Deploratio
El protagonista de esta historia no desea que su identidad sea de dominio público, y eso hay que respetarlo. Se le ha preguntado acerca del nombre supuesto que le parecería más adecuado, y ha contestado con el de «Un hombre Avasallado». Se le ha hecho ver que tal seudónimo no es conveniente. Lo de «Avasallado» es demasiado genérico y puede dar lugar a diversas interpretaciones, alguna de ellas poco satisfactoria. Por otro lado, lo de «Hombre» no es precisamente una buena tarjeta de visita en la actualidad; podría hacernos caer en la polémica y desatar un laberinto de malos entendidos. Por todo ello parece más conveniente optar por otro apodo. Nuestro protagonista ha propuesto entonces tres nuevas posibilidades, a elegir: «El Usurpado», «El Vituperado», y «O Capacho das Hostias» (en portugués). A la vista de lo anterior se ha optado por denominarle «Señor X», y a tomar por culo.
Bien.
El «Señor X» es una persona previsible y adaptada. Empleo estable en una empresa internacional, casado y con un hijo (un hijo de puta, por cierto). Es un hombre de ciudad, un urbanita; su familia paterna procede del entorno rural, pero él no. Vive la vida sin historias raras y, por lo tanto, no es sospechoso, es normal: hace cualquier cosa con tal de no quedarse a solas consigo mismo (música, cine, lectura, televisión, ruido, compañías diversas); no presenta ninguna inquietud vital significativa, y la única filosofía que abraza es la de la calidad de vida, la gran fórmula mágica que todo lo justifica y a todo da sentido. Por eso exige unos buenos servicios públicos, ocio y una oferta cultural diversa, buscando aquello que le produzca el bienestar inmediato, la comodidad y la satisfacción de los instintos secundarios, adobándolo todo con un discurso estándar; el refinamiento en el vivir, en saber vivir, el obtener placer de cuanto le rodea, tal como saber apreciar un buen vino, por ejemplo, le parece una conquista humana inapreciable. En ese sentido le gustaría disponer de un mayor nivel de renta para disfrutar de un mayor nivel de consumo y una más cumplida satisfacción. Se ve a sí mismo como una persona progresista y hace de vez en cuando comentarios sobre cualquier asunto de la vida para que se note que lo es; ser progresista es, a su juicio, lo más de lo más. Afirma estar a favor de todo lo que una sensibilidad humana ordinaria percibe como justo, pero no va más allá de la mera implicación intelectual. Le da importancia a su propia imagen y a la salud aunque no esté enfermo, y, de hecho, le gustaría sobremanera poner coto a los radicales libres y no envejecer. De la muerte no quiere ni oír hablar, aunque confía en que la Ciencia, la otra gran palabra totémica, termine enderezando tal desaguisado. Aunque no está gordo, ha intentado varias dietas de adelgazamiento, sólo para mejorar su imagen, por supuesto sin éxito: la dieta del pomelo, la de la alcachofa, la del misionero (¿o es una postura?) En resumen, hablamos de alguien que inspira confianza, porque la merece.
El «Señor X» va y viene andando al trabajo cada día. De hecho podría desplazarse en su propio coche o en transporte público (esto último más dudoso: el transporte público suele estar abarrotado y resulta, por lo tanto, incómodo: demasiada humanidad hacinada, olores…), pero ha elegido caminar porque caminar es bueno para la tensión, el colesterol, el embarazo y la artrosis. De hecho, él no tiene ninguno de estos cuatro problemas. Se trata de un agradable paseo diario de unos veinticinco minutos al ir y otros veinticinco minutos al volver que, a fuerza de repetir, ya se conoce con los ojos cerrados, siendo un proceso que forma parte de su rutina y que constituye para él uno de los mejores momentos de la jornada. Para lo que aquí importa, es conveniente resaltar que este doble trayecto diario le obliga a pasar junto a una tienda de objetos de cerámica tradicional, ubicada en una de las calles más recoletas por las que ha de pasar a diario. Dados los horarios, encuentra la tienda cerrada por las mañanas, y a punto de echar el cierre cuando regresa a su domicilio, ya avanzada la tarde.
Un día cualquiera, un atardecer cualquiera, empieza a recordar su infancia mientras realiza el trayecto habitual de vuelta a su hogar. En concreto, le vienen a la memoria los largos periodos vacacionales que disfrutaba en casa de sus abuelos paternos, en un pequeño y lejano pueblo, siendo así que el recuerdo se lo evoca, y de eso se da ahora cuenta, la contemplación, un minuto antes, de una manera fugaz y casi semiinconsciente, de la tienda de cerámica. Ha pasado miles de veces por allí, pero aquél día, sólo aquel día, tal recuerdo brota en su alma. Es el inexplicable funcionamiento del ser humano. Es un recuerdo bucólico, idealizado, de paz, aromas y sabores que ahora se le antojan más auténticos que cualquier otra cosa que le rodea. Eso sí que era calidad de vida. Durante los días siguientes esos recuerdos van apareciendo en su conciencia a modo de breves ráfagas, que le hacen detener su actividad por un momento, alzar la cabeza y evocar. Luego sigue con su rutina diaria, hasta que una nueva imagen intemporal vuelve a detenerle. Se sonríe, el «Señor X».
Otro día, también al atardecer, camino ya de su casa, se para frente al escaparate de la tienda de objetos cerámicos que, como siempre, se encuentra casi a punto de cerrar. En el ángulo izquierdo reposa, entre otras piezas, un botijo. Se da cuenta entonces de que este humilde objeto acelera su proceso de evocación, porque durante aquellas lejanas estancias estivales era habitual aplacar la sed con el agua de un botijo. En casa de sus abuelos había dos botijos, uno más grande que otro, y ambos conseguían conservar el agua bien fresca, bien fresca. Ahora compara aquel ambiente natural, serrano, solar, aireado y libre de miasmas, con su entorno de trabajo: se trata de un edificio inteligente, con grandes cristaleras que no se pueden abrir y equipado con aire acondicionado que funciona a todo meter los 365 días del año, buscando una temperatura inversa a la de la calle: si en la calle hace frío, en el edificio hace calor, pero un calor del carajo, y si en la calle hace calor, en la oficina hace un frio propio del Polo, al punto de que en pleno verano muchos colegas se enfundan jerséis de lana y padecen resfriados. Si en la calle, por la época del año, hace una temperatura intermedia, entonces la de la oficina parece una ruleta rusa, siendo imposible predecir lo que te vas a encontrar. Dada la orientación del edificio, puede ocurrir que, en un extremo de la planta que ocupa su empresa, los trabajadores estén con jersey y en la otra punta clamen porque baje la temperatura, lo que siempre da igual, porque ha quedado demostrado desde hace años que la temperatura no se puede regular, sin que nadie sepa exactamente quién es el sinvergüenza que maneja el termostato, ni dónde se encuentra ubicado este último, siendo ése uno de los motivos de conversación más habituales, habiéndose creado, de hecho, una cofradía de conjurados que ha decidido encontrar a ambos (el termostato y al sinvergüenza) antes de que les llegue la jubilación forzosa. Habitualmente se...