Por una verdadera libertad sexual
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Por una verdadera libertad sexual

  1. 312 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Por una verdadera libertad sexual

Descripción del libro

Actualmente existe una aparente libertad sexual, sin embargo, la sexualidad sigue siendo tabú, culposa, incómoda, vergonzosa y... raras veces dichosa. Es que en realidad no hay una verdadera libertad, porque seguimos tropezándonos con leyes morales que condenan lo genital. Pero esto último constituye uno de los dos aspectos fundamentales de la sexualidad humana y negarla sólo puede dañar nuestro desarrollo sexual. Darle importancia sólo al vínculo simbiótico con el otro -lo que los discursos actuales nos animan a hacer- nos mantiene en un sueño romántico que es fuente de frustraciones porque no es natural para el cuerpo y por consecuencia, no se siente en su totalidad. A través de una crítica a los conceptos actuales de amor y sexo, pero también gracias a una original reflexión y a un sólo conocimiento sexológico, la autora nos invita a cuestionarnos acerca de la culpa del "sexo por el sexo"

Preguntas frecuentes

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Información

Editorial
Lectorum
Año
2015
ISBN del libro electrónico
9781943387502
Capítulo 1
Un poco de Historia
[...] los universos simbólicos son productos sociales que poseen una historia. Si hemos de comprender su significado, hay que entender la historia de su producción. Esto es de vital importancia en la medida en que estos productos de la conciencia humana, por su propia naturaleza se presentan como totalidades desarrolladas e inevitables. (Berger y Luckmann, 1986, La construcción social de la realidad, p. 134)
¿Por qué?
Como seres humanos que participan de una sociedad determinada, con frecuencia tendemos a generalizar las interpretaciones de la vida, la sexualidad y la moral que creemos encontrar ahí. Éstas se vuelven para nosotros entonces verdades absolutas e inmutables, aplicables a todas las situaciones humanas pasadas, presentes y futuras. Este etnocentrismo —del ser humano que sea— nos lleva a creer que las diferentes culturas presentes y pasadas se basan todas en una comprensión de la vida, la sexualidad y la moral idéntica a la nuestra. Esta creencia se considera evidentemente tranquilizadora en cuanto a la validez de nuestras formas de ver las cosas. Sin embargo, éstas son en gran parte el resultado de nuestra propia socialización. Tan pronto como ampliamos nuestros horizontes, nos vemos obligados a constatar a qué grado estos valores están coloreados por los discursos morales recibidos, los cuales emanan de los intereses de un pequeño núcleo (poder, riquezas materiales, prestigio) más que de un deseo de mejorar la condición humana y de favorecer el verdadero desarrollo personal y espiritual común.
Cuando, en nuestras sociedades occidentales, pensamos en sexualidad, tenemos la tendencia a considerar la ternura, la dulzura, la sensualidad y la “pureza” (es decir, la ausencia de deseo sexual fuera del contexto amoroso), como del dominio exclusivo de las mujeres, mientras que lo genital, la pulsión animal pura, la afirmación y la potencia sexual serían propios de lo masculino. También tendemos a considerar que la sexualidad sólo puede ser enriquecedora cuando hay penetración y si se expresa en el marco de una relación amorosa adulta y comprometida, de preferencia heterosexual. Toda otra forma de expresión sexual, será, por consiguiente considerada más o menos desviada, sobre todo si se basa en el placer de los sentidos o sobre un imaginario que no sea sentimental, amoroso y fusional (o sea que lleve a la fusión con el otro). Sin embargo, un estudio a fondo de la historia de la sexualidad nos enseña que esta percepción de la sexualidad y de las relaciones hombres-mujeres es propia de nuestra sociedad y está lejos de describir una realidad absoluta. De ahí esta buena noticia: no tenemos que asfixiarnos en conceptos restrictivos de la sexualidad, de lo femenino, lo masculino y de las relaciones hombres-mujeres, ¡porque es posible cuestionarlas y abordarlas de otra manera!
