Tomochic
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Tomochic

  1. 168 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
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Descripción del libro

En 1898 el batallón de Heriberto Frías fue enviado a sofocar la insurrección de Tomochic, Chihuahua. La experiencia indignó a Frías y lo situó en las filas de la oposición del porfiriato. De aquella campaña surgieron diversos artículos y esta novela, portavoces de la indignada denuncia que más tarde lo llevarían a la cárcel.

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Información

XXI

Al romperse la alborada del día veinticuatro, el cañón apuntando a la iglesia, hizo su saludo de ordenanza en el momento en que formaban extraña sinfonía las cornetas de las diferentes fracciones, tocando la diana.
Poco después volviéronse a desprender partidas de todos los cuerpos, excepto del 9°, bajando a las cercanías del pueblo, ocupando las casas, saqueándolas antes de prenderles fuego, volviendo con el botín, orgullosas.
Miguel, que ese día daba en lo más alto del cerro la guardia de la pieza, contempló tras del parapeto el espectáculo del incendio. Aquello era horrible.
El enemigo debía contemplar también la obra de destrucción; pero permanecía tranquilo y estaba esperando que fuesen a acometerle en sus puestos.
Solamente del cerro de la Cueva, en cuya cima flotaba una bandera roja, partían algunas balas, que por lo alto de su cabeza Miguel oía silbar fatídicamente.
¡Le parecía increíble que aquel puñado de hombres sin ningún conocimiento de la táctica, hiciesen emprender a las fuerzas federales, mucho mayores en número, una campaña en toda forma, habiéndolas derrotado las más veces!
En la noche supo Miguel que el general había decidido que se tomara el cerro de la Cueva, y se había nombrado al ayudante del 24°, Fuentevilla, para acometer la empresa; pero al fin no fue a él, sino al capitán Francisco Manzano, del 11° a quien se encargó de tan arriesgada operación, quien con setenta hombres de dicho cuerpo se desprendió sigilosamente del campamento para ir a sorprender el punto designado.
Pero sea que no comprendiese la orden o que no pudiese obedecerla, no marchó por el camino prescrito, sino intentó dar un rodeo para llegar por la espalda del enemigo, por lo que, colérico el general, le mandó volver, tocándole con su corneta de órdenes atención, media vuelta y diana, toque que rompió lúgubremente el silencio de la noche, despertando a la tropa.
Los oficiales del rondín, previnieron a las parejas que bordeaban el campamento que no hicieran fuego a la fuerza del 11° que volvía sin haber logrado sorprender al enemigo.
El capitán Molina nombrado de vigilancia, observó la llegada de ésta, y cuando se instaló en el campamento se dirigió a un subteniente, diciéndole:
—Pero, hombre, compañero, ¿qué les pasó que los hicieron volver?
—No, mi capitán, el general pide imposibles, ni con mil hombres se toma ese cerro; figúrese usted... si nos han sentido nos despedazan... ¡imposible!
—¿Dónde está el general, compañero? —preguntó el capitán.
—Lo acabamos de dejar allá arriba con el doctor, todavía no se acuesta y ya son más de las doce.
Era, en efecto, ya muy entrada la noche, pero el general dormía poco, y además se hallaba excitadísimo y mal humorado.
Estaba conversando en su tienda con el teniente Márquez, de su Estado Mayor, y el doctor que disertaba sobre lo conveniente de un ataque decisivo sobre el pueblo.
El capitán entró en la tienda y pocos momentos después, salió precipitadamente.
—No hay novedad, mi capitán —le dijo con acento respetuoso un oficial que rondaba por el campamento en plenas tinieblas.
—Gracias, compañero, téngame mucho cuidado con esas parejas —le contestó perdiéndose entre los soldados que dormían, tropezando con las peñas y saltando por entre las mesas y pabellones y todo lo que encontraba al paso.
El día veinticinco, inmediatamente después de la diana, formó con sus armas la compañía del 9° compuesta solamente de setenta y ocho hombres, pues treinta formaban la escolta del parque.
