¿Será posible conciliar ética y función pública? ¿Es posible que las decisiones y acciones de quienes trabajan en el Estado se orienten al servicio a los ciudadanos? Este libro pone en discusión una propuesta de fundamentación para una ética de la función pública.

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Ética para la función pública
De la indiferencia al reconocimiento
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Ética y filosofía moralTERCERA PARTE
La construcción filosófica del reconocimiento
CAPÍTULO 6
¿Cómo se relacionan identidad y reconocimiento?
Como se ha visto en anteriores capítulos, una ética de la función pública requiere desarrollar, como parte de sus tareas, un fundamento filosófico de las normas y valores específicos que constituyen el contenido de esta ética aplicada. Tras un recorrido por las instancias en las que actualmente se desarrolla la ética de la función pública, se ha identificado una propuesta de contenidos normativos para esta ética aplicada. Ahora bien, ¿desde qué planteamientos filosóficos pueden darse razones para afirmar, por ejemplo, el valor de la legalidad en la actuación de los funcionarios, o para justificar la necesidad de mecanismos de rendición de cuentas? No se trata de desconocer el lugar que ocupan las explicaciones e interpretaciones basadas en argumentos administrativos, jurídicos o políticos, pues toda ética aplicada requiere articularse de forma interdisciplinaria. Sin embargo, este estudio considera que estas perspectivas pueden extender o profundizar sus alcances por medio del esclarecimiento filosófico.
En los siguientes capítulos, se dará cuenta de una fundamentación filosófica de la ética de la función pública, una que ubica a esta ética aplicada en el interior del paradigma filosófico del reconocimiento recíproco. En primer lugar, se plantea un conjunto de reflexiones generales sobre los vínculos entre identidad y reconocimiento, acompañados por los aportes de Charles Taylor. Luego, un siguiente capítulo se ocupa del surgimiento del paradigma del «reconocimiento recíproco», delineando –en un primer momento, a modo de contraste– los rasgos centrales del paradigma de la «autoconservación» inspirado en los planteamientos de Thomas Hobbes. Además, se presenta la primera articulación del paradigma del reconocimiento recíproco en los planteamientos de G. W. F. Hegel, referencia ineludible para identificar, en un posterior capítulo, algunos aportes contemporáneos significativos para la comprensión de dicho paradigma. Por tratarse de la propuesta más desarrollada y sistemática sobre el tema, se le otorga un espacio importante a la teoría del reconocimiento de Axel Honneth, desde la cual se trazan los vínculos con las ideas de otros pensadores, como Paul Ricoeur, Karl-Otto Apel, Jürgen Habermas y Adela Cortina.
Al final de este recorrido, se presenta una síntesis de aquellas dimensiones del reconocimiento recíproco consideradas centrales para una comprensión del concepto, síntesis que permitirá, en la cuarta parte del texto, relacionar estas dimensiones con las tareas y contenidos de ética aplicada a la función pública ya esbozados.
En el ámbito del debate político y filosófico, la última década del siglo XX vio surgir lo que se puede denominar una «revitalización» del concepto de reconocimiento, es decir, una «redinamización» de una categoría con tradición y antecedentes en el pensamiento filosófico occidental.
En un primer plano, un conjunto heterogéneo de reivindicaciones políticas provenientes de grupos sociales y culturales diversos reclaman «reconocimiento» por parte de los Estados y las comunidades políticas a los que pertenecen. Ya sea que se trate de afirmar cierta autonomía por parte de grupos nacionalistas; demandar por derechos territoriales o políticas lingüísticas a favor de grupos subordinados; exigir políticas diferenciadas y, al mismo tiempo, no discriminatorias en materia de género, etnia, religión y orientación sexual; aparecen reivindicaciones que, siendo muy distintas entre sí en los propósitos que persiguen y el resultado político que logran, exigen obtener «reconocimiento».
En un segundo plano, no son pocos los que desde la teoría social o la filosofía práctica encuentran en la categoría de reconocimiento un potencial suficiente para conceptualizar las reivindicaciones políticas mencionadas y debatir sobre la nueva centralidad que adquiere este concepto como parte de nuestras evaluaciones acerca de lo que consideramos una sociedad justa o una vida buena. Ya se trate de los debates referidos al multiculturalismo o a la ciudadanía intercultural en Estados con democracia liberal, a la fundamentación teórica de un feminismo crítico o a la comprensión del trasfondo moral de los conflictos sociales y la reivindicaciones políticas de minorías sociales y grupos subalternos, surgen planteamientos que intentan dar cuenta de estos diversos problemas teniendo como apoyo conceptual relevante la categoría de reconocimiento.
