
eBook - ePub
Producciones Kim Jong-Il presenta...
...La increíble historia verdadera de Corea del Norte y del secuestro más osado de todos los tiempos
- 300 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
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Producciones Kim Jong-Il presenta...
...La increíble historia verdadera de Corea del Norte y del secuestro más osado de todos los tiempos
Descripción del libro
Antes de convertirse en el dictador más famoso del mundo, Kim Jong-Il dirigía el Ministerio de Propaganda y los estudios de cine de Corea del Norte. Era el cerebro tras cada película, el productor y el guionista. Pero él solo no era suficiente, por lo que ordenó el secuestro de la actriz más famosa de Corea del Sur, y su exmarido, director de cine. Ella vivió en una jaula dorada, de la que solo se le permitía salir para los saraos oficiales. Él tuvo que pasar por la "reeducación" en campos de concentración hasta que cedió. Los dos acabaron participando en siete películas, a las órdenes del Querido Líder. Un thriller de no ficción lleno de tensión, pasiones y política, que nos permite adentrarnos en los secretos de este país herméticamente sellado, que nos fascina.
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Información
ISBN del libro electrónico
9788416354245Edición
1
HUÉSPEDES DEL AMADO LÍDER
«No prestéis atención al hombre que se halla detrás de la cortina.»
El mago de Oz (Frank Morgan)
El mago de Oz, guión de Noel Langley,
Florence Ryerson y Edgar Allan Woolf,
basado en el libro de L. Frank Baum;
dirigida por Victor Fleming.
Florence Ryerson y Edgar Allan Woolf,
basado en el libro de L. Frank Baum;
dirigida por Victor Fleming.
10
El Reino Ermitaño
El nombre era prácticamente lo único que Choi sabía del sujeto sonriente que tenía ante sí. Durante el último año, algunos periódicos surcoreanos habían anunciado que Kim Jong-Il había sufrido un accidente de automóvil y estaba en una de las mansiones de su padre en estado vegetativo, postrado en una cama de hospital y conectado a una máquina. Otros periódicos negaban la historia del accidente y aseguraban que había sobrevivido a un intento frustrado de asesinato. Y a pesar de lo que unos y otros decían, ahí estaba, delante de Choi, ileso y encantador.
Choi miró la mano que Kim le tendía y lentamente le ofreció la suya, sin poder disimular el temblor. Al instante, se disparó un flash –dos, tres veces–, mientras el fotógrafo inmortalizaba el momento. Choi bajó el mentón tratando de ocultarse en el cuello del abrigo.
–¡No me haga fotos! –gritó. Su voz, tenue e histérica, parecía la de otra persona. En un segundo, un sinfín de pensamientos recorrieron su cabeza: que no quería que aquel momento quedara grabado; que, además, estaba despeinada y saldría fatal; que era absurdo preocuparse por eso. Jong-Il hizo un gesto discreto al fotógrafo, que bajó la cámara.
–Está preciosa –dijo a Choi–. Estos pantalones acampanados le sientan de maravilla.
Todavía llevaba lo mismo que se había puesto la mañana del secuestro. No respondió. Kim liberó su mano y le propuso dar un paseo por el muelle para que pudiera recuperarse del largo viaje. Hizo una señal a dos de sus hombres. Delicadamente, cada uno de ellos agarró a Choi de un brazo y, mientras Kim andaba unos pasos por delante, pasearon con ella por el muelle durante diez minutos, antes de devolverla al alargado e imponente Mercedes negro. El chófer, que vestía un uniforme del ejército, saltó del asiento para abrir la puerta trasera. Kim se apartó para que Choi pudiera subir y a continuación se introdujo en el vehículo, mientras los guardaespaldas se embutían en el asiento delantero, junto al chófer. Suavemente, el motor se despertó haciendo un ruido discreto, como el bostezo de un león; el coche giró y se alejó bajo la luz vespertina. Detrás, otros dos Mercedes encendieron las luces de posición y se dispusieron a seguirlos.