El capitán pasó una revista minuciosa de armas y municiones, completando las que faltaban y asegurándose si estaban listas aquéllas. Después de dividir en tres pelotones, mandó por el flanco derecho doblando, hileras a la derecha, y bajó sin decir una palabra más, por la pendiente pedregosa y dura del cerro.
Era una mañana espléndida; el sol aún no aparecía en el horizonte brumoso; pero ya las crestas de los cerros más altos, se coronaban de fuego, en tanto que una brisa fresca y ligera barría lentamente los girones de la neblina que flotaba sobre el río...
Los soldados, sin capote, desgarrados y sucios, bajaban en silencio, tiritando de frío, con las armas suspendidas del hombro.
Al descender saltando por las peñas, Miguel, gozoso de estirar las piernas después de cuatro días de inacción, confiado, ignoraba dónde iba; sólo se imaginaba que debía ser a mejor parte adonde les conducían.
Cuando llegaron al llano y avanzaron algún trecho, después de hacer alto, el capitán mandó:
¡Compañía, columna de compañía! ¡Marchen!
Cuando estuvieron las tres secciones una tras de otra, mandó con voz firme:
¡Al orden de combate! ¡Marchen!
La primera sección avanzó a su frente, dispersándose los hombres en tiradores, las otras permanecieron a retaguardia, siguiendo el movimiento de la primera; después mandó echar pecho a tierra.
Poco después frente a ellos sonó una detonación, y una bala pasó silbando a tres metros de altura.
Todos comprendieron entonces de lo que se trataba. El capitán en pie, con la cabeza alta, apoyada la mano izquierda sobre el cañón de su carabina, señaló con el dedo índice de la derecha, la silueta gigantesca del cerro de la Cueva, y dijo:
—Vamos a tomar ese cerro, todos nos van a ver y verán cómo combate el 9°... subiremos como podamos ¡nadie dé media vuelta porque al que lo haga lo mato! Ya lo oyen, señores autorizo a cualquiera a matar al que dé media vuelta —¡aunque sea yo!—¡Armen, armas!
Se oyó el ruido seco del acero de las bayonetas al ajustarse a los cañones de los fusiles, y hubo después un profundo silencio. Volvieron a silbar las balas, el capitán se caló la carrillera del kepis y gritó:
¡Primera sección, de frente, al paso veloz! ¡Marchen! —y los hombres se precipitaron a todo correr, con las armas embrazadas, fija la vista en la cima del cerro que se coronó al momento con el humo de una terrible descarga. Las otras secciones en el mismo orden, siguieron a la primera, y fue un admirable espectáculo, al verlos a la carga, alineados como en una parada, recibiendo una horrible granizada de balas, a dos fuegos, pues bien pronto estuvieron a la vista de la torre que quedaba al frente, sobre la derecha y que entonces no economizó sus municiones... los asaltantes sin cejar en la carrera, en pleno llano, avanzaban por un terreno barbechado que les fatigaba atrozmente.
Un soldado del ala izquierda cayó de espaldas con el pecho atravesado, mientras otro, herido en una pierna, seguía no obstante a grandes saltos, aullando.
Miguel ya no veía nada delante de sí, extraña nube blanca lo cegaba y en los oídos sentía horribles truenos de los que claramente distinguía aquel silbar de las balas que en mortíferas ráfagas pasaban a su lado. Las piernas le flaqueaban y sentía en el pecho espantosa opresión... sintió asfixiarse y morirse... ¡un momento de descanso! pero no... oyó la voz del capitán que gritaba:
—¡Adelante, adelante! ¡El que se atrasa se muere! —y continuó sin darse cuenta, como llevado por sobrenatural poder; oyó un grito de agonía a su lado y un soldado en el suelo le obstruyó el paso; saltó sobre él sin verle y continuó la vertiginosa carrera. Bien pronto la torre desapareció tras las primeras lomas de que arranca el cerro, y al fin entrando bajo el ángulo muerto de la línea de tiro gritaron:
¡Pecho a tierra!...
¡Oh! ¡ya era hora!... ¡qué oasis!... ¡qué fruición aquel descanso!... algo así como un jarro de agua fría para un febril sediento.