¿Cuáles son los contextos y circunstancias desde los cuales distintos actores y autores plantean sus preocupaciones sobre el reconocimiento? En el caso de la filosofía política, a juicio de Axel Honneth, a partir de finales de la década de 1980 se fue dando un cambio gradual en las orientaciones normativas predominantes. Del énfasis en la necesidad de eliminar las desigualdades sociales y económicas que no contaban con una justificación razonable, se pasa a acentuar la prevención de la humillación o del menosprecio. Las categorías centrales ya no son las de «distribución equitativa» o la «igualdad de bienes», sino las de «dignidad» y «respeto». Lo que Nancy Fraser ha descrito como una transición de la idea de distribución a la idea de reconocimiento. La tesis de Honneth es que ha cambiado la sensibilidad moral, que los diferentes movimientos sociales han favorecido una conciencia del valor político de las experiencias de menosprecio y que, por tanto, el reconocimiento de la dignidad de las personas o grupos se entiende como un elemento esencial del concepto actual de justicia202.
Por su parte, Miguel Giusti indica que no es que antes no se tuviera noticia de la importancia del concepto de reconocimiento, ni que no haya habido estudios sobre el mismo en el marco de la tradición filosófica del idealismo alemán en la cual aparece. Más bien, para este autor, la filosofía moral contemporánea volcó su atención hacia el reconocimiento al no haber encontrado conceptualizaciones adecuadas a cuestiones centrales de la experiencia moral actual. De ahí que se vuelva la mirada a autores o conceptos del pasado con la esperanza de encontrar motivos que permitan enriquecer la discusión y evaluar posibles soluciones a las controversias. En otras palabras, la amplitud de la difusión de este concepto en la filosofía práctica significa que con él se ha logrado identificar dimensiones del problema moral desatendidas en debates anteriores203.
Se partirá, pues, de la actual importancia político-moral del concepto de reconocimiento, a tal punto que no es extraño hablar de reconocimiento no solo como concepto, sino también como paradigma, es decir, como un modo general de comprender y tratar de explicar ciertos fenómenos que aparecen como problemáticos; un modelo que, siendo lo suficientemente abierto para atender nuevas situaciones, puede justificarse como el más adecuado respecto a otros modelos y que, por tanto, resulta atractivo para las personas interesadas en entender y resolver tales problemas204.
Honneth considera que el reconocimiento ha tenido un papel esencial dentro de la filosofía práctica. Este autor menciona la ética antigua y la idea de que una persona solo puede llevar una vida buena si sus acciones son valoradas socialmente en la polis; también menciona la idea de la filosofía escocesa de la moral respecto a que el reconocimiento o reproche público constituye un mecanismo social que estimula al individuo a lograr virtudes deseables; o el concepto kantiano de respeto como principio moral que contiene la esencia del imperativo categórico de tratar a las personas como fines en sí mismas. Sin embargo, apunta, «ningún autor clásico, con la gran excepción de Hegel […] hizo del principio del reconocimiento como tal el fundamento de una ética; […] este concepto permanecía siempre a la sombra de otras determinaciones que se consideraban más fundamentales» (Honneth 2009c: 310-311)205. De ahí que sea necesario abordar el concepto en el pensamiento de Hegel, pero yendo más allá de los estudios filológicos y abriendo nuevas pistas de interpretación respecto a las cuestiones identitarias y culturales del nuevo contexto de finales del siglo XX e inicios del xxi206.
