El códice mexica
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El códice mexica

  1. 306 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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El códice mexica

Descripción del libro

La joven arqueóloga peruana Esperanza Gracia, famosa por sus investigaciones y hallazgos en lugares tan misteriosos como la Isla de Pascua y la ciudad perdida de Paititi, en las selvas del Perú, había sido solicitada para colaborar en una investigación en México por su fama y prestigio.En el suelo de una antigua casa en Sinaloa, durante unas obras de remoción de escombros se descubrió un antiguo códice mexica que contenía una visión profética del mundo moderno y una explicación de los trascendentales cambios planetarios que se están dando en la actualidad.La existencia de siete cuevas y siete objetos, que de ser encontrados aportarían la clave del futuro planetario, lleva a esta investigadora y a un seleccionado equipo a vivir insólitas aventuras recorriendo los más peligrosos y fascinantes parajes del México profundo.En esta nueva obra Sixto Paz continúa la saga de aventuras de un personaje encantador y fascinante, dándonos a conocer los misterios de México y su cultura ancestral.

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Información

Editorial
Kolima Books
Año
2018
ISBN del libro electrónico
9788416994946
V. Malinalco, la pirámide de
los Temascales
Llegó el día del viaje. Después de despedirse de su novio en el aeropuerto y de hacer los trámites necesarios, se dirigió a la puerta de salida. Estaba sentada revisando su ordenador portátil cuando se le acercó un hombre alto de cabello oscuro y bigote, vestido como corresponsal de prensa con chaleco y todo, llamando su atención.
–¿Doctora Esperanza Gracia de la Universidad de Chicago?
–¡Sí, yo soy! ¡Dígame!
–Mucho gusto. Me he incorporado en el último minuto a su expedición. Me presento, soy Jim Reed, del Washington Post.
–¡Pensé que el Washington Post se dedicaba más a asuntos políticos que a temas arqueológicos!
–¡Así es, doctora, pero al parecer podría haber ciertas implicaciones políticas en el códice mexica que han interesado a la redacción del periódico!
–¿Implicaciones de qué tipo, señor Reed?
–¡Eso lo verificaremos en el lugar y a su debido momento, doctora!
–¿La doctora Victoria Garza sabe esto y lo ha autorizado a usted?
–¡Sí, por eso sabía de su viaje y horarios! ¿No le importa que la acompañe en el vuelo, verdad?
–¡No, para nada!
–¡Estupendo, porque no quería importunarla!
Estaban en la sala de espera aguardando el vuelo a México. El periodista aprovechó para hacerle una primera entrevista. A Esperanza se le ocurrió entonces levantar la mirada y vio a una persona que le llamó la atención. Era una mujer de apariencia indígena, regordeta, de unos cuarenta y cinco años, pelo negro largo y vestida con una túnica roja, que la estaba mirando fijamente. Pensó que algo de ella le llamaba la atención o le recordaba a alguien porque además aquella mirada era penetrante e inquisitiva. El asunto le daba mala espina y trató de no prestarle más atención. Bajó los ojos y al minuto los volvió a levantar y esa persona ya no estaba. Extrañamente no la volvió a ver ni en la cola para embarcar, ni dentro del vuelo, pero cuando estaba en el aeropuerto de Ciudad de México esperando para recoger su equipaje, estaba nuevamente allí agazapada detrás de una columna del edificio, observándola. Buscó a su acompañante, el corresponsal, que se había pasado durmiendo todo el vuelo después de beberse un whisky, y le dijo:
–¡Señor Reed, fíjese en esa mujer de apariencia indígena que hay detrás de la columna!
–¿Qué columna?
–¡Mire allí, a su lado derecho!
–¿Qué hay?
–¿Ve a la mujer?
–¡Hay muchas mujeres allí recogiendo maletas, doctora!
–¡Fíjese en la señora de la túnica roja!
–¡Yo no veo a nadie con una túnica roja!
–¡No puede ser que usted no la vea, señor Reed!
–Pues, no, no la veo.
Esperanza miró nuevamente y realmente ya no estaba. Todo ello le estaba resultando intrigante. Al salir fuera estaba allí el chófer de don Ángel Ruiz esperándola, circunstancia que aprovechó el periodista para pedir que lo dejaran en un hotel del centro. Cuando ya estaban en los alrededores del hotel, el periodista se preparó para bajarse del coche.
–Estaré pendiente de la doctora Garza para participar en la salida, doctora Esperanza.
–¡Muy bien, seguimos en contacto, señor Reed!
En el momento en que salían de la zona del centro por Bellas Artes se le volvió a aparecer la extraña mujer. La vio caminando por las calles.
