1. Crecimiento: los mapas ocultos del desarrollo
Empezaremos con una breve visita guiada a estos 6 a 8 grandes estadios o niveles del crecimiento o del desarrollo –nuestros «mapas ocultos»–, cuya realidad reconocen casi todas las escuelas que actualmente se ocupan de los estudios evolutivos. Se trata de estadios o niveles que emergieron histórica o evolutivamente uno tras otro y que, después de emerger y cobrar forma, dejaron su sedimento en la conciencia humana, como si se tratara de una estratificación arqueológica que cada nuevo ser humano debe atravesar en el mismo orden en que originalmente se asentaron. De todos ellos veremos evidencias a medida que avancemos, pero comencemos, por el momento, con el más antiguo, rudimentario, «primitivo» o «primordial» de todos nuestros niveles de ser, sentir y conocer, el nivel «arcaico» infrarrojo.
Nivel 1 – Arcaico (infrarrojo)
En el momento de su nacimiento, el bebé carece básicamente de sensación de identidad separada, no sabe dónde acaba su cuerpo y dónde empieza el entorno. Se halla en un estado de fusión pura en el que es uno con su madre y con el medio. A este estadio, conocido con nombres tan diversos como arcaico, simbiótico, de fusión o estadio básico sensoriomotor y fisiológico, le atribuimos el color infrarrojo. Tengamos en cuenta que, caracterizándose por rasgos tan distintos, nombres como «arcaico» o «simbiótico» resultan demasiado estrechos para transmitir adecuadamente esas diferencias, razón por la cual no solo conocemos a los estadios por su nombre, sino que también les asignamos colores o números (una denominación con la que espero que el lector se encuentre cómodo). E insistimos en que no es preciso recordar lo que ahora digamos porque, cuando haga falta, le daremos toda la información que necesite. Nos limitaremos, pues, por el momento, a ofrecer una visión global de este extraordinario despliegue evolutivo que todo ser humano se ve obligado a atravesar por la secuencia de mapas y gramáticas ocultas cada vez más desarrolladas y conscientes que gobiernan nuestro mundo.
A eso de los cuatro meses, hablando en términos generales, emerge la que se conoce como subfase de «eclosión», en la que el niño aprende a diferenciar su cuerpo físico del entorno físico que le rodea, aunque todavía no puede diferenciar su yo emocional del yo emocional de los demás, especialmente del yo de su madre. El niño se experimenta a sí mismo y a su madre como una especie de «unidad dual», una sensación de identidad fundida sin frontera que separe sus emociones de las emociones de quienes le rodean, especialmente, de nuevo, de las emociones de su madre. Este es el estadio «oral» del psicoanálisis, el estadio de las «necesidades fisiológicas» de Maslow (que incluyen el alimento, la comida, el calor y el refugio), el inicio del subestadio sensoriomotor de Jean Piaget y del estadio «arcaico» de Jean Gebser.
A menos que tengan una lesión cerebral, sufran de alzhéimer o padezcan de una enfermedad similar, pocos adultos permanecen en este estadio. Lo que sí que es posible, sin embargo, es que algunos aspectos de la conciencia sigan, en lo que el psicoanálisis denomina «una fijación oral», identificados con ese estadio. (Y tengamos en cuenta que no estamos hablando aquí solo de un «impulso oral», sino una «fijación oral», una diferencia, como veremos en breve, muy importante). Esta es una posibilidad, pues, que no deberemos olvidar. Son muchas las personas que experimentan fijaciones orales o, en el otro extremo del espectro, «disociaciones orales» (que también veremos más adelante) que desembocan, respectivamente, en «adicciones orales» o «alergias orales», generando problemas con las necesidades e impulsos fisiológicos básicos del organismo humano. Por ello, este es el estadio en el que debe comenzar el mindfulness integral.
