
- 832 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
Álvaro del Portillo. Un hombre fiel
Descripción del libro
"Cuando se escriba su biografía -sugería Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei-, entre otros aspectos relevantes de su personalidad sobrenatural y humana, este habrá de ocupar un lugar destacado: el primer sucesor de san Josemaría (…) en el gobierno del Opus Dei fue -ante todo y sobre todo- un cristiano leal". Con esta pauta, el autor ha llevado a cabo un hondo trabajo de investigación, construyendo el texto sobre cartas, documentos y testimonios hasta ahora inéditos, y logrando una biografía conmovedora y rigurosa.
Álvaro del Portillo (1914-1994) fue el gran apoyo del Fundador, y permaneció a su lado desde muy joven hasta su fallecimiento. Desempeñó un papel relevante en el Concilio Vaticano II, y fue ordenado obispo en 1991. En la actualidad está en marcha su proceso de Beatificación.
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Información
Editorial
Ediciones Rialp, S.A.Año
2012ISBN del libro electrónico
9788432142260Segunda parte
Junto a san Josemaría (1939 - 1975)
Capítulo 7 Secundando a san Josemaría
Terminada la guerra civil española, san Josemaría acometió, con un marcado sentido de urgencia, la tarea de extender el mensaje cristiano que Dios le había confiado. A principios de 1939 escribió a los suyos una carta en la que señalaba que el Opus Dei, empresa sobrenatural, a causa del conflicto, había sufrido una inevitable interrupción en su desarrollo apostólico, pero que se trataba de una paralización solo en apariencia porque, contemplando las cosas con visión de fe, en aquellos tres años la Obra había “crecido para adentro”[1].
«Quiero anticiparos en una palabra el resumen de mi pensamiento —continuaba—, después de bien considerar las cosas en la presencia del Señor. Y esta palabra, que debe ser característica de vuestro ánimo para la recuperación de nuestras actividades ordinarias de apostolado, es optimismo»[2].
Con la paz, se hallaban en condiciones de “recuperar” el tiempo y el ritmo en las actividades ordinarias de apostolado. El vocablo “recuperación” era muy conocido en la España de la posguerra: había un “servicio de recuperación” del estado, que tenía por objeto devolver a sus legítimos propietarios muebles o enseres incautados durante la guerra. San Josemaría imprimió a esa expresión un significado nuevo: el deseo de aprovechar el tiempo lo mejor posible, para alcanzar los frutos apostólicos aparentemente perdidos en los años precedentes[3].
Los medios infalibles e imprescindibles para lograr ese objetivo también eran señalados por el Fundador: «¿Medios? Vida interior: Él y nosotros». Y este camino exigía auténtica generosidad personal: «Tendremos medios y no habrá obstáculo, si cada uno hace de sí a Dios en la Obra un perfecto, real, operativo y eficaz entregamiento»[4].
Afán de santidad. En el fondo, san Josemaría se limitaba a recordar la indicación del Señor a sus discípulos de todos los tiempos: porro unum est necessarium[5]; “solo una cosa es necesaria”. Para extender el cristianismo, hoy como ayer, el seguidor de Cristo tiene un único sendero: la búsqueda del cumplimiento de la Voluntad de Dios, a través de la entrega de sí mismo.
La biografía de Álvaro del Portillo es un ejemplo de este espíritu de donación. Durante los dos años siguientes, concluirá los estudios de Ingeniería de Caminos y desplegará al mismo tiempo una amplísima actividad apostólica, ayudando a san Josemaría en el gobierno y en la expansión del Opus Dei por la geografía española. Todo esto, atendiendo también a las necesidades de su madre y de sus hermanos pequeños.
La siguiente anécdota ofrece un buen resumen de cómo vivió aquel periodo. En 1967, el Estado Español concedió a don Álvaro la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, en reconocimiento a los trabajos jurídicos realizados, especialmente al servicio de la Santa Sede. Sus compañeros de promoción de Ingenieros de Caminos aprovecharon un viaje del interesado a Madrid para regalarle la condecoración, en un homenaje sencillo y sincero.
Fue una reunión de amigos, con cierto protocolo. El decano de aquella hornada, Antonio Inglés, tomó la palabra y, después de manifestar asombro porque un ingeniero hubiera recibido un reconocimiento de carácter jurídico de esa categoría, pasó a recordar sus tiempos de estudiante. En un momento de su intervención, comentó: «Tú, Álvaro, en aquellos años, estudiabas Ingeniería de Caminos, hacías viajes los fines de semana a las distintas ciudades de España, para extender la labor de la Obra —y, por eso, algunos lunes, cuando llegabas a clase, agotado del viaje, te dormías—, y además, ayudabas al Padre en el gobierno de la Obra»[6].
El agasajado agradeció esas palabras cariñosas; pero en la réplica puntualizó: «Has dicho algunas exageraciones y una gran verdad, porque yo, en aquellos años, ayudaba al Padre en el gobierno de la Obra, hacía viajes para extender la labor del Opus Dei, y además, estudiaba Ingeniería de Caminos»[7]. Con gran habilidad, modificó el orden de prioridad de las tareas que el decano de la promoción le había atribuido, para aclarar cuál era en realidad el canon de precedencias al que se atuvo.
