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EL HOMBRE Y EL ROMÁNTICO
LAS MEMORIAS
Estas Memorias han sido objeto de mi predilección. San Buenaventura obtuvo del Cielo el permiso de continuar escribiendo las suyas después de muerto. No espero un favor así, pero desearía resucitar en la hora de los fantasmas para, al menos, corregir las pruebas. Por lo demás, cuando la Eternidad me haya tapado con sus manos los oídos, en la polvorienta familia de los sordos, no oiré ya a nadie. (Introducción)
Si, en lo que sigue, he pintado con cierta verdad los arrebatos del corazón a la vez que la sindéresis cristiana, estoy convencido de que debo ese resultado al azar que me hizo conocer al mismo tiempo dos imperios enemigos. Los estragos que un mal libro causó en mi imaginación tuvieron su correctivo en los terrores que me inspiró otro, pero estos últimos languidecieron a causa de los mórbidos pensamientos que me habían causado unos cuadros sin velo alguno.
Lo que se dice de las desgracias, que no vienen solas, se puede decir de las pasiones; vienen juntas, como las musas o como las furias. A la vez que la inclinación que empezaba a atormentarme, nació en mí el honor, exaltación del alma que, en medio de la corrupción, mantiene incorruptible el corazón; y es como un principio que repara, puesto al lado de un principio que devora. (1, 3 y 4)
La mayor parte de mis sentimientos han quedado en el fondo de mi alma y no se muestran en mis obras sino aplicados a seres imaginarios. Hoy, cuando rechazo mis quimeras sin seguirlas, deseo remontar la pendiente de mis años jóvenes. Estas Memorias son un templo que la muerte construye con la claridad de mis recuerdos. (1, 1)
EN LA ESCUELA, LOS NIÑOS
Las matemáticas, el griego y el latín me ocuparon durante el invierno en el colegio. El tiempo no dedicado a estudiar lo empleaba en esos juegos de los comienzos de la vida que son iguales en todas partes. El niño inglés, alemán, italiano, español, iroqués o beduino ruedan el aro y lanzan la pelota. Hermanos de una gran familia, los niños solo pierden sus rasgos comunes cuando pierden la inocencia, que es la misma para todos. Entonces, las pasiones, modificadas por el clima, los gobiernos y las costumbres hacen la diversidad de las naciones y el género humano deja de entenderse y de hablar la misma lengua. La sociedad es la verdadera torre de Babel. (2, 5)
PRIMERA COMUNIÓN
Al día siguiente, Jueves Santo, fui admitido a esa ceremonia conmovedora y sublime, que yo en vano he tratado de bosquejar en El Genio del Cristianismo. Podría haber reencontrado en ella mis pequeñas y acostumbradas humillaciones, porque mi ramo de flores y mis vestidos eran menos hermosos que los de mis compañeros. Pero ese día todo fue para Dios y por Dios. Sé bien qué es la fe: la presencia real de la víctima en el santo sacramento del altar me resultaba tan sensible como la de mi madre a mi lado. Cuando fue depositada la hostia sobre mis labios, me sentí iluminado por dentro. Temblaba de respeto y la única cosa material que me preocupaba era el miedo de profanar el pan sagrado. «El pan que yo os propongo/ es alimento de ángeles/ y Dios mismo lo fabrica/ con la flor de su trigo» (Racine). Entendí entonces la valentía de los mártires: habría podido en aquel momento confesar a Cristo en el potro de tortura o en medio de los leones. (2, 6)
CARÁCTER, GENIO
Aunque propenso a aburrirme con todo, era capaz de estar en los pequeños detalles. Dotado de una paciencia a toda prueba, aunque el tema que me ocupaba fuera cansino, mi obstinación era más fuerte que mi disgusto. Nunca he abandonado un asunto cuando valía la pena de ser llevado a cabo. Y ha habido cosas en las que he proseguido durante quince o veinte años con un ardor final igual al del principio. (2, 7)
Véase cómo se formaba mi carácter, qué dirección tomaban mis ideas, cuáles fueron las primeras ofensas de mi genio. Puedo hablar de mi genio como de una enfermedad, haya sido raro o vulgar, merecedor o no de ese nombre, que empleo a falta de otro mejor. Hubiera sido más feliz con más semejanza al resto de la gente. A quien, sin quitarme la inteligencia, hubiera conseguido matar en mí eso que se llama mi talento, le guardaría completa amistad. (2, 8)
INSATISFACCIÓN
Estaba agitado por un deseo de felicidad que no podía ni regular ni comprender. Mi espíritu y mi corazón se acababan de formar como dos templos vacíos, sin altares y sin sacrificios, sin saber qué Dios tendría que ser adorado en ellos. (3, 5)
¡Cuántas cosas he esperado en vano! En el Agamenón, de Esquilo, un esclavo es situado como centinela en lo más alto del palacio de Argos. Sus ojos tratan de descubrir la señal convenida para el retorno de las naves. Canta para aliviar sus vigilias, pero las horas vuelan, los astros se ocultan y la señal de la llama no brilla. Cuando, después de muchos años, la tardía luz apareció sobre las olas, el esclavo está encorvado por el peso del tiempo. No le queda más que recibir a las desgracias y el coro canta: un viejo es una sombra errante en la claridad del día. (3, 7)
LA MUJER IMAGINADA