El presente capítulo permite echar un vistazo a nuestra historia con el fin de percibir la manera en la que hemos podido conceptualizar y vivir la sexualidad a través de diferentes culturas y épocas. De esta manera podremos identificar de donde vienen nuestras propias conceptualizaciones actuales. Este enfoque nos permitirá también comprender el medio por el cual encerramos actualmente a hombres y mujeres en una sexualidad truncada y empobrecida, en comparación con lo que ésta podría ser si se viviera libremente; es decir a partir de una exploración personal de lo que es, más que a partir de eso que nos dijeron que debería ser.
La Era glacial y la vida en las cavernas
Comencemos pues nuestro vistazo histórico con la última glaciación, la cual terminó hace unos 10,000 años. Durante casi 70,000 años, la fría temperatura obliga a la mayor parte de la especie humana —todos los que no viven cerca del ecuador— a refugiarse en las cavernas y a alimentarse principalmente de los productos de la caza. Armados con palos y piedras, los hombres deben diariamente desafiar el frío y arriesgar su vida, mientras que las mujeres mantienen el fuego en la caverna, actividad tan igualmente esencial para la supervivencia del grupo como la caza porque, en esa época, se sabía cómo mantener el fuego pero no cómo crearlo; la función de las mujeres en las cavernas tiene por consiguiente tanta importancia como la de los hombres al exterior. Además, las mujeres preparan las pieles que sirven de vestimenta, se ocupan de los niños y curan a los cazadores heridos. Por otro lado, ellas poseen un “poder” que los hombres no tienen: el de dar la vida, otra actividad esencial para la sobrevivencia del grupo.
Es imposible saber exactamente como interactuaban los hombres y las mujeres. Sin embargo, las pinturas rupestres del paleolítico que dejaron en los muros de las cavernas nos proporcionan pistas interesantes. Por un lado, la mayoría de las que se encuentran en las grutas de Francia y España (las más antiguas datan de 30,000 años) representan animales y éstos parecen sistemáticamente asociados, ya sea a lo masculino o a lo femenino y es, en partes iguales, lo que sugiere que no había predominio de un sexo sobre el otro (Cauvin, 1985). Por otra parte, en las pinturas rupestres, los seres humanos son rara vez representados; cuando lo son, se trata sobre todo de mujeres embarazadas y en presencia del sol o de la luna, nunca de un compañero masculino, indicio de una creencia en la fecundación de la mujer por los astros más que por los hombres (Desjardins, 2003). De modo que la sexualidad no es todavía asociada con la fecundidad y se vive sobre una base de intercambios totalmente libres y espontáneos entre los cazadores y las guardianas del fuego, cuando estos regresan a calentarse a la caverna llevando sus presas.
El recalentamiento del clima se instala gradualmente en un periodo de 2,000 años y entonces, por fin los seres humanos pueden salir de las cavernas. De lo que se deriva una economía de caza y recolección, en la que los hombres mantienen su función de cazadores mientras que las mujeres recolectan pequeños frutos y otros vegetales comestibles. Los recursos apenas son suficientes para la tribu y, sobre todo, no se pueden acumular. En cuanto a la organización social, es matrilineal y comunitaria. Los niños pertenecen al clan, es decir a la familia extendida de la madre, y los hombres y las mujeres colectivamente se ocupan de ellos. Estando así disociados la sexualidad y la filiación, la mujer es libre de hacer el amor con el hombre o los hombres de su elección, ya que no hay un contrato de parentesco que una a los compañeros con respecto a los niños nacidos de sus relaciones (Echene, 2004). Ningún individuo pertenece a otro (ya sea por vínculo filial o amoroso), sino que pertenece al grupo. Además, las tareas son diferentes para hombres y mujeres, ya que en una forma de vida y de supervivencia tan íntimamente ligada a la naturaleza, las capacidades y necesidades biológicas difieren necesariamente según el sexo. Sin embargo, no existe otra jerarquía que la asociada con la edad y con la acumulación de la experiencia, y las mujeres y los hombres permanecen en condiciones de igualdad con respecto a las decisiones que conciernen al clan.
