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QUÉ ES EL APRENDIZAJE-SERVICIO Y POR QUÉ NOS INTERESA
El aprendizaje-servicio es un antídoto esencial para el mundo
crecientemente aislado de la realidad virtual y simulada
que los niños experimentan en la clase y en sus hogares,
frente al televisor o a su ordenador.
Darles a los jóvenes una oportunidad
para una participación más profunda
en la comunidad los ayuda a desarrollar el sentido
de la responsabilidad
y solvencia personal, alienta la autoestima y el liderazgo,
y sobre todo permite que crezcan y florezcan el sentido
de creatividad, iniciativa y empatía.
JEREMY RIFKIN
En la clase de Plástica, Berta está construyendo un nido de barro junto con sus compañeros de primer ciclo de Primaria. Si le preguntas para qué, lo tiene muy claro: los nidos son para que los aviones comunes –unos pájaros de la familia de las golondrinas– vuelvan a anidar en su ciudad.
Hace pocos días, en la clase de Conocimiento del medio, tuvieron la visita de los jóvenes de la asociación medioambiental. Les explicaron muchas cosas sobre las golondrinas y los aviones, y también sobre las causas y las consecuencias de su desaparición. Les pidieron ayuda. ¡Alguien creía que ellos, chavalines de 6 y 7 años, podían ayudar a que volvieran los aviones! Se pusieron manos a la obra con gran entusiasmo. Lo que ellos sabían, lo que ellos hacían, servía para algo.
La escuela municipal de arte ha puesto sus hornos de cerámica a disposición, y las asociaciones de vecinos están esperando ya los nidos cocidos para colgarlos en puntos estratégicos de la ciudad.
Estos niños y niñas están aprendiendo ciencias, arte, trabajo en equipo, habilidades sociales, compromiso cívico... todo ello con una finalidad social3. ¿Quién da más? ¡Esto es el aprendizaje-servicio!
1. Una brújula para la innovación educativa
El aprendizaje-servicio es un método de enseñar y de aprender. Consiste en aprender a través de hacer un servicio a la comunidad.
Por tanto, es un instrumento pedagógico, una herramienta para educar mejor. Sin embargo, no solo es un recurso didáctico, ya que responde a una pregunta filosófica de calado más profundo: ¿cuál es la finalidad última de la educación?
Nuestra sociedad ha dado pasos de gigante en las últimas décadas. El desarrollo científico y tecnológico nos ha permitido controlar y desterrar enfermedades, multiplicar las comunicaciones, innovar los sistemas de producción, mejorar el acceso a la educación por parte de amplios sectores de la población... En permanente proceso de innovación, sentimos que debemos orientar la educación a un mundo acelerado, cultivar las competencias básicas y las inteligencias múltiples, la capacidad para adaptarse, para reinventarse y ser creativo, a riesgo de quedar marginados del progreso si no lo hacemos.
En nuestro país, este sentimiento de inadaptación del sistema educativo se acentúa al constatar el alarmante índice de fracaso escolar, que roza, y en algunas zonas supera, el 30 % de los jóvenes, situándose entre los más elevados de Europa.
Y, más allá de los bajos resultados estrictamente académicos, existe un problema actitudinal, de estado de ánimo: la desmotivación de los jóvenes hacia unos contenidos curriculares desfasados y metodologías en gran parte inadecuadas y poco significativas para sus vidas.
Frente a esta constatación, muchas voces claman por provocar cambios profundos en la educación y enterrar las rigideces y estrechez de miras de nuestro anticuado sistema educativo, alentador de la mediocridad, uniformador e inadaptado al siglo XXI.
Por un lado existe la percepción generalizada de que el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación debería servir para multiplicar las posibilidades de una formación personalizada, permanente, acelerada.
Por otro, se reivindica el cultivo del talento, de las habilidades personales, de la capacidad de aprender a aprender, de la innovación… frente a la memorización injustificada, el aprendizaje de datos inútiles, las rutinas desmotivadoras, la desconfianza hacia la creatividad.
Son voces que se alzan desde dentro el mismo sistema, y también, frecuentemente, desde la periferia del sector educativo: empresas, sindicatos, pensadores, científicos... denunciando la inadaptación al mercado de trabajo y la falta de competitividad que sufrirán las jóvenes generaciones como consecuencia de una formación escasa y obsoleta.
Sin embargo, la competencia personal, la iniciativa, la autonomía… se pueden orientar en cualquier dirección, y la cuestión es hacia dónde. Porque todas estas habilidades pueden ser puestas eficazmente al servicio del exclusivo beneficio personal o al servicio del crecimiento económico puro y duro –como denuncian Martha Nussbaum y Jeremy Rifkin–, un modelo de desarrollo que, si bien ha generado riqueza, no ha sabido distribuirla y se ha mostrado incapaz de superar los problemas básicos que atenazan a la humanidad: miseria, hambre, destrucción de los recursos naturales, violencia, explotación, abuso, corrupción, soledad...
Por ello, los discursos seductores del talento y la innovación a veces parecen sin orientación, sin brújula que los llenen de sentido, que los trasciendan un poco. Talento, ¡claro que sí! Pero… ¿para llegar a dónde?
Frecuentemente, las reflexiones sobre el cambio que necesita la educación se quedan en la mitad del problema, porque fijan la atención en la obsolescencia –innegable– de las herramientas educativas –métodos, instrumentos, procedimientos–, y no iluminan el para qué deberían servir. Necesitamos faros que iluminen el camino, brújulas que orienten el talento.
Entonces, ¿cuál es la finalidad de la educación en el siglo XXI? ¿Mejorar la competencia y el currículo individual para subirnos al progreso? ¿Debemos innovar en educación solo para conseguir ciudadanos más competitivos en el mercado de trabajo?
Pensando en esta opción... ¿acaso no eran competentes Goebbels, Madoff, Osama Bin Laden, los ejecutivos sin escrúpulos de Lehman Brothers...? ¿No poseían talento? ¿No eran creativos? ¿No eran buenos comunicadores? ¿No hubieran sacado buenas notas en los exámenes PISA? ¡Obviamente eran competentes! Y, obviamente también, esto no es suficiente.
Entonces, tal vez debemos explotar los avances científicos y tecnológicos de nuestro siglo para formar ciudadanos competentes capaces de transformar el mundo y...