El renacer del Guirivilo
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El renacer del Guirivilo

  1. 86 páginas
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El renacer del Guirivilo

Descripción del libro

Claudia era una alegre muchacha, que tuvo que sobrellevar de forma inesperada la misteriosa muerte de su padre, motivo que la impulsó a arribar al recóndito pueblo de Nirivilo, para así indagar las causas por las que él había fallecido. Sin embargo, de maneras muy oscuras y misteriosas, le tocaría encarnar al malvado Guirivilo, quien ha sido conocido en tiempos antiguos por asesinar con fuerzas que escapan de la comprensión. Así más tarde, conocerá al amor de su vida, Roberto, quien tendrá que enfrentar junto a ella los más tenebrosos y macabros días.

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Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788417467883
Edición
1
Con un profundo aprecio por el Pueblo de Nirivilo (Chile), lugar donde vivieron mis antepasados, familia, y donde personalmente he conmemorado mis recuerdos más alegres, dejo esta muestra de interés y aprecio a disposición de su gente y el mundo, para que, con el tiempo, más personas puedan sumarse a engrandecer este lugar mágico.
Érase Claudia Márquez una alegre muchacha que, por distintos motivos y causas, tuvo que vivir y sobrellevar la muerte de su padre ocurrida hacía apenas menos de un año, principal motivo que la impulsó a llegar al pintoresco pueblo de Nirivilo, con el objeto de reencontrarse con aquel lugar, donde vivió su niñez junto a su amado padre. Por otro lado, jamás llegó a conocer a su madre, ya que había fallecido al momento del alumbramiento.
Aquel apartado terruño estaba rodeado de escarpadas montañas, cubiertas de innumerables arbolados, particularmente: frutales, espinos, robles y eucaliptos; junto con numerosos precipicios y acantilados. Por otro lado, su flora estaba enriquecida por sus propiedades medicinales y su colorida belleza sinigual. A sus faldas, yacía un estero profundo en invierno y con escaso afluente en tiempos de calor. Este cruzaba las fértiles tierras de norte a sur en declive, hasta los pies de las casas cuyo origen se remontaba a tiempos de colonia, guerra e independencia. Sus aldeanos, fuertes y trabajadores, se desempeñaban principalmente en la agricultura, laboreaban las viñas y trillaban los extensos mantos de trigo, mientras que otros, simplemente se dedicaban a sembrar hortalizas y legumbres. Por otro lado, las mujeres desarrollaban labores principalmente domésticas.
Desde tiempos que se remontan a la antigüedad, la historia cuenta que cada cien años, una criatura con cabeza de zorro y cuerpo de serpiente renace, de formas incomprensibles e inexplicables, en el cuerpo de cualquier humano. El nombre de la perversa bestia es Guirivilo, conocida por matar personas y animales a los pies de cualquier lecho de agua; tan mística y silenciosa como vengativa y audaz. Ya se sabe que vendrá, pero nadie sabe dónde o a quién poseerá, solo se rumorea que en cualquier momento las aguas se tornarán rojas por la sangre que correrá en ellas.
Al llegar al pueblo, el sol brillaba con firmeza, los pájaros cantaban alegres, los niños jugaban sin miedo y nadie pensaría que aquel era un pueblito apartado, ya que había vida en ese lugar. Acalorada, se sentó al borde de la vereda, que se situaba al lado de la añosa iglesia, para apreciar la belleza de su encantadora y particular plaza que, a su vez, destacaba por tener en su centro, una enorme moneda con la imagen del libertador de la patria Bernardo O’Higgins. A su alrededor, resaltaban unas vistosas bancas de madera color café, que la rodeaban con un conjunto de delicadas y coloridas flores.
De pronto, y como si fuera el destino, un fuerte y estruendoso ruido que resonaba incesantemente frente a ella, llamó su atención, por lo que se volvió en esa dirección, quedando asombrada al observar a un muchacho de mediana estatura, caucásico; de musculatura fornida y cabello rizado color castaño claro. Su rostro exhibía toscas facciones, una próspera y rozagante barba y unos ojos de color verde agua que expresaban una mirada honesta. Súbitamente detuvo todo movimiento, como si hubiese quedado congelada, así pudo enfocar toda su atención en él. Ella sabía que él aún no se daba cuenta de su presencia, pero por causas que nadie puede entender; en ese mismo instante, él también la miró. Sus ojos brillaban como nunca antes, al admirar lo que sería lo más lindo que haya visto o conocido jamás, por ende, dejó todo lo que estaba haciendo, ya que había quedado completamente atolondrado. Aquel fue un momento sin igual, como se diría en lenguaje coloquial, amor a primera vista. Él se sonrojó, ya que aquel momento le pareció extraordinario e inverosímil. Al mismo tiempo, un único pensamiento invadía su mente, y era saber quién era aquella mujer de agraciadas facciones, que le había quitado el aliento y que, de ninguna manera olvidaría, pues sintió que en aquel instante hubo un claro intercambio de química, que lo hizo sentir que estaba en otra dimensión.
Ella a su vez, continuó caminando con el sentimiento de que algo había atravesado su corazón, como si cupido la hubiera flechado de amor.
