Memorias de Neil Young
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Memorias de Neil Young

El sueño de un hippie

  1. 416 páginas
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Memorias de Neil Young

El sueño de un hippie

Descripción del libro

Desde sus primeros recuerdos en la estepa canadiense, al pináculo de la gloria pasando por algunos infiernos, muy pocas santidades y muchas patologías: la narración de una vida inenarrable.Ácidos, copas, escándalos, mujeres, acordes inextinguibles, desacuerdos… Regresos, vueltas y revueltas… Ésas son las claridades, ¿pero qué hay detrás o debajo de las sombras?Neil Young es una leyenda en ejercicio, una figura clave del canon roquero desde los ya lejanos sesenta y además un enigma. Al menos hasta ahora. Porque el muy esquivo sujeto, aquejado tal vez de una brusca simpatía, decidió cierta mañana mostrarnos el sanctasanctórum de sus recuerdos e intimidades. Ese improbable experimento confesional es este libro: una voz cantante escrita de puño y letra (no hay fantasmas por medio) que nos presenta el calidoscópico panorama de una vida y una música ejecutadas hasta la médula, que nos conduce desde las nieves de Ontario a los edenes hawaianos pasando por las calles de Los Ángeles en los albores de la gran turbulencia. Estamos, pues, ante el "relato definitivo" (tópico por una vez justificado) de un viaje obstinadamente inenarrable

