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Cruzando el muro
Recuerdos sobre los comienzos del Opus Dei en Alemania
- 288 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro
?Una de las veces que vino san Josemaría [a España], le pregunté cuándo iba a empezar la labor del Opus Dei en Alemania. Él respondió con otra pregunta: "¿Sabes alemán?". Vacilé un poco… A pesar de todo contesté que sí… Fue el inicio de lo que serían mis 48 años en ese país?.
En 1952 el doctor Jordi Cervós se traslada a Innsbruck, y meses más tarde a Bonn. En estas memorias relata su acceso a la cátedra de neuropatología y sus años como vicepresidente de la Universidad de Berlín (Este), al hilo de la expansión del mensaje del Opus Dei.
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Información
Edición
1Categoría
Theology & ReligionPARTE V
BERLÍN
CATEDRÁTICO EN BERLÍN. VIAJE A BUCAREST
Recibí la tan esperada carta del ministro probablemente el viernes 24 de mayo de 1968, ya que la contesté el lunes 27 y estoy seguro de que lo hice a vuelta de correo. En la carta, el profesor Dr. Werner Stein, Senator für Wissenschaft und Kunst (senador de Ciencia y Arte) me comunicaba que en la Facultad de Medicina de la Universidad Libre de Berlín estaba vacante la cátedra de Neuropatología. El rector y el senado académico, a petición de la Facultad de Medicina me, habían propuesto para ocupar dicha cátedra. Viendo esta propuesta, me preguntaba si yo en principio tendría interés en aceptar la cátedra. En caso afirmativo, me rogaba que me pusiera en contacto con el «kurator» de la universidad para tratar de las condiciones. Esta es la forma como en la universidad alemana se lleva a cabo la provisión de una cátedra. Después de haber sido requerido por el ministro y antes de aceptar o rechazar, se entra en tratos con la universidad para exponer las condiciones que exige el candidato. Estas condiciones incluyen la remuneración, que varía según los méritos del candidato, y se tratan las exigencias de personal, espacio y equipo.
El mismo día que contesté al ministro, dando las gracias por haberme elegido, y declarando mi disposición positiva para ocupar la cátedra, escribí al kurator (encargado de la provisión material de las cátedras) pidiéndole una fecha para iniciar las conversaciones. En el mes de junio hice mi primera visita al que ya podía llamar «mi Berlín». El kurator von Bergmann me hizo una oferta muy generosa, tanto en personal como en equipo, incluyendo en este último un microscopio electrónico que yo tanto había anhelado durante muchos años.
Con la obtención de la cátedra, comenzaba una nueva etapa en la Universidad Libre de Berlín. Era una universidad relativamente reciente, cuya historia reflejaba los avatares de la antigua capital de Alemania al terminar la guerra. La Universidad de Berlín, la Kayser Wilhelm Universität, fue fundada en 1810 por Wilhelm von Humbold con el lema: «El que enseña ha de investigar y enseñar a investigar». Este concepto de universidad la hizo célebre y fue el modelo que adaptó gran número de universidades en Europa, América y Japón. Esta universidad había quedado en la zona de ocupación soviética y se le había cambiado el nombre por el de Berliner Universität.
En junio de 1945, el filósofo Eduard Spranger fue nombrado Rector provisional de la Universidad de Berlín, pero ya en agosto renunció al cargo porque, como expresaba en una carta, las autoridades de la potencia ocupante estaban organizando una universidad distinta de lo que había sido hasta entonces la universidad alemana. Surgieron tensiones con los estudiantes que se resistían a aceptar la presión del Partido Comunista en el funcionamiento de la universidad. A raíz de protestas durante la inauguración del curso académico, fueron encarcelados tres estudiantes y, bajo la acusación de espionaje, condenados por un tribunal militar soviético a 25 años de trabajos forzados. A estos hechos siguieron protestas de estudiantes que exigían la creación de una universidad, libre del dominio comunista, en el Berlín occidental. El general americano, Lucius Clay, apoyó la iniciativa de los estudiantes y de profesores y el 4 de diciembre de 1948 se celebró oficialmente la fundación de la Freie Universität von Berlin, conocida por las siglas FU.
