El tiempo en un hilo
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El tiempo en un hilo

Reflexiones desde la adversidad

  1. 264 páginas
  2. Spanish
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  4. Disponible en iOS y Android
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El tiempo en un hilo

Reflexiones desde la adversidad

Descripción del libro

"Juan y yo disfrutábamos con la vida que hacíamos, arriba y abajo con los niños… Con el tiempo, le llegó el éxito profesional y se centró en él. Creo que eso fue el detonante de todo, pero en ese momento no supe reconocerlo. Todo llegó demasiado de repente… y no supimos reaccionar. No estábamos preparados aún. Ni podía entonces imaginar lo que vendría luego, de dolores… pero también de alegrías." La autora relata su conmovedora travesía por la vida entre crisis de fe, de pareja, y también de salud.

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Información

ISBN del libro electrónico
9788432144011
1. UNA CARRERA DE OBSTÁCULOS
La llegada a urgencias
Eran las 11 menos cuarto de la mañana del jueves 4 de octubre de 2012. Había ido al despacho porque tenía una reunión vía Skype con Sowon, una colega de trabajo que vive en Suiza, coautora de un paper con el que batallamos desde hace un año. El día anterior había orinado sangre de forma bastante continua, por lo que esa noche llamé a mi hermana Gloria, médico en la Clínica Teknon desde hace 12 años. Le conté lo que me pasaba. «¿Cómo te encuentras?», me preguntó. «Bien», le respondí. «Si no fuera por esto, no tengo nada». Me dijo que fuera a Urgencias y me lo miraran, porque podía tener varias causas. Como ya era de noche, le respondí que me iba a la cama y que acudiría al día siguiente, bien dormida y descansada.
Dormir nunca fue algo que hiciera de forma espontánea. Envidio a la gente que cabecea nada más subirse al avión o que ronca en cuanto su cabeza toca la almohada. Cuando era pequeña iba a la habitación de mis padres, llamaba a la puerta y les decía: «¡No puedo dormir!». Mi padre, invariablemente, contestaba: «¡Bebe agua!», placebo que muy pocas veces funcionaba.
Y esa noche dormí. Así que aparecí en la clínica con un sol espléndido y un día aún de verano. Mi hermana me esperaba a la entrada: «Estaré pendiente de todas las pruebas que te hagan».
Me atendieron en seguida, no tuve que esperar. El médico de urgencias me iba palpando y me preguntaba: «¿Dónde le duele? ¿Aquí?». «No», le contestaba yo una y otra vez. Me auscultó, me hicieron orinar en un bote y salió una orina que, a primera vista, era normal y corriente. «No se ve nada, pero la vamos a analizar». Me hicieron una placa. Y esperé.
Volvieron al cabo de un rato: «Hay sangre. Hay que hacer una ecografía». Y ahí que fui. La doctora que me atendió era amiga de mi hermana, así que ella estuvo presente también. Vi sus dos caras mirando atentamente la pantalla. Una de ellas, no recuerdo quién, señaló con el dedo: «Aquí». Me untaron el cuerpo con gelatina fría y siguieron mirando más y más. Al salir, mi hermana me dijo: «Hay un tumor, te han de hacer un TAC. Voy a decir que te busquen especialistas en riñón, los mejores...». Empecé a ver cómo la clínica se ponía en marcha de una forma cada vez más frenética. Lo que parecía un tumor mediano se convertía en grande... Las puertas se abrían y cerraban tras de mí a gran velocidad.
Mi hermana me dijo: «Han localizado a tres oncólogos especializados en riñón. Tenemos que escoger. Los tres son unos número uno». Elegimos a un oncólogo del Hospital Valle de Hebrón que también trabajaba en Teknon. «Me será más fácil seguir todo el proceso...», me dijo Gloria. Le localizaron. Quedó en que me recibiría esa misma tarde antes de empezar las visitas en la clínica. Yo pensé: «Uf, Maruja, cómo debes de estar...».
Entre prueba y prueba volvió Gloria: «Ahora tenemos que localizar un buen cirujano. El mejor. Nos va mucho en ello...». No entendí nada de lo que me contaba. Soy lego total en Medicina, pero sí sé de Comunicación, y me dediqué a observar el lenguaje no verbal de todos los que se me ponían delante. Vi muchas prisas, mucha atención y ningún drama. Mucha profesionalidad. Y esto tranquiliza. Gloria seguía: «Me están buscando un buen cirujano»... Y al cabo de un rato: «Hay uno buenísimo que hace solo seis meses que tiene consulta privada aquí por la tarde. Pero no le conozco. Si no, habrá que mirar otro...». Los dejé hacer. Me di cuenta de que lo mejor era callar y obedecer. Terminaron las pruebas, eran las dos menos cuarto. Faltaban dos horas y media para que me viera el oncólogo.
Desde Urgencias realicé dos llamadas telefónicas. La primera de ellas fue a mi hijo. Le conté lo que pasaba y casi se desmaya. Tuve que imponerme para que no se plantara en la clínica a los tres minutos. Se lo desaconsejé porque todo estaba ya encarrilado y yo volvía un rato al IESE. Le dije que le llamaría un poco más tarde y que entonces podría venir. La segunda llamada fue a mi jefa, que casi se muere del susto al saber lo que estaba pasando. «Cuenta con toda nuestra ayuda, y ¡ánimo!». Desde entonces no ha parado de estar al tanto de todo y de ayudar cuanto ha podido.
