Érica, el caso de la mujer del espejo
Vamos a contar la historia de Érica. Veremos hasta qué punto el sufrimiento-droga moral inundando su GPS desde primeras etapas, perturbó su crecimiento y su vida al punto de casi arruinársela por completo.
La mujer del espejo es una novela que narra la historia de tres mujeres que tienen en común no poder ser felices a pesar de su éxito: Anne, plebeya en la ciudad de Brujas en el Renacimiento, cortejada por un noble; Hanna, aristócrata de éxito en la Viena imperial de principios del siglo XX; Anny, actriz de éxito en el Hollywood actual.
Pero nuestra Érica, que solo tiene en común con las protagonistas de la novela no poder ser feliz, se caracteriza precisamente por el fracaso: no poder conseguir ese éxito que ya veremos en qué tenía que consistir. La denominación del caso se debe a la relación que ella establecía consigo misma a través del espejo y cómo fue evolucionando a través del proceso terapéutico.
Érica es una joven de dieciocho años, esbelta pero sumamente delgada, con un peso algo inferior al que le correspondía por su estatura, y que le atormentaba verse a sí misma «gorda y fea». Decía sentir «una pena muy honda en el pecho y una necesidad de huir del mundo y de todo». Estaba obsesionada con su cuerpo, del que tenía una percepción distorsionada ya señalada; de hecho, cuando la vi por primera vez, hubiera podido desfilar por una pasarela. Tenía crisis de ansiedad que la hacían tener accesos de bulimia (comer desaforadamente en forma de «atracón») tras los cuales, a veces, se provocaba el vómito.
¿Que fue lo que la decidió a iniciar esta terapia tras otros intentos terapéuticos que fracasaron? Ella misma nos los explica a través de su diario. Como pasa siempre en estos casos, inició su proceso terapéutico cuando el dolor sobrepasó su capacidad de tolerancia al mismo, es decir, cuando «ya no podía más». Veamos cómo lo explica:
Hace casi un año que debería haber empezado a escribir esto. ¿Por qué he tardado tanto? Me ha costado darme cuenta de que no ha sido culpa de la pereza, ni de la falta de necesidad, ha sido por miedo a enfrentarme a todo lo que hay dentro de mí. Miedo de escuchar todos mis pensamientos, de hacerlos realidad a través de palabras, y de hacerme consciente a la vez que se escriben.
Hace más de un año logré cierta libertad. Sin barreras, sin control, sin miedo a vivir encerrada. Mis padres cada vez me dieron más independencia en el terreno de la alimentación, me dejaron incluso apuntarme al gimnasio, y hacer ejercicio a mi antojo.
Eliminé alimentos de mi dieta, ayuné, me atraqué, vomité, me corté, me tomé una caja de somníferos, me fui de casa, luego me encerré en casa, hice un régimen… pasaron muchas cosas en estos 12 meses. Me volví loca. Ha sido un año muy duro e intenso, en el que solo he contado con la ayuda de mi madre. Mi madre, la misma que me enloquece, pero la única que me entiende y me calma. Ha habido días muy difíciles, días de depresión donde anhelé morir. Ha habido, sobre todo, muchas lágrimas, mucho autorechazo, mucha repugnancia… mucho daño.