Un vecino de Combourg había venido a pasar algunos días en el castillo, con su mujer, que era muy hermosa. No recuerdo bien qué ocurrió en la aldea: todo el mundo se asomó a la ventana para mirar. Llegué el primero, la forastera casi me alcanzaba, quise cederle el paso y me volví hacia ella. Pero, sin querer, me cerró el paso y me quedé encerrado entre ella y la ventana. No sé explicar qué pasó dentro de mí. Desde aquel momento vislumbré, de un modo que hasta entonces me era desconocido, que amar y ser amado debería ser la suprema felicidad. Si hubiera hecho lo que hacen los demás hombres, muy pronto habría albergado las penas y los placeres de la pasión que yo llevaba en germen. Pero todo adquiere en mí un carácter extraordinario. El ardor de mi imaginación, mi timidez, la soledad hicieron que, en lugar de lanzarme hacia fuera, me replegase sobre mí mismo. Falto de objeto real, evoqué, con el poder de mis vagos deseos, una visión que no me abandonó jamás. No sé si la historia del corazón humano conoce otro ejemplo de esa naturaleza. (3, 9)
Compuse, pues, una mujer con todas las mujeres que había visto. Tenía el talle, los cabellos y la sonrisa de la extranjera que me oprimió contra su seno. Le di los ojos de alguna joven de la aldea y la frescura de otra. Los retratos de las grandes damas de tiempos de Francisco I, de Enrique IV y de Luis XIV, que adornaban el salón, me sirvieron para otros trazos. Robé gracias femeninas hasta de los cuadros de las Vírgenes en las iglesias. Esta encantadora visión me seguía, invisible, a todas partes. Conversaba con ella como con alguien real. Cambiaba según el grado de mi locura: Afrodita sin velos, Diana vestida de azul y de rosa, Talía como una máscara que ríe, Hebe con la copa de la juventud. A veces era un hada sometida a mí. Sin cesar retocaba mi tela: quitaba a mi hermosa un primor para sustituirlo por otro. Cambiaba también sus adornos; los tomaba de todos los países, de todas las artes y de todas las religiones. Y cuando ya había realizado una obra de arte, esparcía de nuevo mis dibujos y mis colores: mi mujer única se transformaba en una multitud de mujeres, en las cuales yo idolatraba separadamente las gracias que ya había adorado estando reunidas.
Pigmalión estuvo menos enamorado de su estatua que yo de mi visión. Me preocupaba el modo de agradarle. Al no reconocer en mí nada de lo que hace falta para ser amado, me empleaba en todo lo que me era necesario. Montaba a caballo, como Cástor y Pólux; tocaba la lira, como Apolo; Marte manejaba sus armas con menos fuerza y destreza que yo. Yo era el héroe de una novela o de una historia, y muchas aventuras ficticias llenaban esas ficciones. La sombra de las hijas de Morven, las sultanas de Bagdad y de Granada, las castellanas de los antiguos castillos… Baños, danzas, delicias de Asia: todo estaba a mi disposición con la varita mágica.
He aquí que viene una joven reina, adornada de diamantes de flores —era siempre mi sílfide—. A medianoche me busca por los jardines de naranjos, por las galerías de un palacio bañado por las olas del mar, en las riberas embalsamadas de Nápoles o de Mesina, bajo un cielo de amor que el astro Endimión doraba con su luz. Como una animada estatua de Praxíteles, ella avanza en medio de las estatuas inmóviles, los pálidos cuadros y los frescos silenciosamente blanqueados por la Luna. El leve sonido de su paso por los mosaicos se mezcla con el murmullo insensible de las olas. (…)
Al salir de estos sueños me encontraba siendo un pobre y pequeño bretón; oscuro, sin gloria, sin belleza, sin talento, sin atraer la mirada de nadie. Viviría ignorado y ninguna mujer, jamás, lo amaría. Se apoderaba de mí la desesperación. No me atrevía a levantar los ojos hacia la imagen brillante que me seguía.
Este delirio duró dos años enteros, en los cuales las facultades de mi alma llegaron al más alto grado de exaltación. Ya hablaba poco, pero dejé del todo de hablar; seguía estudiando, pero tiré los libros. Se redobló mi gusto por la soledad. Tenía todos los síntomas de una pasión violenta: mis ojos se hundían, adelgazaba, no dormía, estaba distraído, triste, ardiente y huraño. Mis días transcurrían de un modo salvaje, extraño, insensato y, sin embargo, lleno de delicias. (3, 10 y 11)
HABLAR CON LA LUNA
Me agradó que luciera un pequeño trozo de luna: no estaba todo perdido, ya que encontraba una cara conocida. La luna parecía decirme: ¿Cómo?, ¿Tú aquí? ¿No te acuerdas de que te he visto en otros bosques? ¿Te acuerdas de las ternuras que me dirigías cuando eras joven? Verdaderamente, no hablabas demasiado mal de mí. ¿A qué viene este silencio? ¿Adónde vas, tan solo y tarde? ¿No cesas, pues, de recomenzar tu carrera?
Oh, Luna, tenéis razón. Pero si yo hablaba bien de vuestros encantos, sabéis también los servicios que me habéis prestado. Iluminabais mis pasos cuando yo me paseaba con mi fantasma de amor. Hoy mi cabeza es argentada como vuestro rostro, ¿y os asombráis de verme solitario y me desdeñáis? He pasado noches enteras cubierto con vuestros velos. ¿Osáis negar vuestros encuentros en la hierba y a lo largo del mar? ¡Cuántas veces habéis visto mis ojos apasionadamente mirando los vuestros! Astro ingrato y bromista, me preguntáis adónde voy tan tarde. Es duro reprocharme la continuación de mis viajes. ¡Ah! Camino tanto como vos, pero no vuelvo como vos cada mes ...