Información

Editorial
Malpaso
Año
2014
ISBN del libro electrónico
9788415996248
Edición
1

Capítulo ocho

Los Squires fue el primer grupo que funcionó en serio. Se formó a comienzos de los sesenta en Winnipeg, Manitoba, con Jack Harper a la batería, Allan Bates a la guitarra, Ken Koblun al bajo y yo. El grupo sufrió muchos cambios durante los primeros años, pero esa fue la formación inicial. Tocamos en los bailes del colegio, en la iglesia, en los clubes de la comunidad y algún que otro concierto en la parte posterior de un camión de plataforma. Una vez tocamos incluso en un combate de lucha libre.
Los primeros conciertos fueron de ese estilo. Nos pagaban muy poco, a veces tan solo cinco dólares para todo el grupo. Estábamos empezando. No sabíamos dónde iríamos, pero ya estábamos en marcha. Hubo conciertos buenos y malos, pero todos contaban. Al final nos contrataban para tocar fuera de la ciudad y llegamos a recorrer ochenta kilómetros por un bolo. El pequeño Ensign de mi madre estaba tan lleno que cuando íbamos de camino a los conciertos no veía nada por el retrovisor. Fue un milagro que nunca nos pararan.
El ampli de Ken era casero. Era una caja de madera grande que propiciaba un sonido grave para el bajo. Tuvimos que recortarla porque era muy grande y no cabía en el coche. Ken había comprado un kit para amplis de la marca Heathkit y él mismo lo montó. Al principio nuestro equipo era de lo más básico. Me costaba mantener afinada la guitarra, una Gibson Les Paul Junior. No sabía que la afinación era ajustable hasta que cambié de guitarra y pillé una Gretsch Chet Atkins «Horseshoe», que era igual que la de Randy Bachman, de los Silvertones, y que fue la que usé con los Buffalo Springfield. Mi primer ampli fue un Ampeg Echo Twin y luego pasé a un Fender Tremolux, todo un cambio para mí: el Tremolux era el ampli doble más pequeño del mercado, pero fue mi primer amplificador potente.
Había otro grupo en la ciudad, los Galaxies. Tenían tres Fender enormes, dos Showman y un Band-Master. Su equipo era la envidia del lugar. Los Silvertones tenían un ampli Fender Concert y se hicieron famosos. Randy Bachman tocaba la guitarra en los Silvertones. Eran los mejores músicos de la ciudad y Ken Koblun y yo solíamos ir a verlos siempre que podíamos. Tocaban en todas partes y les daban los bolos más importantes. Eran los mejores, sin reserva alguna al respecto.
El estilo de Randy fue una fuente de inspiración para mí. Conseguía un efecto de eco gracias a una grabadora que retrasaba la señal mediante un bucle sonoro. Se hacía grabando una nota y reproduciéndola de manera automática una fracción de segundo después. Esa fracción de segundo es posible gracias a la cinta que hay entre los dos cabezales: una graba y la otra reproduce. La distancia entre los dos cabezales crea el efecto retardado que se escucha cuando la cinta pasa de un cabezal al otro.
Randy siempre estaba a la última y su efecto sonaba igual que el de Hank B. Marvin, de los Shadows, cada vez que los Silvertones tocaban un tema instrumental de los Shadows. Solía ir a los bolos con Ken y nos quedábamos pasmados. En los Silvertones no sobraba nadie. El cantante, Allan Kobel, era buenísimo. Bob Ashley era una pasada al piano; pura energía y tocaba lo que fuera, desde Floyd Cramer hasta Professor Longhair. Jimmy Kale, el bajista, era increíble y nos ayudó mucho; conseguimos el primer bajo de Ken gracias a Jimmy; nos facilitó las cosas para que lo pidiéramos a través de Cam’s Hardware, una tienda de la zona que vendía instrumentos musicales. Cam’s estaba en contacto con Silvertone, una empresa de instrumentos y amplificadores de Estados Unidos, y Silvertone fabricó un bajo de fábula. Jimmy también nos prestaba su ampli para grabar y tocar en los bolos más importantes. Fue un gran amigo. ¡Gracias, Jimmy!
Con el tiempo, Ken Smyth sustituyó a Jack Harper a la batería. Allan Bates había conocido a Ken en el instituto. Con esta formación los Squires grabamos «The Sultan» y «Aurora».
Luego Allan quiso ampliar sus estudios y Doug Campbell lo sustituyó (y acabó dejando el grupo porque su madre no quería que perdiese el tiempo con la música). Doug era un genio y tocaba la guitarra solista. Era un genio porque sabía lo que hacía con la guitarra; pulía los trastes y ajustaba la afinación. También hacía algo dentro del ampli que producía un «tono difuso». Doug no tenía límites, era excepcional. Fue una pena que no pudiera acompañarnos cuando nos marchamos, pero así son las cosas. Tuve que ocupar su lugar, pero ya había aprendido mucho de él.
Los Squires tocaban mis canciones y versiones rock de clásicos folk como «Oh, Susanna», «Tom Dooley» y «Clementine». Copiamos la idea de los Thorns, un grupo que pasó por el mismo circuito. Nos aprendimos sus arreglos para «Oh, Susanna» y luego apliqué la misma técnica a otras canciones folk, añadiendo melodías y arreglos nuevos en clave roquera. Tim Rose, el líder de los Thorns, compuso en parte «Hey Joe», tema que Jimi Hendrix convirtió en todo un éxito. Los Thorns eran realmente buenos. No sé qué fue de ellos. Tendrían que haber triunfado, pero ya se sabe que la vida es caprichosa. No se puede dar nada por sentado y nunca sabe uno qué pasará. Los Thorns y Danny and the Memories eran grupos excelentes que podrían haber saltado al estrellato, pero desaparecieron. ¿Quién sabe qué será lo siguiente o por qué no lo será?