Durante este tiempo mi objetivo siempre ha sido el mismo: ¡adelgazar! He querido conseguir el cuerpo que siempre he deseado, quería que dejara de ser un sueño, y que mi ideal fuera yo misma. Sin embargo, no lo he conseguido. Probé varias cosas que hace mucho tiempo me habían dado resultado. Dejé de comer, y durante algunas semanas me funcionó, pero al poco tiempo la ansiedad por el dulce (que jamás me había gustado) se apoderó de mí sin que yo pudiera controlarla, y entonces empezaron una serie de atracones continuos que me alejaron de mi objetivo de adelgazamiento. Entonces, empecé a vomitar, hasta hacerme daño, seguí ayunando, sintiéndome muy débil, y sin lograr grandes resultados. Tomé pastillas contra la obesidad que tampoco causaron grandes resultados en mi metabolismo. Estaba desesperada, estaba muy triste, apática. Me sentía frustrada porque yo era mi único obstáculo, me sentía decepcionada porque faltaba a mis promesas. Me daba mucho asco. Me encerraba en casa, esperando salir a vivir y disfrutar del mundo cuando estuviese delgada, porque solo entonces estaría preparada para hacer todo lo que quería. Mi día a día perdió el sentido y la motivación, las horas me parecían más largas, y la vida más oscura. Me di cuenta de que no quería dejar de comer, me di cuenta de que no quería ser una niña triste e infeliz, y sobre todo me di cuenta de que no podía mantener este estilo de vida a largo plazo. Así que busqué alternativas que no pasaran por dejar de comer o vomitar. Encontré regímenes, ejercicios. Leí mucho sobre alimentación, y aprendí. Sin embargo, seguí atascada en mi talla 36. El ejercicio pasó a ser una patología más, y aunque ahora era capaz de comer en la mesa junto a mi familia, la comida y el cuerpo seguían determinando por completo mi vida. ¿Por qué era tan desgraciada de haber nacido con aquel cuerpo graso? ¿Por qué todas a mi alrededor eran más delgadas, más guapas y mejores que yo? Iba a sentirme siempre inferior, iba a sentirme sola y triste. Estaba convencida de que la solución era bajar de peso, pero esto solo me hacía infeliz. Incluso, al bajar de peso, el precio que pagaba por ello era demasiado alto, pues no sucedió lo que esperaba, no me rodeé de amigos, ni mejoré en la universidad, ni en casa. Lo más asombroso es que mi cuerpo siempre me provocaba repulsión porque aún debía estar más delgada. Este círculo vicioso se había convertido en mi rutina con la cual me había resignado a seguir durante… ¿Toda mi vida?
Algo de salud mental luchaba en mi interior y me avisaba, en destellos de lucidez, que tenía que ser capaz de buscar otra manera de vivir, con la esperanza de volver a sonreír y ser libre de la persona en que esta enfermedad me estaba convirtiendo. Poder dejar los enfados a un lado, la tristeza, el aislamiento.
Tuvo que pasar mucho tiempo, muchas batallas conmigo misma, muchas peleas, sacrificios, para poder decidir: definitivamente me voy a permitir vivir en paz, voy a ser feliz, y lo voy a lograr. Era consciente de la gravedad de mi enfermedad, de mis patologías, de mis carencias (aunque me quedaba por descubrir más) del daño que me estaba haciendo, tanto a mí misma como a las personas más cercanas.
Ese destello de luz fue la clave que me permitió una nueva terapia e iniciar un cambio, no fue tan fácil como puede parecer, ha sido una lucha constante entre el bien y el mal, una batalla por la felicidad (que a su vez conlleva sufrimiento) y las patologías que siempre van envueltas en fantasías de color rosa.
Una persona se decide a iniciar un proceso terapéutico de orientación analítica no cuando «toca», sino cuando otros han fracasado, y siempre cuando ya «no puede más». Esto es así en el cien por cien de los casos y, sobre todo, con todos los profesionales de esta clase de psicoterapia. Varios de nosotros decidimos en su día dedicarnos a ayudar a los demás, de la misma forma en que habíamos sido ayudados. Es decir, que un terapeuta de orientación psicodinámica (psicoanalítica) es una persona que tuvo que tratarse antes que su paciente. Por esto capta y se hace cargo de cosas que no se explican en los libros y tiene la capacidad de ponerse «en la piel del otro». Nadie, de los que nos dedicamos a esto, lo hicimos por gusto o ganas. Empezamos por necesidad. El gusto y las ganas vinieron después. Naturalmente, haberse tratado (analizado) antes no es ningún mérito. Haber nacido antes, es un simple accidente de la naturaleza. Nada de lo que presumir.
