
- 224 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
La forja del héroe
Descripción del libro
Este libro recoge el ejemplo de once héroes, personas que supieron elevarse sobre la medianía y las circunstancias adversas. Sus vidas ponen de manifiesto que cualquiera puede sobreponerse a las dificultades y afrontar los retos que surgen en su camino, y liderar. No es el destino quien escoge a los héroes, sino que su mérito proviene del modo de ejercitar su libertad.
TEMISTOCLES, ANÍBAL, MAGALLANES, ORELLANA, JUAN DE AUSTRIA, BLAS DE LEZO, MARIANA PINEDA, THOR HEYERDDAHL, EDITH STEIN, TATIANA GORICHEVA e IRENA SENDLER van desfilando por estas páginas. Sus biografías discurren desde la Antigüedad hasta el siglo xx, desde la Grecia clásica hasta la Rusia comunista. De todos ellos hay algo que admirar, y también algo que aprender, y todos muestran una pauta a los hombres y mujeres de hoy.
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Información
Editorial
Ediciones Rialp, S.A.Año
2013ISBN del libro electrónico
97884321430381. TEMÍSTOCLES EN LA BATALLA DE SALAMINA
La Europa actual podría haber sido «Asia occidental», con mayoritaria población musulmana, si el 23 de septiembre del año 480 a. C. la flota persa, del rey Jerjes I, hubiera derrotado a la flota griega, liderada por Temístocles, en la batalla de Salamina. Por este motivo, esa batalla está considerada como una de las más importantes y decisivas de la historia. Se libró dentro de una guerra de sistemas en la que la democracia y la libertad —valores de la Grecia clásica— vencieron al totalitarismo y al despotismo —pseudovalores del Imperio persa—.
Para que se produjera ese hecho tuvo que ocurrir lo siguiente: un niño de origen y crianza humilde creyó que su sueño infantil de transformar una ciudad oscura (Atenas) podía hacerse realidad. Llegado a la mayoría de edad se convirtió —gracias a su esforzada preparación previa—- en un político y militar de mucho prestigio, que adoptó algunas decisiones trascendentales (entre ellas, construir una flota con el dinero obtenido inesperadamente en una mina de plata y llevar el desigual enfrentamiento entre griegos y persas al escenario de la bahía de Salamina).
Con sus acciones heroicas Temístocles revivió el triunfo de David sobre Goliat, que es el triunfo de la humildad y del ingenio sobre la prepotencia y la fuerza bruta. Todos los historiadores le consideran un héroe extraordinario; sin embargo, algunos de sus compatriotas consiguieron arruinar su reputación y que muriera con el estigma de traidor a Atenas. ¿Por qué?
Dos mundos opuestos
En el siglo VI a. C. colisionaron entre sí dos grandes potencias del mundo antiguo. Una de ellas era el gran imperio persa, gobernado por el rey-autócrata Darío I; la otra era una confederación de ciudades-estado griegas, encabezadas por Atenas, gobernada por el arconte demócrata Clístenes. ¿Qué itinerario histórico había seguido hasta ese momento cada una de esas dos potencias?
El Imperio persa
Este pueblo de lengua aria, procedente de Asia Central, se estableció en el siglo XII a. C. en la meseta de Irán (actualmente Irán y Afganistán), entre el mar Caspio y el golfo Pérsico, junto al pueblo medo, al que pronto dominó. En el año 550 a. C., Ciro el Grande, de la dinastía aqueménida, conquistó algunos territorios de Asia Menor (Lidia, varias colonias griegas, Mesopotamia y Babilonia). Era el inicio del Imperio Persa. Ciro murió el año 529 a. C. durante un combate. Le sucedió su hijo, Cambises II, que con un gran ejército conquistó Egipto, en 525 a. C. en la batalla de Pelusa. A su muerte, le sucedió su primo Darío, que, tras sofocar varias rebeliones internas, reorganizó el Imperio.
El extenso territorio fue dividido por Darío en veinte satrapías, comunicadas entre sí por una red de caminos. Los sátrapas imponían a los habitantes fuertes tributos, con los que se mantenía el ejército. A su vez, los sátrapas, eran supervisados por los inspectores reales, denominados «los ojos y oídos del rey».
