Mendel el de los libros
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Mendel el de los libros

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Mendel el de los libros

Descripción del libro

Escrito en 1929, "Mendel el de los libros" narra la trágica historia de un excéntrico librero de viejo que pasa sus días sentado siempre a la misma mesa en uno de los muchos cafés de la ciudad de Viena. Con su memoria enciclopédica, el inmigrante judío ruso no sólo es tolerado, sino querido y admirado por el dueño del café Gluck y por la culta clientela que requiere sus servicios. Sin embargo, en 1915 Jakob Mendel es enviado a un campo de concentración, acusado injustamente de colaborar con los enemigos del Imperio austrohúngaro. Un breve y brillante relato sobre la exclusión en la Europa de la primera mitad del siglo xx.

"Mendel el de los libros es un librito delicioso, escrito con el mimo y la elegancia que caracterizan los retratos vieneses de Zweig".
Joan de Sagarra, La Vanguardia

"Estupendo relato, que les recomiento vivamente".
Manuel Rodríguez Rivero, El País
"Mendel el de los libros no sólo es un tributo al apasionante universo de la literatura, a los mundos asombrosos que se esconden en las páginas de los libros, sino también un homenaje al libro como figura material".
Victoriano S. Álamo, Canarias 7
"Un canto épico de los libreros, una sencilla historia de humanidad y un manifiesto antibelicista".
Ángel García Prieto, El Correo de Zamora
"Zweig refleja en este relato magnífico toda su nostalgia por la antigua Europa, plural, diversa y tolerante, cuya pérdida le parece irredimible".
Pedro Gandolfo, Revista de Libros (Chile)
"Una breve pero inolvidable novela que denuncia una infamia premonitoria: Zweig adivinaba quizá que Europa se empañaría con las negras nubes del oprobio y la desolación al escribir esta historia, quizá simple, pero no por ello menos creíble y sustanciosa".
Milenio (México)
"En un género tan transitado y en un tema por demás tan escrito, Mendel el de los libros se recorta con una verdad tan filosa que hiere desde los ojos hasta el corazón".
Luis Gusmán, Cuaderno Waldhuter