Pese a que había pasado la mayor parte de su vida en Seúl, a unos cincuenta kilómetros de la frontera, Choi prácticamente no sabía nada de Corea del Norte. El gobierno de su país demonizaba constantemente a los norcoreanos, y desde el fin de la guerra de Corea, el norte había optado por el aislamiento y por encerrarse en sí mismo, y era muy poca la información que llegaba al exterior. Lo poco que Corea del Norte compartía con el resto del planeta sugería que se trataba de un país tranquilo que disfrutaba en paz de una situación próspera, una visión que chocaba frontalmente con el evidente y terrorífico entusiasmo que sentía la familia Kim por cometer asesinatos, llevar a cabo secuestros y perpetrar actos de terrorismo fuera de sus fronteras.
Choi pensaba en todo eso mientras contemplaba el paisaje desde la ventanilla del coche. A su lado, Kim Jong-Il hablaba de cualquier cosa, como si fueran en taxi a una cena, y le hacía preguntas que ella ni oía ni respondía. Cuando bajó del barco, hacía frío, y ahora veía que los campos y la carretera estaban nevados. «La carretera estaba sin asfaltar –escribiría Choi tiempo después–. No se veía ni un alma y la desolación del paisaje te hacía pensar que estabas en un campo de batalla.» Cruzaron un pequeño pueblo. «En cada cruce había carteles rojos y blancos con consignas como “Larga vida a Kim Il-Sung”, “Larga vida al Partido Coreano de los Trabajadores”, “Guerra relámpago, guerra de aniquilación”, “De manera absoluta e incondicional”…». Dos horas más tarde, a cada lado de la carretera empezaban a aparecer edificios de apartamentos, aunque ninguno de más de diez plantas. Estaban entrando en Pyongyang. Choi miraba de reojo, pero no acertaba a interpretar lo que veía. La ciudad estaba sumida en la oscuridad: ni las farolas estaban encendidas, ni se veía luz en las ventanas de los hogares o en las oficinas. Más tarde descubriría que, en 1976, Corea del Norte había dejado de pagar préstamos internacionales por valor de dos mil millones de dólares y había empezado a racionar la electricidad.
–Eso de ahí es la Puerta de Potong –le decía Kim, a su lado, mientras señalaba unos lugares que era imposible ver desde la ventanilla–, y eso, el monte Moran…
Cuarenta y cinco minutos más tarde, el coche abandonó la carretera principal y tomó un sendero lleno de curvas y sin asfaltar que acababa en una garita. El soldado que montaba guardia saludó y la puerta se abrió a su espalda. Pocos metros más allá, apareció otra garita, desde la que los saludó otro guardia. Al final del sendero, oculta entre pinares, se alzaba una inmensa mansión de una sola planta. El coche se detuvo.
Una vez dentro, Kim mostró a Choi la ostentosa vivienda: las habitaciones con sus respectivos cuartos de baño, el salón y la biblioteca, la sala de proyecciones… En cada habitación había uno o dos candelabros de cristal de dudoso gusto, y por todas partes se veían aparatos japoneses; aquella falta de gusto y de clase a la hora de elegir la decoración convertía la casa en una especie de «cruce entre Las Vegas y Vladivostok», en palabras de Choi. Después de la visita, volvieron a la entrada, donde los esperaba una mujer de poco más de cuarenta años. Vestía con sencillez y tenía una expresión tan seria que era difícil saber en qué estaba pensando.
–Le presento a la camarada Kim Hak-Sun –dijo Jong-Il a Choi.
A continuación, se volvió hacia Hak-Sun y le dijo:
–Cuide de nuestra invitada. Haga que se sienta cómoda.
Y dirigiéndose a Choi una vez más:
–Como si estuviera en su casa.
Retrocedió e hizo un gesto con la cabeza a uno de sus hombres, que inmediatamente se acercó a Choi.
–Madame Choi, lleva consigo un pasaporte surcoreano. Le ruego me lo entregue.
No tenía sentido resistirse, así que Choi sacó el pasaporte del bolso y se lo dio.
–Lleva también un documento de identidad surcoreano –dijo–. Le ruego me lo entregue.
Cuando lo hubo hecho, el hombre se dirigió hacia Jong-Il y le dio los documentos. Éste se los guardó en el bolsillo, asintió y desapareció.
Kim Hak-Sun pidió a Choi que la acompañara fuera para ir al comedor, situado en un edificio independiente, a unos ciento cincuenta metros de la casa. En el interior, la mesa crujía bajo el peso de «gambas fritas, pescado crudo, costillas de ternera y un bufé de platos coreanos, japoneses y chinos», según Choi. Tenía un nudo en la garganta y el estómago revuelto y, pese a la insistencia de Hak-Sun, solamente pudo tomar un poco de sopa.
