Por los ojos de Shakespeare
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Por los ojos de Shakespeare

  1. 288 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Por los ojos de Shakespeare

Descripción del libro

A lo largo de estos siglos, algunas interpretaciones sobre la obra de Shakespeare han desdibujado su obra y también su figura, alejándola de la realidad. Diversos colectivos, interesados en ganarle para su causa, han ido oscureciendo ese torrente de luz que emana de piezas como El mercader de Venecia, Hamlet o El rey Lear. Con honestidad intelectual, Joseph Pearce ahonda en su obra desde la mirada del propio autor, respetando lo que él quería transmitir. Sus páginas ofrecen una valiosa ayuda para leer y comprender a uno de los escritores más célebres de todos los tiempos.

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Información

Año
2013
ISBN del libro electrónico
9788432143021
Categoría
Literature
VI. EL DERECHO DE ELEGIR
No puedo, al elegir, guiarme solo
por el tierno impulso de mis ojos
de doncella. Además, el azar de mi sino
me prohíbe el derecho de elegir a mi antojo. (II, I, 13-16)
Ya hemos visto que los temas de la libertad y la elección vertebran la acción de El mercader de Venecia; en ningún momento es más evidente que en la prueba de los cofres. En el Acto I se nos presentan varios posibles pretendientes que resultan indignos de elegir, porque no están dispuestos a afrontar las consecuencias de su elección. En el Acto II, los pretendientes ya están hechos de otra pasta. El primero, el príncipe de Marruecos, es un infiel, un no-cristiano que reúne el paganismo de la Antigüedad clásica y el Islam del exótico Oriente:
Por ello os ruego me llevéis a los cofres
para probar mi suerte. Por esta cimitarra
que mató al gran Safí y a un príncipe de Persia
que ganó tres batallas al turco Solimán,
haría que bajasen la mirada los ojos más severos,
humillaría el pecho más gallardo de la tierra,
arrancaría a los cachorros de las ubres de la osa,
y burlaría al león que ruge por su presa,
con tal de conquistaros, mi señora. Mas, ¡ay de mí!
Si Hércules y Licas se juegan a los dados
quién de los dos es mejor, la jugada mayor
podría Fortuna ponerla en la mano más débil.
Así fue Alcides vencido por su paje,
y así yo, guiado por la ciega Fortuna,
perdería lo que otro, menos digno que yo, obtenga tal vez,
y moriría de pena. (II, I, 22-38)
En este retrato del príncipe de Marruecos, presumiblemente musulmán, Shakespeare emerge como un auténtico heredero de la tradición literaria de la Cristiandad medieval. En las obras medievales como La canción de Roldán, el musulmán es simple y llanamente un pagano. No existe la idea de que musulmanes, cristianos y judíos sean «pueblos del Libro», unidos en sus raíces bíblicas[1]; al contrario, el Islam es el antiguo enemigo, empeñado en conquistar las naciones de la Cristiandad y en obligar a todos los cristianos a convertirse al credo de Mahoma. Esta conflación del paganismo antiguo con el mahometismo moderno emerge en la caracterización del príncipe de Marruecos, a tawny Moor, un moro cobrizo, igual que en La canción de Roldán. El concepto que tiene el príncipe de Marruecos de la virtud es claramente no-cristiano, y está arraigado en el elogio clásico del coraje orgulloso y en la creencia aparente de que el poder hace la razón. Esos sentimientos están intensificados por las referencias a la cimitarra y a Solimán, presumiblemente el Magnífico, sultán de Turquía cuyos ejércitos invadieron grandes extensiones de la Europa cristiana, incluyendo Belgrado y Budapest, en el mismo siglo en que escribió Shakespeare. Y así funde el príncipe de Marruecos la fuerza de Hércules con la de las hordas musulmanas que aterrorizaban Europa. El príncipe exhibe también una idea exótica de la naturaleza de la libertad y la elección. Según él, el destino es tan impredecible y tan inalterable como el juego de los dados, así que la libertad de elección está a merced de los caprichos de la fortuna. Y como a él lo lleva la «ciega Fortuna», es posible que prevalezca el indigno. Esto va en contra de toda la filosofía del padre de Portia, que ha ideado la prueba de los cofres convencido de que la elección libre y virtuosa será la prueba de la dignidad del pretendiente, y le ganará la recompensa de lo que desea su corazón. El padre de Portia se parece a los cruzados cristianos del Lepanto de Chesterton:
él es quien no dice «Kismet», el que ignora el Destino;
es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo a nuestras puertas.
De nuevo, Shakespeare demuestra su dominio de la teología católica. Por un lado tenemos el determinismo «ciego» del pagano o el musulmán (y la predestinación «ciega» del puritano calvinista); por otro, la insistencia católica en la necesidad del libre albedrío, bajo la gracia, para la salvación. De esta manera, Shakespeare convierte la prueba de los cofres en piedra de toque de la verdad, haciendo que sirva de poderosa metáfora de la idea católica del papel del libre albedrío en el plan de salvación de Dios, contrapuesta a la nueva teología calvinista, con su insistencia en la predestinación. Y así, tal vez, Shakespeare utiliza no solo al judío sino también al musulmán como máscara apenas disimulada para el puritano.
La Escena vii del Acto II, en que el príncipe de Marruecos se debate entre los cofres, está repleta de la destreza verbal por la que es tan famoso el Bardo de Avon. Nos lleva de un cofre a otro, dudando con el orgulloso príncipe cuál será el significado de las inscripciones y cuál el simbolismo del oro, la plata y el plomo de los que están hechos los cofres.
Hay tres cofres, pero hay que señalar que el príncipe de Marruecos y los demás pretendientes solo tienen dos opciones. Eligen entre tres cosas (oro, plata, plomo), pero en definitiva solo pueden elegir bien o elegir mal. Elegir el oro o la plata es elegir mal; es la elección que carece de virtud, mientras que elegir el plomo es elegir virtuosamente. Esta es la sabiduría de Belmont, una sabiduría que a los ojos de Venecia y del mundo no es más que necedad. Así, el príncipe orgulloso y mundano reflexiona sobre el significado de la inscripción que hay en el cofre de plomo («Quienquiera que me elija debe dar y arriesgar todo cuanto posee»), y concluye al instante que arriesgar todo por el plomo «sin valor» es una completa necedad:
¿Debo dar? ¿Por qué? ¿Por plomo? ¿Arriesgar por plomo?
Este cofre amenaza. Los hombres que todo lo arriesgan,
lo hacen con la esperanza de ganar algo.
El espíritu de oro no se rebaja ante lo que parece escoria.
Ni daré ni arriesgaré nada por plomo. (II, VII, 17-21)
Desde una perspectiva mundana, ya sea veneciana o marroquí, el razonamiento del príncipe es perfectamente válido. De los que piensan y eligen egoístamente no se puede esperar que hagan grandes sacrificios por «escoria», sobre todo cuando está presente la alternativa del oro y la plata. Para los egocéntricos, los sacrificios solo se hacen con la «esperanza de ganar algo». ¿Qué motivo puede haber para hacer algo que no nos convenga, sino la expectativa de la ganancia material? Este es el razonamiento del mundo y el fundamento de la economía moderna. El príncipe de Marruecos ha elegido como habría elegido evidentemente cualquier veneciano en las mismas circunstancias. Para estos que eligen de manera mundana, el problema es que las costumbres de Belmont no son las costumbres del mundo. El padre de Portia, en su sabiduría belmontina (cristiana), sabía que los mundanos elegirían según sus propias luces y, al hacerlo, elegirían incorrectamente. Como todos los hombres han sido creados a imagen de Dios, y por eso son místicamente iguales, los pretendientes mundanos tienen el derecho de elegir el bien, es decir, a Portia, representación alegórica de la virtud, pero carecen de la sabiduría necesaria para elegir bien. El padre de Portia entendía las costumbres del mundo, y sabía que la prueba de los cofres protegería a su hija de esos indeseables.
Portia también posee la sabiduría de su padre, y expresa su alivio tras la partida precipitada y alicaída del príncipe de Marruecos; añade su deseo de que «todos los de su color (his complexion) tengan la misma suerte» (II, vii, 78-79). Esta referencia a «his complexion» se entiende a veces como un dardo racista, por el color moreno de la piel del príncipe; ciertamente, el príncipe se había presentado pidiéndole que el color de su piel no supusiera un prejuicio contra él, y esto, a primera vista, justificaría esa impresión:
Que no os disguste mi color,
oscura librea del bruñido sol,
del que vecino soy y pariente cercano. (II, I, 1-3)
Parecería razonable entender que la referencia de Portia a «his complexion» debe de aludir al color de su piel, indicando que, en efecto, por este motivo no le gusta. Pero nos precipitamos al dar por hecho que esto es así, por varias razones. Primero, y más evidente: aparte de «color de la piel», la palabra «complexion» significa «temperamento», «carácter», «personalidad», o «la complejidad de cualidades que constituyen la naturaleza de una persona o cosa». Teniendo en cuenta lo que le gustaban a Shakespeare los juegos de palabras, es probable que Portia pronuncie la palabra con doble sentido, deliberadamente, aludiendo al sentido que le da el príncipe, pero pensando en el significado alternativo. Es cierto que no le gusta, pero se debe a la complexión global de su carácter, más que al color superficial de su piel. Esta interpretación se ve reforzada por la respuesta de Portia a la petición inicial del príncipe, de que no le defraude su aspecto:
No puedo, al elegir, guiarme solo
por el tierno impulso de mis ojos
de doncella. Además, el azar de mi sino
me prohíbe el derecho de elegir a mi antojo.
Pero si mi padre no me hubiera limitado
y obl...

