La biografía del ganador de las dos primeras ediciones de la Vuelta a España, el belga Gustaaf Deloor, nos trae la historia de los comienzos de la gran vuelta española. Pese a la importancia de su gesta, Gustavo, como le llamaba la prensa local de la época, no llegó nunca a ser un corredor muy conocido y mucho menos reconocido. El periodista especializado en ciclismo Juanfran de la Cruz ganó el II Certamen de literatura ciclista "Un libro en ruta" con este libro.Gustaaf Deloor. Un nombre imprescindible para entender la historia de la Vuelta a España. Fue el vencedor de las dos primeras ediciones de la Vuelta, en 1935 y 1936. El ciclista belga es, sin embargo, un completo desconocido para la mayoría. Compitió junto a su hermano Alfons en las más grandes pruebas ciclistas europeas, aunque era la ronda española su preferida: "¿Cómo no amar a la Vuelta a España, a esta vuelta, a un país, cuando además, he sido objetivo de tan emocionadoras demostraciones por parte de su público hidalgo y caballero". Truncada su carrera deportiva por la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, Gustavo (como le llamaba la prensa española de la época) rehizo su vida como mecánico en Estados Unidos, llegando a trabajar en el proyecto Apolo que llevaría la primera misión tripulada a la luna. El periodista Juanfran de la Cruz, tras una larga investigación y tirando de hemeroteca y entrevistas personales con familiares y amigos que conocieron personalmente a Gustaaf Deloor, recoge en este libro todos los vaivenes de la vida del gran campeón belga.

- 200 páginas
- Spanish
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Gustaaf Deloor, de la Vuelta a la Luna
Descripción del libro
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Información
Edición
11935
El alumbramiento de la Vuelta Ciclista a España fue un parto largo y doloroso. Había sido, ciertamente, una criatura buscada y deseada. Pero tardó en llegar lo suyo. Dos décadas de esperas desde que Narciso Masferrer y Miguel Artemán la comenzasen a imaginar e intentasen estimular el proyecto. Como el Tour o como el Giro. No se salieron con la suya, muy a su pesar; pero la idea no desapareció nunca. Pervivió en una suerte de segundo plano, en una hibernación de la que despertaría mediados los años 30. Una historia de sobra conocida y en la que, tanto en las experiencias truncadas como en los albores de la definitiva, se mantendrían disparidades de criterios sobre trazados, participantes y demás cuestiones deportivo-identitarias. Uno de los más grandes periodistas de ciclismo de España, Jacinto Miquelarena, mostró en alguna ocasión su lado más crítico con el proyecto de la Vuelta a España[52].
Que un belga de nombre Gustaaf Deloor ganase las dos primeras ediciones no es que le hiciera un favor a la carrera en términos de promoción interna. Ni tan siquiera pudo repetirse durante la segunda la explotación temática de la lucha del nacional contra el foráneo que se vivió en la primera Vuelta, un esquema repetido hasta tiempos recientes a través del acercamiento periodístico a la carrera. Si en 1935 su dominio encontró más contestación nacional, Mariano Cañardo al frente, al año siguiente encarriló la general en la segunda etapa y su gestión de las rentas fue compatibilizada con las ayudas a su hermano mayor Alfons, quien al final concluiría segundo.
Su doble victoria consecutiva no era algo inédito en las grandes carreras. El francés Lucien Petit-Breton (1907 y 1908), el belga Philippe Thijs (1913 y 1914), el italiano Ottavio Bottechia (1924 y 1925) o el luxemburgués Nicolas Frantz (1927 y 1928) lo habían logrado en el Tour de Francia, ya para entonces la grande entre las grandes. Normal, siendo la primogénita. Y los italianos Carlo Galetti (1910 y 1911) o Giovanni Brunero (1921 y 1922) habían hecho lo mismo en un Giro de Italia en el que el también transalpino Alfredo Binda, en todo un paso adelante, encadenaría tres victorias entre 1927 y 1929. Incluso pocos años antes el portugués Alfredo Trinidade había hecho lo propio en la Volta a Portugal (1932 y 1933), otrora más prestigiosa. Lo que sí era una novedad es que ese encadenado llegase en las dos primeras ediciones. Sin duda alguna, sus dos mayores éxitos. Pero no los únicos en una carrera profesional truncada por la Segunda Guerra Mundial, como se verá. Otra de tantas.
