
- 133 páginas
- Spanish
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eBook - ePub
Vida de César
Descripción del libro
Esta biografía forma parte de
Vidas paralelas, obra más general que inaugura el género biográfico y enfrenta por parejas a cuarenta y seis personajes griegos y romanos.
Julio César (100-44 a. C.) destacó por su visión política y militar, por sus victorias, su resistencia física y su trabajo constante, y también por su clemencia. Su genio sigue inspirando a grandes y poderosos.
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Información
Editorial
Ediciones Rialp, S.A.Año
2016ISBN del libro electrónico
9788432146060Edición
1Vida de Julio César
I.—Cuando Sila se hizo con el poder absoluto[1], ordenó a Cornelia, hija de aquel Cina que había gobernado Roma en solitario, que se divorciase de César, pero como no lograba nada ni con promesas ni con amenazas, decidió confiscarle su dote. La causa de la enemistad entre César y Sila era su parentesco con Mario, pues en efecto, Mario el viejo estaba casado con Julia, hermana del padre de César, y con ella tuvo a Mario el joven, primo del César. Al principio, Sila estaba demasiado ocupado en los numerosos asesinatos provocados por las proscripciones para caer en la cuenta de su existencia, hasta que César, para mostrar su desacuerdo con el dictador, se presentó al pueblo como candidato al sacerdocio, aunque aún no era más que un muchacho. Enterado de esto, Sila procuró que fracasase mediante maniobras oscuras, y comenzó a pensar en cómo quitárselo de en medio. Pero como algunos le decían que no tenía sentido matar a un muchacho tan joven, les contestó que eran ellos los que no razonaban bien, al no ver en aquel joven muchos Marios. Cuando este comentario llegó a oídos de César, abandonó definitivamente su propósito de presentarse al sacerdocio y se ocultó por algún tiempo entre los sabinos. Poco después, por culpa de una enfermedad, mientras lo trasladaban de noche a otra casa, cayó casualmente en manos de unos soldados de Sila que recorrían aquel territorio para capturar refugiados. Logró convencer al cabecilla del grupo, Cornelio, para que lo dejase marchar a cambio de dos talentos y, enseguida, bajando hacia el mar, se dirigió a Bitinia para pedir asilo al rey Nicodemes. No había transcurrido mucho tiempo junto a él cuando decidió regresar. Pero en su viaje fue apresado junto a la isla de Farmacusa por los piratas, que ya por entonces infestaban el mar con grandes escuadras de barcos incontables.
II.—Al parecer, en un primer momento los piratas le pidieron veinte talentos por su rescate. Él se echó a reír, porque no sabían a quién habían capturado, y prometió entregarles cincuenta en persona. Luego envió a varios de sus acompañantes a varias ciudades para conseguir el dinero, mientras él permanecía en Cilicia entre los hombres más sanguinarios del mundo con la única compañía de un amigo y dos servidores; sin embargo, trataba con tal desprecio a estos piratas que, cuando se iba a dormir, les mandaba a decir que se callaran. Durante treinta y ocho días estuvo, más que preso, custodiado por ellos, colaborando en sus juegos y ejercicios con total confianza; escribía algunos poemas y discursos que les obligaba a escuchar, y si no admiraban su obra suficientemente, los llamaba a la cara ignorantes y bárbaros. Muchas veces los amenazó, entre bromas, con ahorcarlos; ellos se divertían y consideraban su franqueza como manifestación de su espontaneidad y su jovialidad. Cuando por fin sus enviados trajeron el rescate de Mileto, lo entregaron y quedó en libertad. César equipó inmediatamente algunos barcos en el puerto de los milesios y se dirigió contra los piratas, los sorprendió anclados todavía en la isla y capturó a la gran mayoría. Se quedó con todo su dinero como botín de guerra, mandó encarcelarlos en Pérgamo, y él mismo se presentó en persona ante Junio, gobernador de Asia, porque era a él a quien correspondía castigar a los cautivos; pero cuando Junio vio el dinero que podía sacar de su venta, que era bastante, dijo que se iba a tomar con más calma lo de los cautivos. Entonces César, sin hacerle caso, regresó a Pérgamo, sacó a los piratas de la cárcel y los crucificó a todos, como muchas veces les había dicho entre bromas en la isla.
III.—Cuando Sila comenzó a perder poder en Roma, sus amigos avisaron a César. Este viajó entonces a Rodas para formarse en la escuela de Apolonio Molón, un distinguido sabio con fama de hombre honrado, con quien había estudiado también Cicerón[2]. Se dice que César tenía excelentes aptitudes para la oratoria política y que trabajó con empeño y de la forma más ambiciosa sus capacidades naturales, hasta el punto de constituir su segundo objetivo, pues el primero era el poder y las armas; precisamente en contra de lo que la naturaleza le predisponía, no logró destacar más en la elocuencia por dedicarse a sus campañas militares y sus ocupaciones políticas. Él mismo, más tarde, en contestación al Catón de Cicerón, pedía que no se pusiera al mismo nivel el discurso de un militar con el de un orador destacado y dedicado por completo a esta tarea.
