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El valor del arte
- 270 páginas
- Spanish
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Descripción del libro
Los ensayos recogidos en el presente volumen reflexionan sobre el valor del arte desde diferentes perspectivas. En primer lugar, se interrogan sobre la existencia de un valor específico del trabajo artístico y las obras de arte. En particular, algunos textos abordan la cuestión central del valor estético y de su conexión con la interpretación, la apreciación y el juicio de las obras de arte. En segundo lugar, ocupa un espacio central del libro el análisis de la relación entre el estético y otros valores que apreciamos en las obras de arte, como el valor documental, el histórico, el epistémico o el moral. Por último, la literatura, el cine o las artes plásticas son analizados desde el punto de vista del modo particular de dar sentido y articular en cada caso una concepción valiosa del mundo.
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Información
Categoría
FilosofíaCategoría
Arte generalEl valor de la belleza en el cine
Salvador Rubio Marco
«Hay bellezas que no son solo altaneras, sino
agrias; otras son dulces, y, más allá todavía, sosas.»
Michel de Montaigne, Ensayos1
agrias; otras son dulces, y, más allá todavía, sosas.»
Michel de Montaigne, Ensayos1
Hay dos tipos de malentendidos que se han cometido y suelen cometerse aún en el debate común sobre la actualidad y vigencia de la belleza en el arte y lo estético. Un primer tipo de malentendido ha consistido en el tránsito desde la creencia ingenua tradicional en el «teocentrismo» de la belleza en estética (imperante homogéneamente) a la creencia, presuntamente perspicua, en una especie de «giro copernicano» de la estética en el que la belleza es radical y súbitamente sustituida por otras categorías (como lo sublime, lo pintoresco, lo grotesco, lo cómico, lo terrorífico o lo original). Por el contrario, la misma estética está atravesada y marcada, desde sus inicios como disciplina filosófica, por la «crisis»2 de la primacía del valor antiguo de lo bello (ya en Addison, en Burke o en el propio Kant3). La propia pre-historia de la estética (pre-baumgartiana, se entiende) debería ser leída en términos de profundos matices o variaciones de esa unidad y primacía, si no directamente incluso como una extensión hacia atrás de esa relativización de lo bello que marca el contexto del nacimiento de la estética como disciplina filosófica.
Ni que decir tiene que queda en evidente fuera de juego la sublimación de ese mismo malentendido que consiste en matar a la belleza mediante las vanguardias o neovanguardias artísticas y usar su certificado de defunción como pasaporte de la estética moderna, o posmoderna4, por más que sea indiscutible que narrar los intentos de asesinato de la belleza por parte de ciertos programas artísticos y estéticos haya de ser una parte ineludible de la historia de la estética. Este texto arranca, pues, de la impugnación de esa pretendida acta de defunción de la belleza (sea cual sea su estado de salud o su modus vivendi actual), al menos en el territorio de la estética del cine.
Por otra parte, la actualidad de lo bello puede ser sometida al test simple de la pervivencia en nuestro lenguaje de ciertos términos, en la medida en que, como nos recuerda Robert Blanché, «lo bello y otros valores del gusto son sustantivaciones de predicados apreciativos que se utilizan en nuestros juicios estéticos sobre los objetos del arte o sobre los objetos de la naturaleza»5. Las citas que aparecerán a continuación en mi texto serían, pues, una evidencia suficiente de dicha pervivencia.
El segundo malentendido sería ignorar que, desde esa crisis (canónica y presuntamente) inaugural,
lo bello ya no está solo; necesita compañeros, incluso aunque siempre dé el toque final. A partir de entonces, los valores, en mayor o menor grado subsidiarios, que lo acompañan, también lo contaminan progresivamente. Diferenciación de los valores, alianzas poco más o menos jerarquizadas, contaminación recíproca: a este proceso de diseminación también se añade la emergencia de valores curiosamente negativos o resueltamente neutros6.
En esa historia de la estética como una historia de la «relativización de lo bello», la intervención de los otros valores conoce diversos «modos»: del orden del matiz (lo lindo, lo gracioso, lo plástico, lo poético, etc.), del orden de la antinomia (lo sublime, lo feo), si bien este segundo orden esconde, bajo la apariencia de una lógica dualista (antinómica) un sistema trivalente (donde se desliza lo neutro, lo indiferente7), o incluso una lógica plurivalente en la que anidan lo inevitable, lo nuevo, lo sublime y aun lo grave, lo suave, lo agradable y lo severo8, y hasta lo abyecto9.