Los persas disponían de un gran ejército. Destacaba la guardia real, formada por diez mil hombres dedicados a la defensa del territorio y a la conquista de otros nuevos. El imperio crecía y se asentaba, tanto con la fuerza militar, como con la visión política de sus dirigentes, que respetaban la identidad cultural, la religión y las costumbres de los pueblos dominados. Sin embargo, la gran ambición de Darío era la conquista de Grecia. Con este objetivo mandó construir una gran flota con capacidad para dominar el Mediterráneo occidental.
La confederación griega
Lo que denominamos comúnmente como Grecia, eran un conjunto de ciudades-estado —polis— con cierta relación a pesar de la independencia habida entre ellas misma. Inicialmente, el poder en la polis fue monárquico y militar. El rey ejercía la jefatura de la milicia, pero también era el responsable de la justicia. Más tarde fue disminuyendo el poder del rey en beneficio del «consejo de ancianos». La transición de un sistema a otro estaba en marcha: primero el título de rey se hizo electivo; después, la aristocracia asumió las facultades de declarar de guerra, promulgar leyes y administrar justicia. En Esparta, el poder ejecutivo de la aristocracia decaía sobre los éforos, que controlaban a los reyes. En Atenas, esa función la realizaba Areópago, dirigido por los arcontes.
La oligarquía aristocrática perdió poder a partir del momento en el que los nuevos ciudadanos exigieron poner la ley por escrito. Esta labor fue realizada por importantes juristas de los siglos VII y VI. El legislador Dracón elaboró su código hacia el 621 a. C. Su colección de Leyes componen el primer código escrito de Atenas, por el que el Estado interviene en la administración de la justicia. Con el legislador Solón, 594 a. C., la administración de la justicia pasó a los tribunales, integrados por voluntarios. Solón, arconte epónimo con poderes dictatoriales, abolió por su extrema dureza las leyes de Dracón, dictando una ley de amnistía; suprimió los privilegios de la aristocracia o nobleza de sangre y se impuso la timocracia: cualquier ciudadano no perteneciente a la nobleza, podría llegar a ocupar altos cargos. De ahí que a Solón se le considere el padre de la democracia.
En cualquier caso, la codificación de las leyes no evitó conflictos ocasionales, a veces violentos. Para resolverlos se acudía a un tirano que se ponía al frente de las reivindicaciones populares y ocupaba la acrópolis. Para mantenerse en el poder, favorecía las obras públicas, y asignaba tierras a los más pobres, con una política populista. Se llamaba «tirano» no a quien ejercía un dominio despótico, sino a quien desempeñaba una función de gobierno en tiempos difíciles. No todas las polis evolucionaron hacia la democracia. Entre las que sí lo hicieron están Atenas y Esparta. La democracia consistió en el ejercicio del poder por todos los hombres libres de la polis, ya que todos contribuían a su defensa. La asamblea se reunía en el ágora para discutir los asuntos de la política.
Atenas creció en prestigio retomando la reforma de Solón. Su modelo fue imitado en toda la Hélade. Todos los oriundos del Ática tenían derecho a la ciudadanía y pertenecían a la ecclesia, una asamblea que decidía sobre los asuntos de la polis y elegía a los arcontes que formarían gobierno. Sin embargo, el incipiente recorrido democrático se vería temporalmente interrumpido, en el 527 a. C., por Pisístrato, que se proclamó tirano de la ciudad. A pesar de sus prerrogativas despóticas, no se atrevió a modificar las leyes de Solón, aunque las despojó de toda su eficacia. A la muerte de Pisístrato heredaron el trono Hipias e Hiparco. Este último fue asesinado en el 514 a. C., mientras que Hipias instauró un gobierno abusivo. El pueblo de Atenas lo expulsó de la ciudad en el año 510, ayudado por las tropas de Cleómenes, rey de Esparta. En su huida, Hipias halló refugio en la corte del rey Darío de Persia.
