor, desde la tensión y escisión de la CNT hasta su participación en varios intentos de atentado a Franco.Alberola reflexiona no solamente sobre la experiencia social vivida sino que también profundiza sobre la represión al disidente, la viabilidad de la revolución o la legitimidad de la violencia. Más allá de la política, su infinita curiosidad lo llevó a interesarse por la física o el arte, disciplinas que lo ayudaron a reformular conceptos como la familia, el autoritarismo o el sentido de la vida bajo el privilegio de ser una parte consciente del universo.

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Información

Año
2019
Edición
1
ISBN del libro electrónico
9788417925079

Exilio en México

En América no hay indios

—Bueno, Octavio, ahora ya puedes recordar como a ti te gusta, es decir, con memoria propia.
—Sí, sí. Es curioso esto del recuerdo —responde Octavio entusiasmado—. No bien me puse a pensar, no paro de recordar.
—Bueno, pero no te fatigues demasiado. Decía que te toca a ti repasar cosas. Ahora los recuerdos te pertenecen. Lamento que no puedas aportar, como dijiste el otro día, más datos del viaje en el Ipanema.
Le hablo del SERE, el organismo que los embarcó, de Negrín…, con datos que pueden aportar alguna pista, pero, de repente, llevado por la dinámica del recuerdo, Octavio comenta:
—El buque Ipanema zarpó el 12 de junio de 1939 del puerto de Burdeos. Tuvo que desviarse por problemas técnicos y, durante unos días, recaló en la isla francesa de Martinica. La travesía hacia Veracruz duró casi un mes por culpa de una avería, la ruptura de una aleta de la hélice propulsora. Esto obligó al capitán a hacer un alto de una semana en el puerto de Fort-de-France, la capital de Martinica. Hubo que meter la nave en una cala seca y proceder a su reparación. Recuerdo que, durante esa semana, el chófer del gobernador de la isla nos llevó, junto a Rosita y su hermana Pili, de paseo por la isla. Un día, al volver de un paseo por el puerto y subir con el chófer martiniqués al barco para saludar a nuestros padres, los gendarmes franceses quisieron impedírselo por ser negro. Mi padre protestó enérgicamente.
»Al final, zarpamos rumbo a México y el 8 de julio divisamos el puerto de Veracruz.
Había una gran expectativa en México por los refugiados republicanos En el caso del barco Ipanema, fueron recibidos al llegar a Veracruz por una orquesta municipal y las autoridades de la ciudad.
—No había indios.
—¿Cómo? No te entiendo.
—Imagínate la sorpresa de un niño de once años al anunciarle que ya está en América y cuando no ve a los «indios» que esperaba encontrar en ese continente por sus lecturas de literatura infantil y las películas de la época: «indios» pieles rojas, cowboys…
—Un engaño… —sugiero divertido.
—Sorpresa, frustración y extrañeza. Sí, me sentía engañado. No estaba en América, ni siquiera en México; pues tampoco vi, por las calles de esa ciudad semitropical, «charros» con un gran sombrero negro en la cabeza, como había visto en algunas fotos y películas mexicanas.
—Es verdad, no hay charros, ni sombreros negros en las fotos que vi del desembarco en Veracruz.
—Al contrario, los «jarochos», los veracruzanos porteños, van vestidos con guayabera blanca, pantalones y botines blancos, con un paliacate rojo al cuello y un sombrero de paja para cubrirse del sol. Me llamó la atención la curiosidad que suscitábamos, no sé si por la manera en que íbamos vestidos o por nuestros rasgos físicos, que desentonaban con los de la mayoría de la población jarocha. Aunque también es posible que fuese por haber corrido la voz, entre la población, de la llegada de «rojos» españoles, los comunistas perdedores de la guerra.
Ese último comentario no es un recuerdo sino una reflexión propia de sus ochenta y ocho años. Rojos. Derrotados, comunistas, la desconfianza de las clases conservadoras. México tenía una arraigada comunidad española viviendo en el país desde hacía muchos años. Eran los «gachupines». Etimológicamente, esta palabra despectiva proviene del náhuatl. Más o menos, significa «hombre con espuela» o «el que lleva zapatos con espina»; en definitiva, un extranjero. Pero, más allá del significado de la época de la colonia, «gachupín» definía al conjunto de familias españolas arraigadas desde hacía muchos años en el país. Por lo general, eran de tendencia monárquica, bien situadas económicamente, con haciendas o negocios consolidados y muy conservadoras en lo referente a las tradiciones religiosas y al orgullo de la raza española. Por ello, no dudaron en adherirse al levantamiento fascista y posicionarse del lado franquista en la contienda española. Los gachupines no escatimaron resquemores y reproches hacia los refugiados republicanos, que no tendrían ayuda de la colonia de españoles para su inserción en la sociedad mexicana.
Octavio tuvo que conformarse con saber que no todos los «indios» son pieles rojas y que el país que los acogía era un increíble hervidero de razas, culturas y costumbres diferentes de las que había conocido en Europa.