Me hicieron volver a Urgencias por una cuestión de procesos. «¿Qué hago?», le pregunté a mi hermana, y me dice: «Come en el restaurante o vuelve después». La doctora de urgencias que me atendió se horrorizaba: «¡No sé si la van a dejar salir!».
El sol, de nuevo
Pero me dejaron. Decidí que no me quedaba en la clínica, que ya no podía más de hospital y que me volvía a comer al IESE. La comida de allí siempre ha sido muy buena, así que pensé que volver a mi redil normal me haría mejor que esperar todo ese tiempo sola en corral ajeno, porque mi hermana tenía muchísimo trabajo que había ido posponiendo por atenderme a mí.
Llegué al IESE y le conté a Carlos, amigo y colega de trabajo, lo que me pasaba. Ahí, por un momento, vi la que me caía encima. «Dios mío, mis hijos». Derramé muy pocas lágrimas. Hasta entonces había estado muy serena. De hecho, incluso mi hermana me lo comentó: «Has dejado parados a las enfermeras y a los médicos por tu reacción». No puedo decir que me quedara igual, porque no fue así, pero veía que yo dominaba la situación y que ella no me dominaba a mí.
Me recuperé: «Vamos a comer», le dije. Nos colocamos en una mesa al fondo, lejos de los grupos de gente que aún quedaban en el comedor. No tenía ganas de hablar con nadie. Terminamos la comida y me fui a lavar los dientes, como cada día. Y después de hacerlo, como cada día también, fui a hacer la visita al Oratorio del Campus Sur.
Un encuentro fortuito
Al salir, me encontré de frente con un psiquiatra al que conozco desde que mi marido nos abandonó hace ya quince años. «Tengo cáncer de riñón y metástasis...». Y él, sin inmutarse me dice: «Tengo muchos amigos que han tenido cáncer de riñón y están la mar de bien. Solo tienes que hacer una cosa a partir de ahora: céntrate en el presente, vive el minuto y no te enredes en pensar en nada de lo que te puede pasar en el futuro...». Fueron dos minutos de conversación, pero providenciales para enfocar bien todo lo que me iría sucediendo. Me di cuenta de cómo Alguien seguía cuidando de mí.
Volví por la tarde a la clínica. Le había dicho a Gloria que no quería ningún engaño de los médicos. La situación que fuera, yo quería conocerla. Ella estaba totalmente de acuerdo. El Dr. Carles, oncólogo especialista en riñón, me atendió muy amablemente y confirmó el diagnóstico de las pruebas. Sugirió atenderme en el Valle de Hebrón, porque el tratamiento era carísimo. «Es un tumor de los más silenciosos. No se muestra hasta que ya es grande...». Mi hermana le comentó que precisábamos un buen cirujano, que tenía el nombre y que no sabía cómo llegar a él. «Yo le conozco. No te preocupes. Le llamaré ahora mismo». Al cabo de pocos minutos Gloria me dice: «Lo ha localizado. ¿Puedes venir esta tarde a última hora?». Contesté que sí. La vida se había detenido. Todos mis planes estaban frenados. Mi vida se limitaba a partir de entonces a hacer lo que los médicos dijeran.
Lo que Gloria no sabía es que ella había estado bajo mis focos durante esa terrible mañana que pasamos juntas. La observé con el rabillo del ojo. Ella era la persona que podía acompañarme. Era templada, tenía sangre fría, no se acogotaba ni por la presión ni por los problemas. Vi su reacción cuando nos iban dando más y más malas noticias. Me di cuenta de que podía apoyarme en ella. No resisto los dramas, no solucionan nada. Me gusta la gente entera, luchadora, que encara los problemas sin arrugarse. Yo necesitaba gente así a mi lado. Lo último que necesitaba era gente emocional: necesitaba personas racionales, acostumbradas a solucionar problemas y afrontarlos de cara por duros que fueran.
Nuevos problemas a solucionar
Salí de nuevo de la clínica y me fui en dirección a casa. Aparqué el coche en la calle, cerca de la casa de mi hijo Xavi, y me puse a pensar: «Maruja, lo de los médicos está encarrilado. Ya sabes el diagnóstico. Habla ahora a tus hijos»... No lo había hecho antes por no preocuparles. Quería tener ya datos más concretos y posibles soluciones, las que fueran. Tengo tres chicos, y desde hace quince años soy yo quien voy tirando del carro, y aunque me ayudan, y mucho, me gusta ejercer mi papel de madre. Llamé por teléfono a Ignacio: «Tengo una mala noticia. Tengo cáncer de riñón. Me han hecho pruebas, salgo del oncólogo»... Tras la sorpresa, se enfadaban: «¡Mamá!, ¿por qué no nos lo has dicho y te hubiéramos acompañado nosotros?», y les contestaba que porque había estado acompañada en todo momento por mi hermana, y porque, en esos momentos, ella era quién más me podía ayudar.
Estos dos hijos míos son licenciados en Dirección de Empresas. Xavi se dedica al mundo financiero: acaba de montar una empresa sobre gestión de patrimonios. Ignacio trabaja en un banco. Los dos están casados, sin hijos de momento. Son todos treintañeros y muy buenos chicos. A estas alturas de la vida, lo único que me interesa de la gente es su calidad humana.
