La nueva mujer
  1. 268 páginas
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eBook - ePub

Descripción del libro

Mujeres que reclaman su derecho a trabajar en un mundo de hombres, valientes guerreras indias, forajidas del Oeste americano, inmigrantes sin pelos en la lengua, heroínas atrapadas en tenebrosos bosques… Estas son algunas de las protagonistas de La nueva mujer: relatos de escritoras estadounidenses del siglo XIX. Las autoras elegidas por Gloria Fortún para esta antología —mujeres de vanguardia que desafiaron con la pluma y el papel las convenciones sociales— son el símbolo de los anhelos y luchas de una época que asistió al surgimiento del empoderamiento femenino.
La nueva mujer reúne a diez escritoras que, después de haberse forjado una carrera a la sombra de un canon literario eminentemente masculino, brillan ahora con más fuerza que nunca gracias a la riqueza y diversidad de unos relatos que reflejan desde múltiples perspectivas la realidad de la condición femenina en un tiempo marcado por profundas transformaciones políticas y sociales.
Kate Chopin, Willa Cather, Sarah Orne Jewett, Charlotte Perkins Gilman, Sui Sin Far, Zitkala-Ša, Susan Glaspell, Harriet E. Prescott Spofford, Catharine Maria Sedgwick y Mary Austin son las diez escritoras que forman parte de un libro imprescindible para comprender el nacimiento de la "nueva mujer" en Estados Unidos durante el siglo XIX.
Esta edición incluye un estudio crítico escrito por Gloria Fortún que ayuda a contextualizar la obra de cada una de las autoras seleccionadas.

