El batallón de mujeres de la muerte
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El batallón de mujeres de la muerte

  1. 304 páginas
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El batallón de mujeres de la muerte

Descripción del libro

Al socaire de la I Guerra Mundial, Maria Botchkareva decide incorporarse a filas y crear batallones de mujeres que se incorporen al frente con el objetivo de contribuir a la expulsión de los alemanes y dar un ejemplo a los hombres. El estallido de la Revolución disloca la maquinaria de guerra y el ascenso de los bolcheviques la lleva al dilema de incorporarse a la guerra civil en marcha o exiliarse. Se la conocía como la Juan de Arco rusa.

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Información

Año
2017
ISBN de la versión impresa
9788494765964
ISBN del libro electrónico
9788494765957
Edición
1
Categoría
Historia
Tercera parte
La Revolución
Capítulo X
La Revolución en el frente
La primera noticia de la tormenta nos la trajo un soldado de nuestra compañía que venía de Petrogrado:
–¡Si sospecháseis siquiera lo que está ocurriendo a vuestra retaguardia! –nos dijo–. ¡Es la Revolución! Por todas partes se habla de derribar al Zar; la capital arde en ideas revolucionarias.
Estas noticias corrieron entre la tropa con la rapidez del rayo; en todas partes formábanse grupos y discutían los acontecimientos. ¿Sería la paz? ¿Sería el don de la tierra y de la libertad, o habría que cooperar aún a la gigantesca ofensiva antes de acabar la guerra?
Naturalmente, hablábamos en voz baja y a espaldas de los oficiales. La mayoría creía que la revolución preparaba un ataque general contra Alemania, para alcanzar la victoria definitiva.
El ambiente hallábase cargado de electricidad; todo el país aguardaba angustiado, presintiendo que el mundo entero iba a estremecerse, y el retumbar lejano de la tempestad resonaba en nuestros corazones.
La mirada y hasta el aire de los oficiales había cambiado, como si acapararan el secreto de importantes noticias. Al fin llegó el momento de las aclaraciones.
El jefe reunió al regimiento entero, para comunicarnos las gloriosas palabras del primer manifiesto y la famosa orden primera. El milagro se había producido. El zarismo, que nos había reducido a la esclavitud, que vivía de la sangre y del sudor del obrero, había caído. Las tres palabras de Libertad, Igualdad, Fraternidad resonaban alegremente en nuestros oídos. Todos nos sentíamos transportados de alegría. Todo eran efusiones, abrazos, danzas. Creíamos vivir un sueño, un deliciosos sueño, pues nadie se hubiera atrevido a pensar que el odiado régimen se derrumbase con aquella facilidad, ni suponer que podríamos ser testigos del derrumbamiento. El manifiesto que nos leyó el coronel terminaba por un vigoroso llamamiento a los soldados, pidiéndoles sostener el frente con más insistencia que nunca, para defender la nueva libertad contra los ataques del Káiser y de sus agentes. ¿Defenderíamos nuestra libertad? Todos clamamos a coro aquel juramento, cuyo eco, trasponiendo la zona de la muerte, fue a repercutir en las trincheras alemanas:
–Sí, ¡la defenderemos!
–¿Juráis ayudar al Gobierno provisional, que trata de prepararnos a arrojar al enemigo de la libre Rusia, antes de volver al interior para el reparto de tierras?
–¡Lo juramos! –gritaron millares de hombres levantando la mano.
Luego llegó la orden número 1, firmada por el Sóviet de Obreros y Soldados de Petrogrado. Oficiales y soldados eran iguales ya –decía–; todos los ciudadanos de la libre Rusia son iguales. La disciplina quedaba abolida.
El simple soldado sería en adelante el jefe del Ejército, que gobernaría por mediación de comités elegidos y formados por los mejores hombres. Habría soviets de compañía, de regimiento, de cuerpos de Ejército y de Ejército.
