
- 160 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Francisco de Asís y Clara
Descripción del libro
A aquellas mujeres medievales cuyos nombres hicieron historia las han llamado mujeres de luz, trovadoras de Dios... Entre estas mujeres se encuentra la que recibió nombre de luz: Clara de Favarone, Clara de Asís, santa Clara. Su guía, columna y consuelo tiene un nombre: san Francisco de Asís. Su relación fraterna es indescriptible, porque no es nacida de la sensibilidad ni de la carne, nace en esa profundidad pura del ser donde trabaja y transfigura el Espíritu del Señor.
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Información
1
UN MISMO ESPÍRITU LOS SACÓ
DEL MUNDO
El Espíritu del Señor renueva la faz de la tierra.
El Espíritu del Señor siempre está viniendo. Es profesión de fe: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Todo lo que es santo procede de él.
Desciende por sorpresa sobre la zarza como la llama que no consume, iluminando los signos de los tiempos. Llega como el viento, que no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Acomete el Espíritu como el huracán, que conmueve los cimientos de la casa y, derribando lo caduco, hace nuevas todas las cosas. Desciende como la lluvia, que no vuelve al cielo sin haber fecundado los surcos abiertos por las manos de la historia. Tierra que se gasta dando pan y vino, tierra que se renueva tras el barbecho de profundas crisis.
La historia de Francisco y de Clara converge en la iluminación del Espíritu. Cada uno, situado en un estrato diferente de la sociedad, sintió un desasosiego, una inquietud. Era la llamada profética para renovar la faz de la Iglesia. La señal del envío sería: «Dios me dio hermanos».
Mientras el hijo de Bernardone se dejó mecer por la rutina familiar, Francisco y Clara no se encontraron.
Mientras el «rey de la juventud» rondaba en las noches a las doncellas de Asís, no se encontraron.
Mientras Francisco hizo ostentación de lujo, de riqueza y hasta de extravagancias, no se encontraron.
Mientras anduvo en los afanes familiares del trabajo, la especulación y los frecuentes viajes vendiendo telas y comerciando en las ferias de la Umbría, no se encontraron.
Mientras el joven Francisco corrió buscando hazañas guerreras tras sus sueños de caballería, no se encontraron.
¿Qué podían significar todos estos afanes para una adolescente nacida en el seno de la nobleza y doce años más joven?
Cuando el hermano Francisco hizo penitencia y se dejó llevar por el Espíritu del Señor, se llenó de luz, adquirió un lenguaje nuevo y… tuvo algo que ofrecer más allá de sí mismo. Entonces se encontraron. De rodillas ante la zarza ardiente se encontraron, tocados por el fuego de Dios, que no consume.
Francisco «era un verdadero predicador fortalecido con la autoridad apostólica. No empleaba palabras de adulación… porque, para decir la verdad con plena confianza, primero se persuadía a sí mismo con las obras de aquello de que quería persuadir a los demás con la palabra. Y aun los letrados y doctos quedaban admirados de la fuerza y verdad de sus sermones, que no había aprendido de maestro humano; y muchos acudían a verlo y oírlo como hombre de otro mundo. Así comenzaron muchos nobles y plebeyos, clérigos y seglares, impelidos por inspiración divina, a seguir los pasos del bienaventurado Francisco, y, abandonando los cuidados y vanidades del siglo, a vivir el mismo tenor de vida bajo su dirección» (TC 54). En todas las épocas, también en la nuestra, los buscadores sinceros son capaces de cruzar el cielo, la tierra y el mar, para hallar un padre o una madre espirituales. Hasta que el maestro no estuvo preparado no llegó la discípula.
En las encendidas palabras de Francisco, predicador ambulante por las plazas y recodos de villas y ciudades, Clara conoció al hábil comerciante que había vendido todo para comprar la perla preciosa, el tesoro escondido del que habló el Señor (Mt 13,44-46). Fue la primera mujer en la que el Espíritu del Señor puso una inquietud profética semejante a la del hermano Francisco.
La leyenda del río
Todas las leyendas son hermosas. Todas las leyendas son verdaderas. Pero, ¿dónde nacen las leyendas? Nacen en las cascadas de la vida, revistiendo de amable belleza la dureza de la roca, adornando el barranco con velos de espuma.
La leyenda del río… la oí por vez primera en Argentina. La contó fray Conrado, y decía haberla oído a una mujer que emigró de Alemania.