(Digamos ahora, a modo de simple introducción de algo que veremos muchas veces a lo largo de este libro, que cada nuevo estadio del desarrollo «trasciende e incluye» al precedente, lo que significa que cada nuevo estadio incluye al estadio anterior, pero le añade algo nuevo. Y este emergente que no estaba en el estadio anterior es lo que lo convierte en un estadio «superior», porque no solo tiene en cuenta lo anterior, sino que le incluye algo novedoso y extra que lo hace, en algún sentido, «más grande», «más amplio» y «más elevado». En la secuencia evolutiva del desarrollo que va «desde los átomos hasta las moléculas, las células y los organismos», cada estadio va más allá del anterior y agrega algo nuevo y emergente a la existencia que «trasciende» a sus predecesores, como las moléculas trascienden o van más allá de los átomos. Pero cada estadio también implica completamente a sus predecesores, es decir, los envuelve o los «incluye» literalmente, de la misma manera que las moléculas incluyen literalmente los átomos. Y, como este proceso de «trascendencia e inclusión» opera en los 6 a 8 grandes estadios del crecimiento, desarrollo y evolución humano que estamos empezando a revisar, algo puede ir mal en cualquiera de estas dos fases o subestadios. Si algo va mal en la fase «trascendente», es decir, si el nuevo estadio fracasa en su intento de ir clara y limpiamente más allá del estadio anterior, partes del nuevo estadio quedan «atrapadas» o «fijadas» al anterior y el nuevo estadio presentará adicciones a las partes fijadas. Si el problema, por otra parte, se presenta en la fase «incluyente» –es decir, si el nuevo estadio no incluye e integra al anterior, sino que, en su lugar, disocia, niega y se escinde de algunas de sus partes–, acaba desarrollando una alergia a las facetas no deseadas que ha enajenado de sí mismo. «Adicciones y alergias» son los dos problemas universales que pueden acompañar a cada estadio de la evolución debido, precisamente, a la naturaleza «trascendente e incluyente» del proceso del desarrollo. Veremos muchos ejemplos de esto a medida que avancemos).
En este punto, que es el estadio más rudimentario e implica al deseo de alimento, el mindfulness integral consiste simplemente en permanecer en contacto con las ganas de comer. Si uno tiene hambre, se concentra en ese deseo y, en caso contrario, lo imagina. Este es el deseo más profundo, el impulso más poderoso y primitivo de comer, saciarse y dejar de tener hambre. Y si, cuando aflora ese deseo, uno no lo ha «trascendido e incluido completamente» (es decir, si todavía tiene algún tipo de apego a ese estadio), no se limitará a tener un impulso oral, sino que experimentará una fijación oral. Por ello, cuando irrumpe no es uno el que tiene ese deseo, sino el deseo el que le tiene a uno, lo que significa que una parte de usted sigue identificada con ese estadio que opera, en su conciencia, como si de un «sujeto oculto» se tratara.
La emergencia, en tal caso, del impulso de hambre (o de cualquier impulso fisiológico básico, ya sea de hambre, calor o cobijo), no significa que uno tenga o posea ese impulso, sino que es ese impulso y se experimenta, en consecuencia, como una parte de su sensación de identidad básica. Entonces uno es hambre que exige ser saciada. Y, en el momento concreto en que uno no es más que boca, el mundo entero se convierte en comida. Todas las demás preocupaciones se ven postergadas y la conciencia se halla completamente sometida al impulso del hambre. Y, en ese caso, uno solo quiere una cosa: satisfacer y eliminar, al menos provisionalmente, esa dolorosa sensación… hasta que asome nuevamente la cabeza y vuelva a desbordarle.
Cuando usted se hallaba en ese estadio, todo su ser estaba identificado con él: no es que tuviera simplemente ganas de comer, sino que usted era ganas de comer, todo usted era boca y el mundo entero era comida (por ello, precisamente, se lo conoce como «estadio oral»). Y, en la medida en que siga identificado con aspectos de ese estadio, tendrá una adicción a la comida, tendrá sobrepeso o estará clínicamente obeso. Cerca del 60% de los estadounidenses padecen, según el Instituto Nacional de la Salud, de sobrepeso (y un tercio son clínicamente obesos), una auténtica epidemia. En estos casos concretos, la conciencia de los estadounidenses se colapsa en el estadio arcaico y se ve motivada por el más primitivo y rudimentario impulso de los organismos vivos, el deseo de comer (o, dicho de otro modo, se centra en los impulsos fisiológicos más fundamentales necesarios para la supervivencia, como son la comida, el agua, el calor y el cobijo).