Es interesante, y manifestación del espíritu de cooperación y superación de la Alemania de posguerra, que los estudiantes que se matriculaban en la Universidad Libre asumían la obligación de trabajar durante un tiempo en la construcción de las aulas y laboratorios. Aunque cuando yo llegué ya habían transcurrido 20 años desde su fundación, todavía continuaban los problemas de falta de espacio. La Facultad de Medicina de la FU se había instalado en el Klinikum Westend, que a pesar de ser un hospital de una dimensión considerable, a lo largo de los años había quedado insuficiente por el continuo crecimiento de las clínicas universitarias. Por este motivo, en las conversaciones con el kurator y el decano, se decidió que el Instituto de Neuropatología se instalaría en un nuevo hospital que estaba a punto de inaugurarse en el distrito de Steglitz.
En mi primera entrevista, von Bergmann me comunicó que el senador de Interior había declarado mi actividad como de «especial importancia» para la República Federal Alemana y para el Berlín occidental. Por este motivo, y teniendo en cuenta la ley de funcionarios del Estado, aunque pasaba a ser funcionario del Estado alemán mantendría mi nacionalidad española. Solamente tenía que jurar previamente la Constitución alemana. No quedé muy satisfecho, pues yo deseaba tomar la nacionalidad alemana, teniendo en cuenta que san Josemaría siempre nos había recordado que no habíamos ido a Alemania para enquistarnos, sino para integrarnos y así dar a conocer mejor el espíritu del Opus Dei. Manifesté mi sorpresa de que el senador del Interior —no el de universidades— se interesara tanto por mi trabajo de investigación del cerebro. Pero todavía fue mayor la sorpresa cuando el canciller declaró que el senador no tenía ni idea de mi actividad científica.
La explicación era que desde hacía siete años, es decir, desde la construcción del Muro, no existía ninguna comunicación con la Humbold Universität en el Berlín oriental, ni tampoco con otras universidades al otro lado del Telón de Acero. Científicos del resto de la República Federal alemana, podían recibir invitaciones y visados para los llamados países socialistas. Pero a los de FU, el estatus de los habitantes del Berlín occidental no les permitía visitar tales países. Por este motivo se esperaba que, como español, yo pudiera establecer esas relaciones. Se abría un nuevo horizonte que yo no me había podido ni imaginar. Claramente la lógica de Dios supera infinitamente la humana.
Antes de sospechar nada de esta futura actividad, y antes de iniciar mis gestiones en Berlín, había aceptado una invitación para un congreso en Rumanía. La invitación la había recibido en mayo y el congreso tenía lugar del 19 al 21 de septiembre. De la Europa no comunista, es decir, de los países no socialistas (según la nomenclatura oficial de los países del otro lado del Telón de Acero, que se denominaban a sí mismos «países socialistas»), en el programa se mencionaban solo a tres invitados: el profesor van Bogaert de Bélgica, como uno de los neurólogos de máximo prestigio; el profesor Hof de Viena, conocido como simpatizante con el comunismo; y yo mismo. Personalmente, carecía de los títulos de los otros dos invitados, pero había conocido en el Congreso de Budapest al profesor Kreindler, director de la clínica de neurología de la Universidad de Bucarest y organizador del congreso. El hecho de que yo hubiera participado en aquel congreso de Budapest, como único invitado de los países no socialistas, probablemente le hizo suponer que yo también era simpatizante de los comunistas.
