Sobre nada
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Sobre nada

y otros escritos

  1. 224 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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Sobre nada

y otros escritos

Descripción del libro

La gran antología de escritos en prosa del poeta Mark Strand, ganador del premio Pulitzer en 1999. Auténticas clases magistrales escritas con un lenguaje preciso y concreto, que reflejan las principales preocupaciones del autor. La naturaleza de la poesía y su historia, las dificultades de la traducción, los misterios de la fotografía, la amistad, vistos por uno de los escritores más exquisitos de nuestra época.

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Información

Editorial
Turner
Año
2016
ISBN del libro electrónico
9788416354658
Edición
1
Categoría
Filosofía

XV
EL PAISAJE Y LA POESÍA DEL YO

Cuando Wordsworth “escapó de la gran ciudad” y se embarcó en el viaje del que resultaría El Preludio, lo hizo con una envidiable confianza en sí mismo, como si previera con toda claridad lo que iba a suceder.
Miro alrededor; y aunque el guía escogido
sea solo una nube errante,
no puedo extraviar la senda.9
La sensación es que si Wordsworth está “allí” se encontrará a sí mismo, mientras que si “no está allí” estará perdido. A lo largo de El Preludio asistimos a una suposición acerca del Ser que ningún poeta contemporáneo ha sido capaz de hacer hasta ahora. No se trata solo de que la naturaleza sea buena, de que sea “la forma y cualidad visible y la imagen misma de la auténtica razón”, sino de que ese Ser es un buen reflejo de la naturaleza, que es, de hecho, equivalente a la fuerza que lo inspira y a la que concede vida poética a cambio. Wordsworth da por sentada su propia existencia en el mundo más que ningún otro poeta contemporáneo. La naturaleza “santificará”, dice, “y purificará […] hasta hacernos percibir, en el latir del corazón, grandeza”. Pero se puede sentir en El Preludio que “el latir del corazón” llevaba ahí todo el tiempo, y que para Wordsworth el yo precede a la experiencia. ¿Cómo interpretar, si no, su confianza? Eso es lo que le da a su subjetividad su autoridad peculiar, y lo que la salva, aunque no siempre, de las inseguridades que caracterizan al poeta contemporáneo cuando trata de escribir sobre sí mismo. Para el poeta contemporáneo, la experiencia ha de preceder al sentido del yo. Esta es una de las principales diferencias entre El Preludio y los intentos recientes de poesía autobiográfica, en particular Life Studies [Estudios del natural], de Robert Lowell, y Dream Songs [Las canciones del sueño], de John Berryman. Deberíamos detenernos, tal vez, en algunos contrastes que se dan en estos modelos opuestos de poesía autobiográfica: el estilo subjetivo-visionario de Wordsworth y el estilo confesional de Lowell y Berryman.
En El Preludio, el yo es porque se crea a sí mismo, porque se recuerda. Emerge del tejido verbal del relato. Incorpora, por así decirlo, la misma naturaleza que lo inspira a ser. Reclama silenciosamente el lugar de honor, y podemos sentir casi que la naturaleza es su invención, o que el “yo” de la naturaleza es “asistido por toda variedad de amor humano”; aunque Wordsworth se toma muchas molestias por negarles a su obra o a él un estatus equivalente al de la naturaleza:
[…] las figuras naturales
poseen en sí mismas una emoción
que con las obras del hombre se combina
a las que lo incita la Natura, aunque esas obras
sean modestas […]
En la mayor parte de la llamada poesía confesional, no existe una visión directriz de la inmersión o la trascendencia como la de Wordsworth. La inmersión tiene lugar cuando el poeta utiliza la oscuridad como un medio y se comunica con su propio inconsciente. A través de este proceso, el poeta elabora un universo interior hasta que este adopta su forma. La trascendencia es el proceso por el cual el poeta se mete a sí mismo en el universo hasta llegar a identificarse con el acontecimiento divino. La luz es el medio.
En la poesía confesional, el yo es terminal, físico, está aislado y depende en gran medida de una información concreta, como los nombres de los amigos, los médicos, las tiendas, los lugares y cosas así. Se trata de aprehender detalles para así certificar el ser. Como si el poeta confesional afirmara tal cosa porque dispone de las pruebas documentales de su experiencia que atestiguan que es real.