En esta época, las mujeres son fuente de admiración y veneración, ya que únicamente ellas tienen la capacidad de dar vida. Las mujeres parecen poseer un poder mágico que las hace especialmente importantes, ya que la sobrevivencia del clan está vinculada de modo esencial a la renovación de sus miembros. Por ellas, hay continuidad de la vida: de la madre primera, emanan todas las generaciones siguientes. Este poder de transmitir la vida hace de la mujer un ser sagrado, reconocido por estar en contacto con lo espiritual. Ya, en el paleolítico, las estatuas de formas humanas representaban casi exclusivamente a mujeres de silueta deformada, por una hipertrofia de los senos, el vientre y las caderas. Encontramos aquí una “representación preferencial de los órganos femeninos y negligencia por otras partes del cuerpo que las mujeres tienen en común con los hombres” (Cauvin, 1985, p. 9). De modo que ya, en la época paleolítica, se valoran la fecundidad y a la mujer en lo que ella tiene de específicamente femenino; hay una inversión simbólica en el proceso de la maternidad con el fin de favorecer la concepción. Durante el neolítico que sigue, esta inversión de lo femenino y de la maternidad se transforma en un corpus religioso de creencias y rituales centrados alrededor de la noción de la Diosa Madre y de la fertilidad en su sentido más amplio: fertilidad de la mujer, pero también fertilidad de la naturaleza que nutre.
La llegada de la agricultura
La agricultura se desarrolla gradualmente por la acción de las mujeres, tanto en los campos como en la crianza de pequeños animales. Comprometidas en las diversas tareas requeridas por el cultivo en los campos y los cuidados del ganado recientemente domesticado, ellas se preocupan de obtener campos fértiles y un ganado en crecimiento, con el fin de favorecer una abundancia que beneficie a todos. Siendo ya las responsables “naturalmente” designadas de los ritos mágicos y espirituales dirigidos a promover la fertilidad humana, ellas se vuelven las inspiradoras y las guardianas de los rituales que invocan a la Gran Diosa Madre y a la multitud de divinidades femeninas amas de la naturaleza y de la fertilidad.
Con el tiempo, tanto hombres como mujeres toman conciencia de la relación entre sexualidad y concepción, lo que conduce al desarrollo de ritos de fertilidad más específicamente sexuales, una vez más por medio de las mujeres. Al mismo tiempo, reconociendo la necesidad del macho para que ocurra el embarazo, los pueblos de esta época añadieron deidades masculinas de fertilidad a su panteón, aunque éstas seguían estando al servicio de la Diosa Madre. Con frecuencia, lo masculino es personificado por un animal macho dominante. En Persia y al norte de la India, se usa el Toro, animal que representa la fuerza y la fertilidad (Cauvin, 1985; Van Lysebeth, 1988). El hombre como tal muy rara vez será representado, salvo en asociación con el Toro, y lo será como “hombre barbado que monta un Toro” (Cauvin, 1985, p. 13).
La espiritualidad de esta época se experimenta como la comunión con la naturaleza tal como se percibe por los sentidos, siendo la naturaleza concebida como la manifestación directa de los espíritus. Distinguiendo, por este hecho, un espíritu asociado a cada ser u objeto de la naturaleza, lo mismo que a cada grupo de seres o de objetos; al animal cazado y también a la manada de renos, al árbol y también al bosque, a la roca, al lago, a la llanura, a la montaña y al viento, por nombrar algunos. Además, el ser humano es considerado como parte del conjunto de la vida, del todo, y se le reconoce la misma importancia que a cualquier otra manifestación de la naturaleza. Por con-siguiente no está disociado de las manifestaciones espirituales (Van Renterghem, 1996).