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Información

Editorial
Acantilado
Año
2020
ISBN del libro electrónico
9788417902599
Categoría
Literatura
De vuelta en Viena tras una visita a los barrios de la periferia, me vi inmerso de improviso en un chaparrón que, con húmedo látigo, perseguía a la gente obligándola a correr hasta los portales de las casas y otros refugios. Yo mismo busqué también, a toda velocidad, un techo que me amparara. Por fortuna, en Viena le espera a uno en cada esquina un café. De modo que huí al que se encontraba más próximo, con el sombrero que ya goteaba y los hombros empapados. Una vez en el interior, se reveló como el típico café de arrabal, con ese estilo casi esquemático, burgués, de los de la antigua Viena, lleno a rebosar de gente normal que consumía más periódicos que bollería, y sin los artificios tan de última moda en los cafés cantantes que en el centro de la ciudad imitan a los alemanes. En aquel momento—estaba empezando a oscurecer—, la atmósfera ya de por sí sofocante se veía jaspeada por espesos anillos de humo azul. Y, sin embargo, aquel café daba la impresión de estar limpio, con sus sofás de terciopelo visiblemente nuevo y su caja registradora de aluminio reluciente. Con las prisas no me había molestado en leer el nombre que ponía por fuera. Por otro lado, ¿para qué? De modo que me senté en aquel lugar cálido, mirando impaciente a través de los ventanales cubiertos de chorros azules a la espera de que la lluvia, inoportuna, tuviera a bien alejarse un par de kilómetros.
De modo que allí estaba yo, sentado sin hacer nada; a punto de caer en esa pasividad indolente que, como un narcótico, irradia todo auténtico café vienés. Con aquella sensación de vacío, me dediqué a contemplar a las distintas personas que se encontraban a mi alrededor. La luz artificial de aquel espacio lleno de humo marcaba unas sombras de un gris muy poco saludable en torno a sus ojos. Observé a la señorita de la caja, que con movimientos mécanicos alcanzaba al camarero el azúcar y las cucharillas para cada taza de café. Medio dormido, de manera involuntaria, leí los carteles del todo anodinos que colgaban de las paredes. Aquella especie de letargo casi me sentó bien. Pero, súbitamente, una extraña tensión me sacó de mi somnolencia. Una imprecisa inquietud despertaba en mi interior, como lo hace un pequeño dolor de muelas del que aún no sabe uno si procede de la parte izquierda o de la derecha, de la mandíbula inferior o de la superior. Tan sólo sentí una sorda impaciencia, una intranquilidad espiritual, pues de pronto—no sabría decir por qué—fui consciente de que ya debía de haber estado allí en alguna ocasión, hacía años, y de que algún recuerdo debía de unirme a aquellas paredes, a aquellas sillas, a aquellas mesas, a aquel espacio envuelto en humo.
Pero cuanto más me esforzaba por alcanzar aquel recuerdo, con mayor malicia y de modo más escurridizo se me escapaba, como una medusa, brillando incierto en el estrato más profundo de la conciencia y, sin embargo, imposible de atrapar. En vano fijé la mirada en cada objeto que había en aquel local. Es cierto que algunas cosas no las conocía, como la caja registradora con su resorte tintineante. O el revestimiento marrón de las paredes de falsa madera de palisandro. Todo aquello debían de haberlo colocado más tarde. Pero, sí, sin duda. Yo había estado allí en alguna ocasión, hacía veinte años o más. Allí perduraba, oculto en lo invisible como el clavo en la madera, una parte de mi propio yo hace tiempo soterrada. Haciendo un esfuerzo, dilaté y empujé todos mis sentidos por aquel espacio, y al mismo tiempo por mi interior. Y, sin embargo... ¡Maldita sea! No lograba alcanzar aquel recuerdo desaparecido, ahogado en mí mismo.
Me enfadé, como se enfada uno siempre que un fallo le hace ser consciente de la insuficiencia e imperfección de las fuerzas mentales, pero no perdí la esperanza de recuperar aquel recuerdo. Tenía claro que tan sólo necesitaba un minúsculo gancho al que poder aferrarme, pues mi memoria es de una índole particular, buena y mala al mismo tiempo. Por un lado, obstinada y tenaz, pero por otro también increíblemente fiel. Se traga lo más importante, tanto en lo que respecta a los acontecimientos como a los rostros, tanto lo leído como lo vivido, dejándolo con frecuencia en lo más hondo, en la oscuridad, y no devuelve nada de ese mundo subterráneo sin que uno ejerza presión, sólo porque así lo requiere la voluntad. Sin embargo, me basta el más fugaz asidero, una postal, los trazos de una caligrafía en el sobre de una carta, una hoja de periódico amarilla por el tiempo, y enseguida lo olvidado, como el pez en el anzuelo, resurge de un brinco de la fluida y oscura superficie, vivo y coleando. Entonces reconozco cada detalle de una persona: su boca y, en su boca, el hueco de un diente, a la izquierda, cuando se ríe. Y el tono ronco de su risa, y cómo al reírse se le contrae el bigote. Y cómo con esa risa surge otro rostro, diferente. Todo esto lo veo entonces de inmediato, en una panorámica completa, y años después recuerdo cada palabra que aquella persona me dijo en cierta ocasión. Pero, para percibir con los sentidos algo ocurrido en el pasado, necesito siempre un estímulo sensorial, una mínima ayuda de la realidad. Así que cerré los ojos para poder reflexionar de modo más intenso, para dar forma a aquel anzuelo misterioso y asirlo. Pero, ¡nada! Otra vez, ¡nada! Estaba enterrado y olvidado. Y tanto me irrité por lo chapucero y caprichoso del aparato retentivo que tengo entre las sienes, que habría podido golpearme la frente con los puños, tal y como se sacude una máquina tragaperras estropeada que, desleal, retiene lo que le pedimos. No, no podía seguir por más tiempo sentado tranquilamente. Hasta tal punto me excitaba aquel fracaso íntimo. Y de puro enojado me levanté para despejarme. Pero, es curioso, apenas había dado los primeros pasos por el local, cuando en mi interior se produjo, reverberando y centelleante, un primer resplandor fosforescente. A la derecha de la caja registradora, recordé, debía de haber una habitación sin ventanas, iluminada tan sólo con luz artificial. En efecto. Así era. Y allí estaba, empapelada de un modo distinto y, sin embargo, exacta en sus proporciones, aquella habitación interior cuadrada, de contornos imprecisos: la sala de juego. De manera instintiva, miré en derredor los diferentes objetos, con los nervios que ya vibraban de alegría. Enseguida lo sabría todo, sentí. Dos mesas de billar holgazaneaban allí como verdes ciénagas en silencio. En las esquinas había mesas de juego agazapadas, a una de las cuales estaban sentados dos consejeros o catedráticos jugando al ...

Índice

  1. Portada
  2. Mendel el de los libros
  3. ©
  4. Notas

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