En agosto tuvo lugar la invasión de Checoslovaquia por tropas de los países del Pacto de Varsovia. Por el hecho de no haber tomado parte en dicha invasión, se temía que los rusos proseguirían invadiendo también Rumanía. Sin embargo, era optimista esperando hacerme pronto cargo de la cátedra de Berlín. El hecho de que Frank Matakas y su esposa quisieran acompañarme con el magnífico Citröen 21 de su padre me animó a emprender el viaje. Tomamos medidas de seguridad. Una doctoranda, procedente de la minoría húngara que al final de la guerra mundial fue anexionada por Yugoslavia, nos dio algunas direcciones dentro de Yugoslavia y de la Transilvania, la parte norte de Rumanía que también había pertenecido a Hungría. Con estas direcciones nos sentíamos más seguros, pues en el caso de que llegaran los tanques rusos, sabíamos dónde refugiarnos.
Al salir de Austria, atravesamos lo que entonces era Yugoslavia y ahora es Croacia y Bosnia-Herzegovina. Seguimos el trazado de una autopista que construyeron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba en bastante mal estado, por lo que necesitamos prácticamente todo un día para llegar a Rumanía. Hicimos noche en una población fronteriza todavía en Yugoslavia. Al bajar a cenar encontramos el comedor casi lleno. En un estrado, una vocalista cantaba canciones eslavas que no entendíamos pero se notaba que eran más bien tristes. Quizás era nuestra imaginación, pero uno tenía la impresión de estar viendo una película de espionaje, sobre todo cuando el camarero nos preguntó si queríamos comprar dinero rumano. Al venir a servirnos trajo el dinero, escondido debajo de la bandeja, mientras sonaban los acordes de la canción melancólica.
Al día siguiente, con el dinero rumano bien escondido, llegamos al puesto fronterizo, entregamos nuestros pasaportes a un soldado que llevaba colgando un fusil ametrallador. Al rato, regresó y entregó los pasaportes al matrimonio Matakas, pero me pidió que me apeara del coche y que le acompañara. Mientras andábamos me contó que estaba casado pero tenía problemas para tener hijos y me pedía mi parecer, dada mi condición de médico. Fue en esta conversación cuando me di cuenta de que, hablando catalán, castellano, francés e italiano, se podía entender el rumano. Mientras tanto, Frank y su esposa estaban angustiados pensando que el soldado, con su fusil ametrallador, me estaba sometiendo a un duro interrogatorio. Cuando volví al coche me preguntaron si había sido muy terrible. Como en presencia de la señora yo no quería contar cuál había sido la conversación, contesté evasivamente: «Solo quería tener información pero no ha habido problema».
Cuando llegamos a Bucarest, comprobamos que yo era el único invitado de los países no comunistas que asistía al congreso. Era evidente que van Bogaert y Hof habían tomado en serio la amenaza de una invasión de los rusos a Rumanía y habían preferido quedarse en casa. Las comidas las tomábamos en la Maison des hommes de science. El nombre manifestaba que, antes de la guerra, y aun entonces, el francés era la lengua extranjera que predominaba en Rumanía. Como ya he indicado anteriormente, Frank era un marxista convencido. En la conversación con un profesor mostró cierta sorpresa cuando este le explicó que además de la casa donde vivía tenía otra donde pasar las vacaciones. Aquel profesor rumano me preguntó si yo también era marxista, a lo que contesté: «Todo lo contrario, soy capitalista». Él me respondió que no podía imaginarme la alegría que le daba: «¡Hacía tiempo que no oía a nadie pronunciar esa palabra!», dijo.
Después de dar la conferencia, el presidente me impuso la Placa Marinescu como reconocimiento de la Academia Rumana de Ciencias, un neurólogo rumano mundialmente conocido. Yo siempre he dicho que esta condecoración no era tanto por mi mérito científico, sino por mi valentía al haber asistido al congreso a pesar del peligro ruso. Decidimos pasar el fin de semana en Mamaia, junto al Mar Negro.
Al llegar al hotel pregunté en recepción dónde había una iglesia católica en los alrededores. La recepcionista, que hablaba alemán, me contestó que no tenían ninguna información sobre este asunto. Le repliqué con un tono algo autoritario, para el cual el alemán es muy apropiado, que yo era un cliente del hotel y como tal esperaba que buscara la información que deseaba. Una hora después me llamaron a la habitación para comunicarme que al día siguiente, que era domingo, había una misa católica en Constanza, una ciudad que distaba 20 km del hotel. Me dieron la dirección y la forma mejor de llegar al lugar. Al día siguiente, me aproximé al lugar y me llevé una sorpresa al no encontrar ninguna iglesia o capilla: la misa se celebraba en un garaje. Me emocionó ver a gente devota que cantaba canciones que yo no entendía casi nada, aunque en varias se distinguía el nombre de María.