Tras liberarse de sus tiranos despóticos, los atenienses establecieron, en el año 508 a. C., una democracia liderada por Clístenes, quien reformó el Estado ateniense. Se aprobó una constitución que introducía la igualdad social, con lo que la democracia retomaba decididamente su curso. Una de las nuevas leyes fue la del ostracismo, por la que cualquier ciudadano considerado peligroso para el Estado podía ser desterrado durante diez años. Una ley que, como veremos, tendrá su importancia en esta historia.
El choque entre persas y griegos
Pero, ¿cuál fue la chispa que provocó el enfrentamiento? Ni más ni menos que la rebelión de varias colonias griegas contra la dominación persa. En el año 499 a. C. la colonia griega de Mileto, situada en Jonia (Asia Menor) se sublevó contra la opresión a la que le estaban sometiendo los persas. Tras obtener el apoyo de Atenas, atacó y destruyó Sardes, la satrapía más próxima del imperio persa. El rey Darío juró vengar esa afrenta. Primero arrasó Mileto, consiguiendo, además, que todas las colonias griegas de Asia Menor prometieran acatar el dominio persa. Luego envió emisarios a todas las ciudades griegas para exigirles la sumisión, por considerarlas culpables de la destrucción de Sardes. De todas ellas, las únicas que lo rechazaron fueron Atenas y Esparta.
Con la idea de que no se volvieran a repetir rebeliones como esta, Darío consideró que debía controlar el mar Egeo, lo que requería la invasión de Grecia. En el año 492 a. C. una partida dirigida por Mardonio conquistó Tracia y Macedonia. Sin embargo, la destrucción de su flota cerca del monte Athos le impidió proseguir su avance.
Dos años después, en el 490 a. C. una expedición con cincuenta mil hombres, dirigida por Artafernes, partió hacia Grecia. Le acompañaba Hipias, antiguo tirano ateniense, hijo de Pisístrato, que todavía contaba con partidarios en la ciudad, a pesar de la reciente instauración de la democracia por Clístenes. Desembarcaron en la llanura de Maratón, al nordeste de Atenas, sin sospecha alguna de su destino. Las tropas atenienses, integradas por diez mil hoplitas (infantería pesada) dirigidos por Milcíades, cargaron inesperadamente contra los persas, causándoles seis mil bajas y rechazándolos hasta el mar. Además, el rápido regreso de las tropas a Atenas impidió la posible invasión de la ciudad por el ejército persa, que se retiró a Asia.
Es aquí, por cierto, donde se sitúa la tradicional historia del soldado ateniense Filípides, que fue enviado a pie hasta Esparta para solicitar su ayuda antes de iniciarse el enfrentamiento. Cubrió 240 kilómetros en dos días. No obstante, hacemos memoria de él por una distancia mucho menor: los 42 kilómetros que van desde Maratón hasta Atenas. Esto fue tras la exitosa batalla. Los transitó a toda prisa, con la misión de informar que los griegos habían vencido. Lo cierto es que llegó, informó y murió, no por cansancio —ya que era un mensajero experimentado—, sino por las heridas recibidas en la batalla. En homenaje a su entrega, hoy en día denominamos maratón a la carrera que cubre tal distancia.
La muerte de Milcíades (488 a. C.) aupó al poder al político y militar Temístocles, quien declaró que el triunfo de Maratón significaba tan solo el comienzo de la guerra contra Persia y no el fin, como se creía. Añadió que, en una guerra contra Persia, lo único que podría salvar a Atenas era contar con una poderosa flota con la que ejercer el dominio del mar. Precisamente, en esa época, 483 a. C., se descubrió en Laurión, al sur de Atenas, un rico yacimiento de plata. Los atenienses, en un primer momento, quisieron repartir la riqueza del mineral entre los ciudadanos, pero Temístocles, con su gran oratoria, convenció a la Asamblea de que se empleara en construir la poderosa flota que se necesitaba.