Alacranes en el convento

Ciudad de México, la capital del país, es una isla de cemento que se extiende en medio del valle de México, a la sombra del volcán Popocatépetl, y que cubre la antigua capital azteca de Tenochtitlán. Millones de personas, aglomeradas en una de las ciudades más grandes del planeta. Una de las características que sorprende al recién llegado es la variedad de colores y olores y la antigüedad de los edificios históricos. Se parecen a los construidos en Europa, con mucha arquitectura barroca, pero, al observarlos con detenimiento, se aprecian las diferencias y este hecho hace que las calles transmitan una extraña sensación de familiaridad, como podría suceder con un pariente lejano. Los ladrillos a veces son de material volcánico y hay una dudosa verticalidad que confiere cierto estado etílico a las paredes. Claro que los responsables no fueron solo los arquitectos, sino los movimientos sísmicos que lo han trastocado todo.
En 1940, México tenía una fuerte recesión económica que amenazaba, después de diez años, con convertirse en crónica. Personajes conocidos locales eran contrarios a la política oficial sobre los refugiados; al fin y al cabo, se trataba de una inmigración de comunistas o de «rojos». La oposición política al presidente Cárdenas, especialmente visible en los periódicos conservadores de gran tirada como el Excelsior y El Universal, trató de sacar rédito político manifestándose contraria a la llegada de los refugiados. También hubo otros sectores de la población que veían con reparos a los recién llegados. Sindicatos y campesinos no tenían tan claro qué venían a hacer todos aquellos «nuevos mexicanos» al país. Pese a ello, la hospitalidad oficial y de las clases intelectuales mexicanas fue real hacia los exiliados de la guerra de España.
Una vez en México, Octavio y su familia, como tantos otros refugiados de la guerra, se enfrentaron por primera vez al país real. Ya no había recepciones con orquesta municipal y fanfarria, tenían que buscarse la vida. En buena medida, los recién llegados dependían de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) y del ya mencionado SERE, los dos organismos creados por la República para ayudar a los refugiados. Estos contaban con los fondos económicos enviados por la República al extranjero antes de que se exiliara el Gobierno de España. Sin embargo, con el paso del tiempo, ambas entidades se decantaron ideológicamente, dejando de lado al exilio de origen anarquista de la CNT o la FAI.
—Antes de hablar del Distrito Federal, Octavio, dime, ¿qué hicisteis en Veracruz?
—Me parece que estuvimos residiendo varios días allí, a la espera de nuestro turno para iniciar el viaje a la capital que, creo, fue por tren. Al llegar al Distrito Federal nos instalaron en una habitación de un edificio, en la parte vieja de la ciudad cercana al Zócalo, la gran plaza donde están la catedral y el Palacio Nacional. Mis padres, para sobrevivir, tuvieron que aceptar vender por las casas de esa ciudad embutidos de una fábrica que acababan de abrir otros refugiados.
—Dejar la docencia y pasarse al comercio debe de haber sido un gran cambio para un maestro racionalista.
—Recuerdo que mi madre llegaba muy cansada de trabajar. Mi hermana y yo comenzamos a ir al Instituto Luis Vives, que habían abierto profesores exilados ese mismo agosto de 1939. Allí nos reencontramos con Rosita, la amiga de mi hermana de su misma edad, y Pili, que era de mi edad.
La creación del Instituto Luis Vives era un gesto para demostrar que el conocimiento, la manera de dar conocimiento, se había ido de España junto a la República. Tomando como nombre al filósofo y pedagogo valenciano del siglo XVI Luis Vives (la elección no es casual: Luis Vives, después de acabar sus estudios en París e instalarse en Brujas, decidió no regresar a España por temor a ser perseguido por la Santa Inquisición, y falleció en el extranjero), la República en el exilio fundó una escuela laica, progresista y popular. Todo un gesto en aquel entonces. Pero el plan era más ambicioso y aspiraba a fundar otras escuelas similares en distintos puntos del país, que acabarían adoptando el nombre de «Colegio Cervantes». El alumnado también sería mexicano, cosa que facilitó la inserción de los maestros y alumnos exiliados en el país. Asimismo, se crearon otras escuelas independientes por parte de españoles, como las llamadas «escuelas activas», seguidoras de la línea pedagógica del comunista francés Célestin Freinet.