Gustaaf Deloor había triunfado en la Vuelta a Flandes destinada para corredores aficionados en 1932, cuando aún no tenía cumplidos los 19 años; una edición en la que su hermano Alfons subió al podio de la prueba profesional, acariciando el éxito en la De Ronde. Más allá de la Vuelta, Staaf había cuajado buenas actuaciones en otras carreras por etapas importantes como la París-Niza o la Volta a Catalunya. Gran rodador y dotado de una gran resistencia física, capaz de gestionar bien la montaña estando en forma, aunque en ella estaba su talón de Aquiles, su juventud invitaba a pensar en grandes logros futuros. El conflicto bélico cortó de raíz esa carrera deportiva y estimuló una vida cuanto menos llena de vivencias. Aunque antes del ‘adiós’ definitivo, le pudo arrancar al destino una victoria en el Tour de Francia. De aquella primera edición de la ronda española Gustaaf extrajo un botín de 16.368 pesetas en premios[53], aunque Fons Versnick repartió todo el montante entre los miembros del equipo.
Deloor, dorsal 44, compartía equipo en aquella primera edición de la Vuelta con Anton Digneff, otro flamenco clásico en el ciclismo estatal de aquellos años y también instalado en el panteón de los honores de la carrera: él, ganador de la primera etapa, fue el primer líder que conoció la Vuelta. François Adams, François Gardier, Léon Louyet y el mayor de los Deloor, Alfons, completaban el plantel propuesto y dirigido por Alfons Versnick. Un bloque potente, más aún cotejado con el resto de la nómina de participantes. Un grupo que generaba piropos y favoritismos por disponer de «hombres de la finura y práctica de Alfons Deloor y Digneff»[54]. Lisonjas variopintas. Las identidades invitan ciertas reflexiones sobre los galones.
No está nada claro, y el mismísimo Versnick se encargó de manifestarlo, que el joven Gustaaf fuera el elegido para ser la gran baza belga. Sobre todo porque, en cuestión de palmarés, otros ciclistas le llevaban cierta ventaja. El propio Staaf no recuerda llegar especialmente en forma: «No venía excesivamente rodado, pues el mal tiempo que había hecho en Bélgica durante lo que llevábamos de aquel año apenas me había dejado acumular 10.000 kilómetros en mis piernas y ni siquiera pude terminar una carrera de todas las que empecé...»[55]. Pero los éxitos de algunos compañeros ya eran una razón suficiente, de por sí. Sin ir más lejos su hermano Alfons o el también citado Digneff podrían postularse para ese rol por una simple cuestión de experiencia. En Catalunya, en su Volta, se aclimataron y lucieron. Sobre Digneff, de hecho, el semanario As se refería a él como «el belga favorito general de la carrera»[56]. Por otro lado era de la partida Louyet, todo un doble ganador de etapa en el Tour de Francia de 1933; pero su carrera, discreta, finalizaría durante la escala de la caravana en Barcelona. Los hechos definitivamente se habían aliado con el joven Staaf en la consecución de su primer gran triunfo internacional. Recuerden. Líder, según el propio Versnick, «gracias a una curiosa reunión de circunstancias»[57].
La presencia de los Deloor no era la única de dos hermanos dentro del pelotón participante. También estaban inscritos los Trueba (Vicente, Fermín y Manuel) y los Ruíz Trillo (Ramón y Manuel). Aquella primera edición emergía como una Vuelta fraternal. Por aquella lectura política del unir y del cohesionar, era una vuelta para siete hermanos[58]. Para toda la concurrencia extranjera, los belgas, los italianos, el suizo, los holandeses, el austriaco y la delegación francesa, para todos, una empresa organizativa como aquella primera Vuelta tenía un punto de aventura. No ya solo por lo deportivo, sino por el idioma, por el clima, por las costumbres o por la alimentación. Por la vida en sí. «Supe que estaba en España por la música tan alegre que nos recibió en la estación», recordaba el ganador, seducido como todos los foráneos por los gastos de viaje, alojamiento y comida prometidos por la organización[59].
La general final, con nueve extranjeros en su top ten, con siete nacionalidades distintas entre los diez primeros, erosiona esa percepción. Pero es que las diferencias de nivel entre nacionales y foráneos resultaron más decisivas que esas incertidumbres sobre el escenario de la competición y las particularidades de sus diferentes contextos geográficos y sociopolíticos. Ay, aquellas infraestructuras. Ay, aquella España.
Esa apreciación sobre los diferentes niveles de la concurrencia alimentó, de hecho, u...
Índice
- Pioneros
- Una plaza en el Barrio Español
- Merci, Monsieur Versnick
- Alfons
- 1935
- «Una verdadera obra de arte de la evasión»
- «Como un monumento pétreo y centenario»
- Suspiros por un arcoíris
- Un rincón en el Tour de Francia
- De la pesadilla bélica al sueño americano
- Flores naranjas
- Anexo Fotográfico