¿A qué nos referimos cuando hablamos de populismo?
Francisco Panizza
¡Más populista será tu abuela!
José “Pepe” Mujica
Introducción
El título de este artículo alude a lo que parecerían debates ilimitados sobre la definición del populismo, mientras que el acápite que incluimos aquí arriba refiere a la fuerte connotación negativa que a él se asocia. Como es sabido, existe relativo acuerdo entre académicos respecto al significado de un término que ha sido largamente asociado a determinados períodos históricos, procesos sociológicos, políticas económicas y estilos de gobernanza, entre otros. De nuestra parte no ignoramos las diversas perspectivas que el populismo engloba ni, por otro lado, procuraremos introducirnos con detalle en el debate sobre su significado último que ya ha sido contemplado en otras múltiples ocasiones.
El mencionado debate puede ser dividido entre quienes proponen una definición expansiva del concepto, considerándolo multifacético, y quienes argumentan que las variaciones empíricas entre sus diversas modalidades sólo pueden ser contempladas mediante un acercamiento minimalista a la cuestión. De más está decir que los conceptos políticos no son verdaderos o falsos, sino útiles en mayor o menor medida. Existen buenas razones (tal se ha indicado en la introducción de este libro) para optar por una definición minimalista del populismo, centrada en su raíz político-discursiva, a fin de instrumentalizarla como distinción analítica entre sus diferentes dimensiones.
Existen, claro está, otras formas de contemplar el término y diversas preguntas marginalizadas por la visión minimalista, entre las que se incluyen las cuestiones referentes a líderes y seguidores y, por sobre todo, sus efectos democráticos o antidemocráticos.
Como mencionábamos previamente, existe, no obstante, un voluminoso copilado de bibliografía que argumenta que el populismo está primariamente caracterizado por su distinción en materia de estrategia discursiva que apunta a la constitución de identidades populares. A modo de identificación, un intento populista opera mediante el establecimiento de un antagonismo político entre “el pueblo” (como plebe o desfavorecidos) y cierto tipo de poder opresor (ya sea el Estado, el orden político, la oligarquía económica, un grupo étnico o el sistema partidario). Clave en esta definición es la noción que refiere a que, tal cual elaboraremos en detalle a continuación, la identidad del “pueblo” políticamente construida, se apoya en una constitución externa –la existencia de una amenazante hegemonía contra la cual se forja la homogeneización de grupos sociales de otro modo heterogéneos. Margaret Canovan enfatiza la naturaleza sistémica de la relación de antagonismo cuando al populismo se lo define como “an appeal to «the people» against both the established structure of power and the dominant ideas and values”, mientras que Carlos de la Torre destaca la naturaleza mutualmente constitutiva de los actores en conflicto, cuando lo define como la construcción de un maniqueísmo y discurso moral que posiciona al pueblo en relación antagónica a la oligarquía.
Sostener que el populismo refiere a la constitución discursiva de identidades populares implica que las identidades del pueblo y su opresor resultan de una operación política y no de categorías socioeconómicas. En esta línea, en su libro The Populist Persuasion: An American History, el historiador Michael Kazin persigue los rastros del populismo a través de la historia americana, mientras modifica las concepciones mutuamente construidas del pueblo y sus opresores –desde los financieros de Wall Street a la élite de Washington– y adapta sus colores políticos a fin de aplicarlo a radicales progresistas y conservadores de derechas en distintos puntos temporales.
Este documento utiliza la noción discursiva del populismo como punto de arranque y lo deconstruye de manera de argumentar en torno a cinco puntos fundamentales. Primero, un entendimiento del populismo requiere la consideración de sus dimensiones simbólica, representativa, política y normativa, así como las relaciones entre las mismas. Segundo, el énfasis en la naturaleza formalmente antagonista del abordaje político del populismo, trae subyacente su elemento normativo, o lo que Canovan llama su dimensión “redentora”. Tercero, a modo de identificación o, “a flexible mode of persuasion” en palabras de Kazin, los abordajes populistas son compatibles como una variedad de formulaciones ideológicas y marcos institucionales, sin embargo, sus efectos políticos están limitados por las instituciones políticas –o falta de las mismas– dentro de las cuales opera el mecanismo. En algunos casos, los intentos populistas pueden tornarse dominantes y las identidades populistas pueden moldear la estructura del campo político durante largos períodos históricos, mientras que en otras circunstancias se ven más limitados en su extensión de influencia, eficacia y duración. Cuarto, los actores políticos usan prácticas populistas en combinación con otros medios de identificación política, por lo que cobra sentido hablar de intervenciones populistas y ya no de actores o regímenes populistas al implicar que la política –particularmente las políticas democráticas– siempre acarrea rastros de populismo, siendo que éste nunca concierne a una totalidad metódica que defina enteramente a un líder, partido o régimen político. Finalmente, a pesar que las valoraciones normativas sobre el populismo son inevitables, la relación entre populismo y democracia no puede establecerse en términos abstractos, sino que debería ser abordada en relación al contexto político en que éstos interactúan.
