
- 536 páginas
- Spanish
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Descripción del libro
En este libro ameno, divertido y apasionante, Julio Ortega, uno de los críticos literarios más importante en español, nos narra sus memorias literarias. Como parte de su vida académica y literaria, ha sido testigo de primera mano del Boom literario latinoamericano, una de las épocas más importantes de la literatura en español. Ortega no fue solo un crítico, sino fue amigo de muchos de los escritores de este movimiento. Estas vivencias han sido el punto de partida para sus memorias que son un viaje al pasado, un recuento de todas las experiencias, anécdotas y correspondencia que vivió con escritores como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Sus memorias comenzaron en Barcelona y tres años después terminaron en La Habana, ciudades donde el autor fue profesor del programa internacional de la Universidad de Brown. Son relatos, situados entre costas paralelas que tramaron el hilo evocativo, por un lado, y dramático por el otro. Son un recuento alentado por las tramas del exilio a través del testimonio literario vivido en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
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Social Science BiographiesIV
Nadie encendía un cigarrillo con la colilla del anterior como lo hacían Jean Paul Belmondo en A bout de soufflé y Néstor Sánchez (Buenos Aires, 1935-2003) en los meses que pasó en Lima con la Beba. A Néstor no le gustó nada que Emir Rodríguez Monegal (Melo, Uruguay, 1921-New Haven, 1985) hubiese caracterizado Nosotros dos (1960), su primera y celebradísima novela, como novedosa flor del tango. Para matizar a Emir escribí un artículo en que la hacía venir del nouveau roman y la nouvelle vague, entusiasmos nuestros de la hora. Emir, a su modo montevideano (una economía de la sutileza) acusó el guante (hacía esgrima del oficio crítico) y sostuvo que lo mejor suyo era Nosotros dos porque el tango era su arte mayor. Veíamos una película de Rita Hayworth en la tele, en su piso de New Haven, seguramente en homenaje a Manuel Puig, quien estaba por venir a Yale, cuya Traición de Rita Hayworth lo tenía entusiasmado. Yo lo estaba menos, aunque algunas de sus novelas posteriores me interesaron más. De pronto, Emir empezó a cabecear y le echó la culpa a Carpentier, a quien consideraba el narrador más soporífero de la lengua. Lo de Néstor y el tango venía, más que de la novela, de la biografía: Néstor había trabajado de pareja en los tangómetros. Era suave y morocho, capaz de navegar a una señora («medio putona», decía Cortázar) en la pista de baile.
Su fe en la poesía y su pasión por el espiritualismo y la práctica de Gourdjieff lo mantenían en un estado contemplativo y tolerante, pero vulnerable y, por eso, tenso. Todo lo que sé de Néstor Sánchez lo supe por otros viajeros argentinos, y no he podido verificar si, en efecto, su madre fue una psiquiatra que lo abandonó de chico porque no creía en él. Parece que se lo dijo cuando salió su primer libro: «Nunca he creído en ti». Según otra versión, menos porteña, Néstor había trabajado de sparring en un ring de barrio, gracias a su pinta de boxeador ducho. Debe haber inspirado respeto, porque era reposado y hablaba en un porteño profundo, de barrio o barra, que presumía autoridad. El hecho es que durante su estancia limeña, a mediados de los años sesenta, nos veíamos casi a diario para compartir no lecturas sino devociones. Coincidíamos plenamente en la noción, tópica del momento, de que la vida refrenda a la obra y muy pocos buenos escritores merecen la suya. Los escritores rendidos o vencidos eran aquellos que tenían una vida cotidiana obligatoria. Naturalmente, Cortázar era nuestro gurú, y no solo porque se había reconocido como el padre putativo de Néstor, sino porque había dicho en alguna parte que su prosa le interesaba por su textura musical, semejante a una inspirada improvisación de jazz. Nos habíamos apropiado de las lecciones del mago, aunque detestábamos a todo escritor que lo llamara «el cronopio mayor». ¡Si los cronopios se llamaran a sí mismos cronopios pasarían a ser meras famas! Asumimos, en cambio, el «estado de disponibilidad» y reconocíamos a los pocos «con capacidad de asombro».
Néstor llevaba un ejemplar de Nosotros dos subrayado y anotado hasta volverlo ilegible. Yo le dije que esa notación era el borrador de la novela futura, y como siempre que uno decía alguna barbaridad, daba unos pasos en redondo, iluminado y en voz alta. «¡Eso es puro Macedonio o, mejor aún, Macedonio puro!», tronaba. Compartíamos, claro, la fácil admiración por Borges, el agobio del nouveau roman, el pudor ante el bosque de Faulkner. Le debo el habla fluvial de Juan L. Ortiz, el ABC de Macedonio y la luz tenebrosa de Onetti, sus credenciales del Sur de sures. Como buen escritor argentino, no se demoraba en sus meros contemporáneos. Su libro de cabecera era El monte análogo de Daumal. No compartí, en cambio, la pausa de la marihuana, ni mucho menos su entrega a Gurdjieff y el arte de la carpintería como disciplina espiritual. En esa deriva mística no lo acompañé y supongo que, al final, terminó apartándonos. Una noche, la policía hizo una redada en la casa que compartía con otros exploradores del subconsciente, y Néstor y sus amigos pasaron la noche en la cárcel. En una crisis de nervios, aterrado por la miseria de una prisión peruana, volvió pitando a Buenos Aires, temeroso de otra noche vallejiana.