Índice

  1. Portada
  2. Portada interior
  3. Créditos
  4. Dedicatória
  5. Índice
  6. Nota preliminar: Por los ojos de Shakespeare
  7. Agradecimientos
  8. Prólogo - Cómo leer a Shakespeare (o a cualquiera)
  9. I. De judíos y jesuitas
  10. II. La ceguera veneciana: errores críticos y errores escénicos
  11. III. «Me cuesta reconocerme»
  12. IV. Portia: puerta de la virtud
  13. V. Shylock el usurero
  14. VI. El derecho de elegir
  15. VII. Elegir rectamente
  16. VIII. Llevadme, amable luz
  17. IX. El vicio de la venganza
  18. X. La prueba de Shylock
  19. XI. La prueba de Bassanio
  20. XII. La luz y la alegría
  21. XIII. Ser, o parecer: he ahí el dilema
  22. XIV. Hamlet y el espectro
  23. XV. Hamlet y el espectro
  24. XVI. Mentiras, espías y pescaderos
  25. XVII. Espejos fieles y nubes engañosas
  26. XVIII. Inversión y perversión
  27. XIX. Un memento mori
  28. XX. El triunfo de la cordura
  29. XXI. «Que coros de ángeles arrullen tu sueño»
  30. XXII. El silencio del amor
  31. XXIII. La sagacidad de los insensatos y la cordura de los locos
  32. XXIV.«Los locos guían a los ciegos…»
  33. XXV. Razón de la locura
  34. Epílogo: Por qué los protestantes no deben temer al católico Shakespeare
  35. Apéndice: El escandaloso catolicismo de Shakespeare