Veamos su historia. Al motivo de consulta ya expuesto se añadía una relación conflictiva con su entorno (familia, amistades, compañeras de clase) y acusaba dificultades en su rendimiento intelectual (estudiaba Derecho). Todo había empezado a torcerse a raíz del divorcio de sus padres cuando tenía siete años (demasiado pronto), un divorcio accidentado por lo hostil y no amistoso. En aquella época, cambiar cada quince días de residencia, alternando los domicilios paterno y materno, angustiaba a la niña privándola de estabilidad. Así lo refería al relatarlo. Su generosidad nos hace posible leer su historia, contada por ella misma en las páginas de su diario personal que a continuación reproducimos:
En mi cabeza retumba el «no valgo». Ese mensaje lo interioricé en mi infancia y me ha acompañado limitando mi crecimiento personal.
De pequeña deje la danza porque mi abuela paterna dijo que yo no bailaba bien. En la escuela los profesores decían que yo no tenía suficiente capacidad intelectual para ir a la universidad. Yo no valía para desarrollarme sola en el mundo pues mi madre siempre me quiso proteger y hablaba por mí e incluso actuaba en mi lugar. Tampoco creyeron en mi cuando empecé a tocar el piano ni cuando participé en concursos de literatura. No pensaron que pudiera ser una buena nadadora (mi primo era mejor) aunque yo ganase algunas competiciones. No sentí el apoyo de mi familia, al contrario. Resonaba como un eco: tu no vales y por eso debes conformarte con pequeñas metas. La pareja de mi madre, con la que convivimos durante siete años me insultaba y menospreciaba. Para él yo era una niñata descarriada que no servía para nada. Debía hacer lo que se me ordenara y, además, no llegaría a ser nada en la vida —decía—. Se sentía afortunado de que no fuese su hija porque ante cualquier circunstancia era capaz de encontrarme mil defectos y ninguna virtud. La mujer de mi padre trató de educarme con cariño, aunque también con mucha exigencia porque decía que podía hacer las cosas mejor, que solo necesitaba esforzarme y no refugiarme en los brazos de papá y mamá. No me protegía, me castigaba muchas veces para que lograse valerme por mí misma. Decía que era una niña débil y que debía ser más fuerte.
Entonces, la relación con mis abuelos era pésima. Mi abuela paterna no me apreciaba demasiado y siempre me comparaba con mis primos perfectos. Mi abuelo prefería mantener las distancias porque para él los niños eran un estorbo. Mi abuela materna siempre prefirió a mi hermano y lo demostraba con grandes diferencias en su trato conmigo.
Desde mi infancia recuerdo haberme sentido siempre apartada de mis amigas, excluida y marginada. Mi timidez me impedía relacionarme con tanto desparpajo como lo hacían las demás y, durante la infancia y la adolescencia, mis compañeros de colegio me atacaron con distintos apodos despectivos. Lo viví con mucho dolor. Me sentaba sola en la hora del patio porque nadie quería estar conmigo, me sentía observada y criticada… Me sentía triste y rara. Y ahora, cuando empezaba a apartar la timidez de mi personalidad para mostrarme tal como soy, otra vez me encuentro con los mismos sentimientos. Con esa sensación de ser peor que el resto, aburrida, tonta, e incluso rara. Me he dado cuenta de que no me tienen en consideración, no cuentan conmigo, me excluyen. Siento tristeza por ello, y a la vez rabia, porque cuando les ha interesado he sido una buena amiga: para dejarles apuntes, vestidos o hacerles compañía cuando lo necesitaban. Creo que las he tratado como verdaderas amigas, he confiado en ellas y me siento defraudada.