BERLÍN: ENCUENTRO CON LA CIUDAD Y EL KLINIKUM
No recuerdo si fue porque tenía prisa en tomar posesión de la cátedra o porque el servicio de correos era muy lento, el caso es que llegué a Berlín antes de recibir la respuesta a mi carta en la que se anunciaba mi incorporación a la cátedra para el 1 de noviembre. Tomé un vuelo de British Airways, ya que solo se permitía utilizar tres corredores aéreos a las compañías de las potencias occidentales ocupantes. Estos corredores, a través de la zona de ocupación soviética, comunicaban la República Federal Alemana, concretamente Múnich, Frankfurt y Hamburg, con Berlín.
No llegaba como visitante, sino como nuevo ciudadano. Para la mayoría de alemanes, la ciudad, dividida y rodeada por el comunismo, era un islote casi olvidado. Pero para mí, que como ingenuo germanófilo había estado pendiente de lo que ocurría allí durante la guerra mundial, Berlín continuaba siendo la capital de Alemania. Tomé un taxi y le dije al conductor que quería un alojamiento cerca del Klinikum. Me llevó a un hotel relativamente modesto, pero bien cuidado y agradable. Como habíamos concertado en Bonn, a la entrada del Klinikum me esperaba Frank Matakas, que había decidido venir a Berlín para trabajar conmigo. Había hecho el viaje en coche y llegó antes que yo. Él conocía ya algo la ciudad y, a pesar de su ideología marxista, me ayudó aquella misma tarde a encontrar una iglesia católica. Me llevó a la Canisius Kirche, que era la iglesia vanguardista más moderna, construida después de la guerra.
Como es lógico, mi interés era conocer lo más pronto posible los puntos emblemáticos del centro de Berlín, así como el tristemente célebre Muro. Describo la impresión que me causaron, el año 1968, a mi llegada a Berlín. Ahora, a más de un cuarto de siglo de la caída del Muro, algunos de los lugares es imposible ni tan siquiera reconocerlos. El centro por antonomasia era el Kurfürstendamm, donde se alternaban magníficos edificios que recordaban el Berlín de antes de la guerra con otros modernos, arquitectónicamente bien conseguidos, que reemplazaban a los demolidos por las bombas. A lo largo de sus casi 3 km, se encontraban los mejores establecimientos comerciales y un buen número de restaurantes y cafés que daban al boulevard. En todo su recorrido, había un ambiente que hacía olvidar que pocos lustros antes caían las bombas sobre este mismo Berlín. El Kudamm, como se le llamaba coloquialmente, era conocido en toda Alemania. Se comprende que la actriz y cantante alemana de moda, Hildegard Knef, lo recordara en su canción Ich habe Sehnsucht nach dem Kurfürstendamm (Tengo añoranza del Kurfürstendamm).
El Muro de Berlín partía la ciudad en dos mitades y, junto a los 115 km de frontera férreamente impenetrable que separaban la República Democrática Alemana del Berlín occidental, dejaba a este último completamente aislado. Al principio, uno tenía la sensación de estar enjaulado; pero pronto me olvidé del Muro como obstáculo a mi libertad. Hay que te...
Índice
- PORTADA
- PORTADA INTERIOR
- CRÉDITOS
- ÍNDICE
- PARTE I. EN TIERRAS CATALANAS
- PARTE II. ZARAGOZA E INNSBRUCK
- PARTE III. BONN
- PARTE IV. COLONIA
- PARTE V. BERLÍN
- PARTE VI. BARCELONA
- ARCHIVO FOTOGRÁFICO
- JORDI CERVÓS