PRÓLOGO
LA CICATRIZ DE LA MEMORIA
… esa inalterable presencia ausente que se desgrana dolorosa en la cicatriz de la memoria.
ESTHER SELIGSON, Sed de mar
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Esther Seligson se mueve en los espacios luminosos y dolientes del tiempo que fluye, y desde ahí —desde lo perdido y lo siempre por venir— crea un mundo. Su mundo. Los sueños, el deseo y la búsqueda insaciable de una libertad que, aun sabiéndose herida, no abandona la marcha marcan sus letras.
¿Cómo hablar de Esther? ¿Desde dónde acercarse a su obra, diversa, inquietante, profunda, sugerente y transgresora a la vez? ¿Con qué palabras dar cuenta de los muy diversos caminos que recorrió a lo largo de la vida?
Quizá no haya mejor modo de hacerlo que escucharla a ella misma. Escuchar, por ejemplo, los versos que abren “A los pies de un Buda sonriente”:
Vengo de un largo
trayecto de abandonos
no soy la única
lo sé no lo presumo
pero son mis pies los míos
quienes recorren y recorrieron
el camino mis pies y no otros
mi cansancio y fatiga
intemperie de abrazos
sin consuelo
enmimismada
¿Cómo dar cuenta de ese camino, de esas travesías, de esa fatiga? Tal vez los múltiples libros, poemas y ensayos que Esther escribió no sean sino un largo relato autobiográfico, un recorrido a lo largo del cual deseaba ir encontrando los dispersos fragmentos de sí misma. Trayecto hacia el origen de la palabra poética, búsqueda de lo esencial, ofrenda en el desierto, silencio de huesos pulidos por la arena.
Intentemos con ella un viaje, aunque sepamos que Esther, como el primer pájaro, es inaprensible, tal como lo escribe en el texto “La esfinge”, de Jardín de infancia: “El pájaro, frente a Adam, no quiso recibir un nombre. Prefirió volar libre y morir de inmediato, apenas creado, libre también”.
No demos entonces nombre a este viaje que no es lineal sino caleidoscópico: viaje en el que tiempos y espacios tienen fronteras porosas y límites difusos. El aquí y el ahora son solo un modo de concebir la memoria. “Se desdobla el viento en remolinos que enturbian la vista. Todo aquí es polvo”, escribió Geney Beltrán Félix, y ella tomó esa frase para darle título a su último libro. Si todo aquí es polvo estamos ante el principio y el fin. La vida y su relato como espiral.
Me detengo un momento en esa imagen: la espiral. En una entrevista que le hizo Jacobo Sefami, Esther dijo: “La noción de la espiral implica que todo es Tiempo imbricado en el tiempo que se despliega en puntos temporoespaciales (ya no recuerdo quién supuso que yo literaturizaba la concepción bergsoniana), que la única Morada a construir sea la de la Palabra en el sentido jabesiano más estricto. Otro ámbito en el que el tiempo no existe, y en consecuencia, tampoco el espacio, es el ámbito del sueño, ámbito en el que se mueven absolutamente todos mis escritos”.
El sueño y el mito, entonces, como espacios fundacionales de la deslumbrante y entrañable palabra literaria de Seligson. Y la memoria ancestral, “con su identidad, sus miedos y esperanzas. (…) Somos seres en permanente tránsito llevando a cuestas nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro”.
Y en ese pasado hay un origen no solo mítico sino también íntimo, familiar: el nacimiento en la ciudad de México el 25 de octubre de 1941 (“Escorpión con ascendente en Leo”, diría siempre Esther con orgullo de adivina, maga, hechicera, astróloga). Descendiente de judíos ortodoxos, una hermana acompaña su vida, Silvia, amada y cómplice. Con ella, una madre y un padre. La madre, llegada desde algún lugar de la Rusia zarista, tenía “un alma traviesa, perezosa y una insaciable curiosidad que por su misma indolencia dejó inconclusa en mil y una minuciosidades, como quien se la pasa garabateando itinerarios, planos, cartas, y ni se embarca, construye ni escribe”. A esa madre fiestera, alegre, amante del cine y de la música, pero también a la que le impidió dedicarse a la danza y a la que imponía límites incomprensibles a sus hijas, Esther escribió “En su desnuda pobreza”, uno de los poemas más bellos del libro Negro es su rostro:
Sin ti es incomprensible,
demasiado vasto, Madre,
el ímpetu, la fisura,
la inocencia,
la fidelidad ¿cómo?
la duda incluso
Madero para la flor
cobijo en la piedra
sé mi lecho a la hora del crepúsculo
espuma para cubrir mis ojos
no me ahogue el temor al hundimiento
o venga a moverme
la visión de un recuerdo
el grito jubiloso de un niño
a orillas del mar
A orillas del mar
Madre
ahí recoge la ofrenda de mis huesos
ceniza púber
el mar que tanto amamos
niñas de largo cuerpo y voz delgada
—cuánto anhelo de crecer—
entonces, en verdad,
éramos libres de arrullar los sueños
locuaces
modelábamos castillos
entre la arena escurridiza
—¿quién no vivió su infancia imaginand...