Me cuestiono si puede ser que haya tropezado con demasiada gentecilla o gentuza durante el corto camino que llevo de vida, o es mi actitud la causante de esto. Ante esa decepción mi primera reacción fue alejarme de mis compañeras sin dar explicación alguna.
En bachillerato, dadas las circunstancias, familia, profesores y amigos me concienciaron que repetiría el curso, aunque no fue así. Una vez más nadie creyó en mí. Me sentí sola y abandonada, sin tener una familia a la que poder confiar mis sentimientos. La separación de mis padres me hizo sentirme una extraña que no encontraba su lugar en el mundo. No me sentía querida porque mis padres priorizaban la mayoría de veces las necesidades de sus parejas a las de sus hijos. Pensaba que cuando tuviese dieciséis años me independizaría y me apartaría de aquel dolor.
En aquella época, nuevas señales tóxicas llegaron a su GPS, desde la constelación de satélites familiar. Padres y abuelos, creyendo de buena fe que la estimulaban con su nivel de exigencia cayeron en el error de la sobredosis. La hiperexigencia tuvo en su crecimiento efectos nefastos. Las notas, por buenas que fueran, nunca eran suficientes. Tenía que ser la numero uno, «la que más», «la más guapa, la más inteligente».
Recordándolo al hilo de sus asociaciones libres tuvo una revelación: «como no puedo ser la más guapa, inteligente, exitosa, pues seré la más delgada». Y es que las cotas de perfección y excelencia de las que se sentía exigida le parecían inalcanzables (porque lo eran realmente) y le creaban una situación de angustia no podía controlar porque no podía alcanzar los objetivos. Pero el cuerpo sí podía controlarlo por medio de la comida. Por esto, más adelante, en su diario, nos dirá: «era mi arma».
Estos mensajes venían reforzados por continuas comparaciones, sobre todo por parte de los abuelos, de las que siempre se desprendía que el «otro» sí que daba la talla; en cambio ella…; al mismo tiempo, la madre le transmitía un ideal de belleza femenina: tenía que ser esbelta, y esto significaba «delgada». Es decir, que la hiperexigencia no solo se refería a la persona, sino también al cuerpo. Entonces escribió en su diario:
Vivo con mi madre, una mujer de extraordinaria belleza y atractivo. Ha convertido sus virtudes físicas en obsesiones y así me ha transmitido el culto al cuerpo y la importancia de ser bonita y delgada. ¿Cómo puedo vivir bajo estas directrices que encuentro en casa? ¿Qué es lo que no estoy haciendo bien?¿Cómo puedo cambiar si no dejo de darle excesiva importancia a mi cuerpo? Me siento mal con mi cuerpo, sensación de asco, decepción, vergüenza, tan lejos de tener un cuerpo bonito.¡No me gusta ver mi imagen reflejada en el espejo! Estoy triste, apática. No quiero ir a la playa, no quiero que nadie me vea. Quiero quedarme en casa, escondida, porque tengo miedo, y la solución mas fácil es huir. Afrontar mi cuerpo es algo que me da pánico. Pienso que seré juzgada, criticada y apartada. No pueden quererme con estos kilos. No quiero vivir con este cuerpo. Aun así, intento vivir mi vida, pero estoy llena de tristeza, ansiedad y miedo. Me paralizo, no puedo pensar con fluidez, me hago aún más tonta… Me gustaría tener una goma de borrar y un lápiz para el alma, borraría estos sentimientos y escribiría otros nuevos, más positivos y benévolos.
En una sesión de terapia posterior dijo:
Es más fácil obsesionarse con los kilos y con el cuerpo que pensar en el dolor de la familia desestructurada… mis trastornos con la comida son mi arma.
Transcurrida la sesión, en el intervalo que medió hasta la siguiente, siguió reflexionando sobre el tema y escribió en su diario:
Ahora me doy cuenta de que mi relación con la comida no solo esconde mis sentimientos, también refleja la manera que tengo de relacionarme conmigo misma y por eso ...