
- 112 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Cuentos de Octavio Escobar Giraldo
Descripción del libro
Leer los cuentos de Octavio Escobar es entrar a un territorio fantástico donde todo se parece al mundo real. Los personajes hablan como la gente de hoy y viven situaciones que contienen la marca indeleble de nuestra época. Tal vez esta sea una clave para entender las razones del encanto que producen sus historias. Parecen tan reales como lo que vemos en los sueños profundos de los que nunca quisiéramos despertar y, cuando abrimos los ojos, queda en el alma la sensación de haber vivido intensamente la vida de los otros.
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Información
Editorial
Universidad EAFITAño
2015ISBN del libro electrónico
9789587202984Categoría
Literatura general543 MINUTOS, 21 SEGUNDOS
A História é feita de gente morta
e o futuro de gente que vai morrer.
Rubem Fonseca,O Cobrador
10:35 a.m.
Marta Cecilia aceleró los veinte metros que la separaban de la puerta. Hacía media hora trotaba por las calles del barrio, como casi todas las mañanas. Sacó las llaves del bolsillo de la sudadera y abrió. Atareada, su madre le sonrió. El olor del café impregnaba la casa de dos habitaciones, sala, baño, cocina con barra-comedor y un espacio que miraba al patio, en el que convivían el lavadero y algunos materos. Un muro bajo y una cerca con alambre de púas lo separaba del de los vecinos.
—¿Cómo le fue, mija? Está ardida.
—Es que está haciendo mucho sol, mamá. Voy a ducharme.
Fue a su cuarto, se quitó todo, lo arrojó a un rincón y sacó del armario la levantadora de tela de toalla y las chanclas. Al salir, su madre la interceptó:
—Tómese este juguito, mija.
Marta Cecilia esperaba el ofrecimiento, era parte de sus rutinas. Una sensación helada refrescó su garganta tan rápido que por poco se pierde el sabor del lulo, una de sus frutas favoritas. Devolvió el vaso a su madre, entró al baño y se desnudó. Era uno de sus momentos preferidos del día. Ajena a las ideas de higiene o limpieza, con los ojos cerrados, disfrutaba la sensación de aislamiento generada por el vapor y el sonido del agua; el tránsito del jabón de un rincón a otro de su cuerpo era un automatismo incorporado al placer del baño caliente.
Cerró las llaves y envolvió sus cabellos en una toalla; con otra comenzó a secarse. La campanada del reloj de la sala anunció la hora.
—Esa levantadora ya está de botar. –La recibió su madre al salir del baño.
—No exagere, mamá.
—No exagero. Cómprese una cuando tenga oportunidad. –Se acercó y le ofreció una taza de café con leche.
—¿Cómo durmió, mamá?
—Muy bien, mija; ni la oí cuando se levantó. Es que esas pastas me provocan mucho sueño.
—¿Y sí le han quitado la tontina y el zumbido de los oídos?
—Yo creo que sí, mija, yo creo que sí. Su papá llamó anoche.
—¿De dónde?
—De Cúcuta. Ya va a terminar la correría. Parece que le fue bien con las ventas.
—Ojalá. –Terminó el café y acarició la espalda de su madre–. Está engordando, mamá. El médico le dijo que no podía engordar.
—Es que yo estoy muy vieja –justificó los kilos de más que daban a su rostro la apariencia saludable de una luna llena.
—Ni tanto, mamá, ¿usted cuántos años tiene?
—¿Y es que no sabe?
—Yo sé cuándo cumple años pero no cuántos son.
—Muchos, mija, muchos –afirmó, socarrona.
—Tiene que cuidarse. –Retiró la toalla de sus cabellos y terminó de secárselos.
—¿Va a desayunar?
—No, mamá, ya vienen por mí. Además anoche comí mucho, todavía estoy llena.
—Ya le he dicho que no coma tanta basura en la calle. –Movió, acusador, su índice–. Si tuviéramos un microondas yo le hacía todo más rápido, y no se me iba con hambre.
—Yo no me voy con hambre.
—Doña Liliana compró uno y está feliz –insistió–. Además, por lo que me dijo, son hasta baratos.
—¿Y usted misma no me dijo que dan cáncer?
—Eso eran cuentos que me echaban a mí. Es que a la gente le dan miedo las cosas que no entiende.
—¿Y usted sí entiende, mamá?
—Pues no mucho, pero lo suficiente. Lo mejor es que ese aparato ahorra mucha luz, que esa cuenta es la que nos está matando.
—¿Y el gas, pues?
—Eso hay semanas que no se consigue, mija.
—Voy a vestirme, que ya vienen a buscarme.
—Vaya póngase bien bonita. –Le dio una palmada en las nalgas.
Marta Cecilia volvió a su cuarto todavía riendo. Se puso el bluyín nuevo, más delgado que los otros, y una camisa gris muy clara de manga sisa. Consciente de sus obligaciones del día, escogió unas medias tobilleras de hilo y unos zapatos bajos de cuero negro. Se aplicó protector solar, algo de maquillaje y corrió a lavarse los dientes. Unas gotas del perfume que Saúl le había regalado el día del Amor y la Amistad, aromaron su cuello; el espejo le devolvió una imagen lozana, ya sin el intenso rubor que le provocaba el ejercicio. Cuando pensaba en recoger sus gafas oscuras sonó el timbre de la puerta.
10:41 a.m.
—¿Para qué me despierta, güevón? –protestó Roger.
Una carcajada le respondió del otro lado de la línea:
—¿Ya está listo?
—¿Y para qué voy a estar listo tan temprano?
—Necesito que nos veamos antes.
—¿Pasa algo malo?
—No, todo va según lo planeado, pero necesito verlo antes, hermanito.
—¿Ya?
—No. A las doce.
—¿Dónde?
—Si quiere cerca de su casa, para que no se agote. En el Capablanca. Lo invito a un chico de ...
Índice
- Portada
- Portadilla
- Créditos
- Contenido
- Con Sandra en EL HIP
- Hotel en Sangri-Lá
- El diámetro de la cúpula de la capilla Sixtina
- 543 minutos, 21 segundos
- Infestación
- De música ligera
- ¿Recuerdas Staying alive?
- Apócrifo
- La muerte de Dioselina