No hay nada más primitivo ni más primordial… o, dicho de otro modo, no hay nada más fundamental y menos significativo. Según la teoría integral, en cualquier jerarquía anidada del desarrollo o en cualquier «holoarquía» (un término acuñado por Arthur Koestler debido a que cada estadio superior trasciende e incluye a sus predecesores), los estadios «inferiores», «previos» o «más tempranos» son más fundamentales, porque hay más ítems que, para su existencia, dependen de ellos. Esto es algo perfectamente ilustrado por la secuencia (holoarquía) mencionada que va desde los átomos hasta las células y los organismos, en donde los átomos son evidentemente más «fundamentales», porque todos los estadios superiores los incluyen como ingredientes necesarios (de modo que la eliminación de los átomos implica la eliminación de todos los estadios más elevados). Por ello decimos que los átomos son más fundamentales porque, en su ausencia, no existirían las moléculas, las células, ni los organismos. Pero, siendo los menos fundamentales, los estadios más elevados son los más «significativos» porque, al incluir en su configuración más niveles de ser y de realidad, «significan» más realidad. Así pues, los organismos son muy significativos (porque incluyen, en su ser, átomos, moléculas y células), pero no son muy fundamentales, porque no hay muchos ítems que estén compuestos por ellos o que los incluyan en su configuración. (Si eliminamos los organismos, los átomos, las moléculas y las células seguirían existiendo [es decir, no son muy fundamentales], pero son muy significativos porque, al «significar» o «incluir» todos los estadios anteriores, representan mucha más realidad que un átomo, pongamos por caso). El ser humano es, en este sentido, el ser más significativo y menos fundamental de la existencia.
Los ingredientes de estas «holoarquías», dicho sea de paso, se llaman «holones», es decir, totalidades que forman parte de totalidades aún mayores. Así pues, la totalidad átomo forma parte de la totalidad molécula; la totalidad molécula forma parte de la totalidad célula; la totalidad célula forma parte de la totalidad organismo, etcétera. La realidad, en todas sus dimensiones –interior, exterior, individual o colectiva–, está compuesta de holones. El universo, dondequiera que miremos, está compuesto de holones. Cada uno de los niveles/estadios que ahora estamos considerando, cada uno de esos mapas ocultos, es un holón –es decir, es una totalidad en este estadio que se convierte en parte de la totalidad del siguiente estadio más elevado–; razón por la cual estos estadios son inherentemente cada vez más totales, complejos, unificados, inclusivos y abarcadores, algo que veremos que ocurre a lo largo de todo el camino que conduce de una identidad exclusivamente egocéntrica (o centrada en el «yo») a una identidad etnocéntrica (o centrada en el «nosotros»), una identidad mundicéntrica (o centrada en el «todos nosotros») y una identidad kosmocéntrica (es decir, una identidad con todos los seres sensibles, una identidad con la Totalidad).
Volvamos ahora, tras esta corta digresión, a nuestro tema principal: uno de los ítems a los que deberá prestar atención si tiene sobrepeso –y ya sé que, en tal caso, le habrán dicho centenares de veces que supuestamente está haciendo algo «mal» (y estará comprensiblemente harto, de modo que le ruego que me perdone)– es al hecho de que parte de la identidad de su yo permanece fijada a ese estadio temprano. Este impulso perdura como una parte oculta –aunque real– de su sensación de identidad, es decir, de la sensación real de ser usted mismo. O, dicho en otras palabras, sigue siendo parte de su sujeto, parte de su yo. Y esa es la razón por la cual el primer paso para renunciar a él, para desidentificarse de él, para verlo (en lugar de utilizarlo para ver y comprender el mundo) y para poseerlo (en lugar de ser poseído por él), consiste en verlo como un objeto empleando, para ello, el mindfulness.