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Información

Editorial
Dos Bigotes
Año
2017
ISBN del libro electrónico
9788494682483
Edición
1
Categoría
Classici
Un jurado de sus iguales
Cuando Martha Hale abrió la contrapuerta y el viento del norte le abofeteó la cara, volvió apresuradamente dentro de la casa para coger su enorme bufanda de lana. Mientras se la enrollaba alrededor del cuello lo más rápido posible, sus ojos examinaron escandalizados su cocina. El motivo de su marcha no era muy normal, de hecho probablemente se trataba de lo más alejado de lo normal que había sucedido nunca en el Condado de Dickson. Pero lo que vieron sus ojos fue que su cocina no estaba lista para que ella se fuera: el pan estaba dispuesto para su preparación, la mitad de la harina tamizada y la otra mitad sin tamizar.
Odiaba las cosas a medio hacer; pero en ello estaba cuando el equipo de la ciudad paró allí para recoger al Sr. Hale, y entonces el sheriff entró corriendo para decir que su mujer deseaba que la Sra. Hale también fuese, añadiendo, con una sonrisa, que imaginaba que estaba empezando a asustarse y deseaba que otra mujer estuviera con ella. Así que tuvo que dejar todo tal cual estaba.
—¡Martha! —llamó la voz impaciente de su marido—. No hagas esperar a los chicos con este frío.
Abrió de nuevo la contrapuerta, y esta vez se unió a los tres hombres y a la mujer que aguardaban en la amplia calesa de dos asientos.
Tras envolverse bien con su abrigo echó otro vistazo a la dama que se sentaba junto a ella en el asiento trasero. Había conocido a la Sra. Peters el año anterior en la feria del condado, y lo que más recordaba de ella es que no parecía la mujer de un sheriff. Era pequeña y delgada y su voz no era fuerte. La Sra. Gorman, la esposa del sheriff antes de que Gorman dejase el cargo y Peters se hiciera con él, tenía una voz que de alguna forma parecía estar respaldando la ley con cada palabra. Pero si la Sra. Peters no parecía la mujer de un sheriff, Peters lo compensaba pareciendo un sheriff. Era exactamente la clase de hombre que podría salir elegido como sheriff: un tipo grande con una voz sonora, afable en lo que respecta al cumplimiento de la ley, como si quisiera dejar claro que podía diferenciar perfectamente a los criminales de quienes no lo eran. Y en ese momento a la Sra. Hale le vino a la mente, como una puñalada, que ese hombre que era tan simpático y animado con todos ellos se dirigía en calidad de sheriff al hogar de los Wright.
—El campo no es muy agradable en esta época del año —se atrevió a comentar la Sra. Peters, como si creyera que tenían que hablar al igual que lo estaban haciendo los hombres.
La Sra. Hale apenas pudo responder, pues habían ascendido por una pequeña colina y ahora podían divisar la casa de los Wright, y verla hacía que no le apeteciera charlar. Tenía un aspecto muy solitario en esta fría mañana de marzo. Siempre había tenido un aspecto muy solitario. Se encontraba en una hondonada, y los álamos que la rodeaban se asemejaban a eremitas. Los hombres miraban el lugar y hablaban de lo que había pasado. El fiscal del condado se inclinaba a un lado de la calesa, sin levantar la vista del lugar a medida que se iban acercando.
—Me alegra mucho que venga conmigo —dijo nerviosa la Sra. Peters, mientras las dos mujeres se disponían a seguir a los hombres a través de la puerta de la cocina.
Incluso cuando su pie ya estaba rozando la puerta, y su mano el picaporte, Martha Hale sintió por un momento que no podría traspasar ese umbral. Y la razón por la que parecía que no sería capaz de cruzarlo ahora era sencillamente que nunca lo había hecho antes. En incontables ocasiones se había dicho: «Debo acercarme a ver a Minnie Foster». Aún pensaba en ella como Minnie Foster, aunque llevaba siendo la Sra. Wright durante veinte años. Pero siempre había algo que hacer y Minnie Foster acababa desapareciendo de su mente. Sin embargo, ahora sí que podía ir.
Los hombres se aproximaron al fogón. Las mujeres se quedaron de pie, cerca la una de la otra, junto a la puerta. El joven Henderson, el fiscal del condado, se dio la vuelta y dijo:
—Acérquense al fuego, señoras.
La Sra. Peters dio un paso hacia delante, pero se detuvo.
—No tengo frío —explicó.
Así que las dos mujeres se quedaron de pie junto a la puerta. En un primer momento ni siquiera miraron a su alrededor.
Los hombres hablaron durante un minuto sobre la buena idea que había tenido el sheriff al enviar a su ayudante aquella mañana para que encendiese el fuego, y después el sheriff Peters se retiró del fogón, se desabrochó el abrigo y apoyó sus manos sobre la mesa de la cocina de modo que parecía estar señalando que en ese momento daba comienzo el asunto oficial.
—Bueno, Sr. Hale —dijo con un tono de voz semi-oficial—, antes de empezar a mover las cosas, cuente al Sr. Henderson lo que vio cuando vino aquí ayer por la mañana.
El fiscal del condado estaba examinando la cocina.
—Por cierto —dijo—, ¿se ha movido algo? —se volvió hacia el sheriff—, ¿están las cosas tal y como las dejaste ayer?
Peters pasó la vista del armario a la pila y de ahí a una pequeña mecedora vieja que había a un lado de la mesa de la cocina.
—Está todo igual —respondió.
—Alguien tenía que haberse quedado aquí ayer —dijo el fiscal del condado.
—Oh, ayer —contestó el sheriff, con un pequeño gesto que indicaba que ayer había sido un día en el que prefería no pensar—. Déjame que te diga, ayer estuve realmente ocupado. Sabía que podrías volver hoy de Omaha, George, así que pensé que con que yo mismo me hiciera cargo de todo…
—Bien, Sr. Hale —le interrumpió el fiscal del condado, dando a entender que dejaba pasar ese asunto—, cuénteme exactamente qué sucedió cuando vino aquí ayer por la mañana.
La Sra. Hale, aún apoyada sobre la puerta, tuvo la misma desazón que una madre cuyo hijo está a punto de hablar en público. Lewis solía irse por las ramas y mezclaba las cosas cuando explicaba algo. Esperó que lo contase tal cual había ocurrido y que no dijese nada innecesario que pusiera las cosas más difíciles a Minnie Foster. No empezó a hablar inmediatamente, y ella se dio cuenta de que se sentía incómodo, como si encontrarse en aquella cocina y tener que contar lo que había visto allí en la mañana de ayer le pusiese casi enfermo.
—Adelante, Sr. Hale —le invitó el fiscal del condado.
—Harry y yo nos dirigíamos a la ciudad con una carga de patatas —comenzó el marido de la Sra. Hale.
Harry era el hijo mayor de la Sra. Hale. No estaba con ellos en ese momento por la sencilla razón de que aquellas patatas nunca llegaron a la ciudad ayer y las estaba llevando esta mañana, por lo que no había estado en casa cuando el sheriff se detuvo para pedir al Sr. Hale que fuera con ellos a la cas...

Índice

  1. Prólogo
  2. La hija del guerrero
  3. Historia de una hora
  4. Un jurado de sus iguales
  5. Circunstancia
  6. La Mujer Inferior
  7. El marido de Tom
  8. Una madre antinatural
  9. Cacoethes Scribendi
  10. La Caminante
  11. El caso de Paul: estudio de una personalidad

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