
- 200 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
La guerra con los Estados Unidos
Descripción del libro
Guillermo Prieto fue el Homero de nuestras guerras: cantó en verso conmovedor y vigoroso la guerra insurgente, el Romancero mexicano reúne su obra lírica en torno a la insurgencia en forma emocionada y limpia; los Apuntes para la guerra entre México y los Estados Unidos representan la historia más humana y dramática sobre este lamentable suceso. No es esta última relación un simple parte militar, detallado y seco, sino la expresión del trauma que sufrió México ante esa guerra injusta; Prieto la vivió y la sufrió, conoció a sus actores y por ello ese texto tiene el vigor y la desesperanza de un relato y de un acontecimiento trágico.
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Información
Año
2020ISBN de la versión impresa
9789703212293LA GUERRA CON LOS ESTADOS UNIDOS
En la obra intitulada Apuntes para la guerra entre México y los Estados Unidos, de que me ocuparé a su tiempo, me tocó describir con todos sus pormenores y con cuanta imparcialidad me fue posible, no indicándoos y no muy someramente algunos pormenores, porque así lo exigieron las circunstancias; pero después de pasados tantos años puedo repetir, con la mano en mi conciencia, que lo que asenté fue la verdad imparcial y severa.
Independiente de la narración a que acabo de aludir, conservo impresiones horriblemente dolorosas de la saña, de la envidia, de las pasiones personales de Valencia y Santa-Anna, las hostilidades de sus círculos; las calumnias y chismes rastreros que tienen pajas encendidas, volaban a las alturas y producían desastres y ruinas.
Recuerdo también las ilusiones y las esperanzas de victoria, tan sinceras, tan nobles de la generalidad, y tan dolorosamente desvanecidas.
El momento en que el joven Agustín Iturbide se puso al frente del batallón de Celaya gritando: “¡Conmigo, muchachos, mi padre es el padre de nuestra independencia!”, me conmovió hondamente.
¡González Mendoza, lanzándose como un torrente sobre las cabezas enemigas, cantando con sus oficiales el himno nacional, era magnífico!
El asalto a Padierna, la llegada allí de los yankees, el encaramarse uno al asta bandera, derribarla, desgarrarla, repisotearla orgulloso, fue horrible; y lo veía a través de mi llanto y aullaba como una mujer... me dolía la sangre, gemía algo dentro de mí que me espantaba... la muerte hubiera sido como agua pura y fresca para mi alma sedienta.
Un instante, un sólo instante, que apenas se habría podido medir con la luz del relámpago, tuvimos una alucinación de victoria.
Un oficial obscuro, de Celaya, pequeño de cuerpo, delgado, de movimientos rápidos y con estridente risa, se caló su sombrero ancho forrado de tela, empuñó su espada, dirigió unas cuantas palabras a los soldados que lo rodeaban y prom, prom, prorrom, marchó, arrostrando cuantos obstáculos se oponían a su paso hasta Padierna... Allí asaltó, mató, aniquiló cuanto se le opuso... se asió al asta bandera, se encaramó y derribó hecho trizas el pabellón americano... y restituyó a su puesto nuestra querida bandera de Iguala, que parecía resplandecer y saludarnos como un ser dotado de corazón y grandeza.
Todas las músicas prorrumpieron en dianas; todos los estandartes, guiones y banderas se agitaron en los aires, y todos vitoreamos con lágrimas varoniles aquel instante robado a la fatalidad de nuestro destino.
Chuabilla, que así se llamaba el hermoso oficial autor de la hazaña que acabamos de referir, quedó mortalmente herido... y en los últimos días que atravesó acompañado de la música, sufría aún las consecuencias de aquel arrebato que coloca su sitial y su fama en un lugar tan distinguido en nuestros fastos militares.
La muerte gloriosa de Frontera, la impasibilidad del general Salas, la herida de Blanco, todo haría detener a mi memoria, si no la embargasen los últimos momentos de esa batalla.
El declive de la loma que ocupaba el señor Valencia, que era como base de una sección de la serranía del Sur, estaba circundando de mal país y hondísima barranca, cuyos bordes, en semicírculo, daban al norte o límite del pueblo de Coyoacán.
Los americanos habían circunvalado la loma, penetrado por el mal país y la barranca hasta tener y como abrazar nuestro campo. Pero a las alturas de Coyoacán se había mandado como auxilio, pero sin orden de batirse, la brillante división del general don Francisco Pérez, que se situó perfectamente para coger entre dos fuegos al enemigo.
Entonces la confianza en el triunfo fue completa, llovieron felicitaciones, se expidieron despachos y se entregaron a los más increíbles delirios los hombres de aquella benemérita división.
Creo de toda justicia mencionar al jefe don Agustín Zires, que por dos veces desalojó a los americanos de Padierna con heroica bravura; al señor García, que perdió una pierna en la acción, y al capitán Feliciano Rodríguez, que aunque ayudante del señor Valencia, se lanzaba con ardor a los mayores peligros, en auxilio de sus compañeros de armas.
Pero cayó la noche, se suspendió toda correspondencia entre las filas del general Santa-Anna y las nuestras. En la obscuridad se sentían los avances del enemigo cabalmente del lado que nos creíamos protegidos. El general Vale...
Índice
- PRESENTACIÓN
- LA GUERRA CON LOS ESTADOS UNIDOS
- CRONOLOGÍA
- BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA
- INFORMACIÓN SOBRE LA PUBLICACIÓN