En El Preludio, por su parte, encontramos pocos pormenores. Se producen hechos importantes que se describen con detalle, pero este resulta difícil de caracterizar, porque tales acontecimientos, que a menudo son escenas o visiones, abarcan demasiado como para ser solo imágenes, y resultan excesivamente naturales como para ser emblemáticos. Los “verdes campos”, los “montes solitarios” y el “flujo calmo” de El Preludio sirven a la vez como presencias y como indicadores de la experiencia previa del poeta con el paisaje. Las descripciones son necesariamente generalizaciones, ya que lo que Wordsworth intenta evocar es un paisaje completo. Y aquí de nuevo siente la seguridad de haber estado allí antes. Y no se trata tanto de que esté entablando contacto con un lugar como de que esté captando su sentido. Y es precisamente el sentido del lugar lo que lleva consigo, lo que ha llevado consigo desde que era niño.
[…] ya entonces
mantenía inconsciente trato con belleza
antigua como el mundo, y con puro éxtasis orgánico
bebía de las argénteas volutas
de la bruma ensortijada, o del llano
de unas aguas que teñían nubes en suspenso.
En la poesía confesional, el poeta queda desvelado de un modo periodístico, no imaginativo. Elude su misterio propio, aun el más inofensivo, puesto que el misterio constituye en todas sus variables una amenaza, y la poesía confesional opera sobre un universo conocido. El tono es familiar, porque la situación suele ser cercana. Por supuesto, no todos los poetas confesionales son iguales en su uso del detalle concreto y la información específica. En su libro Life Studies [Estudios del natural], Robert Lowell aparece como modelo de poeta confesional. Habla de forma natural e íntima, en primera persona, con una voz que se presenta, por encima de todo, como un cruce retórico entre la nostalgia y el horror. Berryman, en Dream Songs [Las canciones del sueño], vendría a ser el lunático de la escuela confesional, si se la puede llamar escuela. Berryman se niega a que creamos que él es Henry, el protagonista de Dream Songs. Para él, obviamente, la responsabilidad de ser uno mismo no empieza en los sueños, sino que para Berryman el sueño es más bien ese estado en el que las cosas existen y no existen, donde Henry puede ser Berryman y Berryman puede negarlo. A diferencia de Lowell, Berryman en ningún momento coloca enteramente en sus versos el contenido de su confesión. Lo que confiesa se encuentra tanto en su actitud como en su necesidad de hallar un personaje. Hasta cierto punto, la confesión de Wordsworth, o más concretamente su autobiografía, existe en la manera en que se cuenta, pero en El Preludio no precisa de ningún personaje. La seguridad de Wordsworth rara vez vacila. El celebrado “yo” se sostiene con facilidad en la naturaleza, sin tener que armarse con una voz específica para el acontecimiento. Él es el acontecimiento. Es lo que dice, y nace conforme lo expresa. Pero Berryman no quiere estar tan cerca de sí mismo. Mientras él sea Henry, puede ser débil sin resultar vulnerable. Puede cotillear, ser melodramático o sensiblero, reconocer la fragilidad con una vanidad absurda, pero siempre un poco separado de sí mismo. La confesión de Berryman se halla en la intensidad desesperada de su fingimiento. Esos ademanes cursis y extravagantes que parecen tan alejados de su origen son, en última instancia, una forma de liquidar el yo. Es una paradoja que las Dream Songs de Berryman, que, a su manera obsesiva y ebria parecen tan abiertas, que se parecen tanto al desbordamiento espontáneo del sentimiento social y de la actitud personal, deban dar lugar a una distancia entre sí mismas y el lector. Se trata de una poesía del yo que niega el yo. Esta es la “Dream Song 356”:
Con exhausto entusiasmo, contempló lo vivido
preguntándose si podía aguantar más,
eso era lo que se preguntaba
mientras reñía con su mujer;
en una riña bien metido estaba,
y no sabía si cantar más
o cerrar su garganta solitaria y darse por vencido.
Mañana cumple años, te hace pensar.
El TLS de Londres
prepara tantas cosas de él que podría gritar.
Hubo un tiempo en que iba de sueño en sueño
pero parece que su tinta ya no tiene empeño,
sin nada parece que se ha vuelto a quedar,
excepto whisky y cigarrillos, que tan mal le van.
Aplaudió con las manos para los oídos
y renunció a la categoría de entregar a los hombres.
Dentro de un minuto se despertará, distinto y decaído.
Gritó: yo no soy lo que parezco.
Lowell, por su lado, nunca cuestiona su ser de un modo tan elemental. Pero en sus poemas encontramos una tensión enorme. A Lowell le gustaría enterrar su pasado, pero lo necesita para convertir su persona en mito. Vacila entre la historia de la familia y la historia como familia. En consecuencia, el legendario empaque de algunos de sus poemas rebosa de una ironía burlona hacia sí mismo. Cito su poema “Terminal Days at Beverly Farms [Días finales en Beverly Farms]”:
En Beverly Farms, una majestuosa e incómoda piedra
descollaba en el centro del jardín:
un irregular toque japonés.
Después de su tradicional cóctel de bourbon, mi padre,
bronceado, animado, rubicundo,