–¡Señor, deténgase un momento! ¿Vio usted a una señora vestida con una túnica roja caminando por la calle?
–No, doctora. ¡Lo siento!
Ella estaba segura de haber visto a la mujer de rojo en una esquina. Entonces recordó el sueño recurrente y pensó si todo ello no sería una señal o un hostigamiento de otras dimensiones en este plano.
Al cabo de más de una hora llegaron, cruzando de norte a sur toda la ciudad, a casa de don Ángel Ruiz donde la arqueóloga fue recibida como siempre con hospitalidad y cariño por el mayordomo, que le tomó sus maletas. La criada la llevó a la habitación que tenían dispuesta para ella. Ahí dejó sus cosas. Una vez que se acomodó y refrescó, bajó del segundo piso al despacho y biblioteca de don Ángel, donde se lo encontró sentado en su silla de ruedas.
–¡Buenas tardes, don Ángel! ¿Cómo se encuentra?
–¡Buenas tardes, querida Esperanza! ¡Qué bella está mi admirada arqueóloga!
»¡Se te ha extrañado! Aquí ya me ves, la edad y la vida, tal como la he vivido, me está pasando factura. Pero verte es mi mejor medicina.
–¡Qué adulador es usted, don Ángel!
–¡Es cierto, mi querida Esperanza! Tú iluminas y honras mi hogar con tu presencia. ¡Eres muy especial!
»Ahora vamos comer, que ya es pasado el mediodía y estoy que me muero de hambre. Te he visto a ti y se me ha abierto doblemente el apetito.
–¡Adulador y pícaro!
Se dirigieron al comedor y las criadas los atendieron sirviéndoles un menú variado y delicioso. Terminando la comida, don Ángel le dijo:
–Querida Esperanza, Victoria se ha disculpado porque hoy no podrá acercarse pues está con la organización de la expedición, pero me ha dicho que mañana sobre las 10:00 h vendrá para ponerte al corriente de todos los preparativos.
–¡Perfecto, don Ángel!
–Ahora quedas libre para hacer lo que desees; si quieres descansar puedes hacerlo. Yo volveré a mi estudio en la biblioteca.
Esperanza estuvo ordenando sus cosas y después bajó con su ordenador a la biblioteca de don Ángel. Aunque ya lo conocía, al entrar no pudo dejar de admirar la multitud de libros y piezas arqueológicas que allí había. Don Ángel estaba en su escritorio trabajando con su ordenador.
–¡Disculpe, don Ángel! ¿Interrumpo?
–¡Jamás interrumpes, Esperanza! Dime, ¿te puedo servir en algo? ¿Necesitas algo?
–No, nada. ¿Podría trabajar aquí, don Ángel? Si es que no le estorbo.
–¡Claro que sí, puedes hacerlo donde quieras, Esperanza! ¡Esta es tu casa!
Esperanza se acomodó en un sofá de cuero que había frente al escritorio del veterano y se puso a revisar sus correos. Don Ángel sonreía y la miraba de tanto en tanto, suspirando todo el tiempo. En un determinado momento el hombre se incorporó y buscó un libro en su profusa biblioteca. Una vez que lo encontró se lo acercó a su invitada.
–Esperanza, este es un libro de ilustraciones y fotografías y uno de los más importantes objetos aztecas que han sido encontrados y que hoy están en los museos y en colecciones privadas. Revísalo cuando puedas porque sé que te será muy útil y algo encontrarás en él de tu interés. Además, al final del mismo hallarás algunos de los códices aztecas que han sido hallados y que permanecen en diversas bibliotecas del mundo.
–¡Muchas gracias, don Ángel, ahora mismo me pongo a verlo!
Tras varias horas dieron por terminado el estudio y el trabajo y se prepararon para ir a cenar.
–¡No te imaginas cómo he disfrutado esta tarde con tu compañía, Esperanza!
»Mañana por la noche se van a reunir conmigo algunos amigos míos, la mayoría de ellos octogenarios como yo. No es obligatorio que me acompañes, pero me agradaría muchísimo que lo hicieras. Me gustaría alardear de que tengo en mi casa a una famosa y guapa arqueóloga.
–¡Será un honor, don Ángel!
–Ahora vamos a cenar.
Durante la cena estuvieron compartiendo toda clase de anécdotas y pasaron juntos una amena velada.
Al día siguiente, después del desayuno llegó Victoria Garza. Se encontró a Esperanza revisando su ordenador.
–¡Hola, Esperanza, qué alegría verte después de tanto tiempo!
–¡Igualmente, Victoria!
–¡Ven, vayamos al estudio de mi tío para hablar de las novedades!
Se sentaron en el sofá y Victoria, bastante entusiasmada, comentó:
–Bueno, te cuento que ya está todo coo...

Índice

  1. Introducción
  2. I. El descubrimiento del códice mexica
  3. II. La cueva de la serpiente
  4. III. Atrapados en Cuetzalán
  5. IV. Malinalxóchitl y las veintiuna cuentas del collar
  6. V. Malinalco, la pirámide de los Temascales
  7. VI. Xochicalco, el espejo del cielo
  8. VII. Tepoztlán y la caverna del misterio
  9. VIII. La diosa y la estrella