Etty Hillesum
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Etty Hillesum

  1. 128 páginas
  2. Spanish
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Descripción del libro

Etty Hillesum (Holanda, 1914) murió en las cámaras de gas de Auschwitz en 1943, a los 29 años. Judía y licenciada en Derecho, llevó una vida sentimental un tanto desenvuelta, e incluso recurrió al aborto, hasta que uno de sus amantes y el propio Holocausto sentaron las bases de una conversión radical a Dios. Comienza entonces a buscar a Dios a la luz de la fe católica, como queda documentado en sus Diarios y Cartas. A esta conversión y a su finura interior extraordinaria se refirió Benedicto XVI casi en sus últimas palabras como Papa, poniendo su experiencia espiritual como ejemplo para la Iglesia católica y para toda la humanidad.

Información

ISBN del libro electrónico
9788432145537
1. EN LA RAÍZ ESTÁ DIOS
Dios íntimo
Etty Hillesum fue una mujer joven que supo transfigurar su vida, dejándola madurar hacia su plenitud aprendiendo a rezar y a meditar. Su oración no se redujo a una forma de devoción exterior o una reiteración de fórmulas, sino que representó un auténtico itinerario interior, incluso íntimo. Una búsqueda de Dios casi inconscientemente insertada en una modalidad que la oración asumió, precisamente, en las tierras del Norte de Europa y tomó el nombre de devotio moderna.
Con la devotio moderna se llevó a cabo el paso de la espiritualidad medieval, eminentemente comunitaria, a otra más cercana a nuestra sensibilidad contemporánea, tendente a mostrarse más atenta a la dimensión personal. La experiencia espiritual de Etty Hillesum no puede identificarse, ni encasillarse, ni mucho menos reducirse a una forma religiosa precisa e instituida. Por eso alberga una gran esperanza para cada uno de nosotros y para la humanidad. A partir de su experiencia, podemos esperar encontrar a Dios dentro de nosotros, así como podemos encontrarnos verdadera y plenamente a nosotros mismos en Dios, según la lógica de la intimidad humano-divina de la que fue gran maestro Agustín de Hipona[17], de quien Etty Hillesum fue asidua y entusiasta lectora. El entero itinerario de Etty podría entenderse como un proceso que va desde la sufrida experiencia de la intimidad humana hasta llegar al conocimiento de un Dios íntimo, que se hace totalmente uno con nuestras más bellas experiencias de humana intimidad. Tal como en aquel momento mágico vivido por Etty junto con su amigo y compañero:
Jopie[18] en el brezal, sentado bajo el gran cielo estrellado, mientras hablábamos de la nostalgia: yo no tengo nostalgia, yo me siento en casa. He aprendido mucho de esa reflexión. Se está en casa. Se está en casa bajo el cielo. Se está en casa en cualquier parte de esta tierra, si todo lo llevamos en nosotros mismos. [...]
A menudo me he sentido, y todavía me siento, como una nave que transporta a bordo una carga valiosa: se sueltan las amarras y ya la nave avanza, libre de navegar a cualquier lugar. Debemos ser nuestra propia patria. He empleado dos noches para poder confiarle algo tan íntimo, lo más íntimo que hay. Y mucho deseaba decírselo, como para hacerle un regalo. [...] Y solo la noche siguiente conseguí decírselo: me arrodillé delante del amplio brezal y le hablé de Dios[19].
Como una joven mujer judía holandesa de su tiempo, Etty Hillesum vivió y abrazó a fondo el contexto terrible de una de las páginas más oscuras —tal vez la más tenebrosa— de la historia de la humanidad. Etty nos desvela, a través de su Diario y de sus Cartas, el gran misterio de un alma que no pierde, es más, que acrecienta día tras día el contacto con la interioridad. Y ahí logra encontrar la fuerza de vivir, precisamente cuando viene «de pensar que es más fácil no vivir que vivir». Este sentimiento se lo recuerda a sí misma: «Últimamente me ocurre con frecuencia»[20]. El contacto con su propia intimidad va madurando, al obtener dentro de sí el sentido de la vida y la fuerza para ser testigo de su belleza radical, a pesar de todo.
En medio de esa creciente tiniebla que fue el nazismo, violento de manera inaudita, el corazón de Etty supo aprender a rezar. Mediante la oración aprendió a meditar sobre las tinieblas humanas a través de la luz de Dios; sin negarlas, pero sin tampoco adensarlas. Así escribía a mitad de su Diario, el 18 de mayo de 1942:
Las amenazas y el terror crecen de día en día. Levanto en torno a la oración como un muro oscuro que ofrece protección, me retiro en la oración como si fuera la celda de un convento, y salgo de ella más recogida, concentrada y fuerte. Este retirarme en la cerrada celda de la oración, se vuelve para mí una realidad cada día mayor, y también un hecho cada vez más objetivo. La concentración interna construye altos muros, entre los que me encuentro a mí misma y mi unidad, lejos de todas las distracciones. Y podría imaginarme un tiempo en el que me mantendré arrodillada durante días y días, hasta no sentir que tengo estos muros alrededor, que me impedirán desmoronarme, perderme y arruinarme[21].
Con todo, es la misma Etty quien en su Diario nos habla de sí misma como de la protagonista de un relato, aún por escribir y del todo por vivir, que lleva por título: «La muchacha que no sabía arrodillarse»[22]. En efecto, su vida se desbarata —asumiendo una dirección y una orientación completamente nuevas— a partir del simple gesto que un buen día realiza en el sitio menos indicado —al menos con arreglo a nuestra sensibilidad—, pero sin duda de los más reservados. Se trata del «desordenado cuarto de baño»[23] de la casa donde vive, y el gesto que lleva a cabo resulta tan fuerte que parece poseer una cierta solemnidad íntima:
Pero son asuntos íntimos, casi más íntimos que los del sexo. Desearía poder representar en todos sus matices este proceso interior, la historia de la muchacha que aprendió a arrodillarse[24].
Etty Hillesum, mujer briosa y sensibilísima a nivel sentimental, comienza un breve, pero intenso, camino espiritual, en el que lenta y poderosamente va a experimentar la presencia del elemento trascendente: «la parte más profunda de mí» que, «por comodidad» —así escribe—, «yo llamo Dios»[25]. Este Dios que parece inicialmente una «comodidad», será capaz de transformar radicalmente la vida de Etty, hasta hacerla un «pan»[26] ofrecido y compartido. Al final de su trabajoso itinerario, este Dios pasa, de íntimo, a ser públicamente profesado: «Sí, mira, yo creo en Dios»[27]. Y, además, de una manera absolutamente ligada al misterio de la existencia, con el que la fe se halla radicalmente amalgamada: «La vida es bella. Creo en Dios»[28].
Esta presencia, más que buscada y estrictamente amada, se impone en su vida casi como una evidencia imprevista, aparte de imprevisible por su misma naturaleza. La experiencia de la trascendencia se impone precisamente a través de la evidencia de una actitud de oraci...

Índice

  1. Prólogo
  2. Introducción
  3. 1. En la raíz está Dios
  4. 2. El fruto, nuestra humanidad
  5. Conclusión
  6. Bibliografía