Miguel arrojó a un lado su carabina y respiró con toda la fuerza de sus pulmones. Pero el capitán pasados algunos momentos, mandó levantarse y subir por la pendiente del cerro, mandando cargar las armas.
El combate entonces tomó una nueva faz, pues a través de los arbustos y las rocas que erizaban la pendiente que subía al monte, nutrida granizada batió a los primeros que avanzaron, paralizando la línea de tiradores.
Evidentemente que había que subir con mucha precaución, pues el enemigo que había descendido de la cima para batirles en la falda, tenía inmensas ventajas sobre ellos; así es que el avance, a partir de aquel instante, fue más lento, teniendo los tiradores que ir ocupando árbol tras árbol y roca tras roca, necesitando para eso que los oficiales y el valiente capitán desarrollasen toda su energía para con la tropa, cuyo primer impulso estaba muy debilitado. Los soldados vacilaban, atemorizados ante el enemigo invisible que los diezmaba.
—¡Entren... entren! ¡Suban! ¡arriba... a ellos! —gritaban los oficiales enronquecidos, en tanto que el capitán Molina, apelaba a todos los medios imaginables para infundir ánimo y proseguir el ataque.
—¡Viva el 9° batallón!... ¡Nos está mirando el 11°! ¡Arriba muchachos!
Mandó tocar ataque, mientras entre el ruido sordo de las detonaciones, vibraban claras y sonoras las notas de la corneta, él, ebrio de entusiasmo, al ver que se animaba la gente, proseguía gritando:
—¡Otro empuje y llegamos hasta ellos, a la bayoneta! ¡Adelante muchachos! —y se lanzó adelantándose magníficamente, con la carabina en alto, arrastrando tras él a todos los que le veían, electrizados con aquel arranque de supremo heroísmo.
Al fin, principiaron a ver en lo alto los perfiles de los terribles tomoches haciendo fuego tras los árboles, batiéndose en retirada hacia la cima del monte.
Volvieron asimismo, a oír entonces sus gritos de guerra, extraños y feroces.
—¡Viva el Gran Poder de Dios! ¡Viva María Santísima!
—¡Muera Lucifer! —aullaban entre los árboles, distinguiéndose apenas sus terribles figuras, entre el humo espeso y excitante de la pólvora que envolvía en sus nubes las altas copas de los pinos y las ásperas peñas del cerro.
—¡Entren!... ¡Entren!... ¡Arriba! —repetían los oficiales, tras de los árboles, con la garganta seca y los ojos saliéndose de las órbitas.
De cuando en cuando, un hombre caía rodando, ensangrentando las piedras, el kepis por un lado y el fusil por otro, sin que los compañeros cuidaran de él, sin que lo notasen siquiera, atentos por instinto a la conservación del yo en aquel arriesgado combate.
El orden de alineamiento de los soldados se había, naturalmente, perdido; las secciones de retaguardia se habían fundido con la primera y se caminaba hacia arriba en una sola línea ondulante, según los accidentes del terreno.
El capitán iba del centro a los flancos, empujando, gesticulando y dando valor a la gente.
Miguel, que marchaba en el ala izquierda, había recobrado el aliento, y hacía fuego con su carabina, tratando de cazar a lo lejos un hombre, cuyo gran sarape rojo le presentaba un buen blanco.
Le llamaba, sobre todo, la atención, una vocecilla particular, como de un niño, que gritaba a su frente:
¡Viva María Santísima! ¡Mueran los hijos de Lucifer!
Continuaron trepando cada vez más alentados, pues aminoraba el fuego del enemigo, cuyos primeros cadáveres fueron encontrando.
Aquellos valientes morían acribillados a balazos, apenas eran descubiertos tras el terreno escabroso y abrupto.
El fuego llegó a cesar casi por completo, y sólo allá, en el ala izquierda, oía Miguel algunos disparos a su frente, y más cercana la v...

Índice

  1. Portada
  2. Portadilla
  3. Poema
  4. Portadilla 2
  5. Legal
  6. Cap I
  7. Cap II
  8. Cap III
  9. Cap IV
  10. Cap V
  11. Cap VI
  12. Cap VII
  13. Cap VIII
  14. Cap XI
  15. Cap X
  16. Cap XI
  17. Cap XII
  18. Cap XIII
  19. Cap XIV
  20. Cap XV
  21. Cap XVI
  22. Cap XVII
  23. Cap XVIII
  24. Cap XIX
  25. Cap XX
  26. Cap XXI
  27. Cap XXII
  28. Cap XXIII
  29. Cap XXIV
  30. Cap XXV
  31. Cap XXVI
  32. Cap XXVII
  33. Cap XXVIII
  34. Cap XXIX