se tambaleaba como si estuviera de guardia en cubierta
debajo de su farol estrellado de seis puntas,
regalo de cumpleaños de julio pasado.
Sonreía con su sonrisa oval de Lowell,
vestía su esmoquin con gabardina color crema
y faja azul.
Su cabeza era competente y pelona,
su figura, de dieta otra vez, vital y esbelta.
Mi padre y mi madre se trasladaron a Beverly Farms
para estar a dos minutos de la estación
y a media hora en tren de los médicos de Boston.
No tenían vistas al mar,
pero los rieles celestes del ferrocarril brillaban
como una escopeta de dos cañones
a través del zumaque escarlata de finales de agosto,
multiplicándose como un cáncer
en las lindes del jardín.
Mi padre había sufrido dos ataques de corazón.
Atesoraba aún economías deshonestas,
pero su mejor amigo era su pequeño Chevie negro,
guardado en el garaje como un novillo para el sacrificio
con cascos dorados,
y sin embargo sensacionalmente sobrio,
y con menos flecos que unos zapatos de baile.
Al vendedor local, un “bucanero”,
le han sobornado con una fortuna
para que entregue de inmediato un auto sin cromar.
Cada mañana a las ocho y media,
distraído y alegre,
cargado con sus libros de cálculos y trigonometría,
sus colosales estadísticas,
y su regla de marfil de calcular,
mi padre se largaba en su Chevie
a pasar el rato en el museo marítimo de Salem.
Llamaba al encargado
“el comandante de la marina suiza”.
La muerte de mi padre fue repentina y sin protestas.
Veía perfectamente aún.
Tras una mañana de sonrisas ansiosas y repetidas,
sus últimas palabras a mi madre fueron:
“Me siento muy mal”.
La necesidad del poeta confesional de documentar su vida con hechos le da a su poesía una cualidad parlanchina. Por muy centrado en sí mismo que esté ese poeta, resulta infatigablemente sociable. Si no vive en la ciudad misma, lo hace en un lugar donde parece estar rodeado de gente, pues su vida social le otorga acción autentificadora. Al contrario que Wordsworth, el poeta confesional no soporta estar solo. Su inseguridad y su consecuente obsesión por nombrar le impiden ser un poeta verdaderamente subjetivo. Nombra para poseer, y poseer forma parte, a su vez, de lo que le ayuda a ser quien es.
En el paisaje es importante no poseer nada. Uno no viaja por un paisaje con pertenencias. En un paisaje, puesto que no da cobijo a nadie más, el viajero debe estar dispuesto en cualquier momento a tumbarse bajo un árbol y pasar la noche, como hacen los hombres que son el modelo para Wordsworth: los pastores. Su espiritualidad depende de su espontaneidad libre de cargas y de su pureza de nómadas.
El poeta subjetivo no aspira a ser un simple comentarista, condición que requiere distancia y objetividad para lograrse, sino el creador del mundo en el que vive. Crea una situación poética en la que se puedan dar las asociaciones más amplias e ilimitadas. Así no tiene que dar cuenta de los elementos individuales, ni vencer la resistencia de los destinos separados. Su propósito es derribar las barreras que lo separan del mundo. La disolución de los límites significa desprenderse de los nombres que identifican, que singularizan, que impiden hablar en general; describiendo el mundo como un espíritu omnisciente, por ejemplo. De aquí resulta, entre otras cosas, que este mundo suyo sea más permanente. Su paisaje, visto e inventado a medias, al igual que el murmullo del Derwent de Wordsworth, “escuchado y creado a medias”, posee la resistencia de la imaginación. Nada, excepto ideas; si no, ¡desaparecerán!
Son contadas las ocasiones de El Preludio en que Wordsworth incurre en la práctica de nombrar y, cuando lo hace, su poema resulta más débil y adquiere algunas de las fallas de nuestros dos poetas confesionales más destacados. En Londres, Wordsworth no logró encontrarse, y hasta cierto punto tampoco Cambridge. No pudo absorber ni asimilar la vasta y cam...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portadilla
  3. Créditos
  4. Índice
  5. I Abecedario de un poeta
  6. II La dimisión del presidente
  7. III Poesía narrativa
  8. IV Traducción
  9. V La vida secreta de la poesía
  10. VI Fantasía sobre las relaciones entre poesía y fotografía
  11. VII Desde los anales de la traducción
  12. VIII Notas sobre el oficio de la poesía
  13. IX Una cena: más allá del minimalismo, más allá del realismo, más allá del modernismo
  14. X Milagro en el taller (opereta)
  15. XI Introducción a Joseph Brodsky
  16. XII Justicia poética
  17. XIII Observaciones sobre el canto VI de la ‘Eneida’
  18. XIV Lo que vemos y lo que sabemos
  19. XV El paisaje y la poesía del yo
  20. XVI Visiones del monte misterioso: la aparición del Parnaso en la poesía estadounidense
  21. XVII Dos poemas
  22. XVIII Sobre nada
  23. Créditos y agradecimientos
  24. Notas al pie