Este último camino es el que habrían seguido dos autores conocedores de la obra hegeliana, quienes, de modo paralelo, marcaron hitos significativos en el resurgimiento conceptual del reconocimiento en la filosofía moral y política. Se trata de Axel Honneth y Charles Taylor, a través de sus respectivos textos La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales (Kampf um Anerkennung. Zur moralischen Grammatik sozialer Konflikte) y La política del reconocimiento (The Politics of Recognition), ambos publicados por primera vez en 1992. Según Giusti, ambos textos tienen en común el hecho de haber identificado –en el contexto de los debates sobre universalismo moral– ciertos patrones de exclusión y discriminación asociados a la identidad de los individuos como miembros de una cultura o colectivo, patrones que servían de motivación para su reivindicación207. Para este autor, más allá de las divergencias en sus motivaciones académicas y en el modo de conceptualizar el reconocimiento, Honneth y Taylor coincidieron en abordar la cuestión del reconocimiento junto a la cuestión de la identidad, siguiendo «una genuina intuición hegeliana» (Giusti 2008a: 184).
Es por ello que se ofrecerán, en primer lugar, algunos alcances sobre el vínculo entre reconocimiento e identidad, tanto a escala individual como social, asunto en el que es pertinente presentar algunos planteamientos de Charles Taylor.
6.1 Identidad y reconocimiento: el aporte de Charles Taylor
En una primera aproximación, «identidad» hace referencia a la comprensión que hace una persona de quién es y cuáles son las características fundamentales que le definen como ser humano208. Esta noción básica, desde ya, nos informa del carácter personal de la identidad, nos estamos refiriendo a personas susceptibles de ser comprendidas de modo individual y particular. Se trata de una comprensión moderna de la identidad individual, de una interpretación que surgió a fines del siglo XVIII, en la que aparece «una identidad individualizada, que es particularmente mía y que yo descubro en mí mismo» (Taylor 2001: 47). Para él, el concepto de identidad surge junto con el ideal de «ser fiel a mí mismo», al particular modo de ser de cada persona, de ahí que considere esta forma de entender la identidad como un «ideal de autenticidad». Desde esta perspectiva, estar en contacto interiormente con nuestros sentimientos adopta una significación moral, ya que es algo que tenemos que alcanzar si queremos ser fiel y plenamente seres humanos. Según Taylor, quienes más habrían contribuido a producir este cambio en el modo de entender la identidad y su relación con la idea reconocimiento son Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) y Johann Gottfried von Herder (1744-1803). El primero en tanto presenta la cuestión de la moral como la atención que le prestamos a una «voz de la naturaleza» que surge en nuestro interior, en el contacto íntimo con uno mismo; la salvación moral del individuo dependerá de la recuperación de un auténtico contacto consigo mismo. Por su parte, Herder desarrolla la idea de que cada persona tiene un modo original de ser humano; cada persona es llamada a vivir su vida de una manera y no para imitar la vida de ningún otro, lo que requiere ser fiel a uno mismo209.
En esta idea moderna de la propia y particular identidad personal, no es que se trate de ser fiel a lo que uno ya es, como un horizonte que ya está previamente fijado, sin opción a la propia creación o a las influencias externas a la persona. Tampoco se trata de la mera creatividad, donde no hay nada a partir de lo cual pueda construirse la individualidad. Según Kwame Anthony Appiah, una noción intermedia razonable es que la identidad ha de construirse por cada uno en respuesta a aquello que está más allá de uno mismo y de las propias elecciones; es una «autoconstrucción […] vista como una respuesta creativa a nuestras capacidades y circunstancias» (Appiah 2007: 51). La presente investigación concuerda con una perspectiva así, pues resulta sugerente al contemplar, por un lado, la dimensión de la original y propia construcción de la identidad personal, en la que cobra especial relevancia el valor de la autonomía; y por otro, el contexto, las condiciones y las capacidades que brindan los materiales desde los cuales la persona puede elaborar, en interrelación con los demás, dicha identidad.
A continuación, se destacarán tres argumentos en los planteamientos de Taylor que ayudarían a comprender la moderna relación entre identidad y reconocimiento. En primer lugar, la idea de que la identidad personal (selfhood) se vincula a la idea del bien. El autor desarrolla esta cuestión en los primeros capítulos de Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna (Sources of the Self. The Making of the Modern Identity) a través de un diálogo crítico con distintas concepciones de la filosofía moral contemporánea.
El punto de partida es la constatación de cómo en el razonamiento práctico y en nuestras reacciones e intuiciones morales hacemos referencias implícitas a un trasfondo moral que las respalda y expresa «pretensiones de ontología moral», trasfondo que denomina marcos referenciales. Estos marcos son «distinciones cualitativas» de lo que consideramos incomparablemente mejor (de ahí que también Taylor los denomine valoraciones fuertes). Algunos ejemplos de marcos referenciales en la perspectiva moral occidental moderna son la ética del honor y la fama, la idea del dominio de la razón sobre el deseo, la comprensión de la vida mejor como transformación de la voluntad, la admiración del poder expresivo y creador, y la búsqueda de la justicia.