IV.—Ya en Roma, acusó ante la justicia a Dolabela por una mala administración en su provincia, y muchas ciudades de toda Grecia le apoyaron con su testimonio; sin embargo, Dolabela salió impune. César, en respuesta a los celosos esfuerzos de los griegos, comenzó un nuevo proceso por soborno contra Publio Antonio ante Marco Lúculo, pretor de Macedonia, y fue tan contundente que Antonio tuvo que apelar ante los tribunos de la plebe, poniendo como pretexto que el juicio no era equitativo porque tenía lugar en Grecia y contra griegos. En Roma alcanzó gran fama con sus discursos como abogado defensor, y se ganó gran simpatía del pueblo porque tenía una actitud benevolente, que no correspondía a su edad. Su influencia en la vida pública aumentaba progresivamente gracias a los banquetes, la mesa y su elevado estilo de vida. Sus enemigos, que lo veían con indiferencia y envidia, no le daban importancia, porque pensaban que su poder desaparecería cuando se quedara sin dinero. Dejaron, por tanto, que lograra fama entre el pueblo. Pero cuando quisieron darse cuenta, era demasiado tarde, porque ya se había hecho demasiado fuerte y resultaba muy difícil hacerle frente, a pesar de que se dirigía directamente a la destrucción de la república: cualquier empresa, por pequeña que sea, se hace grande con la constancia, y si no se mitiga en su origen por insignificante que sea, luego es muy difícil de frenar. Cicerón fue el primero que percibió el peligro de esa actitud política de César que, como el mar, avanza con aparente serenidad, oculto en un rostro jovial y alegre. Comprendió la crueldad que escondía en el fondo, y llegó a decir que en todos sus proyectos e intenciones salían a relucir ya los planes de un espíritu tiránico. «Pero cuando veo aquel cabello tan cuidado y ese rasgo tan característico suyo de rascarse la cabeza con solo un dedo, ya no puedo creer que este hombre sea capaz de llevar a cabo la destrucción del Estado». Pero esto, bien es cierto, lo dijo más tarde.
V.—La primera vez que el pueblo demostró su predilección por César fue cuando, en su lucha con Gayo Popilio por el tribunado militar, quedó el primero en las elecciones. Y la segunda, de mayor repercusión todavía, cuando, con motivo de la muerte de su tía Julia, mujer de Mario, pronunció en el foro un sonado discurso para honrar su memoria. En la procesión fúnebre se atrevió a sacar a la calle las imágenes de Mario. Era la primera vez, tras la prohibición impuesta durante el mandato de Sila, que declaraba enemigos públicos a Mario y a su familia. Algunos gritaron contra César, pero el pueblo respondió sin dudarlo con aplausos, encantado de que César, después de tanto tiempo, devolviera el honor a la ciudad y sacara a Mario del infierno en que se encontraba. Era costumbre entre los romanos pronunciar elogios fúnebres de las mujeres mayores, pero no de las jóvenes, y César fue el primero en hacerlo. Todo esto provocó la simpatía y el cariño de mucha gente que, al ver su dolor, le tomaron por un hombre sensible y bueno. Después del entierro, asumió el cargo de cuestor bajo las órdenes de uno de los pretores de Hispania, Vetus, al que siempre tuvo en gran consideración, y así lo demostró tiempo después, cuando César fue nombrado pretor y designó a su vez como cuestor al hijo de Vetus. Una vez terminadas sus funciones como cuestor, se casó por tercera vez con Pompeya; tenía ya entonces una hija de su anterior matrimonio con Cornelia, que fue la que más tarde se casó con Pompeyo Magno. Aunque gastaba con facilidad mucho dinero y parecía que compraba una fama efímera, en realidad invertía en grandes cosas con pequeños gastos: así, se dice que antes de alcanzar ningún cargo público ya debía mil trescientos talentos. Después, como responsable de la vía Apia, gastó en su mantenimiento mucho dinero de su propio bolsillo, y cuando fue edil, pagó trescientas veinte parejas de gladiadores; y en las demás atenciones y donativos para teatros, procesiones y banquetes, hizo sombra a todo el esfuerzo y gasto de sus predecesores, hasta tal punto que predispuso al pueblo entero para apoyarle en nuevos cargos y honores que compensaran los favores recibidos por César.