¿Dónde nació esta leyenda, a qué lado del océano? ¡Quién lo sabe! Es leyenda y eso basta para ser bien recibida, porque todas las leyendas son verdaderas. Y… ¿acaso la vida no discurre como un río? O como un torrente, a veces, que se rompe en cambios bruscos de nivel, tan impensables como temidos. Y solo exponiéndose a sufrir el riesgo hasta el límite irresistible se crean las más hermosas y poderosas cascadas.
He aquí la leyenda tal como la oí contar.
Sucedió cerca de la ciudad de Asís. Había una doncella noble y hermosa llamada Clara de Favarone, nacida en el seno de la noble casa de los Offreduccio, que quería sobre todas las cosas agradar a Dios y servirle de todo corazón y con verdad.
La doncella Clara deseaba mucho hablar con un penitente al que llamaban el hermano Francisco. Le decía el corazón que él comprendería su más secreta inquietud, y le haría saber la manera de agradar más a Dios.
Pero la condición social de uno y otra era tan diversa que no se podían encontrar, ni era fácil salvar públicamente la distancia que les separaba sin exponerse al enojo de sus familiares. Pues si unos estaban orgullosos de sus riquezas, los otros lo estaban de su condición nobiliaria. Además, como eran los primeros años de la conversión del hermano Francisco, las gentes hablaban mal de él. Decían que por los muchos ayunos y penitencias había perdido el juicio.
Conocedor el hermano Francisco de los deseos de la noble doncella, meditaba sin cesar en su corazón la forma de poderse acercar para hablarle discreta y secretamente. Estaba impaciente por invitarla a desposarse con Jesucristo en virginidad y pobreza.
Un día, al fin, se encontraron caminando junto al río. Clara avanzaba sola por una orilla y el hermano Francisco se apresuró en salir a su encuentro, aunque por la orilla opuesta. Ambos recibieron un gran consuelo al verse.
–¡Francisco!
–¡Clara!
Pero el río venía muy crecido y no era posible atravesarlo sin gran peligro. El hermano Francisco tendió su mirada en derredor buscando en vano la forma de pasar a la otra orilla. No había puente, no había barca… ¿Cómo hacer? Habría de medir sus fuerzas para atravesarlo a nado…
La doncella le gritó desde su orilla:
–¡Francisco! Sigue caminando. Nos encontraremos allá donde el río nace.
–Sí, hermana Clara –asintió Francisco–, nos encontraremos donde la hermana agua fluye útil, humilde y casta, clara y nueva.
Y dicen que ambos siguieron caminando un largo trecho, con mucha prisa y alegría. A medida que avanzaban se sentían más consolados advirtiendo cómo se acortaba la distancia entre las dos orillas.
Por fin los márgenes del río se acercaron tanto, tanto, que Clara y Francisco pudieron darse la mano y rodear el lugar donde nacía el río. Allí pudieron hablar y confiarse el anhelo del alma. Se habían encontrado en el nacedero, el lugar donde las aguas brotan de la hondura y se forma el río.
Fue necesario distanciarse, salir de lo cotidiano para saborear los valores humanos revestidos por las virtudes del Reino. Siempre más allá de la plaza de la rutina donde aparca la mediocridad, siempre más allá de las ataduras de una mentalidad enferma, siempre más allá… Corriendo por la tierra de la pobreza se buscaron, se llamaron por su nombre y se encontraron, porque ambos estaban animados por el mismo Espíritu. Su anhelo coincidía en lo más alto del arco ojival que apunta al cielo.
Y la leyenda es verdadera… Dijo Sor Pacífica, la que fue su segunda compañera, que «Clara, por exhortación de Francisco, comenzó la Orden que ahora hay en San Damián, que entró allí virgen y allí permaneció» (ProCl I,2).
Ambiente socio-político del siglo XIII
Un torrente en crecida había cuarteado la sociedad medieval. Los tres órdenes de la ciudad terrena –oratores, bellatores y laboratores–, aceptados en un principio como queridos por Dios, fueron buenos para planificar la defensa ante de las grandes invasiones...
Índice
- Portadilla
- Dedicatoria
- Siglas y abreviaturas
- Francisco y Clara, una misma luz
- 1. Un mismo Espíritu los sacó del mundo
- 2. No había proyecto, había un guía
- 3. La vida toma forma
- 4. La hermana Clara
- 5. «Es que las amaba…»
- 6. Clara escribió de Francisco
- Epílogo
- Contenido
- Créditos