Vinieron corriendo a donde yo estaba. Se empeñaron en acompañarme a última hora y asentí, pero les dije que en la visita con los médicos estaríamos tan solo Gloria y yo. Mis hijos han dado y dan la talla, ya lo creo, pero al fin y al cabo soy su madre. Quería protegerles y evitar que oyeran lo que me iban a decir. Una cosa es oírlo de mis labios, o de los de su tía, y otra directamente del médico. Bastante han sufrido ya. Quería ahorrarles todo el sufrimiento que pudiera y mitigárselo como fuera. Ya vale de sufrir. Pero reconocí que si no les dejaba actuar les estaba negando un derecho fundamental, así que les dejé que vinieran a la clínica.
No llamé a Joan, mi hijo mayor, porque está en Bélgica, en el Hospital Universitario de Bruselas, y no lo hubiera localizado a esa hora. Está haciendo un fellowship con un cirujano maxilofacial muy prestigioso. Hacía tan solo una semana que se había mudado allí, y estaba agobiado. Pensé que por la noche lo encontraría y podría darle noticias más concretas. Recibir malas noticias estando lejos y siendo médico es un mal trago. Joan tiene dos carreras, es cirujano maxilofacial y dentista, y acaba de empezar el doctorado. No hace falta decir que tiene una inteligencia y una memoria brillantes.
«¿Y qué vas a hacer después de operada?», me preguntaron Xavi e Ignacio. Vi cómo se ponían en marcha, uno quería venir a vivir a casa, el otro que me fuera a la suya... «No», les dije. «Os lo agradezco, pero es mejor que me vaya a vivir esta temporada a casa de la abuela. Ella todavía no sabe nada de todo esto, ni de mi intención de ir a su casa. Se lo diré mañana en cuanto lo tenga todo resuelto...». Y asintieron. Mi madre tiene 87 años. Tiene dos stents en el corazón y toma Sintróm, un medicamento anticoagulante. Además, tiene una artrosis que le fastidia las rodillas y le impide andar ligera. Pero está bien. Es templada, fuerte, sonriente y siempre animosa. Cuidó ocho años de forma primorosa a mi padre con un Alzheimer del que murió. Yo sabía que no tenía más que insinuar a mi madre que me cuidara para que se volcara en mí. Por suerte, además, la intendencia en su casa funciona como un reloj. Tiene una buenísima asistenta que la atiende la mayor parte del día, y acababa de montar un cuarto con cama de enfermo para su hermana, mi tía Nuri, que al final no ocupó, porque falleció el invierno pasado. Y yo pensé: «Maruja, ya tienes habitación».
Volví a la clínica a última hora de la tarde. Me recibieron los dos médicos juntos. Y yo seguía pensando: «Maruja, cómo debes de estar para que te reciban dos figuras juntas y el mismo día...». Salieron de la consulta los dos, con todas las pruebas, para deliberar: «Esperaos aquí, volvemos en seguida», nos dijeron a Gloria y a mí. Regresaron a los pocos minutos. El Dr. Alcaraz, cirujano especialista en Urología del Hospital Clínico de Barcelona, tomó la iniciativa: «Tenemos muy clara la estrategia. Clarísima. Hay que operar ya». Se dirigió a mi hermana: «Habrá que preguntar cuándo hay quirófano en la Teknon»... Y ella contestó: «Ya lo he hecho. Este lunes o el martes». Y dice Alcaraz: «El lunes a las tres». Y yo seguía pensando: «Maruja, ¡cómo estás!...». Pero su decisión y su iniciativa me tranquilizaron. Vi que estaba en las mejores manos. Providencial de nuevo. Pregunté cuál era el pronóstico. No era bueno, la supervivencia era muy baja, así que podía enfrentarme a la muerte en un período más o menos breve.
Decidieron hacerme al día siguiente un PET y las pruebas preoperatorias. Estaban bien: el cáncer no había llegado a los huesos. Debo decir que mi hermana es la directora de la unidad de Medicina Nuclear de la Teknon, una chica risueña y amable, con mucho carácter, médico vocacional y la salvación de la familia en cuanto alguien estornuda. Pero ese día batió su propio récord: en 24 horas yo estaba diagnosticada, me habían visitado dos médicos de campanillas, tenía el preoperatorio hecho y me operaban después del fin de semana.
Mis hijos se ocuparon de todos los trámites y papeleos: llamaron al IESE, al agente de seguros... Todo en orden. Los chicos son de mucha ayuda. Yo, que siempre he tirado sola del carro, vi que tenía hombres a mi alrededor. Y eso me relajó, porque la presión era extrema.
El viernes a media mañana, solo 24 horas después de toda la movida, aparecí en casa de mi madre. «¿Qué haces aquí?», me preguntó, «¿No trabajas hoy?». Le contesté lo que había pasado. No hubo lloros, ni lamentos, ni nada. Le expuse hechos y soluciones. No oculté la gravedad. Le expliqué que yo estaba preparada para lo que fuera, que no sufriera, porque sabía el significado de la vida, que tenía un límite, pero que la gracia estaba en que la vida continuaba después y en otra dimensión infinitamente mejor. Mi madre es una mujer muy entera, de una generación muy fuerte, de enraizadas convicciones religiosas, y totalmente dedicada a la familia, a sus seis hijos, yerno, nueras y trece nietos. Me entendió al instante. Le pedí si podía quedarme en su casa: «Solo faltaría. ...

