Yo soy romano
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Yo soy romano

  1. 534 páginas
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  4. Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro

"Ahora cuando estoy listo para que mis ojos se cierren ante el infinito sueño de la muerte, pienso que, en verdad, me ocurrieron cosas en las que necesariamente tuvieron algo que ver la intervención de los dioses… Tuve dos patrias, dos madres que me quisieron con infinita ternura, y tres mujeres a las que yo amé de forma, también, distinta… No puedo quejarme de la vida concedida por los dioses…". El anciano Marcio Servio Metelo, retirado en su villa en Corduba, a orillas del Betis, rememora su azarosa vida. En los rollos que escribe cuenta su infancia en Cartago, cuando se llamaba Hannón, antes de ser entregado como rehén a los romanos junto con otros trescientos niños de la principales familias de la ciudad. Ya en la capital de la República, Hannón es adoptado por el senador Próculo Servio Metelo. Roma es para el muchacho cartaginés una ciudad nueva y desconocida, donde debe aprender, no sólo la lengua y las costumbres romanas, sino a defenderse de sus condiscípulos de la academia del griego Hipódamo.¡Yo soy romano! ha de reivindicar constantemente ante las acusaciones de cartaginés y traidor espetadas por sus compañeros.

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Información

Año
2017
ISBN del libro electrónico
9788417029098
Categoría
Literature
Parte I
I
Corduba. Año 665 a. u. c. (Desde la fundación de Roma).
Antes, mucho antes que Roma, fue Cartago; y yo, antes de llamarme Marcio Servio Metelo, me llamaba Hannón y era de importante y principal familia cartaginesa. Amparado por Baal Hamón y Tanit, había tenido la suerte de que mi nacimiento tuviera lugar en la ciudad más importante que se conocía entonces: ¡Cartago! Pero este principio de felicidad, que los dioses parecían haberme otorgado, se rompió muy pronto.
Transcurrió mi infancia en sucesivos días dorados, en los que los dulces y amorosos brazos de mi madre me acogieron y salvaguardaron de mis miedos infantiles. Sin embargo, ya a los pocos años de mi nacimiento, adquirí plena conciencia de quiénes eran nuestros enemigos.
Recuerdo, como un eco lejano de mi memoria que deja escapar ese pequeño retazo a pesar del tiempo transcurrido, escuchar, –mientras desplegaba a mis soldados de madera en la contigua estancia, bajo la atenta vigilancia de alguna esclava –, a los sufetes que visitaban a mi padre, nombrar, entre copa y copa de espeso y negruzco vino, a aquella maldita ciudad, Roma, causa de todas nuestras desdichas. El otro nombre odiado por mi corazón infantil era el de su aliado, y enemigo nuestro, Masinisa, el viejo rey númida que, al amparo de las cláusulas del tratado que se firmó tras la derrota del último ejército cartaginés en Zama, se apoderaba cada día de una parte de nuestro territorio. Maldito tratado que obligaba a Cartago a devolver al rey númida todo el territorio que había pertenecido a sus antepasados, sin precisar, sin embargo, hasta donde había de llegar en el tiempo, ni tampoco en los límites.
Escuchando a aquellos hombres venerables, entre los que mi padre destacaba por su elocuencia y la acidez de sus palabras hacia los dos enemigos, sentía aquellas ofensas del númida como si un niño vecino me robara mis preciados soldados de madera. Y, así, Masinisa, que llevaba más de dos décadas aprovechándose de esa indefinición, seguía anexionándose cada vez más territorio, hasta entonces cartaginés. Después de arrasar las ciudades de la costa occidental, dirigía sus ejércitos hacia las Grandes Llanuras.
- Masinisa no se conformará hasta poner sus pies en el mismo templo de Eschmún –decía el más viejo de los asistentes a la comida aquel día, cuyas palabras siempre he tenido presente en mi memoria, pues ellas serían como el anuncio de lo que el destino parecía tenerme dispuesto
- Ha sido enviada una nueva embajada a Roma con cartas para el Senado, pidiendo que le pare los pies a este viejo crápula. Pero me temo que será como la vez anterior –contestó mi padre.
- Roma no parará hasta destruir Cartago –era una voz cascada y cansada en la que reconocía a un anciano pariente de mi padre –. Y esta vez ha encontrado en el númida un aliado a su medida. Pero que no se fíe Masinisa; puede que el siguiente bocado romano sea su reino.