La próxima vez que tenga hambre (independientemente de que tenga o no sobrepeso) practique mindfulness y préstele toda su atención. Y hágalo como si fuese una cámara de vídeo que lo observa todo de manera neutra y ecuánime sin emitir ningún juicio (es decir, sin criticar, condenar ni identificarse con nada), siendo consciente de ello y contemplándolo desde todas las perspectivas posibles. ¿Dónde se ubica la sensación de hambre (en la cabeza, en la boca, en el corazón, en el estómago, en los intestinos, en las manos o en los pies)? ¿De qué color es, qué forma tiene y a qué huele (responda lo primero que se le ocurra)? Sienta realmente el primitivismo, la sensación de urgencia y la impulsividad de esa pulsión. Permanezca con la urgencia de ese impulso. Convierta el impulso subjetivo en un objeto de su mindfulness, en un objeto de su conciencia. Contémplelo largo y tendido. Experiméntelo directamente con su conciencia más sensible (otra forma de referirse al «mindfulness»).
Quizás no nos hayamos quedado atrapados en ese estadio pero, yéndonos al otro extremo, nos hayamos desidentificado demasiado. Por lo general, acabamos desidentificándonos de cada estadio, es decir, dejamos de identificarnos exclusivamente con sus necesidades y sus impulsos. De este modo, siguen todavía en nuestra conciencia, pero hemos dejado de ser ellos y hemos pasado a ser conscientes de ellos o, dicho en otras palabras, los hemos «trascendido e incluido». Pero, si esa «desidentificación» es demasiado extrema o va demasiado lejos, no se limita a desidentificarse, sino que desemboca en una enajenación, una disociación y una represión. Y si tal cosa ocurre en el estadio oral, no acabamos con una adicción a la comida, sino con una alergia a la comida, generando entonces todo el espectro de disfunciones que van desde la bulimia hasta la anorexia y el infrapeso crónicos. Y la función del mindfulness en tales casos consiste en ayudarnos a incluir el impulso de hambre y facilitar el proceso de «trascendencia e inclusión».
Cada estadio del desarrollo, como ya hemos visto, «trasciende e incluye» a sus predecesores. Recordemos el simple ejemplo de la secuencia evolutiva que conduce desde los átomos hasta las moléculas, las células y los organismos. Cada uno de esos estadios «trasciende» o va más allá que sus predecesores agregando nuevas cualidades emergentes (cada estadio superior es, por ejemplo, «más completo»), pero también «incluye» o envuelve y engloba a sus predecesores (las células incluyen literalmente a las moléculas que, a su vez, incluyen literalmente a los átomos). La conciencia también tiene la cualidad de «trascender e incluir», es decir, es consciente de un objeto, pero también lo incluye, lo «toca», del mismo modo que podríamos decir que el espejo «toca» todas las imágenes que se reflejan en él. (Esta cualidad trascendente e inclusiva es el mecanismo central del proceso de crecimiento, desarrollo y evolución, y, en la medida en que avancemos, acabaremos familiarizándonos con él).
De manera que si ha enajenado o negado esos impulsos de hambre, puede prestarles una atención directa, amable y cuidadosa de manera clara y continua –manteniéndolos simplemente en el espacio de su conciencia sensible– e incluirlos de nuevo en la órbita de su «amistad» mientras su mente-espejo «toca» el reflejo del hambre del que es directamente consciente. De ese modo, no se identifica con el impulso de hambre, como el espejo tampoco se identifica ni se queda atrapado en ninguno de los objetos que refleja, sino que deja simplemente que sus reflejos vayan y vengan como mejor les plazca. Pero, mientras están ahí (es decir, mientras permanecen en la conciencia), esos reflejos son directamente «uno con» el espejo o, dicho de otro modo, el espejo «toca» directamente todos sus reflejos. (Finalmente llegaremos a ver y experimentar que la capacidad de la conciencia de ser «uno con» algo es el fundamento mismo de la capacidad de sentirse «uno con» el universo entero en la «Conciencia de unidad» radical). Por el momento, sin embargo, mantengamos directa y claramente en nuestra conciencia –como si estuviéramos visionándolo– el impulso de hambre y empezaremos a «trascenderlo y incluirlo» (teniendo en cuenta que la fase «trascender» acabará con cualquier adicción y que la fase «incluir» pondrá fin a cualquier posible alergia).