Los rituales espirituales se basan entonces en un principio de intercambio de favores con las divinidades y espíritus que habitan otros planos, asociados a los nuestros, aunque invisibles: “Nosotros te invocamos, te complacemos a través de ofrendas destinadas a darte una experiencia de los sentidos y tú nos agradeces el favor facilitándonos la vida, promoviendo la abundancia, la fertilidad de los campos, del ganado y de los humanos" Entre los favores y rituales que complacen a los espíritus, la sexualidad —una de las fuentes más grandes de placer humano, y por lo tanto, que puede compartirse con los espíritus— tiene naturalmente un lugar predominante. Además, siendo considerada por su maternidad conectada, al mismo tiempo, a lo divino así como enraizada profundamente en la experiencia corporal y sensual (es decir de los sentidos), la mujer es “naturalmente” designada como iniciadora y responsable de estos ritos.
Por otra parte, como los niños resultado de la unión sexual están afiliados al grupo parental de la madre y son, además, bienvenidos ya que son esenciales para la sobrevivencia del grupo, el hecho de que la sexualidad se viva fuera de un contexto de pareja —y que, en ocasiones, se exprese incluso en la promiscuidad más total, como durante los rituales sexuales orgiásticos asociados con la fertilidad— parece totalmente normal y legítimo. De hecho, los intercambios sexuales están poco enmarcados fuera del tabú del incesto. Además, la sexualidad, siendo el proceso por el cual una mujer actualiza su potencial de fertilidad, la sexualidad ritualizada —experimentada en la abundancia de los placeres y las sensaciones— se vuelve el medio por el cual estimular la fertilidad de la naturaleza y suscitar la abundancia, se hace por mimetismo.
Por otro lado, como ya lo hemos mencionado, la espiritualidad de esta época se vive muy intensamente como un sentimiento de unidad y de comunión con el resto del entorno. Ahora bien, la sexualidad puede también vivirse como una experiencia de unidad a nivel del cuerpo y por intermediario de los sentidos. Otra asociación entre sexualidad y espiritualidad se hace entonces y es así que se desarrollan los ritos sexuales-espirituales centrados alrededor de mantener la unidad, siempre causa de las mujeres, de quienes se consideraba vivían más íntimamente su cuerpo y, por lo tanto, en mayor contacto con su sensación interior corporal, emocional y espiritual. Estos primeros rituales que unen la experiencia sexual a la experiencia espiritual estarán en los orígenes de los tantras actuales que florecieron en varios países, entre ellos la India y todo el sudeste de Asia. El cuerpo como medio de aprehensión del mundo, es entonces en extremo valorado. Por otra parte, el cuerpo también es asociado con lo femenino y, durante esta época, la mujer es percibida como la feliz ama de las experiencias corporales y sexuales relacionadas al mismo tiempo, con la vida y con la espiritualidad, no siendo estas dos nociones opuestas sino complementarias e integradas una en la otra.
Los restos arqueológicos de diferentes ciudades que existieron entre 4,000 a 8,000 años AC, en Turquía, Irak, Irán, Pakistán (a lo largo del valle del Indo) y en la India actual, tienden a demostrar la preeminencia de un culto a la Diosa Madre, la cual es con frecuencia acompañada del Toro (y también, a veces, de otros animales), que ella controla. Además, la falta de grandes edificios religiosos o de palacios nos deja entrever una ausencia de jerarquización de los poderes en la sociedad. Sin embargo, ciertas ciudades de la época son tecnológica y socialmente muy desarrolladas, implicando así una especialización del trabajo e incluso de las zonas, debido a los oficios contaminantes —como la cocción de ladrillos— relegados al exterior de la ciudad y orientados de tal manera que los vientos no regresaran el humo contaminante hacia las zonas habitadas (Van Lysebeth, 1988).
Más o menos así se organiza en todas partes, en los países del Lejano Oriente (como China, Camboya, Birmania, Tailandia e Indonesia), en los del subcontinente indio (como India, Nepal y Pakistán), en los del Medio Oriente (como Irán, Irak y Turquía) y en los de Europa a lo largo del Mediterráneo y el Océano Atlántico (como Grecia, Italia, España, Francia y Gran Bretaña) un estilo de vida social comunitaria y poco jerarquizada, matrilineal y centrada alrededor de los cultos a la fertilidad dedicados a la Diosa Madre, fomentando la libertad sexual así como la experimentación del vínculo sexualidad-espiritualidad.