- Las delegaciones romanas enviadas a Cartago para mediar y arbitrar en el conflicto fallan siempre, de una manera injusta, a favor de su aliado. Y, además, nos exigen garantías de que el pueblo cartaginés no se levantará en armas contra el invasor númida –expuso el más joven de los reunidos, un hombre ancho de espaldas y de negra y recortada barba.
- El viejo Masinisa quiere dejarle a sus tres cachorros una buena herencia a costa de territorio cartaginés. De eso no nos tiene que quedar ninguna duda –volvió a interceder el pariente de mi padre con su cascada voz.
- Roma tampoco consentirá que emerja, aunque sea a costa de Cartago, un gran imperio númida. Es en ese equilibrio en el que se mueve ahora la diplomacia romana.
- Roma se va engrandeciendo a costa de sus vecinos. Ellos no son comerciantes – decía mi padre – como nosotros; su poderío militar, la tenacidad y la disciplina de sus legiones, acabará haciéndola dueña del Mediterráneo. Ya veis, ahora es dueña también de Iberia de donde los Bárcidas sacaron tantas riquezas.
- Todavía no nos han vencido del todo –respondió el de la barba negra –. Y levanto mi copa para que Baal Hamón nos dé fuerzas para resistir las próximas injerencias de Masinisa
- De cualquier manera, no me gusta –prosiguió mi padre – que nos mostremos tan confiados con los romanos. Cuando nosotros hemos ido en embajada a Roma, nos han retenido, casi como a prisioneros, hasta el momento de ir al Senado; nosotros, en cambio, a sus legados los tratamos como si fueran príncipes del lejano Oriente. Los agasajamos en nuestras propias casas y los invitamos a recorrer nuestra ciudad y nuestros mercados.
- Tampoco tienen de qué quejarse –contestó el anciano de voz quebrada –. Nuestros plazos de guerra se pagan en la cantidad y en el tiempo estipulado.
- Sí, es cierto –concluyó mi padre con cierto tono de tristeza en su voz –. Pero cuando se cumpla y paguemos el último plazo, ¿se conformará Roma?
Roma, Roma, siempre Roma. Yo, a pesar de estar enfrascado en mis juegos y en mis batallas con mis soldados de madera, cuando oía hablar de aquella odiada Roma me detenía en ellos, y dejaba que mi imaginación se desbordara, azuzada por estos y otros comentarios que escuchaba, sin llegar a sospechar que, muy poco tiempo después, yo pisaría sus estrechas calles.
Luego, tras ese breve instante, me olvidaba de las cosas de los mayores y reanudaba con más entusiasmo mis juegos, en los que mis soldados de madera volvían a vencer aquel día a las victoriosas legiones de Roma. Me abstraía tanto en mis particulares batallas que hasta mi llegaba ya sólo el murmullo de las voces roto por alguna eclosión de enfado, o una maldición de los comensales que estaban al otro lado de la puerta.
Estaba mi casa situada en el lujoso barrio de la colina de Byrsa, cerca del palacio en el que en otro tiempo ondeó el pendón leonado de los Bárcidas, y un poco más alejada del templo de Eschmún. Desde su terraza yo contemplaba entrar en el puerto a los grandes navíos comerciales, y a las naves de guerra hacia el circular puerto militar para ocupar sus correspondientes diques. Entonces mi sueño, mirando estas grandes naves entrar y salir del puerto, y que mi imaginación convertía en poderosas quinquirremes, era llegar a ser un gran general para liberar a Cartago, de una vez por todas, de nuestro secular enemigo, Roma, emulando las hazañas de Aníbal… ¡Sueños, sueños infantiles! ¿Pero quién de los mortales es capaz de vivir sin ellos, a esa edad?
Pero más aún que los barcos me gustaban los caballos. Solía irme al descampado de Megara donde, en un extremo, había un hombre al que llevaban a esquilar los caballos, y con el que yo, después de varias e insistentes visitas, trabé cierto conocimiento y me permitía ayudarle a cortar las crines. Voluntarioso, me ofrecía cada día a sujetar al animal por las bridas mientras le palmeaba el cuello y le deslizaba en su enorme oreja palabras tranquilizadoras; entonces un esclavo, con gran prontitud y habilidad, amarraba sus patas delanteras con una cuerda de esparto preparada para ello, y yo me entretenía en almohazarlo. Luego llegaba a mi casa con el olor a estiércol y caballo impregnado en mi túnica, y mi madre me regañaba aparentando mayor severidad de la que en realidad sentía por mis escapadas; luego, más amorosamente, me obligaba a bañarme y a cambiarme de túnica. Yo, entonces, era enormemente feliz. Como hijo único, era objeto de la atención constante de mis padres y de los criados y esclavos de la casa, pero, aún así, y pese a la estrecha vigilancia a la que me sometían esclavos y servidores, lograba burlarlos y escaparme a corretear por las calles en compañía de otros niños de mi edad.