Prestemos este mismo tipo de conciencia atenta a todos nuestros impulsos fisiológicos fundamentales, no solo a la comida, sino también al agua, el calor (en el caso de que haga frío) o al frescor (si hace demasiado calor) y al cobijo. El cuerpo humano ha evolucionado a lo largo de millones de años desarrollando un gran número de variables para conservar un equilibrio con la naturaleza que permita nuestra supervivencia física. Comenzamos este proceso, en el estadio arcaico, con una identidad exclusiva y fundamentalmente impulsada por esas necesidades que, al final, conducen, como dice el maestro Zen Dogen, a «¡abandonar el cuerpomente!», lo que lleva a trascender e incluir nuestra identidad estrecha con este organismo aislado en el estado último al que los sufíes denominan «Identidad Suprema», la identidad con Todo, con el universo entero.
¿Le parece esto exagerado? Pronto haremos algún ejercicio que le permitirá experimentar directamente ese estado, de modo que siga atento. Entretanto, dediquémonos a convertir esos impulsos fisiológicos profundos, estos sujetos corporales, en objetos de conciencia, trascendiéndolos e incluyéndolos en nuestro propio ser.
Nivel 2 – Mágico-tribal (magenta)
En algún momento cercano a los 18 meses, el niño empieza a realizar, en el mundo actual, la distinción fundamental que existe entre el yo y el otro a un nivel emocional y sentimental, y puede empezar a advertir la diferencia entre su yo y el entorno que le rodea. Este estadio se conoce como «nacimiento psicológico del niño» porque es entonces, más o menos, cuando tiene lugar el nacimiento real del yo separado del niño. Este yo separado se ve inicialmente motivado por el impulso y la gratificación inmediata, está centrado en el ahora inmediato y tiene una modalidad de pensamiento mágica o fantástica. Este estadio, el nivel 2, se conoce como estadio «impulsivo», «mágico» o «emocional-sexual» (porque, con la emergencia del yo separado, empiezan a desarrollarse también las emociones básicas) y se le atribuye el color magenta. Se denomina «mágico» porque su modalidad de pensamiento tiende a basarse, en primer lugar, en la fantasía (y cree que todos los deseos tienden a materializarse mágicamente) y, en segundo lugar, porque, pese a que el yo está empezando a separarse del entorno, sigue mezclado con él, con lo que el yo permanece confundido con diferentes entornos, que asumen entonces cualidades pseudohumanas. Esa atribución de rasgos y motivos humanos a objetos exteriores es lo que técnicamente se conoce como «animismo». Es entonces cuando uno cree que el volcán entra en erupción porque está enfadado conmigo, que el trueno retumba porque está tratando de matarme, que las plantas florecen porque estoy enamorado, etcétera. Pero hay que precisar que el problema no consiste en adscribir conciencia, vida o sentido a la naturaleza –porque la naturaleza está llena de esos atributos–, sino en atribuir rasgos humanos a la naturaleza, una forma de pensamiento mágico antropomórfico en la que, al no haber acabado de separarse o diferenciarse completamente, sujeto y objeto se confunden y parecen influirse mágicamente de un modo fantástico y antropocéntrico. Esta forma de pensamiento mágico, supersticioso y fantástico es hoy en día el principal estadio del desarrollo infantil de los niños de entre 1 y 3 o 4 años.
Este estadio apareció históricamente hará unos 200 000 años jalonando la primera gran modalidad plenamente «humana» de ser y de existir. Los seres humanos emprendieron entonces la larga migración que acabaría llevándolos desde el corazón de África hasta Europa, Oriente Medio, el Lejano Oriente y, pasando finalmente, probablemente a través de una conexión terrestre entre Siberia y Alaska, a las Américas. La natura...