Rituales del poder en Lima
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Rituales del poder en Lima

(1732-1828) De la monarquía a la república

  1. 399 páginas
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Rituales del poder en Lima

(1732-1828) De la monarquía a la república

Descripción del libro

Bautizada "Ciudad de los Reyes", Lima constituyó en el siglo XVIII el principal bastión de la monarquía española en América del Sur. La capital se impuso como el más importante centro civilizador y político en esta parte del continente, y la amplitud de su corte da testimonio de ellos. ¿De qué modo los rituales políticos intentaron erigirla en la "Heroica y Esforzada Ciudad de los Libres"? ¿Qué fiestas y ceremonias pretendieron reemplazar la figura del virrey por la de una nueva autoridad, al calor de la independencia? ¿Cómo las ceremonias en honor a la nación desplazaron la puesta en escena de la lealtad al rey? Pablo Ortemberg analiza los rituales políticos a partir de los cuales se construyen la autoridad real y las jerarquías sociales en el virreinato de los últimos borbones, siguiendo modelos relativamente estables. Detrás de una voluntad de inmovilidad, palpita sin embargo una vasta gama de actres sociales que manipulan símbolos y mensajes paradojales propios del fenómeno festivo. Al mismo tiempo, a partir de la invasión de Napoleón Bonaparte a la Península en 1808, la zozobra política de la monarquía deja ver la verdadera continuidad del ritual. En el cruce de una historia política y cultural, la obra explora los usos y sentidos de los rituales, tanto como los cambios y continuidades de las fiestas del poder real, independentista y republicanas, entre 1735 y 1828. Todas ellas están orientadas a celebrar el régimen y a construir la autoridad suprema en Lima, y muchas pretenden inventar la nación. Es a partir de esta cultura ceremonial que logramos entender mejor cómo fueron imaginados, experimentados y forjados el Estado-nación y la identidad nacional en el Perú.