Los Squires acabaron convirtiéndose en el tercer o cuarto grupo de Winnipeg. Mejoramos mucho. Nuestro repertorio era de los más originales. Yo componía sin parar, me pasaba el día inmerso en la música. Primero fueron temas instrumentales y al poco tiempo las canciones y las letras que empecé a cantar. Eso nos diferenciaba del resto de grupos. Lo sabía y le saqué el máximo provecho. Componer música original era la clave para destacar. Las versiones estaban bien para los bolos, pero quería que otros grupos versionasen mis canciones. Al cabo de unos años, los Guess Who (antes llamados Allan and the Silvertones) grabaron uno de mis temas, «Flying on the Ground», e hicieron realidad mi sueño. Me hicieron feliz. Su versión era espléndida.
Los grupos que competían con nosotros no contaban con muchas composiciones originales. Componer no me suponía ningún esfuerzo. Cuando se me ocurría una idea, siempre estaba listo para escribirla, estuviera en el colegio o donde fuera. Aprendí a dejarlo todo para prestar atención a la canción que se gestaba en mi interior. Cuanto más lo hacía, más canciones oía.
La formación cambiaba constantemente. Primero tuvimos a Al Johnson a la batería y luego a Bill Edmonson. Vino de Montreal con su madre y abuela y se trasladaron a una casa situada enfrente de la mía. Era un roquero auténtico con la pose adecuada. Para mí la pose era importante y eso también distinguió a los Squires de los otros grupos. Bill Edmonson tocó en «I’ll Love You Forever» y en «I Wonder», dos temas que grabamos en CJLX en Fort William y que produjo Ray Dee, el pinchadiscos de Fort William que nos adoptó cuando nos oyó por primera vez en el Flamingo Club. Bill acabó casándose con la secretaria de CKRC, donde tuvieron lugar nuestras primeras sesiones en Winnipeg, y al final dejó el grupo porque ella le echaba mucho de menos cuando salíamos de gira. Los músicos dejaban los Squires por muchos motivos, pero nunca acabé de entenderlos. Lo mío era un compromiso a largo plazo.
Justo antes de que nos marcháramos de Winnipeg por última vez, Bob Clark se unió al grupo y nos acompañó a Fort William. Era un tipo genial. Ensayábamos en una sala que estaba encima de la tienda de su hermano, donde daba clases de batería. Bob y su hermano mayor eran aficionados al jazz, y en Winnipeg había mucha movida de jazz, pero a Bob también le iba el rocanrol y le gustaba el estilo de los Squires. Bob Clark era un gran músico, se lo tomaba en serio. Con Bob a la batería, esa formación de los Squires podría triunfar fuera de la ciudad. Bob cantaba y Ken también estaba mejorando sus dotes como cantante. Creía que estábamos listos para partir. Cargamos con Mort y nos dirigimos hacia Fort William.
Nos instalamos en Fort William, la ciudad portuaria de clase obrera junto a los Grandes Lagos donde los Squires tocaron por primera vez en el Flamingo Club y se dieron a conocer. Tocamos varias veces más en el Flamingo y enviamos maquetas a las discográficas. No respondieron. Una de las canciones versaba sobre Pam, la chica guapa y entrañable que conocí en Falcon Lake, mi primer amor. La canción tenía como escenario un lugar junto al océano, que, por supuesto, no había visto en la vida. La titulé «I’ll Love You Forever». Usamos efectos sonoros para las olas. Quedaron de fábula. Otra de las canciones que compuse, «I Wonder», también se grabó en CJLX. Esas grabaciones están ahora en mis archivos.
Seguí componiendo y los Squires tocaron en las fiestas, a micro abierto, en el Fourth Dimension Club, una cafetería de la zona en la que había espectáculos todas las noches. Las fiestas a micro abierto eran los domingos o los lunes por la noche. Había clubes Fourth Dimension en Fort William, Winnipeg y Regina, y acabaron formando un circuito. Vino un grupo que se llamaba Two Guys from Boston. Lo formaban Joe Hutchinson y Eddie Mottau. Eran buenísimos. Cantaban juntos y habían sacado un corte de 45 rpm que se titulaba «Come on Betty Home». La canción me gustaba. El que la hubieran publicado me impresionó de veras.
Un día recibieron una hierba muy oscura por correo y estaban eufóricos. No sabía lo que era y sigo sin saber si era marihuana o costo, pero estaban más contentos que unas pascuas. Por aquel entonces todavía no había fumado ni costo ni marihuana, y no lo hice entonces.
En aquella época salió «Ticket to Ride», de los Beatles, y la oíamos en la máquina de discos del Fourth Dimension. «Come on Betty Home» y «Ticket to Ride» no paraban de sonar. Muchos grupos y artistas tocaban en aquel circuito de clubes. La mayoría procedían de Estados Unidos. Vi a Lisa Kindred, Sonny Terry y Brownie McGhee, Don McLean antes de que se hiciera famoso con «American Pie» y «Vincent», y a muchos otros artistas. Don se desplazaba en una camioneta Dodge y había cambiado las letras para que pusiera dog [perro]. Esa época me marcó mucho. Esos grupos y artistas me fascinaron e impresionaron.
El siguiente grupo que vino a tocar en el circuito fue Company. El tipo que cantaba era un fenómeno. Tocaba la guitarra y cantaba de tal modo que parecía un cantante de soul. Había que mirarle para cerciorarse de que era blanco. Su fraseo era increíble. No pasaba inadvertido. Se me acercó para presentarse. Se llamaba Steve Stills. Congeniamos de inmediato. Nos hicimos amigos justo después de que nos oyera tocar en una de esas fiestas a micro abierto. Me llamó la atención que nuestra actuación le hubiera impresionado tanto.
