El malestar y la inquietud que ha servido de ruido de fondo a la reflexión filosófica contemporánea se presenta como un síntoma desde el que aproximarse a algunas de las cuestiones que la modernidad nos ha dejado como un delicado y problemático legado que es necesario administrar: desde la valoración que merece el acervo liberal y democrático, los derechos humanos, el individualismo moderno y el compromiso ético de la Ilustración, hasta la función del mercado, la cuestión del nacionalismo, el sentido del progreso o las consecuencias del paso de la sociedad industrial a una sociedad del riesgo.
Como el autor señala: "Hablar de Ilustración sin ceder a la tentación de presentar como realizados estadios de la vida social e intelectual no vividos y sin vaciar el concepto es, en consecuencia, hablar de una racionalidad teórica y práctica aún abierta. O sólo realizada de una forma sesgada y decepcionante [...] Lo que pensado hasta el final no dejaría de situarnos ante otra visión de la actualidad de la Ilustración. Que para Kant era, convendría no olvidarlo, un proceso. Un proceso inacabable.
Y reñido, ciertamente, con toda autocomplacencia".
