Introducción
Hay algo dinámico y sorprendente para quienes participamos en un diálogo. En cierto modo, como les ocurre a quienes dialogan con Sócrates en los textos de Platón, una acaba diciendo cosas que no sabía que pensaba. Este texto está escrito tal y como iba surgiendo, sin una estrategia narrativa previa. Nos autoimpusimos la norma de no hacer algo erudito plagado de citas, sino de indagar juntas en torno a eso que estamos viviendo, la maternidad, y sobre lo que habíamos pensado cada una por nuestra cuenta de forma poco sistemática. Este ejercicio resultó de lo más revelador.
Hemos dialogado aquí sin rehacer a posteriori nuestras intervenciones, para mantener así el discurrir de nuestros pensamientos con la intención de facilitar ese discurrir en quienes lo lean. ¿Qué piensas que es una buena madre? Esa pregunta nos fue llevando a planteamientos de todo tipo. No se trata por lo tanto de una colección de tesis sobre la maternidad, sino de una problematización de eso mismo, que muestra que queda mucho por pensar.
Hemos hablado del concepto de buena madre, de educación pública, de los fundamentos políticos de una sociedad, de trabajo doméstico, de partos, de capitalismo, del tiempo, de violencia simbólica y de mucho más. Si algo hemos descubierto es que pensar la maternidad a fondo es pensar el «pacto social». Hemos hablado también de las condiciones materiales de la maternidad y lo hemos hecho desde nuestra situación concreta, poniendo en juego nuestra experiencia vivida y nuestra formación feminista. Este es un diálogo escrito con el móvil mientras niñas y bebés maman, juegan o se entretienen; es un texto escrito en los huecos que la crianza y las demás ocupaciones han ido dejando. Hemos tenido que desarrollar estrategias para que escribir y maternar fueran compatibles.
Empezamos a escribir sin un objetivo concreto: «Podemos probar, a ver qué sale», dijimos literalmente. Una duda nos asaltaba: ¿Hay algo nuevo que decir sobre la maternidad? Y claro que lo había. Descubrimos que en cierto modo lo dicho hasta ahora disimula todo un modo de decir sobre qué es ser madre. Hallamos un manantial que manaba de una experiencia propia de cada una y sin embargo común, como una compleja y enmarañada raíz común, un rizoma que conecta y al mismo tiempo hace emerger y diversifica cada una de esas experiencias. Por eso, queremos compartirlo, porque en todas nosotras hay una singularidad materna que hace saltar por los aires las ideas recibidas.
Diálogo
V.— Hola Rebeca. ¿Cómo estás? Me alegro de verte. ¿Cómo anda la bebé? Justo venía pensando. ¿Qué piensas tú que hace buena a una madre?
R.— Hola Vanesa, yo también me alegro, a pesar de que me haces una pregunta muy difícil. Vengo del médico y había allí una madre cuya bebé de tres meses no dejaba de llorar muy intensamente hasta que se ha dormido agotada y con la cabeza colgante. Todo el rato tenía ganas de acercarme y coger yo a la niña pues pensaba: «¡Cógela bien, que está incómoda!». Una abuela no ha sabido contenerse y se lo ha dicho, pero la madre explicaba que solo en esa incómoda postura se tranquilizaba un poco. Así que sufría yo por la bebé, pero también por la madre que quizás se sintiera observada y juzgada. Yo, que tanto me he quejado de que todo el mundo parece experto en crianza y dispuesto a darte consejos que no has pedido y que he criticado que a las madres nos sometan a constante juicio, he querido decirle que tratara con más amor a su pequeña. Así que me he preguntado: ¿estaba yo juzgando como mala a esa madre?