Un acontecimiento que me sucedió una de aquellas mañanas me tuvo varios días sin salir de casa, y me hacía pasar atemorizado las horas del día. Por las noches todavía era peor. Preso del pánico por los sueños que me asaltaban, llamaba a voces a mi nodriza que, a pesar de su edad, dormía en el suelo cerca de la puerta, y no volvía a meterme en mi lecho hasta que me aseguraba, jurando por todos los dioses de Cartago, que no había ningún animal debajo de mi cama.
Lo que me ocurrió fue que, cuando marchaba hacia el barrio de Megara en busca del esquilador, me topé con un psilo que, como muchos de sus compatriotas que llegaban a Cartago, tenía un tenderete para cobijarse del sol, en el que se sentaba con varias serpientes que se le enroscaban en el torso, cuello y piernas. Alrededor del tenderete había mucha gente: hombres asombrados del poder que ejercía aquel encantador sobre los espeluznantes reptiles de ditintos tamaños; mujeres que observaban recelosas, y niños asustados. No obstante asomarme con precaución y cierto pavor que me infundían aquellos animales, el ipso me vio. Hizo varias en insistentes señas de que me acercara. Los que estaban delante miraban hacia atrás y, yo, sin saber por qué, como hechizado al igual que uno de aquellos repugnantes reptiles, me acerqué. Los que estaban delante se abrieron para dejarme pasar hasta situarme en primera fila. Era un hombre esmirriado; de cara afilada como las cabezas de sus animales; pero su mirada, proveniente de dos ojos negros y brillantes, sin pestañas ni cejas, se posó en mí, fría, dura, penetrante; el pelo abundante, pero sin llegar a una de esas melenas que gastaban los mercenarios celtiberos, era negro y crespo; un gran aro de oro pendía de una de sus orejas. Vestía una túnica oscura, mugrienta, que se sujetaba con un estrecho cinturón de placas.
- He aquí un muchacho, –me espetó delante de todos –, que pronto iniciará un largo viaje. Ven, acércate.
Hizo un movimiento con el cuerpo, como una especie de sacudida, tal vez imitando el movimiento de sus reptiles, y éstos se desenroscaron de su cuerpo. El más grande de aquellos animales se me acercó y se irguió hasta llegar a la altura de mi rostro. Pude sentir sus fríos y fenecidos ojos tan cerca de los míos que hasta percibí, al mismo tiempo, el hedor de su boca entreabierta por la que asomaba una lengua bífida y larga que amenazaba besarme. Quise correr hacia atrás, pero no pude; estaba paralizado. Mi sangre y toda la savia de mis músculos parecía que se me habían helado.
- Este virtuoso muchacho, –continuó diciendo a sus espectadores mientras yo permanecía inmóvil por el pánico –, aunque él todavía no lo sabe, iniciará un viaje largo, muy largo. Y será gente principal en tierra extraña –luego, volviéndose hacia sus asquerosos reptiles, pronosticó –: Vosotros no lo volveréis a ver. Yo, por los ojos que me ha concedido Melkart, lo haré dentro de muchos años, pero en unas más que desagradables circunstancias. Eso es lo que me dice Melkart. Así que despedíos de él.
Y todos aquellos repugnantes bichos, como si hubieran recibido la orden de un tretarca, se irguieron al unísono al mismo tiempo que él levantaba sus brazos. Por un momento pensé que de aquellos redondos y verdosos cuerpos iban a salir unas manos que yo había de estrechar. No sé cómo me repuse, pero creo que di un paso atrás y, luego, dando media vuelta, salí a todo correr, creyendo que me perseguían aquellos bichos inmundos. Y no me detuve hasta que me vi en el cobijo de mi lecho y arropado hasta la cabeza.
A mi espalda dejé risas y chanzas de los concurrentes, seguro de que luego, cuando el psilo pasara su escudilla de arcilla, tintinearían en ella algunas monedas más por el espectáculo ofrecido a costa de mi miedo.