Entablamos una gran amistad que aún hoy pervive. Stephen es un genio. Como todo genio, a veces es un artista incomprendido y cuando éramos jóvenes cometí ese error muchas veces. Con el tiempo llegué a comprenderlo mejor. Cuando dejé CSNY para dedicarme a mi carrera en solitario, lo eché de menos. Aunque Crosby y Nash admiraban su música, siempre pensé que tampoco llegaron a comprenderlo por completo y creo que por ese motivo se volvió un creador más solitario. Nadie lo conoce tan bien como yo. Es mi hermano. Pasamos por muchas cosas juntos y aprendimos el uno del otro; descubrimos nuestra música y nuestra vida al mismo tiempo. Todo era nuevo para nosotros y lo vivimos juntos, como hermanos, y creo que todavía nos quedan cosas por descubrir. El modo en que tocábamos juntos, ese placer, es un don muy preciado. David y Graham no tenían la misma relación con él. Por supuesto, mi amistad con Stephen venía de antes y los dos éramos solistas y tocábamos la guitarra de tal manera que costaba saber quién tocaba qué. David y Graham no vivieron eso con Stephen. Creo que yo respeto el talento y el genio de Stephen de un modo distinto. Ellos ven otras cosas, han pasado más tiempo con Stephen que yo. Cuando estoy con él, sigo viendo al genio de siempre. Quiero volver a tocar con los Buffalo Springfield, esta vez con un batería que guíe al grupo de otra forma, y eso tiene mucho que ver con los problemas que Stephen tenía con Dewey Martin, nuestro primer batería. Quedan muchas cosas por hacer y nada nos lo impide.
Antes de que los Company se marcharan de Fort William, Stephen me pasó una dirección en Thompson Street, en el Greenwich Village de Nueva York. Allí podría dar con él. Los Company se fueron a Winnipeg y los Squires se quedaron en un motel que se llamaba Dinty’s Motor Inn. No pagábamos alojamiento a cambio de tocar gratis los sábados y los domingos por la tarde en el Fourth Dimension. Gordie Crompton, apodado «Dinty», era dueño del motel y del club. Después de tocar en el Fourth Dimension teníamos otros bolos en la ciudad, pero las cosas se complicaron y apenas teníamos dinero. Durante una temporada vivimos a base de fiambre de cerdo en conserva y galletas saladas que comprábamos en una tienda de bebidas alcohólicas que estaba frente al motel.
Al final nos echaron del motel y volvimos al hostal. Los domingos por la tarde empezamos a tocar en un sitio llamado Pancake House. No estaba mal, pero no nos daba para vivir.
Tocamos en Fort William durante bastante tiempo, hasta que decidí marcharme a Toronto. Fue una decisión repentina. Una noche estaba con un grupo de músicos de la zona, algunos de los Bonnevilles y Terry Erickson, un bajista que también tocaba bien la guitarra. Habíamos pensado que pasara a formar parte de los Squires e incluso nos fotografiamos juntos. Decidí conducir hasta Sault Ste. Marie para llevar a Terry. Nos subimos al coche fúnebre y nos largamos. Así, sin más. Ken estaba en el hostal y se perdió el viaje, lo dejamos allí. Bob Clark y los Bonnevilles nos acompañaron. Metimos la moto de Terry en la parte posterior de Mort.
A mitad de camino, cerca de un pueblo llamado Blind River, el coche se averió. La transmisión de Mort pasó a mejor vida. Nos remolcaron hasta el Bill’s Garage. Fue una experiencia de lo más angustiosa, porque el coche fúnebre iba remolcado al revés con las ruedas traseras en el aire mientras yo conducía marcha atrás. Aguanté a duras penas el trayecto a toda velocidad hasta Bill’s Garage. Bill nos dijo que encontraría el recambio necesario para arreglar el coche. Al cabo de varios días seguíamos allí y se nos estaba acabando el dinero. Comíamos patatas asadas del mercado. Pasábamos muchas horas en algo a medio camino entre una chatarrería y un vertedero que había en las afueras del pueblo.
Justo frente al vertedero, al otro lado de una carretera de gravilla, había un cementerio. Éramos un grupo de excéntricos. Los Bonnevilles regresaron en autostop a Fort William para tocar ese fin de semana. Bob se marchó con ellos. Me di cuenta de que quedarme en Fort William sin Mort, que ya no tenía arreglo, sería mi perdición. Fue toda una sensación. El coche fúnebre formaba parte del todo, de la imagen completa. Hay algo intangible en un grupo y su imagen. Eso no puede perderse. Si se pierde, hay que comenzar de nuevo. Sentía que Mort formaba parte de mi identidad, así que me fui a North Bay con Terry para ver si su padre nos prestaba dinero. No recuerdo qué fue del bolo de Terry en Sault Ste. Marie, pero sí recuerdo que cuando llegamos a North Bay vimos a un grupo llamado los Mandala. El guitarrista, Domenic Troiano, era muy bueno y el cantante, George Olliver, era fantástico. ¡Joder! Eran tremendos, tocaban rhythm and blues como auténticos profesionales. Tiempo después volví a North Bay para tocar en solitario en un club de música folk, justo antes de conocer a Bruce Palmer y a Rick James y empezar a tocar con los Mynah Birds.
El padre de Terry era policía y no podía prestarnos dinero. Sin embargo, nos ofreció copos de maíz y cocacola para desayunar. Terry empezaba el día con cocacola. Su padre se contentaba con los copos de maíz. No había leche. Nunca había desayunado cocacola y lo probé durante una temporada.
Al final nos dirigimos hacia el sur, rumbo a Toronto, para pedir ayuda a mi padre. Aunque el trato fue bueno, nos sentíamos un poco incómodos y no nos quedamos mucho tiempo. Tenía la impresión de que éramos un estorbo. Mi padre se había vuelto a casar y conocí a mi hermana pequeña, Astrid, y a su madre, que se llamaba igual. La pequeña Astrid tendría entonces tres o cuatro años y estaba aprendiendo a tocar el oboe. Comencé a investigar la movida musical de Yorkville, el equivalente canadiense al Greenwich Village de Nueva York. Llamé a Ken y a Bob y, tras disculparme por haber fastidiado el último concierto en Fort William, les convencí para que vinieran a probar suerte en Toronto.
Ése fue el final de los Squires. Ken, Bob y yo tratamos de buscarnos la vida en Toronto, pero no era nada fácil conseguir bolos. Mi padre nos echó un cable y ensayamos en el vestíbulo de un viejo cine. Nos respaldaba porque al vernos allí en Toronto se dio cuenta de que íbamos en serio.
Llamar la atención en Yorkville era mucho más difícil que en Fort William, y las cosas se pusieron cuesta arriba. Había muc...