Una economía de caza y de guerra
Ya expusimos antes como la vida en la caverna, basada en una economía de caza, se transmutó en vida de clanes, en la cual la recolección se sumó a la caza, luego en vida de aldea basada en la agricultura y la crianza de ganado, para enseguida desarrollar una vida de ciudad de economía diversificada; todo esto, conservando una organización social matrilineal y no jerarquizada entre hombres y mujeres. Esta evolución se observa en todas las regiones mencionadas antes. Sin embargo, las tribus de cazadores que habitaban las estepas de Rusia y de Manchuria presentan un desarrollo diferente. Al final de la glaciación, estas últimas eligen más bien seguir al rebaño (renos y caballos salvajes) hacia el norte, lo que modifica el equilibrio social poniendo el acento en la caza como elemento principal de supervivencia del grupo y valorando al macho cazador. Inevitablemente, como la caza exige un trabajo de equipo que requiere de un jefe que lo dirija, éste último adquiere un estatus privilegiado. En cuanto a las mujeres, debido a su cuerpo muscularmente menos desarrollado y a su maternidad, ellas no se pueden incluir en los grupos de cazadores y mucho menos entrar en competencia con los hombres, lo que contribuye a situarlas en un estatus inferior en el sistema social que poco a poco se va instalando.
Por otra parte, al escasear el rebaño, los miembros de estas tribus aprenden a domesticar animales salvajes, entre ellos el caballo, y se vuelven pastores —criadores pero siguen siendo cazadores y nómadas. Durante sus migraciones posteriores hacia el sur y el este, estas tribus se encuentran con otras. Cazadores de presas, sus miembros se transforman en guerreros, con el fin de apropiarse de los rebaños de los clanes extranjeros y de enriquecer los suyos. Al hacer esto, matan a los hombres y se apropian de las mujeres y los niños, condenándolos a la esclavitud. Es fácil ver como en una organización tribal semejante, no hay cabida para la igualdad ni entre los hombres mismos, ni entre las mujeres y los hombres. Se crea entonces un sistema patriarcal, en el cual los hombres tienen el poder sobre todo, incluyendo a las mujeres. Pero también, y es importante mencionarlo, en el cual algunos hombres detentan el poder sobre el resto de los demás hombres y en el cual los jefes guerreros se atribuyen la mayor parte de las riquezas adquiridas.
En el curso de los siglos, estas tribus guerreras llegan a derrocar el sistema matrilineal y comunitario en beneficio de un sistema patriarcal y jerarquizado en la mayor parte de Asia, Oriente y Europa. Lo cual logran invadiendo gradualmente el conjunto de las sociedades denominadas matriarcales e imponiéndoles su propio sistema social e ideológico, con frecuencia de manera brutalmente opresiva, a veces de manera más gradual, pero igualmente eficaz (Van Lysebeth, 1988).
Mesopotamia y la Gran Diosa
Es de esta manera que Mesopotamia, situada entre los ríos Tigris y Éufrates (en Irak actual), de una sociedad matrilineal y comunitaria, se transformó gradualmente en una sociedad patriarcal. De hecho, en el momento del desarrollo de la escritura, hace aproximadamente 6,000 años, el sistema social tenía ya una orientación claramente patriarcal: los hombres controlan la tierra y los recursos. Sin embargo, los cultos espirituales y la sexualidad son todavía asunto de las mujeres y, aunque el panteón se desarrolla progresivamente alrededor de deidades masculinas detentando el poder (a imagen de la sociedad), la Gran Diosa, gobernando entonces el amor, el deseo y la sexualidad, se mantiene muy presente. En los templos, las sacerdotisas —mujeres autónomas, respetadas y veneradas, poseedoras del conocimiento y la maestría de los ritos sagrados —representan y sirven a la Gran Diosa a través de diferentes rituales, entre ellos uno de prostitución sagrada durante el cual, la sacerdotisa se visualiza como Inanna/Ishtar e invita a su compañero del momento a percibirla así. Esto permite ofrecer, de manera bastante directa, una experiencia sexual a la Gran Diosa, la cual feliz por la experiencia, continuará ofreciendo su atención bienhechora a los vivos; los compañeros encuentran además en la ocasión, la oportunidad de vivir una experiencia sexual fusionándose en lo divino y en lo espiritual. Según los preceptos de este culto, cada hombre debía entrar en comunión sexual con una de las sacerdotisas del Templo, por lo menos una vez al año, con el fin de honrar a la Diosa (Leleu, 2004).