V.— Esa pregunta es casi retórica. Ocurre con lo relativo a la maternidad que una es siempre culpable o irresponsable a no ser que, cada vez, se demuestre lo contrario. Recuerdo que cuando estaba embarazada, un familiar varón y soltero me comentó que cuando yo dejaba de estar calmada y me enfadaba o, en general, tenía sensaciones desagradables, estaba llenando al feto de toxinas. Esto me pareció el colmo y le comenté que para evitar eso, lo más efectivo era tratar bien a la embarazada, por ejemplo, no elaborando y comunicando este tipo de teorías. No es ya que la carga de la prueba esté en la madre, es que se le pide el control de los procesos vegetativos del cuerpo. Esto me lleva a corroborar que hay una suerte de resentimiento social generalizado por la dominación masculina hacia la gestación misma por el hecho de tener lugar en el cuerpo femenino y escapar, en buena medida, al control masculino. De ahí la medicalización brutal y el trato paternalista a la futura madre, a la que se trata no tanto como objeto, cuanto como sujeto pasivizado. De esta manera puedo controlarla apelando no a su juicio y a su responsabilidad como sujeto, sino a su falta de obediencia a las normas que hacen posible ese control. Nosotras participamos «por proximidad» que diría Bourdieu, de ese imperativo social del control masculino hacia la relación madre/hijx: si la otra es mala madre, yo debo ser mejor.
R.— Así que criticamos a las demás madres para obtener la aprobación externa por comparación y, de alguna forma, con ello reforzamos el marco de dominación que sitúa a las madres y a las mujeres como menores de edad que necesitan ser tuteladas. Pero ¿cómo hacemos para escapar a dicha trampa? Y, es más, ¿es que no existen las malas madres y los malos padres? Parece evidente que sí. Afirmar lo contrario, ¿no sería obviar el derecho de las hijas a algo así como una buena infancia?
V.— Hay padres malos y madres malas, personas que hacen mal las cosas, incluso personas malas en situación de maternidad y paternidad. Pero, el adjetivo delante del nombre, específicamente para las madres, cambia el sentido del concepto, pasando de poder ser mala de hecho, a que lo sea de derecho, cuando las expectativas sociales de la Madre (o la Virgen María) no se colman de facto, es decir, todo el tiempo. Hay un acecho social y personal vinculado a la maternidad. La (buena) madre es la que busca únicamente el bien de su criatura muy por delante del suyo, por no decir, que se hace más buena cuanto más olvida su bien propio, como si el uno y el otro fueran necesariamente contrarios. Hay que redefinir a la madre de acuerdo a una ética para todas las personas. Tomando la definición de inteligencia de Carlo Cipolla, la mejor madre, la madre inteligente, es la capaz de hacerse bien a sí misma y a su hija.
R — Creo que tienes razón. Hace algún tiempo conversaba en torno a esto con una psicóloga feminista y ella me ofreció un parámetro que me pareció adecuado. Ella me decía que una buena madre debía medirse más en términos de salud, que de moral: debemos hacer lo que sea saludable. Se trata entonces de pensar la sostenibilidad física y emocional de la crianza, más que de adaptarla a un ideal irrealizable. Al fin y al cabo, seguir ofreciendo a nuestras hijas e hijos el modelo (que imitarán y/o exigirán) de madre que renuncia a sí misma no parece ser algo demasiado bueno. Y, sin embargo, ¿cómo encontrar ese equilibrio en la práctica? ¡Yo me he sorprendido a mí misma en tantos aspectos a raíz de la maternidad! Antes de ser madre pensaba que era cuestión de repartirse el cuidado de la criatura equitativamente, ahora tal cosa me parece imposible. Porque la criatura me reclama a mí constantemente pero también, y esto es lo que me ha pillado desprevenida, porque yo misma quiero responder a esa llamada. No contaba con mi deseo de cuidar. No me he reincorporado al trabajo hasta que ella ha cumplido nueve meses y, de haber podido, lo habría retrasado aún más. Antes de ser madre me parecía obvio que, como feminista, tenía que reclamar servicios públicos para aligerar los cuidados (escuelas públicas de 0 a 3). Ahora lo que quiero son permisos de maternidad y paternidad de al menos un año para ejercer esos cuidados en condiciones buenas para mí y para la bebé. La socialización del cuidado que había teorizado ahora no me parece deseable. No sé si la maternidad me ha hecho menos feminista o si el feminismo no ha pensado bien la maternidad.