Índice

  1. Cubierta
  2. Portada
  3. Frontispicio
  4. Dedicatoria
  5. Prólogo
  6. Capítulo uno
  7. Capítulo dos
  8. Capítulo tres
  9. Capítulo cuatro
  10. Capítulo cinco
  11. Capítulo seis
  12. Capítulo siete
  13. Capítulo ocho
  14. Capítulo nueve
  15. Capítulo diez
  16. Capítulo once
  17. Capítulo doce
  18. Capítulo trece
  19. Capítulo catorce
  20. Capítulo quince
  21. Capítulo dieciséis
  22. Capítulo diecisiete
  23. Capítulo dieciocho
  24. Capítulo diecinueve
  25. Capítulo veinte
  26. Capítulo veintiuno
  27. Capítulo veintidós
  28. Capítulo veintitrés
  29. Capítulo veinticuatro
  30. Capítulo veinticinco
  31. Capítulo veintiséis
  32. Capítulo veintisiete
  33. Capítulo veintiocho
  34. Capítulo veintinueve
  35. Capítulo treinta
  36. Capítulo treinta y uno
  37. Capítulo treinta y dos
  38. Capítulo treinta y tres
  39. Capítulo treinta y cuatro
  40. Capítulo treinta y cinco
  41. Capítulo treinta y seis
  42. Capítulo treinta y siete
  43. Capítulo treinta y ocho
  44. Capítulo treinta y nueve
  45. Capítulo cuarenta
  46. Capítulo cuarenta y uno
  47. Capítulo cuarenta y dos
  48. Capítulo cuarenta y tres
  49. Capítulo cuarenta y cuatro
  50. Capítulo cuarenta y cinco
  51. Capítulo cuarenta y seis
  52. Capítulo cuarenta y siete
  53. Capítulo cuarenta y ocho
  54. Capítulo cuarenta y nueve
  55. Capítulo cincuenta
  56. Capítulo cincuenta y uno
  57. Capítulo cincuenta y dos
  58. Capítulo cincuenta y tres
  59. Capítulo cincuenta y cuatro
  60. Capítulo cincuenta y cinco
  61. Capítulo cincuenta y seis
  62. Capítulo cincuenta y siete
  63. Capítulo cincuenta y ocho
  64. Capítulo cincuenta y nueve
  65. Capítulo sesenta
  66. Capítulo sesenta y uno
  67. Capítulo sesenta y dos
  68. Capítulo sesenta y tres
  69. Capítulo sesenta y cuatro
  70. Capítulo sesenta y cinco
  71. Capítulo sesenta y seis
  72. Capítulo sesenta y siete
  73. Capítulo sesenta y ocho
  74. Agradecimientos
  75. Créditos de las fotografías
  76. Notas
  77. Sobre el autor
  78. Créditos
  79. Colofón

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