Índice

  1. PORTADA
  2. PORTADA INTERIOR
  3. CRÉDITOS
  4. ÍNDICE
  5. PRÓLOGO
  6. DEDICATORIA
  7. AGRADECIMIENTOS
  8. INTRODUCCIÓN
  9. 1. UNA CARRERA DE OBSTÁCULOS
  10. 2. AFRONTAR LA ENFERMEDAD: ¿QUÉ TENGO EN LA MOCHILA?
  11. 3. EL REGRESO A MIS ORÍGENES
  12. 4. RECURSOS EN LA MOCHILA DE LA NIÑEZ Y DE LA ADOLESCENCIA
  13. 5. VEINTIDÓS AÑOS CASADA, Y CON TRES HIJOS
  14. 6. LA MADRE DE TODAS LAS CRISIS
  15. 7. OPERACIÓN BALDEO: DEL DESORDEN AL ORDEN
  16. 8. OBSTÁCULOS EN MI CAMINO
  17. 9. EL CAMBIO DE TENDENCIA: EDUCAR PARA EL AMOR INCONDICIONAL
  18. 10. EL ESPLENDOR, A LA CARRERA
  19. 11. EL FUTURO
  20. EPÍLOGO
  21. OTROS LIBROS RIALP
  22. FOTOGRAFÍAS