Septimania
eBook - ePub

Septimania

  1. 300 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Septimania

Descripción del libro

Septimania, la primera novela de Jonathan Levi tras su aclamado libro A Guide for the Perplexed, es una gran obra: una historia al mismo tiempo personal y mítica, con temas tan grandes como el universo y tan pequeños como una semilla de manzana."Septimania es una obra maestra: un libro que rompe las reglas y se sale de todas las categorías. Un trabajo brillante." – Bill Buford

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Información

Año
2018
ISBN de la versión impresa
9789588969558
ISBN del libro electrónico
9789588969749
Categoría
Literatura
parte uno
«Confortadme con manzanas, porque estoy enferma de amor.»
Cantar de los Cantares
1/0
3 de septiembre de 1666
Un jardín. Un árbol. Dos espaldas contra el tronco, dos nalgas sobre el césped, dos bocas compartiendo una pipa después de la cena.
Arde Londres. La peste cabalga sobre las llamas y el humo y el sol de comienzos de septiembre irradia muerte hacia el norte, hacia Cambridge. Desde su rigidez de piedra, Enrique VIII monta guardia sobre el silencioso Patio Principal de Trinity College, las clases suspendidas hasta nueva orden. Más al norte, en el jardín de la señora Hannah Newton Smith, uno de aquellos estudiantes en asueto forzado, su hijo, un peculiar y erudito joven, está allí sentado con un amigo. Ese amigo soy yo, un extranjero algunos rasgos no pueden soslayarse. Pero un extranjero a quien no se le ocurre una mejor manera de sobrellevar el cierre de la universidad que compartiendo una pipa y un árbol con el amigo Isaac.
Fui un hijo póstumo dice Isaac soltando una bocanada, dejando que el humo se mezcle como té oriental con los gránulos de la luz solar, y me extiende la pipa. No tuve el gusto de conocer a mi padre, ni él tuvo el gusto de conocerme a mí. Nací la mañana de Navidad, tan pequeño, me dijeron, que cabría en un vaso de cerveza, y tan debilucho que cuando dos mujeres fueron enviadas a casa de Lady Pakenham en North Witham a traer fortalecedores herbales para mi agónico espíritu, se sentaron a descansar en unos escalones por el camino, seguras de que no tenía caso apurarse pues yo estaría muerto antes de que regresaran.
Eso explicaría tu apetito insaciable mientras le retiro la pipa.
—Y sin embargo —Isaac se queda mirando el humo que asciende hacia lo alto del árbol entre frisados y florituras—, estoy persuadido de que, a pesar de la acrimonia de mi madre, tuve que tener, en un momento dado, un padre.
—¿Y un Espíritu Santo?
A la mierda con la Trinidad —Isaac me retira la pipa y le da una calada.
—¿La de Trinity College? —le pregunto— ¿o el concepto?
—Padre, Hijo, Espíritu Santo… para un huérfano como yo, no existe más que un solo Padre, un Dios, y todo lo que sabemos, todo lo que somos, irradia a partir de esa Unidad igual que los rayos del Sol. Supongo que de corazón —sonríe con una sonrisa que a esta hora del atardecer me infunde valor—, debo ser judío.
—No es el corazón lo que interesa a este judío —devuelvo su sonrisa, mirando de reojo su entrepierna.
—Un verdadero cristiano, como un verdadero judío, cree en el Dios único.
—¿El Dios de Abraham?
—E Isaac.
—Ahí ya tenemos dos dioses —digo entre risas—. Olvídate de tus Trinitarios. Te Sorprendería saber cuántos de mis hermanos circuncidados son Cuatenarios.
—¿Cuaternarios?
—Gente que cree, abiertamente, en cuatro deidades. ¡Algunos estudiosos de la Cábala incluso tienen la hipótesis de que existen siete dioses!
—¡Herejía!
—Septimaniacos —le digo—. Septimaniacos, con un dios para cada uno de los siete cielos, para cada día de la semana, para cada dirección del espacio, cada planeta, cada pléyade, cada color, cada virtud...
—Y cada pecado capital —agrega Isaac. Una manzana se desprende del árbol y aterriza entre mis piernas.
—Dale un mordisco —se la ofrezco sin moverme.
—Primero tú —replica Isaac—. Son muchas las manzanas.
—Precisamente —le digo—. Bienvenido a Septimania.
1/1
Un rayo de luz.
Louiza.
La cabeza dorada de Louiza doblando la esquina del salón de té Orchard Tea Garden, el mentón pálido de Louiza alzándose en dirección del viento, decidiendo una dirección, advirtiendo el aire sorprendentemente apacible de mediados de marzo de 1978. Louiza cruzando Cambridge Road, los codos pegados al cuerpo, su espalda ofreciendo un cauce marmóreo para los tirantes descoloridos de su vestido floreado. Louiza, con sus dedos mordisqueados levantando el pestillo de la puerta del camposanto, las pantorrillas de Louiza, de tono frambuesa, perdiéndose de vista.
Malory.
Malory el del atuendo de pana. Malory el de bota de campana. Malory con cabello a lo Beatle.
Malory en lo alto del campanario de la iglesia de Saint George, en la abadía Whistler. El dubitativo Malory con su metro sesenta y siete de estatura encaramado en la punta de sus botas sobre una pila de himnarios abandonados, con su Manual de Órganos en una mano y su aliento en la otra.
Mirando.
Malory buscando el demonio que estaba estrangulando el órgano de la iglesia, dejándolo desafinado y a él sin almuerzo. Malory subiendo por el campanario, mirando a través de los listones a una joven que nunca había visto, de cuya existencia no había sospechado.
Louiza buscando el retrete, pero atraída hasta el otro lado de la calle, hacia una iglesia y una escalera.
¡Hola allá arriba! Louiza.
¿Sí? la voz de Malory con el registro agudo de un cromorno.
¿Puedo subir?
Louiza y Malory.
Encontraron refugio a su azoramiento en la visión de aquel fuego jaspeado a través de las ventanas del salón de té Orchard. Luego, del otro lado del campanario, el espectro del agostado árbol de tejo plantado cuatro mil años atrás, aseguraba el vicario, dos veces más antiguo que Nuestro Señor en cuyo tronco hueco Malory había enseñado a los mocosos más jóvenes de la parroquia himnos elementales. Malory le indicó a Louiza el extremo norte de la abadía Whistler y, en la distancia, los caseríos de Rankwater y Silt, recuperados de la ciénaga, que ahora comenzaba a descongelarse con el sol de principios de primavera. Malory se esforzaba denodadamente para no ser pillado mientras examinaba la corona de luz solar alrededor del mentón de Louiza, la nevisca de pelillos dorados que suavizaba los bordes de sus orejas, la manera en que su nariz, al seguir la dirección del dedo de Malory hacia alguna lejana iglesia normanda, apuntaba hacia un delgado labio ...

Índice

  1. Portada
  2. Parte Uno
  3. Parte Dos