Con todo, dábamos la vida por una palabra. Y seguramente nuestra amistad se definió la tarde en que el embajador argentino en Lima nos convidó al vermut en su despacho. Era elegantoso, de buena pinta y perfectamente superficial. Salimos en abrumado silencio, vencidos por el lenguaje suntuoso, y de pronto dije: «Qué tipo pornográfico». Néstor se detuvo, alzó los brazos, y exclamó: «¡Pero sí...!» Reímos, aliviados. Se hizo parte de nuestro vocabulario. Lo que no era nuevo era porno.
La Beba decidió marcharse. Yo le tenía espanto a las confesiones, pero Néstor se limitó a confirmar que ella volvía a Buenos Aires. Los invité a comer en casa, pero ocurrió que nos sirvieron un caldo de mariscos que llevaba en cada plato un gigantesco cangrejo rojo. Néstor quedó lívido. «¡No me atrevo! ¡Habría que estar dispuesto a acostarse con su madre!» La Beba, sonriendo al fondo de su gran cabello revuelto, diseccionó el bicho y lo devoró con venganza.
Muchísimos años después, contesté el teléfono en mi despacho, en Providence, y una voz cantarina me dijo: «¿Julio? Soy la Beba. ¿Te acuerdas de mí? Estoy en el Kennedy de paso a Italia. Quería saludarte. ¿A qué distancia estás, che?» Prometió visitarme la próxima vez, y se despidió: «Qué lindo que me recuerdes». Por entonces, todas las musas se sentían elegidas para una escena bajo las aguas de la Fontana di Trevi.
Me había tocado compartir el proceso de escritura y el impacto público de algunos escritores amigos, pero con Néstor me tocó, más bien, asistir a la progresiva desaparición de quien yo creí era uno de los mejores narradores nuevos. No tengo explicación para el feroz olvido de Néstor, aunque a veces creo que él mismo se propuso no dejar huella y correr la suerte de sus propios libros. Tal vez su fugacidad declara la naturaleza feliz de la mejor vanguardia. Me consuela esa promesa que asoma en cualquier obra abierta. Quienes creímos que el boom de la nueva novela latinoamericana sostenía una innovación de las estrategias del relato, no contamos con que el mercado se apoderaría de la novela para simplificar sus formas a nombre del consumo.
En enero de 1969 estaba yo en la Universidad de Pittsburgh, gracias a Guillermo Sucre, uno de los grandes ensayistas literarios que frecuenté. Yo había colaborado con él en la revista Imagen, que dirigió en Caracas, donde acogió mi ensayo sobre la obra tempranísima de Néstor. Y gracias a su empeño, mi primer libro de crítica, La contemplación y la fiesta, que había salido en Lima el 68, se publicó ampliado al año siguiente en Monte Ávila. Me habían contratado en Pittsburgh por un semestre para dictar un par de cursos, pero los tres meses se convirtieron en un año. El primer día, el jefe del Departamento, el profesor argentino Alfredo Roggiano, me recibió en su oficina y me soltó la noticia predecible de que él también era poeta, como Guillermo y, tal vez, como yo. Me contó, triunfal, que él era el poeta desconocido que le ganó a Julio Cortázar, cuando ambos coincidieron como maestros de escuela en Chivilcoy, el concurso de poesía que se haría famoso por el perdedor. Me leyó, para bochorno mío, unos sonetos de pie forzadísimo. Después me enteré de que sometía a ese ritual a todo profesor visitante. El bibliotecario latinoamericanista, Eduardo Lozano, era un poeta argentino de mucho valor que se había refugiado en el anonimato, aunque en Buenos Aires había sido joven colaborador de Sur. Nos frecuentábamos con fervor literario, hasta que logré que me pasara uno de sus libros. Leerlo era saldar en algo su dignidad herida. Eduardo vivía en ese tranquilo olvido del mundo, dedicado a pulir los huesos de su obra, en la que asomaban los paisajes espejeantes de Juan L. Ortiz y la torcedura sintáctica de Vallejo. Guillermo lo encontraba algo agonista, tal vez incomodado por su marginalidad. Pero yo no veía nada melodramático en su renuncia, aunque tuve que leerle varios textos míos para que se animara a leerme algunos suyos. Me contó que cuando Octavio Paz estuvo en Pittsburgh insistió tanto en conocer sus últimos poemas que no tuvo más remedio que decirle: «Pero Octavio, la frase que me dedicabas en tu ensayo sobre poesía desapareció cuando lo incluiste en tu libro». Octavio protestó indignado el error de imprenta y prometió restituir el elogio y ampliarlo. Reconozco en ese retrato oral a ambos. Eduardo era un poeta de San Juan, donde pasó buena parte de su juventud. Construyó su casa él mismo, en torno a su biblioteca, pero no pudo refugiarse del peronismo y ordenó sus libros y con Billie, su mujer, se marchó a Pittsburgh para no volver nunca. Se las había arreglado para ser marginal incluso en Sur, donde José Bianco...
Índice
- I
- II
- III
- IV
- V
- VI
- VII
- VIII
- IX
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