Cálido viento del norte
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Cálido viento del norte

Relatos de disidentes de las ideologías dominantes en Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, Groenlandia y las Islas Feroe

  1. 384 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Cálido viento del norte

Relatos de disidentes de las ideologías dominantes en Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, Groenlandia y las Islas Feroe

Descripción del libro

El autor ofrece cuarenta breves historias de hombres y mujeres disidentes, que se separan de lo políticamente correcto, a los que ha podido entrevistar en Helsinki, Laponia, Estocolmo, Malmö, Upsala y otras ciudades de Suecia, Dinamarca y Noruega; todos ellos alternativos, de edades, profesiones y ambientes culturales bien distintos: historiadores, médicos, filósofos y sacerdotes, músicos o cantantes de rap, que recorren caminos lejanos a los propuestos por las ideologías dominantes. Su estilo de vida constituye un viento cálido y renovador, procedente del Norte de Europa; y su disidencia es denuncia, pero también anuncio esperanzador de un tiempo nuevo.

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Información

Año
2016
ISBN del libro electrónico
9788432146039
Categoría
Religión
II.
EscandinaviA
SUECIA
Me encanta
escuchar las historias que cuentan.
Han visto más allá de mi tierra
y descubrieron nuevos horizontes.
Aunque hablan de manera extraña,
yo los entiendo.
Y sueño que soy un águila.
Y sueño que puedo extender mis alas.
Volando alto, muy alto,
soy un ave en el cielo.
Soy un águila
que viaja sobre la brisa.
ABBA, Eagle
16.
EL SOL LARGAMENTE ESPERADO
Anders Arborelius
A mis padres no les fue nada bien en su breve vida matrimonial. Se divorciaron poco antes de que naciera yo, su único hijo en común, y mi padre tuvo luego varios hijos de otros matrimonios. Mi madre, una joven bibliotecaria, quedó en una situación terrible porque mis abuelos habían fallecido y se sentía completamente sola. Era su segundo divorcio y lo percibía como el fracaso absoluto de su vida.
Estaba todavía embarazada cuando decidió abandonar Suecia para instalarse en Lugano, un cantón de Suiza de habla italiana, donde vivía una prima suya casada con un suizo.
Y allí nací yo, en la Clínica de Santa Ana de Sorengo, el 24 de septiembre de 1949. Poco antes, mi madre se había alojado en una hospedería que tenían las brigidinas de Lugano, con las que hizo gran amistad, en concreto con la priora, la madre Lucía, de origen sueco y gran amiga de una prima de mi madre; con la madre Hilaria, con la que hablaba de cuestiones personales; y, a partir de 1951, con una joven novicia napolitana, Tekla Famiglietti, que tendría entonces dieciséis o diecisiete años.
Durante mi infancia, las hermanas me mimaron y me cuidaron mucho, especialmente sor Tekla, que tenía un carácter vivo y divertido.
Eso hizo que creciera en un ambiente católico, aunque mi madre me bautizó en su Iglesia de origen, la luterana. Era profundamente creyente y me infundió desde pequeño el sentido de la providencia divina y de la misericordia del Buen Dios, «den gode Guden», como decimos en sueco. No volvió a casarse, y las malas experiencias de su vida pasada hicieron que su carácter alegre atravesara períodos de tristeza y depresión.
Fui un niño feliz: crecí en un ambiente de cariño, gracias a mi madre, mi familia y las monjas. El hecho de no haber vivido nunca con mi padre me libró de los sufrimientos que provocan las crisis matrimoniales en el alma de los hijos. Desde pequeño crecí asumiendo su ausencia, aunque años después mantuve cierto contacto con él y con mis hermanos más jóvenes por parte de padre.
Pocos años después, mi madre regresó a Lund, una pequeña ciudad del sur de Suecia, donde encontró trabajo como bibliotecaria en un hospital. Nos instalamos en un apartamento sencillo de dos habitaciones.
Mi madre puso todos los medios para darme la mejor educación posible y me matriculó en una escuela privada, de la que guardo recuerdos no demasiado gratos, porque en aquel tiempo ser hijo de padres divorciados era una especie de estigma. Tuve que soportar las burlas de mis compañeros. Fueron años de cierta dureza y el paso de aquella escuela al gymnasium Spyken supuso una liberación para mí.
Hice la confirmación en la Iglesia luterana, con la que no había mantenido ningún contacto, salvo las oraciones que rezábamos en casa. No había acudido a ninguna iglesia: ni protestante, ni católica, ni de ninguna otra confesión. Rezaba, tenía fe y creía en Jesucristo: nada más. No había hablado nunca con un sacerdote o un pastor; y las imágenes de los curas católicos que había visto en Lugano se perdían entre los recuerdos difusos de mi niñez.