José no se resignó a vender embutidos. Trabajaba de lo que podía pero, paralelamente, seguía en contacto con el mundo pedagógico republicano como demuestra el hecho de que sus hijos fueran al recién fundado Instituto Luis Vives. Volver a ejercer su magisterio solo era cuestión de tiempo: había alrededor de veinte mil exiliados y la necesidad de maestros era apremiante.
—Octavio, alguna vez te oí comentar que estuviste poco tiempo en el Luis Vives.
—Sí, aunque no puedo precisar cuánto. Estuvimos una o dos semanas solos con mi madre y mi hermana, porque mi padre se había ido a trabajar a una escuela de arte de la ciudad de San Miguel de Allende, la Escuela de Bellas Artes, como director. Ese puesto se lo ofreció el pintor y escritor peruano, también exilado en México, Felipe Cossío del Pomar. Mi padre y él se conocieron por intermedio de la poetisa chilena Gabriela Mistral, que aún no había recibido el Premio Nobel de Literatura.
—¿Y Clara, tu madre? —pregunto, tratando de averiguar su encaje mexicano—. ¿Cómo se adaptó a la nueva vida?
—Mal. De hecho, no se adaptó demasiado.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, ella era lo contrario a mi padre, que era muy vitalista y extrovertido. Él buscaba contacto con los familiares de los alumnos, estaba metido en cosas de teatro y hablaba con personas desconocidas. A su vez, se escribía cartas con conocidos de todas partes del mundo. Tenía una vida más allá de la familia. Pero mi madre no. Vivía de la familia hacia dentro, con ese sentido trágico de la vida que la caracterizaba.
—Veo que recuerdas más a tu padre, al margen de su imagen política.
—Es más fácil recordarlo. Incluso tenía un punto que me molestaba. Era tan extrovertido que a veces no se daba cuenta de con quién hablaba. Yo le decía: «Pero ¿para qué les hablas, no ves que no te escuchan?». Hablaba de política, de arte, de lo que fuera. No pensaba mucho en el oyente. Era una persona muy segura de sí misma. Mi madre, en cambio, era desconfiada. Siempre percibía el egoísmo de la gente, incluso de los compañeros de militancia; era crítica con algunos compañeros anarquistas que venían por «cierto interés» a vernos.
—Otra cosa que me intriga de tu padre es el tema del arte. Cuentas que tenía contactos con Felipe Cossío del Pomar, que fue una figura destacada del mundo intelectual peruano. Se exilió por problemas políticos a Francia y tuvo vínculos con André Breton, Louis Aragon, los surrealistas…
—A mi padre le gustaba mucho el arte. Además de la enseñanza, buscaba el trato con dibujantes, pintores, músicos y bailarines. Amaba el teatro. Siempre iba buscando gente para hacer cursos en la escuela. Antes te comenté que la relación con Cossío venía por Gabriela Mistral, pero pudo haber sido también por Rodolfo González Pacheco, el escritor argentino.
—No lo puedo creer. ¿Tu padre conoció a Rodolfo González Pacheco? —digo, casi interrumpiendo.
—Sí. Quizá de la época de la guerra, en Aragón.
La figura de Rodolfo González Pacheco está relacionada con Simón Radowitzky. Pacheco fue hijo de terratenientes de Tandil, localidad argentina en plena pampa. Lo dejó todo con la intención de cambiar mediante el «ideal» anarquista la miseria del mundo. Visceral y apasionado, sus obras de teatro eran verdaderas consignas de combate, un arma, contra la tiranía del Estado. Su actividad artístico-política hizo que continuase la estela anarquista f...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Créditos
  4. Las casualidades de la historia
  5. Polizonte en un largo tren
  6. Los recuerdos vaporosos
  7. Exilio en México
  8. Francia
  9. Bélgica
  10. La vida normal
  11. En el centro del mundo
  12. Carta abierta a Pedro Sánchez
  13. Viñetas
  14. Notas
  15. Colofón

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