Nos sentíamos deslumbrados por aquella riqueza de frases gratamente sonoras. Estábamos como intoxicados, y, durante cuatro días, la fiesta siguió sin interrupción: de tal manera aquellos hombres estaban ebrios de alegría.
El enemigo también, asombrado en un principio, cesó su fuego cuando comprendió nuestro motivo de contento.
Había mítines y mítines y más mítines aún… Día y noche el regimiento se hallaba reunido, oyendo discurso tras discurso, que no versaban más que sobre los temas de paz y libertad. Se hallaban sedientos de aquellas frases elocuentes, que oían con la boca abierta.
Desde el primer día todos los servicios quedaron abandonados. Entusiasmada, compartiendo en un principio el éxtasis de mis compañeros, pronto volví al sentido de mi responsabilidad. De los manifiestos que nos habían leído y de los discursos pronunciados conservaba la noción de que se nos pedía mantener la solidez del frente con mayor energía. ¿No era éste el verdadero sentido de la Revolución, por lo menos en cuanto a nosotros concernía?
Cuando expuse este principio a los soldados, confesaron que tenía razón; mas no hallaron en ellos la fuerza de voluntad suficiente para arrancarse del círculo mágico de la palabrería y de las ilusiones. Tenían todos un aire tan extraviado, que yo me preguntaba si no se habrían vuelto locos todos de una vez. El frente parecía un manicomio.
Un día de la primer semana revolucionaria ordené a un soldado que comenzase su servicio en un puesto de escucha. Se negó a ello, alegando en tono irónico que no tenía por qué recibir órdenes de una baba.
–Puedo hacer lo que guste; ahora ya somos libres.
Yo no habría previsto aquello. De manera que un soldado, que hubiera penetrado en el fuego por mí una semana antes, se burlaba chanceando:
–¿Por qué no va usted?
Roja de vergüenza, le respondí:
–¡Voy! Pero es para enseñarte cómo un ciudadano libre debe defender su libertad.
Y dejé atrás las líneas, dirigiéndome sola al puesto, donde monté la guardia durante las dos horas.
Hablé después con los soldados, haciendo un llamamiento a su sentimiento de honor, demostrándoles que el nuevo régimen imponía a las tropas nuevas responsabilidades.
Convinieron en que la defensa del país era el más importante de sus deberes; pero la Revolución les había traído también la libertad, con la obligación de tomar la dirección del Ejército y abolir la disciplina. Se hallaban llenos de entusiasmo, pero no podían conciliar la obligación de obediencia con los principios de libertad.
Comprobando que no podía conseguir que cumplieran sus deberes militares, fui a ver al comandante de la compañía, rogándole que me diera licencia para volverme a mi casa.
–No veo la utilidad de mi presencia aquí, en la inacción. No puedo hacer carrera de mi gente –le dije–, y si la guerra es esto, ya no me conviene.
–¿Ha perdido usted el ánimo Yashka? –me respondió–. Si usted, que es una aldeana como ellos, que tiene verdaderas simpatías entre los suboficiales y la tropa, no puede seguir aquí, ¿qué quiere usted que hagamos los jefes? Nuestro deber nos exige permanecer aquí hasta que las tropas hayan reaccionado. También yo tengo mis amarguras –me confió en voz baja– y no puedo marcharme. Ya ve usted que estamos todos en el mismo suplicio y debemos ayudarnos.
Su petición me contrarió vivamente, pero accedí a complacerle y, poco a poco, fue iniciándose una mejoría en el espíritu de la tropa.
Los comités de soldados entraron en funciones, sin intervenir aún directamente en las cuestiones militares.
Los jefes poco apreciados por las tropas, o cuyo proceder recordaba de una manera evidente los métodos zaristas, desaparecieron con la Revolución.
El coronel Stubendorf, que tenía el ma...

Índice

  1. Primera parte. Mi juventud
  2. Segunda parte. La guerra
  3. Tercera parte. La Revolución
  4. Cuarta parte. El terror

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