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Información

Año
2014
ISBN del libro electrónico
9786124146718
Capítulo 1.
El recibimiento de los virreyes en Lima: modelo para desarmar
El largo viaje de la autoridad: ritual de pactos y nombramientos
La llegada de un nuevo virrey constituye tanto un ritual de consagración del poder global y local, como un dispositivo de re-producción de la legitimidad monárquica a través de elementos lúdicos y solemnes. Es un acontecimiento extraordinario que involucra a múltiples actores y escenarios establecidos por un programa oficial. Antonio de Ulloa dedicó parte de su extensa crónica a restituir el modelo de recibimiento de virreyes, conjunto de ceremonias y fiestas que atrajo poderosamente su atención cuando pasó por Lima en el primer tercio del siglo XVIII (Ulloa, 1990, pp. 58-67). Esta relación provee una síntesis de las secuencias que forman parte de un ritual que se mantiene muy estable a lo largo de ese siglo y cuyo esquema precede a la dinastía borbónica. Otras dos fuentes vienen a enriquecer la reconstrucción. Por un lado, el relato de un hombre de ciencia, José Eusebio Llano Zapata, que en su crónica decidió dejar asentado su recuerdo de la entrada pública del virrey José Antonio de Mendoza Caamaño y Sotomayor, marqués de Villagarcía, acontecida el 14 de mayo de 1736. Estos pasajes no han sido prácticamente estudiados por los investigadores. Hasta que Víctor Peralta la editara en el año 2005 el Epítome Cronológico o idea general del Perú, era una crónica inédita de 1776, cuyo autor aún no se conocía con certeza29. Por otro lado, las cédulas y provisiones que prescriben el ceremonial presentes en la «Relación del ceremonial de Lima formada en 25 de junio de 1745 por D. Álvaro Navia Bolaños» incluida en un expediente firmado en Santa Fe de Bogotá y que al igual que en el caso de las ceremonias en torno al virrey, responde a una solicitud emanada por el recientemente creado virreinato de Nueva Granada a las autoridades de Lima30. También se ofrece al análisis un segundo legajo que trata sobre el ceremonial reformado por el Visitador Superintendente Jorge de Escobedo, con fecha en Lima del 7 de mayo de 178731. Otros documentos y crónicas serán oportunamente referidos en el desarrollo del capítulo.
El recibimiento de un virrey representa la renovación del vínculo entre la ciudad y la monarquía, entre el mundo conquistado y la autoridad legítima, entre la «cabeza tutelar» y el cuerpo de vasallos (un cuerpo que es también, en este caso, cabeza del reino del Perú). Es la ciudad la que recibe al representante y es entonces la ciudad la que debe organizar el evento, incluida la entrada solemne. El cabildo se encargaba de preparar el escenario de la fiesta con meses de anticipación. Nombraba una comisión y contrataba artesanos, albañiles y pintores para limpiar la plaza, levantar tablados, construir arcos, etcétera. Compraba caballos, los adornaba y preparaba los trajes, utilizaba para todo esto ingentes recursos del fondo de propios y arbitrios. La forma de la entrada del virrey recuerda el recibimiento del real sello, aunque en este caso no se trataba de una hierofanía del poder real propiamente dicha, sino del espejo del rey encarnado en un funcionario.
El rey escogía el virrey entre los más altos personajes de influencia en el consejo. Muchas veces se daba el caso de que antes de llegar a ocupar el cargo en Lima, el elegido ya había sido virrey en otros dominios. Principalmente en México, pero podía ser Santa Fe de Bogotá, como fue el caso de Manuel de Guirior (1776-1780). No siempre hacían el viaje de norte a sur, en ocasiones habían cumplido valiosos servicios como presidentes en la Capitanía General de Chile, como fueron los casos de José Antonio Manso de Velasco (1745-1761), Manuel de Amat y Junient (1761-1776) o Ambrosio O’Higgins —padre del «Libertador»— (1796-1808).
Cuando el soberano elegía un nuevo virrey, se le despachaban tres cédulas, con sus tres atribuciones: virrey y gobernador (en términos contemporáneos, ejecutivo-legislativo), capitán general (militar) y presidente de la Audiencia (judicial). Se enviaban varias copias a las audiencias y a las principales ciudades del virreinato. Al llegar a Cartagena de Indias, enviaba una carta al virrey saliente y al cabildo de Lima. Al recibir la noticia del nombramiento, los alcaldes hacían iluminar los edificios, patrocinaban juegos de cañas y sortija, y hasta se lidiaban toros en la plaza. El cabildo le escribía dándole la bienvenida protocolar, carta que era correspondida con otra por la nueva autoridad. El intercambio epistolar entre el nuevo virrey y el cabildo se mantenía a lo largo del viaje. Esto permitía a las dos partes formarse una idea aproximativa de las predisposiciones y ánimo del otro. En las cartas se precisaban los detalles prácticos respecto a la ruta a seguir hasta Lima y las fechas por las que iba pasando de un puerto o poblado a otro.
En el Nuevo Mundo, el virrey era el distribuidor del favor real (gracias, mercedes, prebendas, privilegios)32, favores que no siempre tenían supervisión en la Península. Se observa en varios momentos del ritual cómo operaban estos mecanismos de redistribución de poder. Desde su arribo a Paita, podía estar esperándolo una escuadra de soldados a caballo de la guardia de virreyes enviados por su antecesor. Entonces «lo recibe el corregidor de Piura a quien toca con la prevención de literas y demás bagajes, para conducirlo con toda su familia hasta Lima por cuyos gastos algunos virreyes han usado la galantería de darles correspondiente compensativo, siendo lo común prorrogarlos a otros dos años en el oficio, y de haber cédulas, proveerlos en otro» (subrayado nuestro)33.