No obstante, por motivos de claridad expositiva, iniciaremos con la conclusión de los estudios de Ingeniería; continuaremos con sus viajes apostólicos por la península ibérica y, en tercer lugar, abordaremos su asistencia a san Josemaría en el gobierno de la Obra. Un cuarto apartado completará este panorama, ilustrando otro ámbito muy importante en los desvelos de Álvaro: el cumplimiento de los deberes familiares. En realidad, los cuatro aspectos son como cabos que se trenzan para formar una sola maroma.
1. Un estudiante bastante atareado
Los desastres causados por la guerra civil eran muy hondos. Las pérdidas mayores —e irreparables— fueron las humanas. En la memoria de todo español estaban presentes los millares de muertos en el frente y de asesinados en las ciudades y pueblos. Y eso sin contar presos y exiliados. Las heridas originadas en el tejido social tardarían en cicatrizar, y en algunos sectores de la población quedó flotando una nube de rencor con un exacerbado afán de represalia.
En este ambiente —de acuerdo con la doctrina cristiana y, más en concreto, con las llamadas a la reconciliación que repitió el Papa Pío XII[8]—, Álvaro siguió el ejemplo ofrecido por san Josemaría: perdonar y olvidar, rezar por los de un bando y los del otro, contribuir al bien común con su trabajo personal. Y si durante su vida de perseguido en el Madrid revolucionario desagraviaba por todos, evitando dividir a la gente entre buenos y malos, ahora se empeñaba generosamente en ayudar a quienes, de un modo u otro, giraban a su alrededor, con el fin de acercarlos más a Dios y, si era el caso, rectificar los sentimientos de venganza.
Más fáciles de reparar eran los quebrantos materiales, pero aun así se necesitarían muchos años para conseguirlo. España estaba muy deteriorada: puentes y carreteras, viviendas y fábricas, agricultura e industria aparecían en ruinas. Había escasez de todo: también de los alimentos básicos. Las cartillas de racionamiento estaban a la orden del día. Era preciso reconstruir cuanto antes las infraestructuras vitales. Entre las medidas que el Gobierno dictaminó para alcanzar este objetivo, se encontraba un programa especial que permitía a los jóvenes concluir los estudios universitarios en un tiempo más breve del normal, y subsanar así los tres años de inactividad académica que la guerra había supuesto para el país.
Acogiéndose a esas pautas, en septiembre de 1939, Álvaro emprendió su tercer año de Ingenieros, que finalizó a mediados del mes de marzo de 1940[9]. No se piense que, ante aquellas circunstancias, se habían limado las exigencias características de esta carrera. Se redujo la duración del curso, pero no el número de asignaturas, que eran cuatro: “Cálculo de estructuras y Hormigón armado”, “Hidráulica e hidrología”, “Termotécnica” y “Electricidad”[10].
En el caso de Álvaro, además, las dificultades se acrecentaban porque durante los años siguientes acudió muchos fines de semana a capitales de provincia españolas, para desarrollar el apostolado con estudiantes universitarios. Salía de viaje los sábados después de las clases, y el domingo por la noche regresaba en tren a Madrid, utilizando las tarifas más económicas. Con frecuencia, llegaba a altas horas de la noche, y los lunes iba a la Escuela habiendo dormido muy poco: en ocasiones le resultaba imposible no caer vencido por el sueño durante algunas lecciones[11].
A veces, por si fuera poco, esos desplazamientos le impedían asistir a clases, lo que le ocasionó problemas, porque había asignaturas en las que bastaba que el alumno faltase a unas pocas lecciones, sin una clara justificación, para que ese hecho le impidiese presentarse a examen: era suspendido directamente[12]. Sus compañeros recuerdan la serenidad con que Álvaro afrontaba estas circunstancias[13]. Era tal su fama de seriedad ante los profesores, que siempre le permitieron examinarse, a pesar de sus ausencias. En buena medida preparó los ejercicios aprovechando viajes y noches[14], y aquel curso obtuvo la calificación de “Bueno”[15].
El plan estatal de estudios intensivos implicaba también la drástica reducción de las vacaciones escolares, de manera que, a los pocos días de haber terminado tercero, Álvaro comenzó el cuarto año de Ingeniería de Caminos, que se prolongó desde abril hasta septiembre de 1940[16].
Por aquellas fechas, manifestó a san Josemaría su disponibilidad para ordenarse sacerdote, si lo consideraba oportuno. El Fundador —que ya antes de la guerra había llegado al convencimiento de que los sacerdotes incardinados en el Opus Dei debían proceder de sus fieles laicos— aceptó el ofrecimiento de aquel hijo suyo, y el 1 de junio de 1940 ...
Índice
- Portadilla
- Cita
- Índice
- Presentación
- Premisa
- Primera parte. Infancia y juventud (1914-1939)
- Segunda parte. Junto a san Josemaría (1939 - 1975)
- Tercera parte. Padre y pastor (1975 - 1994)
- Epílogo
- Cronología de Mons. Álvaro del Portillo
- Encarte fotográfico
- Apéndice documental
- Bibliografía sobre Álvaro del Portillo
- Créditos