En esta época, en Mesopotamia, el cuerpo es valorado como fuente de experiencia y de conocimiento. Los dualismos cuerpo/ espíritu y material/espiritual no existen todavía, ni tampoco una asociación negativa del cuerpo y de lo material con la mujer. Para los Sumerios, “el corazón era considerado como la sede de la voluntad, del pensamiento y de la emoción” (Asher-Greve, 1997, p. 434, mi traducción). De hecho, para ellos, los procesos de experiencia, de conocimiento y de decisión pasan por el sentir corporal. El cuerpo no es opuesto a lo espiritual; es más bien aprehendido como la manifestación de la fusión de lo espiritual, lo emocional y lo físico. Y aunque los hombres tenían un estatus más elevado que las mujeres, las cualidades espirituales y emocionales se estiman equivalentes en cantidad y calidad tanto en los hombres como en las mujeres siendo ambos poseedores del mismo estatus de criaturas divinas. A pesar de la ideología patriarcal que subyace en el sistema social, el pensamiento espiritual permanece, en esta época, bastante igualitario y basado en los conceptos tomados de las religiones matriarcales ancestrales. Observamos entonces una organización social de lo sexual fundada sobre esas mismas bases.
Sin embargo, la extensión de la propiedad en los hombres poseedores de estatus, recursos y poder, los conduce a controlar la paternidad con el fin de asegurar que los hijos a quienes ellos heredaran sus pertenencias fueran en efecto genéticamente suyos. Lo cual produce un sistema legal en el cual la sexualidad sigue siendo libre para todos excepto para la mujer casada, cuya función principal será asegurar hijos legítimos a estos hombres. De modo que, los hombres casados o no, las mujeres solteras (lo que constituía la mayoría de ellas), los sacerdotes y las sacerdotisas son libres en el ejercicio de su sexualidad. La mujer casada, en cambio, es propiedad exclusiva de su esposo, y toda actividad sexual con otro hombre podía ocasionarle la muerte (Leleu, 2004).
India y los tantras
Hace 4,000 años, las tribus de cazadores guerreros se encuentran con los pueblos sedentarios del valle del Indo y del norte de la India, hasta entonces matrilineales, comunitarios y sexualmente libres. A través de una guerra violenta, estos cazadores guerreros llegan a esclavizarlos totalmente. Considerándose una raza superior y deseando conservar y transmitir este privilegio a sus descendientes, establecen un sistema de castas. Sistema en el cual ellos se reservan las mejores posiciones (brahmanes y guerreros/reyes), dando al pueblo sometido un estatus de casta mediana o baja (artesanos, agricultores, comerciantes, y mano de obra barata para servir a los individuos de las castas superiores) y marginando a los pueblos que rehusaron someterse al invasor (generalmente las tribus que vivían en los bosques). Así surge un sistema religioso y social, qu...

Índice

  1. Introducción
  2. Capítulo 1. Un poco de historia
  3. Capítulo 2. En defensa del sexo
  4. Capítulo 3. El desarrollo de la identidad sexual
  5. Capítulo 4. Las fantasías sexuales
  6. Capítulo 5. Sexualidad y espiritualidad
  7. Bibliografía