Por su parte, los persas, lejos de darse por vencidos tras la derrota de Maratón, formaron el ejército más grande de la Antigüedad. Para poder transportar más rápidamente a sus tropas, el rey Jerjes I de Persia, hijo y sucesor del rey Darío, mandó construir un canal a través de la península de Athos, así como un puente sobre el río Helesponto y otro sobre el Estrimón. Por el tamaño y despliegue del ejército persa se adivinaba fácilmente que Jerjes tenía planeado llevar a cabo una guerra de conquista contra Grecia, para después avanzar sobre Europa.
Durante las años posteriores a Maratón y previos a la segunda Guerra Médica, Temístocles fue el político y militar más prominente de Atenas. Ante la amenaza de Jerjes, Temístocles promovió una gran alianza de las ciudades griegas, incluida Esparta —la Liga Helénica—, fundada en el congreso panhelénico del Istmo (481 a. C.). Esparta —la mayor potencia militar griega en ese momento— lideraría sus fuerzas. Sin embargo, el mando efectivo de la marina aliada griega correspondería a Temístocles, su valedor.
En junio del 480 a. C., el ejército persa, encabezado por su rey, llegó a Grecia por tierra y por mar. Por tierra pasaron de Asia a Europa cruzando el estrecho de Dardanelos, sobre un puente de embarcaciones de más de kilómetro y medio. Luego avanzó a través de Macedonia y Tesalia. Los persas no se encontraron con la primera línea de defensa griega hasta llegar al desfiladero de las Termópilas, en tierra, y del cabo Artemisio, en el mar.
En las Termópilas tuvo lugar una de las resistencias más agónicas que se recuerdan. Siete mil hombres, mandados por el rey espartano Leónidas, rechazaron durante dos días al ejército persa, hasta que una traición le permitió cruzar por un paso secreto y rodearlos. Tras ser derrotado, Leónidas envió sus tropas al sur, resistiendo allí con trescientos hoplitas espartanos y setecientos hombres de Tespis y Tebas. Esa resistencia permitió a la flota griega, encabezada por los atenienses, replegarse y conservar sus naves. El ejército de Jerjes siguió avanzando. Atenas fue evacuada y ocupada por los persas, que incendiaron la Acrópolis como represalia por la destrucción de Sardes dieciocho años antes.
La evacuación de la población de Atenas está considerada como una de las mayores retiradas estratégicas de la historia. Los niños y las mujeres fueron llevados a Trecen y Egina, y los varones en edad de luchar a Salamina, una isla cercana bajo dominio ateniense desde la que podía verse la acrópolis. Pero el ejército griego al mando de Esparta se había reunido en el istmo de Corinto, donde habían comenzado la construcción de una muralla. Allí, en una zona angosta, pensaban resistir el asalto persa. Atenas quedaba de este modo abandonada a su suerte.
La isla de Salamina se halla al sur de la gran bahía de Eleusis, ...
Índice
- PORTADA
- PORTADA INTERIOR
- CRÉDITOS
- ÍNDICE
- PRÓLOGO
- 1. TEMÍSTOCLES EN LA BATALLA DE SALAMINA
- 2. LA LUCHA DE ANÍBAL FRENTE AL IMPERIO ROMANO
- 3. FERNANDO MAGALLANES Y LA PRIMERA CIRCUNNAVEGACIÓN DE LA TIERRA
- 4. EL DESCUBRIMIENTO Y EXPLORACIÓN DEL RÍO AMAZONAS POR FRANCISCO DE ORELLANA
- 5. JUAN DE AUSTRIA Y LA BATALLA DE LEPANTO
- 6. LA DEFENSA DE CARTAGENA DE INDIAS POR BLAS DE LEZO Y SUS HOMBRES
- 7. LA CONVICCIÓN Y EL SILENCIO DE MARIANA PINEDA HASTA EL CADALSO
- 8. LA EXPEDICIÓN DE LA KON-TIKI BAJO EL MANDO DE THOR HEYERDAHL
- 9. EDITH STEIN, JUDÍA Y CONVERSA DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
- 10. IRENA SENDLER O EL SOCORRO A LOS JUDÍOS CONFINADOS EN EL GUETO DE VARSOVIA
- 11. EL DESCUBRIMIENTO DE DIOS TRAS EL TELÓN DE ACERO: TATIANA GÓRICHEVA
- EPÍLOGO