La hipótesis de Chateau, a la que resulta difícil no sumarse (intuitivamente al menos), es que lo bello no ha desaparecido, sino que se ha deslizado virtualmente de lo artístico («donde incluso se convirtió en una suerte de contraste») a lo cultural («donde sirve principalmente para denotar el sentimiento de placer que procura el look de los individuos o de las cosas)», sin dejar de estar presente, pues, en lo artístico. Ahora bien, la hipótesis (o comprobación) no implica una defección de la estética, sino más bien todo lo contrario. Y esta es la tesis de Chateau que más me interesa:
Esta comprobación, del mismo modo que la consideración de los valores peyorativos, no implica tanto un conflicto de competencia con la antropología y la sociología como un debate interno a la estética10, consistente en saber si esta es susceptible de alimentarse del aporte de aquellas, sin abdicar de su episteme, o si, ofuscada, con razón o sin ella, por el positivismo de estas disciplinas, reprime su aporte, a riesgo de ratificar sus prevenciones, torpemente condensadas en la crítica de lo bello11.
La crítica de lo bello no puede, pues, desembocar en una capitulación por parte de la estética, que dejaría finalmente la cuestión de lo bello en manos de la sociología o la antropología12. La estética ha de ser capaz de asumir desde su propia episteme, característica e insustituible, la responsabilidad de la respuesta sin dejar de dar entrada a los aportes (necesarios) de la sociología o la antropología. El cometido de este texto es, en el fondo, asumir desde la estética esa misma responsabilidad.
¿Qué nos puede aportar el cine en el controvertido debate actual en torno a la vigencia de la belleza como valor estético y artístico? ¿Algo que aclare, del modo que sea, las vías de respuesta a la pregunta y el rol de la estética en ellas? ¿Qué relación mantiene lo bello, entonces, con otros valores, desde esa perspectiva? O mejor, ¿qué puede decirnos de esa relación (asumiendo ya un cierto interaccionismo13 en relación con los valores) la estética del cine?
Una primera respuesta a la primera de las preguntas anteriores tiene que ver con la naturaleza e historia del medio cine: como otros medios (también la fotografía14), ejemplifica perfectamente uno de los territorios donde se produce ese «deslizamiento» de lo bello desde lo artístico a lo cultural. El medio cinematográfico hereda (no sin problemas ni desde el principio) un marchamo artístico (y, por tanto, una cierta tradición de lo bello artístico), pero, en su desarrollo como medio, confina al cine artístico en determinados reductos minoritarios (en el interior de los cuales anida, como en otras artes, la «crítica de lo bello») mientras que se despliega mayoritariamente en productos «culturales» que acogen y elaboran de buen grado la categoría de la belleza a su manera (en relación con valores de modernidad, espectacularidad, o con cánones o modelos fisionómicos o conductuales, o directamente morales y políticos). En esos desarrollos, lo bello cultural reelaborado gira ya en una dinámica libre de (aunque no ajena a) las prescripciones y agonías de lo bello artístico anterior y paralelo. Lo dicho se ejemplifica fácilmente en la historia del cine: después de unos inicios (los «nacimientos» del cine) marcados por el espíritu científico-empresarial de los Lumière y Edison, e incluso por los espectáculos de salas de máquinas recreativas (las penny arcades), los barracones de feria y la satisfacción del público obrero inmigrante, el cine hace esfuerzos por ganarse un prestigio artístico acercándose al teatro, a la ópera, a la literatura o a la pintura (véase El asesinato del Duque de Guisa [L’assassinat du duc de Guise, A. Calmettes y Ch. Le Bargy, 1908] o las superproduccio...
Índice
- Índice
- Introducción Francisca Pérez Carreño
- Nunca es lo mismo. La interacción de estética, conocimiento y moral María José Alcaraz León
- Valores artísticos y experiencia estética Matilde Carrasco Barranco
- El valor cognitivo del arte y la investigación artística Gerard Vilar
- Mímesis y opacidad: la experiencia estética de la literatura Francisca Pérez Carreño
- El valor de tener voz Jordi Ibáñez Fanés
- La sombra de la autocensura y las estrategias de engaño: J. M. Coetzee y sus dobles Mikel Iriondo Aranguren
- El valor de la belleza en el cine Salvador Rubio Marco
- Bibliografía
- Los autores
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