1. Suelta
«Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que podría ser. Cuando dejo ir lo que tengo, recibo lo que necesito».
Lao Tse
Habrás leído y oído un centenar de veces aquella frase de que «la vida comienza al final de tu zona de confort».
Como toda frase inspiradora, nos traslada por un momento a un lugar soñado, y pasados unos segundos nos devuelve de golpe al presente rutinario. Y podemos seguir leyéndola una y otra vez, porque sabemos que cada vez que lo hacemos encontramos en ella algo de nuestro «yo» soñado.
Tu «zona de confort» no es otra cosa que tus miedos puestos al volante de tu vida, tus excusas atándote a lo conocido, tus creencias tapándote los ojos y todo aquello a lo que te agarras para no asumir el control de tu destino.
Sí, la única distancia entre tú y tus metas son los cambios y una buena disposición emocional. Y es que los cambios entrañan aprendizaje, crecimiento y trabajo por tu parte. Este es uno de los motivos por los que muchas personas permanecen soñando una vida mejor y mueren contemplando sus sueños.
Lograr las metas que te propongas requiere cambios en tu vida, y estos cambios exigen desapego. ¿Me sigues? El desapego es tu capacidad para soltar, dejar marchar, liberar, vaciar y quitar cadenas. El desapego es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos cotidianamente.
Imagina un vaso de agua lleno hasta el borde. ¿Lo ves? Pues así vivimos. Repletos de creencias, prejuicios, posesiones, recuerdos, expectativas... Coge la jarra e intenta ahora llenar el vaso con más agua. «Pero ¡si no cabe una gota más!», me respondes. Así es y así sucede en nuestra vida.
No soltamos, no vaciamos y no nos desapegamos de lastres que impiden que podamos dejar espacio para lo nuevo. Por eso, un paso indispensable para permitir la entrada de lo nuevo es soltar, vaciar, olvidar, perdonar...
Permítete liberar todo aquello que ya no te sirve, aquello que te esclaviza, aquello que te resta, y verás cómo tu cuerpo se siente más liviano y tu mente más despejada. El desapego es el primer paso para permitir el cambio, y el cambio es el camino hacia el logro de tus metas.
Voy a compartir contigo un ritual que me encanta y que te va a ayudar a trabajar el desapego desde lo más pequeño hasta donde tú quieras elevarlo.
Durante veintiún días consecutivos deshazte de una cosa cada día. Así de sencillo. Pasa veintiún días eliminando (regala, vende, tira...) objetos o cosas de tu vida.
Ve incrementando el vínculo con aquello que eliminas, pero no te engañes; juega a lo grande empezando por lo pequeño. Enfréntate a tener que eliminar cosas con carga emocional (aquellas en las que tienes recuerdos, historias, emociones...); es lo que más te va a liberar. No se trata de sufrir en el proceso, sino más bien de despedirte de aquello que ya no necesitas en tu vida. Concédete el tiempo que precises sin dejar de soltar algo durante los veintiún días y, si es necesario ve preparándote poco a poco para hacerlo con las cosas que más te lastran. O quizá prefieras hacerlo más brusco y zanjarlo rápidamente. Tú ya sabes cuál es tu método y cuándo te estás engañando; mantén una actitud honesta hacia ti.
Después de esos veintiún días, observa tus sensaciones físicas, psíquicas y emocionales. Recuerda cómo llegamos a la vida y cómo nos iremos. No somos faraones egipcios.
La segunda parte para liberar de peso tu mochila radica en soltar aquella carga emocional que te limita. Es decir, igual que estás veintiún días deshaciéndote de objetos físicos, prueba a deshacerte de recuerdos y resentimientos que no hacen otra cosa más que limitarte. Confecciona una lista y comienza a trabajar cada lastre.
La herramienta que te propongo para ello es el perdón. Perdonar te libera de carga, te relaja, te aleja del pasado y te conecta contigo, aquí y ahora.
Recuerda que no tienes que perdonar a nadie más que a ti. Sí, a ti. Perdónate por aquello que te tocó vivir, perdónate por no haber sabido gestionarlo, perdónate por no haberlo hecho mejor, perdónate por no haber tenido los recursos para salvar aquella situación...
Como irás comprobando a lo largo del libro, todo depende de nosotros, y el mejor trabajo que podemos hacer es con nosotros. Lo externo será una manifestación de nuestra dedicación personal.
Cuentan que existió un grupo de monjes orientales que no podían entablar ningún tipo de contacto con mujeres. Una mañana, el maestro y su discípulo, paseando en silencio en una larga caminata alejada del monasterio, encontraron a una mujer ahogándose en el río. Sin dudarlo un segundo, el maestro saltó al agua, agarró a la mujer y la puso a salvo en la orilla cerciorándose de que estaba bien.
El discípulo observó y guardó silencio no sin cierta sorpresa.
Tras varias horas de caminata, ya de regreso al monasterio, el discípulo no pudo más: «Maestro, ¿cómo es posible que haya infringido la norma más importante de nuestra comunidad y siga caminando como si nada hubiera ocurrido?». El maestro, desde una calma profunda, le respondió: «Hace horas que solté el cuerpo de esa mujer en la orilla. Tú, ¿aún cargas con ella?».
Asómate a tu mochila y evalúa cuánta carga innecesaria llevas contigo. Cuando crees el vacío suficiente en el vaso para poder rellenarlo de nuevo, será cuestión de tiempo que comiences a ver resultados. No hay acción sin recompensa; ha llegado el momento de tomar el timón de tu vida.
2. Me creo
«Si quieres conocer el pasado, mira tu presente, que es el resultado. Si quieres conocer tu futuro, mira tu presente, que es la causa».
Buda
En el año 2004 se invitó a un grupo de voluntarios a realizar un ejercicio mental de visualización. La visualización consistía en imaginar durante quince minutos cómo se contraían sus bíceps. Debían hacerlo durante doce semanas, cinco días a la semana. Los doctores, para asegurarse de que los voluntarios no tensaban involuntariamente sus brazos, también monitorearon los impulsos eléctricos que se producían en las neuronas motoras de los músculos de sus brazos.
Al término del experimento, se presentaron en San Diego los resultados en la conferencia de la Sociedad para la Neurociencia. Se demostró que el grupo de voluntarios había aumentado su fuerza hasta un 13,5%, única y exclusivamente imaginando cómo se contraían sus músculos. Y no solo eso, sino que mantuvieron esta ganancia durante tres meses después de finalizado el experimento pese a no seguir haciendo ejercicios mentales ni físicos.
Como este hay muchos más ejemplos que en esencia nos vienen a demostrar la enorme capacidad de nuestro «pensamiento dirigido». Pero llevemos el discurso al terreno cotidiano. ¿Has intentado ser consciente de la cantidad de pensamientos que inundan tu cabeza y te has parado a analizarlos alguna vez?
Si no lo has hecho, te invito a tomar conciencia de los mismos, aunque solo sea por un día. Escúchate y descubrirás que tú eres el único responsable de tu realidad.
Con cada pensamiento, con cada reflexión, con cada crítica, con cada vuelta que da tu mente en torno a algo, estás dando forma a tu realidad. Cada cosa que te sucede en la vida no es más que la suma de las interpretaciones y proyecciones que haces de ello.
El modo en el que calificas y recibes los ...