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Chicago, 1944:
Horace Cayton
El 9 de octubre de 1944, Virginia Dobbins compró una casa en un edificio de residentes blancos fuera de los barrios afroamericanos de Chicago. Unos días más tarde, cuando llegó con sus pertenencias, se encontró a los vecinos desmontando las cañerías.
«No queremos disturbios aquí —le explicaron los vecinos de al lado—. Así que estamos tirando la casa abajo. No queremos problemas».
La señora Dobbins acudió a la comisaría de policía del Distrito 18 para solicitar protección. El agente se negó, aduciendo que podía mandar un coche patrulla a su casa, pero que no tenía orden especial del comisario para vigilarla. Al final, los vecinos la incendiaron e inundaron, dejándola reducida a escombros.
Alrededor de un mes después, un grupo de ciudadanos negros se reunieron en la iglesia episcopal metodista africana (AME) del barrio de Woodlawn para discutir el caso de Virginia Dobbins y el problema general de la violencia contra los afroamericanos que intentaban instalarse a unas manzanas de los abarrotados barrios negros de Chicago. Hacía una generación que no se veía violencia de esta magnitud. Un estudiante de posgrado afroamericano de la Facultad de Sociología de la Universidad de Chicago llamado Horace Cayton, que estaba entre los asistentes, se puso en pie y leyó una serie de comentarios queriendo llamar la atención sobre las fuerzas sociales que habían dado lugar a esta situación.
Cayton no era un estudiante de posgrado corriente. Por parte de madre, era nieto de Hiram Revels, de Misisipi, el primer afroamericano elegido para el Senado de Estados Unidos. Los padres de Cayton fundaron The Seattle Republican, periódico leído por blancos y negros por igual. Horace creció en un ambiente racial menos restrictivo en el noroeste del país, en una casa situada dentro de un barrio blanco y con una sirvienta japonesa a tiempo completo. Sus padres tuvieron como invitadas a algunas de las figuras afroamericanas más importantes de la época, entre ellas Booker T. Washington. Para cuando Cayton llegó al instituto, Seattle había cambiado mucho como consecuencia de la enorme migración negra. El periódico perdió muchos suscriptores blancos y acabó quebrando. Antes de entrar en la universidad, Cayton había estado en prisión por romper las leyes de segregación racial al negarse a abandonar el sector blanco de un cine; también pasó una temporada en un reformatorio para delincuentes juveniles por participar en un robo, trabajó como marinero sin papeles y como empleado de mantenimiento en un burdel de Alaska. Una vez en la universidad, dio un giro de ciento ochenta grados y se convirtió en el primer agente de policía negro en Seattle.
Convertido ahora en un experto y emergente investigador, Cayton se había labrado fama dentro de la comunidad negra. Escribía una columna para The Pittsburgh Courier, un importante diario afroamericano que se distribuía por todo el país. Llevaba cinco años dirigiendo el centro comunitario Good Shepherd en la calle 51 esquina a South Parkway, en pleno barrio del South Side de Chicago. Era una figura valorada entre los blancos liberales, que hacían generosas donaciones al Good Shepherd, y también entre la comunidad afroamericana, que le consideraba un activista involucrado en todas las batallas por los derechos civiles. Era invitado regularmente a hablar en iglesias blancas y negras. En su vida privada, las tensiones de su matrimonio con una mujer blanca acabaron pasándole factura y ahondaron su punto de vista sobre la patología racial de la ciudad.
Aquel día de 1944, Cayton informó a los presentes en la iglesia de Woodlawn de que el hijo de la señora Dobbins estaba en el Ejército. Es probable que el hecho no pasara desapercibido entre los oyentes, que eran muy conscientes de que sus hijos estaban luchando contra los nazis. Como dijo el organizador sindical Charles Collins resumiendo la opinión de muchos afroamericanos en aquella época: «Los negros saben lo que es vivir en un gueto […], solo conseguirán la igualdad con una victoria de Naciones Unidas si abrimos un doble frente: uno contra Hitler y otro contra el peor enemigo interno, la discriminación racial».
Al igual que ocurriera con Du Bois, Cayton había conocido la situación de los judíos de primera mano durante una visita a Europa. Fue en 1933, cuando viajó con una estudiante sueca que conocía de la universidad en Chicago, y decidió tomarse unos días en solitario en Hamburgo. Cayton, cuya piel era bastante clara, salió a dar un paseo y se detuvo en un banco de un parquecito a descansar. Allí estuvo sentado hasta que un policía se le acercó y le preguntó si era judío. Cayton no entendía alemán, de modo que el agente regresó con un ciudadano que hablaba inglés, que hizo de traductor.
—No, soy estadounidense —contestó Cayton, pero su respuesta no bastó para zanjar el tema.
Tras un breve intercambio entre el agente y el ciudadano, este le dijo a Cayton:
—Si no es usted judío, no tiene por qué sentarse en este banco. Es solo para judíos.
—Pero me gusta —contestó Cayton—. ¿Hay alguna ley que prohíba que me siente aquí?
El agente se quedó perplejo, y mantuvo un intercambio algo más largo con el traductor.
—El agente dice que se puede sentar aquí si lo desea, pero es para judíos. No entiende por qué quiere quedarse donde se sientan judíos.
Cayton no contestó, y tras unos minutos los dos hombres se marcharon. Años más tarde, recordaba que, aunque había oído hablar de la discriminación contra los judíos, aquella fue la primera vez que la vivió. «Me pareció todavía más absurda que en Misisipi, donde la discriminación se basaba en diferencias de color. Allí ni siquiera podían saber qué aspecto tenía un judío».
Cuando aumentaron las restricciones espaciales para los negros, algunos vieron una analogía aceptable en la persecución de los judíos por parte de los nazis. Una de las primeras comparaciones públicas surgió a finales de 1938 en una resolución del Comité Interracial para el Distrito de Columbia, que decía: «Nos unimos a toda la gente que sigue adhiriéndose a la ética de nuestra civilización común para protestar contra la abominable persecución de los judíos […]. Al mismo tiempo, no podemos dejar de señalar que, en muchos aspectos, el sufrimiento de esa minoría inocente en Alemania [y] Polonia […] es alarmantemente similar al sufrimiento de una minoría parecida en nuestro propio país. El gueto actualmente en construcción en Alemania es la segregación de personas de tez oscura establecida en muchas ciudades estadounidenses». La resolución tuvo mucha re...