Mientras avanzaba por el camino que la llevaría directo a la vieja casa de su padre, observaba a su izquierda, aquellas aguas que provenían de un profundo y ancho estero, con aspecto cerúleo cristalino. Encantada por su maravilla, sumergió sus frágiles y pálidas manos en ella, cuando de pronto, sintió la extraña sensación fugaz de que su piel le era más semejante a ella que al mismo aire con el que ha compartido toda la vida; al retirarlas, las observó con sospecha, ya que por un segundo sintió que ellas no le pertenecían, sino más a las propias aguas que la rodeaban. Aquella sobrenatural percepción la pasó velozmente por alto, ya que ese instante fue muy atípico, por lo que continuó caminando para llegar raudamente a su morada.
La casa yacía elevada algunos metros por sobre el camino, desde donde era posible ver desmesurados muros de color blanco y, por su antigüedad, también se dejaban al descubierto los detalles de su edificación; como el adobe y la paja que le proporcionaban su firmeza. Por encima de esta se encontraba el techo, característicamente cubierto por tejas de color marrón oscuro; sin embargo, Era incontrovertible que, por un largo lapso de tiempo, aquel lugar no había sido habitado por nadie, ya que la rebelde maleza era tan voluminosa que, con dificultad era posible sobrepasarla.
Una vez dentro de la vieja casa, notó de inmediato la esencia a soledad y abandono que emanaba desde su interior. Por otro lado, las motas de polvo invadían todos los recovecos de la casona. En consecuencia, la primera elucubración que pasó por su mente fue que necesitaría de mucha ayuda para asear todo el lugar, sus corredores y sus extensas superficies. Sin más preámbulo, dejó sus cosas sobre la cama de su antiguo aposento y tomó una escoba que parecía no haber sido ocupada, revestida por innumerables pajas en su extremo inferior. Horas después, todo relumbraba como en sus tiempos mozos.
Entretanto barría y limpiaba, una caja con forma de cofre llamó su atención. Este estaba revestido por un viejo cuero de color café, ya desprendido en sus esquinas. De este modo, dejaba a la luz su envejecida base de madera, al parecer constituida de roble rojo, nativo de España. El único inconveniente era que este estaba cerrado por un antiguo, oxidado y empolvado candado, lo que la hizo deducir que podía remontarse a uno o dos siglos de antigüedad. Era tan pesado que no lo pudo mover, solo lo limpió del polvo y lo dejó en el mismo esquinazo en que lo halló. Finalmente, tomó aquellos cuadros antiguos e inmaculados de su infancia y los colgó por todo el lugar, pareciendo así que sus recuerdos quedarían sempiternos.
Acostada en sus aposentos, no dejaba ni por un segundo de pensar en su padre, a quien extrañaba con todo su ser. Así entonces se quedó amodorrada. Al día siguiente quiso ir al pueblo a comprar víveres, por lo que vistió un impoluto vestido de verano, color morado, tan largo e intenso como el deseo de saber quién era la persona que le quitó el aliento al llegar. Un tanto después, tomó su cartera y emprendió camino.
Pasado el mediodía, no había ninguna sola nube que cubriera el celeste cielo de verano; el camino ardía de calor, la gravilla que lo recubría encandecía con intensidad. Era incomprensible no desear un chapuzón en el agua para refrescarse. Sin embargo, continúo con avidez el vericueto trayecto que la comunicaba con el pueblito. Un poco más adelante notó la presencia poco habitual, al menos para ella en su experiencia, de serpientes y tarántulas que recorrían a merced la misma vía que ella. Algunas de ellas muertas y secas por el tiempo. Poco después recordó viejas historias de su padre que hacían alusión a estos animales, lo que hizo concebir aquella experiencia con una gota más de normalidad.
Cogitabunda, al entrar al pueblo, recordó que en la oficina de correos estaba don Alberto, el que durante años fue íntimo amigo de su padre, por lo que entró para saludarlo. También con la intención de saber un poco más de su padre y cómo fueron sus últimos años de vida. Una vez adentro no notó ninguna ventana, por lo que el interior era un lugar algo sombrío. La única fuente de luz que entraba provenía de las colosales puertas de madera. Detrás de un enorme mesón de madera que se encontraba ya deteriorado por el tiempo, estaba don Alberto, quien alzó la vista para observar con atención a Claudia. De inmediato le pareció familiar su rostro, como si la hubiese conocido de antes. Claudia saludando con su mano en alto le dice:
– ¡Hola don Alberto!, ¿cómo ha estado?, ¿me recuerda?, soy la hija de don Ramón Márquez.
– ¡Sí… claro que la recuerdo! ¿cómo ha estado usted mija? – Respondió cariñosamente.
– ¡Bien gracias! – Replicó.
Entonces, la muchacha rápidamente sin hesitar su inquietud le curioseó:
– Debe usted saber que mucho sobre mi padre no sé, ya que él en sus últimos días de vida estuvo absolutamente incomunicado del mundo y yo me dediqué a estudiar en Talca, por lo que, quería saber si sabía algo de cómo fueron sus últimos días acásaber si estuvo solo, o si ha oído algún rumor o comentariode verdad agradecería ese gesto de sinceridad, ya que cualquier dato sobre él me serviría no sabe cuánto –. Cerró el diálogo con su rostro lleno de duda y con deseos de que la presunta respuesta no fuese triste, aunque si ese hubiese sido el caso, de igual forma estaba dispuesta a oírlo.
Él de forma muy perceptiva le respondió:
– La verdad de las cosas mijita es que no estuve muy cerca de él en sus últimos días, pero sí sé que siempre la recordaba a usted… no sé...

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