Más tarde, Hak-Sun condujo a Choi al dormitorio principal, que habían preparado para ella.
–Buenas noches –dijo la norcoreana antes de retirarse a su cuarto. Cuando Choi fue a cerrar la puerta de la habitación, advirtió que no había cerradura.
En toda la casa, ninguna puerta tenía.
Choi supo que aquella mansión recibía el nombre de Edificio Número 1. Sería su hogar durante los siguientes nueve meses. Cada día, Kim Jong-Il le enviaba flores frescas y a un médico, que la examinaba y le recetaba suplementos alimenticios. Durante las primeras semanas, por la noche llamaba en voz alta a sus hijos y lloraba hasta caer dormida.
Los norcoreanos hablaban poco o nada. Choi reparó en que el médico era una persona «refinada y atenta» pero esquiva. Cuando Choi se interesaba por su ciudad natal o le preguntaba si conocía el sur o si sabía por qué la habían secuestrado, el doctor enmudecía o cambiaba de tema. Kim Hak-Sun y los guardias se comportaban del mismo modo; con el tiempo, sin embargo, Hak-Sun, que no salía de la casa en todo el día, acabaría abriéndose un poco más. La labor de Hak-Sun como «orientadora» de Choi era no separarse de ella, darle todo cuanto necesitara y, sin presionarla, enseñarle cómo se comportaba la gente en Corea del Norte. Tiempo atrás, había sido cantante en la Compañía de Arte Mansudae. Así había conocido a Kim Jong-Il y así se había convertido en su «confidente». Choi no estaba segura de que aquella palabra no fuera en realidad un eufemismo, pero lo cierto era que gozaba de la plena confianza de Kim Jong-Il, y cuando Hak-Sun empezó a ser demasiado mayor para seguir en la compañía (a la familia Kim no le gustaban los actores de más de veinticinco años), la destinaron a la mansión de Kim Jong-Il. Hak-Sun mataba el tiempo tocando el piano, canturreando canciones de La colección de 600 canciones o del Cancionero de Kim Jong-Il, himnos todos ellos en los que se exaltaba al Gran, Amado Líder. Con Choi, daba largos paseos por los jardines de la mansión, un recinto rodeado en primera instancia por un muro de hormigón y, un poco más allá, por una alambrada. A ambos lados del muro, día y noche, soldados armados patrullaban el perímetro.
Antes de que Choi llegara, habían equipado la casa con cualquier artículo o producto de lujo imaginable. Además, para vencer su resistencia, Kim Jong-Il le enviaba regalos casi a diario: cosméticos de Estée Lauder, lencería japonesa y baúles llenos de vestidos, tradicionales o más modernos. Los productos de belleza eran idénticos a los que utilizaba en Seúl y tanto la lencería como los vestidos estaban hechos a medida. Cada comida era un banquete.
El quinto día por la tarde, Hak-Sun irrumpió en la habitación de Choi.
–¡El Amado Líder Camarada Kim Jong-Il la ha invitado a una cena! –anunció sin aliento–. Debemos prepararnos, rápido.
Un Mercedes las condujo a Pyongyang, y una vez allí tomó una callejuela antes de adentrarse en otro recinto amurallado. En las escaleras de la entrada principal las esperaba Kim Jong-Il. Esbozó una sonrisa mientras Choi y Hak-Sun se aproximaban a él.
–Bienvenida, Madame Choi. ¿Ha podido descansar?
Choi no dijo nada pero, imitando a Hak-Sun, se inclinó, aunque lo menos posible.
–Entremos –dijo Kim. Las condujo por el vestíbulo principal sin dejar de hablar–. En Corea del Sur no paran de hablar de mí: que si muerte cerebral, que si estoy en estado vegetativo… –dijo, en alusión a los rumores del accidente de automóvil. Soltó una risa–: ¿Qué le parece?
Viendo que Choi no respondía, se detuvo y adoptó una pose dramática:
–Vamos, Madame Choi, dígame qué opina. ¿Qué aspecto tengo? ¿A que de lo pequeño que soy parezco el zurullo de un enano?
