
- 88 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Juan Varela
Descripción del libro
"En su libro hace calor, hace ternura y hace lágrimas. El hombre, la mujer y los güilas no se han movido de las bajuras del Barranca, la finquilla y el potrero, la saca o la carreta, no hanse visto obligadas a hacer una dificultosa trasplantación climática para llegar a la vitrina de las librerías; el libro ha subido las cuestas, ha aguantado las lluvias y ha sudado en la planicie para llegar hasta ellos". Yolanda Oreamuno
"Juan Varela" es una novela emblemática de la llamada Generación de 1940, pues es el texto que determinará la producción literaria posterior, la cual se caracteriza por la denuncia social.
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Información
Categoría
LiteratureCategoría
Literature GeneralJuan Varela
I
En el Boletín Judicial No 26 del año XLIII estaba publicado:
Juan Varela Conejo, mayor, soltero, jornalero, vecino de Santa Bárbara de Heredia, denuncia un lote de terreno baldío, constante de veinte hectáreas, situado en las bajuras de la Barranca, distrito segundo del cantón segundo de la provincia de Alajuela, lindante: al norte, terrenos baldíos; al sur, finca de Ángel Quirós; al este, terrenos baldíos; y al oeste, tierras de la sucesión de Santa Ana Barboza. Con treinta días de término cito a los que tengan derechos que alegar a este denuncio que los hagan valer ante esta autoridad. Juzgado Primero de lo Contencioso Administrativo. San José, 29 de enero de 19...
—Ya lo tengo. ¿Te venís?
—Sí.
— Mañana a las siete.
— Sin falta. ¿Le digo a mamá?
—Si querés. Por mí...
A las siete de una mañana que nació muy rubia, Juan y Ana tomaron el autobús rumbo a San Ramón. Dos años de noviazgo tranquilo, apacible, sencillo, venían a rematarse en aquella aventura. A la luz de las estrellas barbeñas, tres noches antes, fue la promesa de fuga: sin frases, sin palabras. Tal vez con muchas esperanzas.
Buscaban un sitio dónde vivir. Tenían quinientos colones de resobados ahorros. Y eran dos miradas aluengándose sobre los montes lejanos.
A las once llegaron a San Ramón, un agente vendedor de confitería les dio informes:
—¿La bajura de la Barranca? Mala tierra, mucha culebra. Agarren por allí, por aquel camino que se pierde al sur. Cuatro horas a pie. ¿Por qué no le compra a la señora unos confites? Hay de chocolate.
El camino que se perdía al sur era un repecho infinito. La tierra, agobiada de lucir airosa en la Meseta Central, se echaba de bruces, desgreñada de cascajos, para mojarse en el Pacífico. En medio camino, entre un maizal alegre y jocundo, los 5 x 20 metros sagrados de la ermita de Santiago.
El sendero era mineral, riscoso, hosco. De vez en cuando, un hilo de agua gritona refrescaba los labios de Ana. Sobre un altozano, a dos horas de San Ramón, descansaron.
Muy remoto, muy brillante, muy quieto, el Golfo de Nicoya. Y más allá, entre grises y azogues, la mancha cerúlea de la isla Evangélica.
Anochecido ya, refugiáronse en el rancho de unos labriegos, metido definitivamente en las honduras cerreras. Antes de amanecer se oía la correntada del río. Estaban en su tierra.
¡Qué dulzura pensar que era su tierra! La harían fértil, mansa, maternal, abundante, buena.
Aquel bosque arisco, aquel silencio avasallador, aquella selva bravía se tornarían en maizales benditos, en frijolares benignos, en cañales rumbosos.
En aquella barranquera yerma enraizarían sus corazones y la tierra inhóspita se llenaría de sus vidas.
Alumbra bajo la luna marcera. Se ahuecan las hojas secas y fragantes. Están al descampado.
En la hojarasca amorosa, el aflojamiento de sus cuerpos cansados.
—Ana.
—Juan.
La fogata chisporrotea con su vieja alegría de milenios.
II
Hacia el centro de la selva la tierra se acurrucaba píamente. Allí clavó cuatro horcones –cedro, chirraca, níspero y treshuevos–, los entechó de paja y encendió el fogón.
¡Su casa!
Los sábados, con las alforjas de mecate al hombro, se allegaba a la villa. Compraba una tamuga de dulce; un cuartillo de frijoles; cuatro libras de arroz; un cuartillo de maíz; media libra de café; fósforos y candelas. A veces un trago de ron.
Regresaba al atardecido. Y toda la semana con las manos agarrotadas a la herramienta volteando montaña en medio de un silencio que se rajaba como los troncos a hachazos.
Apenas había tiempo de sembrar el maíz y regar los frijoles. Ana le ayudaba: inclinada sobre el campo iba desparramando puñados de granos, mientras él, más adelante, abría tierra de sembradura entre la montaña tupida.
Había que hacerlo a prisa. Los ahorros alcanzaban hasta fin de año. Apenas tiempo para recoger la cosecha, venderla y volver a sembrar.
La mañana en que sobre el campo asomaron los primeros tallos del maizal, Ana se echó sobre la tierra. Parecía que le arrimaba, como a una hija, su pecho caliente.
En diciembre retoñó Ana. El amor los prolongaba infinitamente sobre los tiempos.
A los atardecidos, al entrar a la casa, mientras se limpiaba el sudor del rostro, Juan deteníase a ver el chiquillo glotón pegado al seno de Ana.
Eran una sola pieza. Imposible separarlos. Desde antes de nacer era el hijo. Desde antes de nacer existía en toda Ana. En su sonrisa; en sus miradas anchas; en sus manos que le acariciaban la cabeza y que regaron sobre la tierra la simiente del maíz.
Desde antes de ser estaba allí: en su primera mirada a Juan, alargada y firme; en su palabra sencilla y clara como un vaso de agua; en sus huesos finos; en sus carnes prietas y rosadas; en sus enojos fingidos del tiempo de novios; en sus canciones mañan...
Índice
- Cubierta
- Inicio
- Dedicatoria
- Carta-prólogo
- Vida y dolores de Juan Varela
- Juan Varela
- Sobre el autor y sus obras
- Créditos