VI.—En Roma había dos facciones: los partidarios de Sila, más poderosos, y los de Mario, desanimados y dispersos, que atravesaban por entonces sus peores momentos. César, que pretendía renovar a estos últimos aprovechando su prestigiosa gestión como edil, ordenó que se hicieran en secreto imágenes de Mario acompañadas por la Victoria como símbolo de sus trofeos, y las instaló de noche en el Capitolio. A la mañana siguiente podían contemplarse, tan brillantes por el oro y tan bien hechas, con sus inscripciones sobre el triunfo de Mario ante los cimbrios, que la gente, al verlas, asombrada de su valor, temió por el que se había atrevido a hacer semejante ostentación; pues todos sabían de quién se trataba. Muy pronto se difundió la noticia y todo el mundo se acercó a contemplarlas: unos gritaban que César pretendía la tiranía al sacar a la calle unos honores enterrados por las leyes, y que lo hacía con la intención de poner a prueba al pueblo y comprobar, a fin de cuentas, si se encontraba ya suficientemente apaciguado por sus regalos como para permitirle seguir con tales bromas y novedades; por su parte, los del partido de Mario, que de repente aparecieron de forma multitudinaria, se animaban entre ellos con gritos y aplausos que llenaron el Capitolio. Al ver las imágenes de Mario, a muchos se les saltaban las lágrimas de alegría, elogiando y diciendo maravillas de César, porque era el único hombre digno del parentesco con Mario. El Senado se reunió para estudiar este asunto y Lutacio Cátulo, el más respetado entre los romanos, se levantó y acusó a César, pronunciando aquella célebre frase de que César no atacaba ya a la república con maniobras encubiertas, sino con máquinas de guerra y abiertamente; pero como César, con su defensa, logró convencer al Senado, sus admiradores todavía se exaltaron más y le animaban a poner en práctica todos sus proyectos. Con la voluntad del pueblo de su parte, nada se le opondría para constituirse en autoridad.
VII.—Murió entonces Metelo, pontífice máximo; y aunque se presentaron a tan codiciado cargo Isáurico y Cátulo, hombres muy destacados y de gran poder en el Senado, César no renunció a presentarse, bajó al Foro y anunció su candidatura. Como la votación se prometía igualada y Cátulo tenía más que perder por la importancia de su cargo, acudió a intermediarios para que convencieran a César de que se retirarse a cambio de una gran suma de dinero; pero este pidió un préstamo mayor y le respondió que llegaría hasta el final. Cuando llegó el día de las elecciones, su madre lo acompañó entre lágrimas hasta la puerta de la casa, pero él le dijo: «Madre, hoy verás a tu hijo o pontífice o exiliado». Terminada la disputada votación, resultó vencedor, y con su victoria provocó el miedo del Senado y de la aristocracia, que temía que manejara al pueblo a su antojo y que realizara cualquier locura. Por eso, Pisón y Cátulo culpaban a Cicerón de haber sido demasiado indulgente con César cuando había indicios que lo relacionaban con la conjuración de Catilina. En efecto, Catilina, con su proyecto, no iba a limitarse a cambiar de forma de gobierno, sino que pretendía acabar con todo el sistema de magistraturas y alterar completamente la república. Catilina abandonó la ciudad antes de que quedara al descubierto todo su plan, cuando solo había ligeros indicios, y dejó en Roma, como cabecillas, a Léntulo y Cetego. No se pudo demostrar si realmente César los ayudó en secreto con algún tipo de apoyo, pero el hecho es que, cuando los senadores se convencieron con pruebas irrefutables de la culpabilidad de los implicados, y Cicerón, que era el cónsul, preguntó a cada uno de ellos su dictamen acerca de la pena que debía imponerse a los cabecillas, todos los condenaron a muerte. Al llegarle el turno a César, levantándose, pronunció un discurso muy estudiado, dirigido a convencerlos de que no era justo ni conforme a las costumbres romanas dar muerte sin un juicio previo a ciudadanos distinguidos por su dignidad y su nobleza. Solo debería permitirse en casos de extrema necesidad, pero si se los ponía bajo custodia en las ciudades de Italia que el mismo Cicerón designara hasta que Catilina fuera completamente vencido, sería más sencillo, por parte del Senado, tomar una decisión serena y sin precipitación sobre cada uno de ellos.
VIII.—Esta opinión pareció tan humana, y su discurso tuvo tal energía, que no solo los que opinaron después, sino también muchos de los que ya habían hablado, cambiaron de opinión y se pusieron de su lado, hasta que les llegó su turno a Catón y a Cátulo, que se opusieron a la propuesta con firmeza. Catón arremetió en su discurso, violentamente pero con argumentos, poniendo de manifiesto las fundadas sospechas que había contra César, y finalmente se ordenó ejecutar a los culpables. Al salir del Senado, muchos de los jóvenes que formaban la guardia de Cicerón se lanzaron contra César y desenvainaron sus espadas, pero, según se cuenta, Curión lo cubrió con su toga y lo salvó del ataque. Los jóvenes se volvieron a mirar a Cicerón, que hizo una señal negativa con la cabeza, quizá por temor a la reacción del pueblo, o quizá porque realmente desaprobara aquella muerte injusta. En cualquier caso, si esto fuera cierto, no entiendo por qué Cicerón no lo contó en su obra sobre su consulado[3]. Sin embargo, más tarde se le recrim...
Índice
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