El nuevo virrey enviaba un embajador34 a Lima, situada a 204 leguas de distancia (1100 km aproximadamente). Este último llevaba dos cartas políticas anunciando su llegada. Una de ellas estaba destinada al virrey y otra al cabildo, a la que adjuntaba la real cédula de merced de virrey, Real Audiencia y Tribunal de Cuentas. El embajador era una «persona de toda distinción», integrante de la comitiva del nuevo virrey o, de acuerdo con A. Navia Bolaño y Moscoso, «un criado mayor de su confianza»35. A su vez, al recibir al embajador el virrey saliente le correspondía despachando su propio representante.
El embajador hacía su propia entrada pública a caballo en Lima, conducido por los alcaldes, regidores y otros caballeros. Pero esta entrada se llevaba a cabo únicamente seis u ocho días después de su llegada «en secreto» a la ciudad para conferenciar con el virrey saliente, entregar las cartas políticas o de creencia y contactarse con el resto de autoridades. Para ello se organizaba una cabalgata desde el convento de San Francisco hasta ser recibido en el Palacio.
[En la sala] del dosel, quedándose todo el acompañamiento en el segundo salón, hechas tres cortesías, y tomando asiento que se le destina hace su arenga de que va prevenido y se reduce a elogiar las cualidades del virrey que acaba, templándola de modo que no deje en inferior lugar las de su sucesor, y entregada la carta de creencia satisface el virrey al embajador respondiendo con otro elogio hacia su amo 36.
Al terminar la ceremonia, el embajador y el virrey se levantaban de sus sillas, repitiéndose las tres cortesías de despedida. El cabildo, por último, lo acompañaba en cabalgata hasta donde se alojaba.
De nuevo aparece el número de tres en los gestos codificados por la etiqueta virreinal. El elogio consistía en fórmulas fijas, casi discursos perlocutivos, que servían para teatralizar la continuidad pacífica entre un funcionario y otro; una ilusión de continuidad garantizada por la figura del embajador. La triplicación se reflejaba también en la sucesión de tres noches consecutivas consagradas a los refrescos. Sin embargo, las ceremonias no terminaban ahí. En otra instancia, el embajador entregaba la segunda carta política a la corporación municipal. Dos alcaldes ordinarios iban a buscarlo donde se alojaba y lo llevaban en coche a la sala capitular. Ante todos los regidores sentados en la sala, en el centro y de pie,
dice su razonamiento, elogiando en él la lealtad y las calidades que concurren en el Cabildo, la complacencia que su noticia ha causado al Virrey su amo y satisfacción con que viene, de que continuarán con el mayor celo y amor al real servicio y concluye entregando al alcalde de turno, que está a su mano derecha, la real cédula que trae para el Cabildo, y este responde al embajador con otro razonamiento en alabanza del nuevo Virrey y el gusto con que espera el Cabildo servir a Su Majestad bajo de sus órdenes37.
Si bien los primeros contactos entre el virrey y la ciudad siguen la vía epistolar, estas ceremonias auguran el buen gobierno y sellan la alianza entre el nuevo representante del soberano y la ciudad. Esta última prometía al embajador dos corridas en su honor que se proveían luego de las ofrecidas al virrey para un momento posterior a la entrada pública. Por su parte, el virrey saliente, al despedirse del embajador, le obsequiaba una joya y uno o dos corregimientos vacantes. Esto demuestra que el ritual de continuidad de poder no solo confirma las jerarquías sino que es un dispositivo de distribución del poder.
Las cédulas del 12 y 23 de diciembre de 1619 firmadas por Felipe III insistían en que debían respetarse las órdenes de sus predecesores respecto a que se castigase con severidad la violación a la prohibición de que fuesen dados
corregimientos, oficios de justicias, comisiones, negocios particulares, encomiendas o repartimientos, pensiones o situaciones, a los hijos, hermanos o cuñados, o parientes dentro del cuarto grado, de los virreyes, presidentes, oidores, fiscales, contadores, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores, oficiales reales, etc.38.
Ley que se acataba pero no se cumplía, como lo demuestran las atenciones al embajador. En un periodo temprano, esto había suscitado conflictos entre el sector criollo y el funcionario peninsular. En su crónica de comienzos del siglo XVII, Fernando Montesinos anota que el virrey Príncipe de Esquilache (1615-1621) había entrado con gran aplauso ...

Índice

  1. Agradecimientos
  2. Prólogo
  3. Introducción
  4. Capítulo 1. El recibimiento de los virreyes en Lima: modelo para desarmar
  5. Capítulo 2. Usos y sentidos de las proclamaciones reales en la Ciudad de los Reyes
  6. Capítulo 3. De las fiestas absolutistas a las fiestas constitucionalistas y el desarrollo de los rituales guerreros
  7. Capítulo 4. Refundación simbólica del ceremonial independentista
  8. Capítulo 5. El ceremonial bajo la república
  9. Conclusiones
  10. Fuentes impresas
  11. Bibliografía
  12. Índice de ilustraciones

Preguntas frecuentes

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