V.— ¡Lo segundo! Lo que parece claro es que parte del feminismo no se ha podido representar el acceso a lo público de otro modo que cómo se lo ha dado representado el patriarcado. El juego masculino supone el desprecio de las tareas históricamente feminizadas. De esto advirtió ya Virginia Woolf en Tres Guineas, si nos incorporamos al juego dejándolo como está no solo iremos a la cola, sino que perderemos una oportunidad histórica de «hallar la ley de otro juego». Lo decía en 1938 y daba una ventaja de cinco años. Así estamos, pensando que cuidar al propio bebé es algo inferior a un trabajo, que puede hacer cualquiera que tenga «formación» para ello, como si ser una madre o un padre careciese de cualidad, de valor. Me viene a la mente Roswitha Scholz: no solo no tiene valor, es una escisión del valor. Yo decidí quedarme en casa a cuidar de mi hija y mi hijo y había estado siempre en contra del salario doméstico por razones similares a las tuyas con los servicios de cuidado. Ahora estoy completamente a favor.
R.— Me interesa mucho lo que comentas sobre Virginia Woolf. Enseguida volvemos sobre eso, pero antes me gustaría detenerme en lo del salario doméstico. Aunque no lo he analizado en detalle me he posicionado más bien en contra por su posible efecto de refuerzo de la división sexual del trabajo: las mujeres en casa, aunque cobrando. Entiendo que, como dice Silvia Federici, la gratuidad del trabajo doméstico sustenta al capitalismo y que exigir su remuneración es poner en jaque al sistema, pero me parece que la solución pasa más por la corresponsabilidad que por un salario que petrifique la feminización de las tareas del hogar. Además, aunque entiendo la necesidad de desvincular el trabajo doméstico del amor, esta operación me cuesta más si hablamos de crianza. Veo ahí una diferencia que no suele establecerse. Yo no friego por amor pero sí cuido a mi hija por amor, y quiero que así siga siendo. Sobre maternidad, amor y romanticismo tengo más que decir pero de momento dime: ¿en qué términos defiendes tú el salario doméstico?
V.— Precisamente, yo pensaba eso mismo, que reforzaba la adscripción femenina a lo doméstico y por eso la división sexual del trabajo.
Hay una frase de Bourdieu que siempre me ronda, dice que a veces estrategias conservadoras pueden ser liberadoras y las liberadoras, conservadoras. En el caso de la supuesta liberación del cuidado de las criaturas, la estrategia aparentemente liberadora se torna neoliberal: nada más importante que el trabajo tal y como la sociedad patriarcal-capitalista lo entiende. Pero, acudiendo a Federici y Scholz, valorarlo exige no solo infravalorar el trabajo del cuidado y el trabajo doméstico (son dos no-trabajos diferentes pero relacionados, como luego argumentaré), sino hacer de ellos la escisión del valor, su negación dialéctica: no-valor. El trabajo de fuera es trabajo, el trabajo como tal, el pagado porque el de dentro no lo es.
Cuando decidí quedarme en casa para cuidar de mi hijo, me di cuenta de que el hecho de cuidarle pasaba también por cuidar a mi hija mayor y por extensión a mi pareja. Donde cuidar no solo es afectivo, es decir, dar amor en un sentido elevado e inmaterial, sino muy material y hasta grosero: dar de comer, comprar lo que es bueno, cocinarlo con cuidado, limpiar lo suficiente la casa, las cacas, etc. Si bien la corresponsabilidad es el ideal, lo cierto es que al quedarme yo en casa, debía asumir la mayor parte de esas tareas por pura supervivencia, trabajo que no existía como trabajo. Por otro lado, otras dos posibilidades socialmente aceptadas me quedaban cerca: por un lado, una familia cercana y paralela en situación, estaba funcionando con la madre y el padre trabajando fuera todo el día y la abuela materna, que siempre había ocupado ese lugar doméstico, en mí mismo lugar. Por otro lado, otra familia análoga, empleaba a alguien para cuidar y hacer las tareas de reproducción.
Por mucho que queramos separar teóricamente las tareas domésticas y cuidado, lo cierto es que están en lo material unidas, al m...