Las siguientes secciones exploran cada una de las mencionadas dimensiones populistas, concluyendo sugerentemente que las distintas variedades de intervenciones populistas mantienen relaciones contextualmente dependientes con las instituciones democráticas, así como la destacada relevancia de tornar explícitas sus implicaciones normativas.
“Más populista será tu abuela”
La siguiente historia política encapsula muchas de las ambigüedades y asuntos involucrados en el estudio del populismo. Una completa apreciación de la relevancia de esta historia requeriría de una larga explicación contextual pero intentaremos ser concisos. La historia se refiere a José “Pepe” Mujica, el antiguo líder de la guerrilla Tupamaros, que tras ganar las elecciones presidenciales de Uruguay en noviembre de 2009 se erigió en marzo de 2010, como Presidente constitucional de la República. Temprano en la campaña electoral, en marzo de 2009, en una muy bien argumentada publicación, el libremercadista Ernesto Talvi establecía que profundas modificaciones de la estructura social del Uruguay habían dado lugar a las condiciones socioeconómicas para el surgimiento de lo que él llamada “tendencias populistas” en el país. Su argumento sostenía que el declive de los estándares educativos, así como la migración de cientos de miles de ciudadanos altamente calificados, habían conducido a la reducción de las clases medias tradicionales y a la expansión de un sector social de limitada educación, pobremente calificado, para el cual las posibilidades de movilidad social se veían extremadamente limitadas y cuyos miembros se habían vuelto, por tanto, dependientes del asistencialismo estatal. Talvi aseguraba que dado el tamaño en aumento de este sector social, a nadie debiera sorprender la emergencia y el suceso político de lo que él describía como “candidatos atípicos cuyos lenguajes, modos de vestir y actitud contrastan con la formalidad del «traje y corbata» que desde siempre ha caracterizado a la clase política el país”.
Sin hacer alusión a su nombre, Talvi se estaba refiriendo a José Mujica, el candidato presidencial del centro-izquierdista Frente Amplio (FA). La respuesta de Mujica, publicada en su blog, fue tan instantánea como sin precedentes. Es merecedora de una reproducción completa a fin de poder apreciar sus matices en todo su esplendor:
Parece que una nueva y terrible amenaza se cierne sobre el Uruguay: se llama José Mujica y es portador de un virus tenebroso, el “populismo”. No exagero; lean los diarios y se van a encontrar con el resumen de la teoría formulada por el economista Talvi, del instituto CERES. Se van a enterar de que en nuestro pobre país hay un tercio de la población que por falta de educación no sirve para nada, sólo aspira a que el Estado les dé todo y por definición votan a quien tiene pinta de ser bueno para hacer llover dinero público sobre sus cabezas. Un saltito más en la teoría y nos enteramos de que esa manga de inútiles reconocen a sus líderes por lo mal que se visten, lo toscos que son para hablar y la falta de alfombras en sus viviendas. No nombraron a nadie faltaba más. Probablemente se referían a Ignacio de Posadas o a Pedro Bordaberry [dos políticos de clase alta y centro-derecha]. Pero como yo tengo manía de persecución y además me gusta hacerme la víctima, se me ha metido en la cabeza que se referían a mí. Por lo que me apuro a contestarle, al economista Talvi, que más populista será tu abuela.
El tono coloquial y apolítico de la respuesta de Mujica pareciera dar credibilidad al punto que Talvi sostiene, en cuanto a que al menos a juzgar por el uso de su lenguaje, Mujica es ciertamente un populista. Sin embargo, atrapado por un lenguaje coloquial diario que es su marca comercial política, en su respuesta Mujica no sólo muestra un profundo entendimiento de las implicancias políticas del argumento de Talvi, sino sobre los argumentos mismos en torno al debate sobre el populismo.
Mujica conoce que el término populismo tiene diversos significados y que dentro de ciertos contextos puede tomarse como un cumplido. Está claramente consciente, igualmente, que no es ésta la connotación que Talvi ha otorgado al término. Citando a Mujica nuevamente:
Estoy enterado que en el mundo del análisis político se usa la palabra “populismo” en más de un sentido y que ...