Choi estuvo a punto de soltar una carcajada. De repente, se sintió algo menos angustiada. Kim parecía encantado con aquella fórmula que había encontrado para romper el hielo. La condujo por otro pasillo hasta llegar a una gran estancia, decorada profusamente y llena de flores falsas y de luces brillantes. Choi se dijo que parecía una discoteca.
–¿Qué le parece? –preguntó Kim, con un punto de arrogancia–. El interior siempre es más importante que el exterior. Desde fuera, las cosas no parecen muy atractivas, pero si uno se toma la molestia de entrar, esto es lo que suele ver.
La llevó a una mesa redonda situada en el centro de la sala. Estaban sirviendo la cena: delicias occidentales y coreanas regadas con coñac, vino blanco francés, vino de ginseng y soju. De pie, junto a la silla que le habían asignado, Choi reconoció al resto de los invitados: los tipos de la lancha motora de Repulse Bay, que, sin sus largas pelucas, mostraban un corte de pelo de estilo militar; el hombre que había cuidado de ella durante el viaje por mar hasta Nampo, y los guardaespaldas que la habían bajado del bote. Entendió que la habían invitado a disfrutar de una cena de cortesía con las personas que la habían arrancado de su hogar y de sus hijos y que la habían recluido en una tierra extranjera.
Kim Jong-Il se sentó y el resto le imitó, como si les hubieran ordenado descansar. Un camarero sirvió al Amado Líder una copa de Hennessy. Kim dio un buen sorbo y miró a Choi:
–Por favor, Madame Choi –dijo–. Beba.
Aquélla fue la primera de las muchas cenas organizadas por Kim Jong-Il a las que Choi asistió durante los años que estuvo en Corea del Norte. Por lo general, se celebraban los miércoles o los viernes, empezaban a las ocho de la noche y se prolongaban hasta el amanecer. Las cenas siempre transcurrían en el mismo edificio, conocido entre los miembros del Partido como la Casa del Pez, por el acuario para grandes especímenes oceánicos situado en el salón de baile del segundo piso, de más de ocho metros de largo y que ocupaba de arriba abajo toda la pared. En ocasiones, por ejemplo aquella noche, las reuniones eran prácticamente en familia y tras la cena se proyectaba una película; las más de las veces, sin embargo, la lista de invitados llegaba a las cuarenta o cincuenta personas, pertenecientes todas a la reducida élite de la República Popular.
Las fiestas semanales de Kim Jong-Il eran famosas entre el círculo de poder de Pyongyang porque en ellas podían decidirse cuestiones de política nacional. «Ahí se toman muchas decisiones importantes –señalaba Hwang Jang-Yop–, en particular sobre cuestiones personales.» Kim invitaba a importantes miembros del Partido y del Politburó, a generales influyentes, a sus estrellas de cine y de teatro favoritas… La lista de invitados era un reflejo de su entorno más íntimo o de las personas a las que, mediante la invitación a la fiesta, quería estudiar para decidir si se merecían formar parte de él. La hermana menor de Kim, a la que adoraba, casi siempre estaba presente. Al llegar, los invitados debían tomarse de un solo trago una copa de whisky, brandy o coñac; esa era la «entrada». Pocas semanas más tarde, Hak-Sun recomendó a Choi que, cuando asistiera a una fiesta, llevara siempre consigo un pañuelo, para poder escupir discretamente el coñac antes de entrar.
Kim Jong-Il no solía llegar temprano, prefería desembarcar en la fiesta cuando ésta ya estaba en marcha. Cuando llegaba, los invitados se ponían en pie y aplaudían hasta que Kim tomaba asiento. En cuanto lo hacía, siempre rodeado de un puñado de invitados selectos en la mesa presidencial, la más próxima al escenario, los camareros traían la comida. A Kim le gustaba dirigir a la orquesta, interrumpirla mientras tocaba, pedirle que interpretara este tema o aquél y a menudo, bien porque le gustaba su voz, bien (las más de las veces) para humillarlo, ordenaba a uno de los invitados que se pusiera en pie y cantara una canción que él mismo elegía. No cabía la posibilidad de no atender una petición de Jong-Il. Choi contaba que, cuando Jong-Il hablaba con otro invitado, éste «se ponía inmediatamente en pie y, con la boca llena, respondía: “¡Sí, señor!”», y se mantenía firme hasta que Jong-Il le decía, con un gesto, que podía sentarse de nuevo.