Cuando se habla de identidad, es frecuente que uno se haga la pregunta en la forma de «¿Quién soy yo?». Y su respuesta, arguye Taylor, no necesariamente será la de un nombre y una genealogía.
«Lo que responde a esa pregunta es entender lo que es sumamente importante para nosotros. Saber quién soy es como conocer dónde me encuentro. Mi identidad se define por los compromisos e identificaciones que proporcionan el marco u horizonte dentro del cual yo intento determinar, caso a caso, lo que es bueno, valioso, lo que se debe hacer, lo que apruebo o a lo que me opongo. En otras palabras, es el horizonte dentro del cual puedo adoptar una postura» (Taylor 2001: 52).
Así, saber quiénes somos es estar orientado en el espacio moral. Este espacio moral se esboza mediante nuestros marcos de referencia, dentro de los cuales las cosas tienen sentido para nosotros, en virtud de las distinciones cualitativas que incorpora. Dicha orientación moral fundamental es esencial para ser interlocutor humano, capaz de responder por sí mismo. Por tanto, lo que soy como un yo, mi identidad, está esencialmente definido por la manera en que las cosas son significativas para mí. En otras palabras,
«sólo puedo definir mi identidad contra el trasfondo de aquellas cosas que tienen importancia […] Sólo si existo en un mundo en el que la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mi prójimo humano, o los deberes del ciudadano, o la llamada de Dios, o alguna otra cosa de este tenor tiene una importancia que es crucial, puedo yo definir una identidad para mí mismo que no sea trivial» (Taylor 1994: 76).
Según Taylor, en suma, es imposible sostenernos sin una cierta orientación a lo que tenemos como bien, «somos» el lugar donde nos situamos respecto a ese bien. «Sólo somos yos en la medida en que nos movemos en un cierto espacio de interrogantes, mientras buscamos y encontramos una orientación al bien» (Taylor 2006: 62)210.
Un segundo argumento que se debe destacar en los planteamientos de Taylor es que la identidad, que cobra sentido con relación al marco de bienes en el que se ubica, requiere una articulación de dichos bienes y cómo se relacionan con la propia trayectoria vital. Por ello, solo podemos acceder a tal identidad si atendemos a una narración. Se trata de la dimensión «narrativa» de la identidad. Al respecto, el autor señala que el lenguaje articula para nosotros las cuestiones del bien, aunque no sea posible articular totalmente lo que damos por supuesto al utilizar dicho lenguaje. Podemos tratar de acrecentar nuestra comprensión de lo que va implícito en nuestros lenguajes valorativos y morales, pero la articulación nunca será completa. Un lenguaje clarifica a otro que, a su vez, puede embrollarlo más y así sucesivamente. No obstante, lo que no puede negarse es que este lenguaje solo existe y se mantiene en una comunidad lingüística, el yo siempre se describe con referencia a quienes lo rodean. La pregunta de «¿Quién soy yo?» encuentra su sentido original en el intercambio de hablantes. El yo solo existe dentro de una «urdimbre de interlocución» en la que estamos «incrustados». Por lo tanto, una completa definición de identidad incluye tanto su posición en las cuestiones morales como una referencia a una comunidad definidora. Al respecto, la cultura moderna ha desarrollado concepciones del individualismo que presentan a la persona humana, al menos potencialmente, ensimismada, declarando su independencia de la urdimbre de interlocución que originalmente la formó, o por lo menos neutralizándola211. Como menciona Taylor,
«para e...
Índice
- Hoja de créditos
- Índice
- Agradecimiento
- Prólogo
- Introducción
- PRIMERA PARTE: ¿Qué es la ética aplicada a la función pública?
- SEGUNDA PARTE: Más que una moda. Actualidad de la ética de la función pública
- TERCERA PARTE: La construcción filosófica del reconocimiento
- CUARTA PARTE: Una ética de la función pública es posible desde el reconocimiento
- Conclusiones
- Bibliografía
- Recientes publicaciones de Editorial UPC
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