Pero mi feliz y dorada infancia en Cartago se rompió, –como pronosticara el encantador de serpientes –, el día en que me presenté en casa, tras una de mis felices escapadas por las afueras de las murallas y el puerto, y en lugar de reñirme mi madre, como era lo habitual, me encontré con la imponente presencia de mi padre aguardándome. Su figura crecía ante mí como el silencio que se extendía a nuestro alrededor. Mi madre, por el contrario, convulsa por el llanto que no podía reprimir, estaba detrás de él empequeñecida, arrugada. Enseguida entendí que algo ajeno a mis escapadas y juegos ocurría.
- ¿Han atravesado los romanos las puertas de Cartago? –Se me ocurrió preguntar ante el temor de guerra que circulaba por todas partes
- No, hijo. Pero es algo muy grave… que debes saber –mi padre rehizo su figura irguiéndose aún más, como si buscara en el aire un punto donde sujetarse ante la terrible noticia que había de anunciarme –. Para que los romanos no destruyan la ciudad con sus enormes máquinas de guerra, ni degüellen a las mujeres ni a los niños cartagineses, los nuevos sufetes han acordado, como garantía para que esto no ocurra, la entrega de algunos de sus hijos como rehenes… Y…
Yo iba responder, pero me detuvo su profunda mirada al tiempo que escuché tras él el llanto incontenible de mi madre. Lo había dicho todo sin hacer ni una pausa, sin gestos en sus manos como era su costumbre, mirándome directamente a los ojos. Lo entendí antes de que él concluyera del todo…
- Y… Y tú también, hijo, deberás marchar a Roma con ellos.
Escuché romper, con un profundo quejido, en llanto profuso a mi madre… Asentí con la cabeza tratando de quitarle a mi padre aquel peso de encima. Creo que nunca lo quise tanto como en aquel momento… Ahora, con los muchos años transcurridos, se me ha borrado de la memoria su rostro, pero no aquel momento… Todavía lo sigo viendo, con su estatura y corpulencia, contraerse, después de sus palabras, como una verde espiga de trigo ante la helada traicionera.
Masinisa, el viejo y ambicioso rey númida, vuelto de Hispania donde se encontraba ayudando a los romanos, seguía recorriendo con impunidad, y con aquiescencia de sus aliados, el territorio púnico devastándolo y sitiando sus ciudades más importantes, sabiendo la imposibilidad de defenderse de los cartagineses por las imposiciones de guerra impuestas por la victoriosa Roma a Cartago, tras la derrota de Aníbal en Zama.
Sin embargo Roma seguía haciendo caso omiso de las ofensas inferidas por su anciano aliado, y, en su empeño de ver destruida Cartago, lo dejó actuar. Los embajadores que fueron a Roma, entre ellos mi padre, trajeron de nuevo duras condiciones para garantizar la libertad de los cartagineses. El Senado romano exigía a Cartago la entrega de trescientos hijos de las familias más influyentes y nobles, como garantía de que no se alzaría en armas contra Masinisa, aunque estuviera siendo atacado por éste, y sus jinetes amenazaran entrar en la ciudad por todas sus puertas.
Aquello ocurrió cuando yo tenía casi ocho años, y habían transcurridos 592 desde la fundación de Roma.
El jolgorio de días precedentes que reinaba en la ciudad se tornó en lamentos y llantos por todas las calles y los rincones de las casas de Cartago. Los niños de las familias elegidas fuimos entregados en el puerto por nuestras madres, entre llantos y lamentos desesperados, y a algunas de ellas las vimos lanzarse al mar intentando alcanzar la nave donde nos llevaban. Aunque niños, –nuestros labios, cerrados fuertemente para que no salieran los sollozos que nos ahogaban y no nos vieran llorar –, escupíamos las maldiciones contra los romanos hacia adentro, llenando de rabia nuestros convulsos pechos, y nuestra mente lanzaba silenciosos improperios e insultos: ¡Malditos romanos!
Yo ya sabía, por habérselo oído a mi padre, que en los pactos que se sellaban en la guerra, a veces, para obligar al cumplimiento de la palabra empeñada, éramos los niños o las mujeres, la moneda garante. El mismo gran Aníbal, en las viejas tierras de Iberia, había retenido, para el cumplimiento de la palabra empeñada por los fieros reyezuelos íberos, a hijos de éstos. Y, acordándome de aquellas palabras de mi padre, me sentí importante y orgulloso al principio, porque pensaba que así toda mi ciudad, Cartago, me recordaría en sus sacrificios a Moloc, Tanit y Eschmún por mi vuelta. Pero luego se apoderó de mí el miedo a la separacion, a lo desconocido…
- ¡Malditos rom...

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