Tras la cena, los invitados jugaban al mah-jongg o a la ruleta, y llegaban las chicas para distraer a los hombres. Las chicas de la Brigada de la Alegría eran una de las atracciones principales de las fiestas de Jong-Il. Eran las jóvenes más bellas de Corea, elegidas personalmente por Jong-Il, y de una obediencia y unos modales exquisitos. Las chicas, que oficialmente formaban parte del ejército, tenían el rango de «teniente de la División de Guardaespaldas», y se encuadraban en uno de los tres «grupos de placer»: el «grupo de las cantantes y las bailarinas», que entretenía a los invitados, el «grupo de la felicidad», que ofrecía masajes, y, por último, el «grupo de la satisfacción», que proporcionaba servicios sexuales. Jong-Il nunca tocaba a las chicas durante las fiestas; tampoco cantaba o bailaba. Prefería sentarse, beber, fumar sus Rothman Royals y dirigir. Cogía la batuta y dirigía a la orquesta o animaba a los invitados para que apostaran con más alegría. Él mismo lo hacía de vez en cuando, durante un rato, y siempre acababa jugando mano a mano con el croupier y apostándoselo todo a las primeras de cambio. («Creo que me hice una idea de cómo era Jong-Il viéndolo desde la distancia», cuenta Choi.) Un miembro del Partido acompañaba en todo momento a Jong-Il, y cuanto el Amado Líder dijera o pudiera interpretarse como una orden, ya fuera durante una conversación a las ocho de la tarde, mientras estaba sobrio, o a las tres de la mañana, en evidente estado de embriaguez, se anotaba, registraba y transmitía a todo el Partido, y se convertía inmediatamente en una instrucción oficial. Cuando estaba borracho, ascendía o destituía a los invitados a su antojo. Era difícil no perder el hilo de una conversación que era errática, y Jong-Il cambiaba de tema sin previo aviso y le encantaba decir cosas que no debía.
De vez en cuando, la fiesta podía tomar un rumbo absurdo. Hwang Jang-Yop aseguraba haber asistido a varias en las que Jong-Il había ordenado al personal que colgara unas bolas de dos metros de diámetro llenas de regalos, es decir, unas gigantescas piñatas, contra las que a continuación disparaba con un arma especial; los regalos caían sobre los invitados, que se humillaban para llevarse los mejores artículos. Según Hwang, al menos en otra ocasión Kim ordenó a un grupo de bailarinas que se desnudaran y se pusieran a bailar, y a continuación instó a los miembros del Politburó a bailar con ellas, mientras les decía: «¡Bailad, pero no las toquéis. ¡Si las tocáis, pensaré que sois unos ladrones!». Los hombres se acercaron a regañadientes a las chicas y bailaron, tratando en todo momento de que sus manos quedarán a la vista. Al cabo de un instante, Kim Jong-Il se dirigió a gritos a todo el grupo para que pararan de inmediato. «Probablemente, Kim Jong-Il utilizaba aquellas fiestas para formar su séquito –señalaba Hwang–. Invitar a una fiesta a los subordinados de confianza le permite estudiar mejor su personalidad y hacer que se sientan orgullosos de formar parte del círculo íntimo del Gran Líder… En aquellas bacanales alcohólicas, quien se emborrachaba solo tenía que tratar con respeto a Kim Jong-Il; podía decir lo que quisiera de cualquiera, fuera quien quiera.»
Para Jong-Il, la fiesta era un lugar sagrado, y filtrar lo que ahí sucedía se castigaba duramente. Era inflexible en un punto: las fiestas no eran de la incumbencia de su padre y debían permanecer en secreto. Y era implacable y violento a la hora de hacer cumplir este lema. En ...
Índice
- Cubierta
- Portadilla
- Créditos
- Índice
- Nota acerca de las fuentes, el método y los nombres
- El reparto
- Introducción: Agosto de 1982
- PRIMERA BOBINA: LA LLAMADA DEL DESTINO
- SEGUNDA BOBINA: HUÉSPEDES DEL AMADO LÍDER
- ENTREACTO: WOO IN-HEE, LA ACTRIZ DEL PUEBLO
- TERCERA BOBINA: UNA PRODUCCIÓN DE KIM JONG-IL
- Epílogo: 2013
- Postfacio
- Agradecimientos
- Bibliografía escogida
- Notas al píe