Tras la confirmación, fui a algunos oficios de culto, pero al poco tiempo dejé de asistir y nadie me alentó para que siguiera. Eso no significa que me desinteresara de Dios; al contrario: dentro de mi alma había ido creciendo, sin saber cómo, un sueño y un anhelo cada vez más fuerte: quería ser sacerdote. En concreto, sacerdote católico. Ya sé que es algo inexplicable: pero lo cierto es que deseaba entregarme por completo a Él.
La vocación es un misterio. Como he dicho, en ese tiempo no sabía prácticamente nada del catolicismo, y mi contacto con el luteranismo había sido tan cordial como breve. No era yo el que había puesto aquel deseo íntimo en mi alma. Es más: ignoraba en qué consistía con exactitud. Fue Dios quien lo sembró allí, como una pequeña semilla que fue germinando lentamente. Y de acuerdo con mi carácter, no hablé con nadie de esto.
Quizá a alguno le pueda sorprender este proceso interior. Yo lo explico mediante la imagen de una escultura de Carl Milles, «La mano de Dios». Una mano gigantesca sostiene a un hombrecillo que contempla el cielo asombrado. Así me sentía: era depositario de un don sorprendente, inmerecido e imprevisible. Dios me sostenía, me elevaba y cuidaba de mí en medio de un mundo convulso.
En verano de 1968 agarré mi mochila como tantos jóvenes de mi generación, y realicé un largo viaje por Europa. Llegué a España y fui recorriendo la costa hasta llegar a Altea, donde mis tíos tenían una casa. En Madrid me impresionó ver a las muchedumbres que acudían a rezar al Cristo de Medinaceli y disfruté con las pinturas del Greco, mi pintor favorito. Continué mi viaje por Toledo, Valladolid y San Sebastián. Visitaba los templos, las catedrales, los monasterios, y mi amor por el catolicismo iba en aumento.
—¿Por qué te quieres hacer católico? —me preguntó uno de los pocos amigos con los que hablé sobre esta cuestión—. ¿Por la liturgia, por los católicos que has conocido…?
No sabía qué contestarle. Evidentemente, la liturgia católica me atraía, pero no deseaba ser católico solo por eso. Y no me movían razones sentimentales, como el grato recuerdo que guardaba de las brigidinas. Era la totalidad de la fe, el sentido de la vida, el modo de vivir que había visto en los pocos católicos que había conocido, lo que me llevaba hacia Él.
Por otra parte, aunque fui bautizado y confirmado en la Iglesia luterana, nunca me había considerado, intelectualmente, parte de ella; algo que, por otra parte, resulta bastante común en Suecia. Hay muchos que se consideran «cristianos en general», sin asumir las doctrinas de una determinada confesión.
Mi amigo insistía:
—Pero, ¿qué es lo que más te atrae del catolicismo?
Medité bastante antes de darle mi respuesta:
—Todo.
Visitaba de vez en cuando a mi padre, que se había casado por tercera vez. Manteníamos una relación afectuosa y traté, aunque de forma ocasional, a la nueva familia que había formado. Lógicamente, no le dije nada de mi deseo de hacerme católico. En aquellos momentos era un arquitecto en la plenitud de su existencia, alto, fuerte y amante del mar. Vivía completamente ajeno a la religión y no se molestaba siquiera en oponerse a ella, a pesar de contar entre sus antepasados —lo mismo que mi madre— con varios pastores luteranos.
Uno de estos parientes, Erik Arborelius, coincidió cuando era pastor de la iglesia Hedvig Eleonora —a la que acudía «la buena sociedad» de Estocolmo— con el pastor Erik Bergman, mundialmente conocido gracias a su hijo Igmar. Nunca he logrado averiguar por qué estos dos Eriks, severos y cumplidores pastores luteranos, se llevaron tan mal entre sí como asegura la tradición familiar.
A lo dieciocho años me independicé, como es costumbre en Suecia, y me instalé en una habitación para estudiantes. Estando allí, en otoño de 1968 decidí acudir a la parroquia católica Var Frälsare de Malmö (parroquia de Nuestro Salvador). Hablé con el párroco, Bernhard Koch, y me inscribí en un curso para personas que deseaban incorporarse a la Iglesia católica.
Yo era el más joven —y el más tímido— del curso, y no me atreví a ir a misa porque pensaba que solo debería hacerlo cuando fuera católico. Y a medida que profundizaba en la fe, descubría aspectos desconocidos, relativos a la dogmática y la moral.
Cuando se acercaba la fecha de mi profesión de fe, se lo comenté a mi madre, que no se sorprendió lo más mínimo. El asombrado fui yo, cuando me dijo:
—Y seguramente, querrás hacerte sacerdote…
¿Cómo lo había adivinado? Para mí el sacerdocio era un deseo inalcanzable que me superaba. Pero su corazón de madre supo intuir mis aspiraciones más profundas, aunque yo me limité, al oírle decir eso, a poner cara de póker.
Fue un proceso lento y tranquilo, como las aguas del Báltico. No hubo grandes problemas ni sentimientos alborotados. Dios me fue llevando d...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. DEDICATORIA
  5. ÍNDICE
  6. VISADO DE ENTRADA
  7. UNA CARTA CON 61 AÑOS DE RETRASO
  8. I. FINLANDIA
  9. II. ESCANDINAVIA
  10. III. ISLANDIA
  11. IV. GROENLANDIA Y LAS ISLAS FEROE
  12. V. UNA HISTORIA DE DOLOR Y DE ESPERANZA
  13. DEDICATORIA Y AGRADECIMIENTOS
  14. FOTOGRAFÍAS
  15. JOSÉ MIGUEL CEJAS