
- 97 páginas
- Spanish
- ePUB (apto para móviles)
- Disponible en iOS y Android
eBook - ePub
El poder de la derrota
Descripción del libro
Una profesora novata que se enfrenta a su tarea en un instituto, un padre de familia que ha perdido todo lo que amaba y un sacerdote inmerso en una crisis vocacional, dibujan un trenzado narrativo donde el lector debe recomponer las fragmentadas historias, encontrar puntos de armonía e identificar las conexiones entre ellas. Tres historias relacionadas con la paternidad, entendida en sentido plural, incluyendo la maternidad, e incluyendo también la paternidad espiritual, no solo la paternidad física.
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Información
Categoría
LiteratureCategoría
Literature GeneralCuaderno del Hospital
Trascripción de las notas escritas por D. Luis Costa Fernández los últimos días de su vida, durante el mes de agosto de 1993, en el Hospital Provincial.
Todas las notas son comentarios míos.
Arturo.
I
Comienzo un nuevo cuaderno de notas coincidiendo con esta nueva etapa que la providencia me concede. Todos los anteriores quedaron destruidos por el fuego. Su destrucción me ha dejado un profundo sentimiento de paz, como una nueva oportunidad a mi conciencia.
Tras mi llegada, esta mañana, a la capellanía del hospital, mi corta conversación con el capellán, mi presentación a las Hermanas de la Caridad, la visita por el centro, tan complejo, tan desolador, una cárcel de sufrimiento y soledades, mis primeros contactos con los enfermos, la misa vespertina, mi toma de contacto con mi nuevo dormitorio y un largo rato de oración en la pequeña capilla; tras todas estas novedades me enfrento a un nuevo cuaderno, en blanco, esperando el desahogo de mi pensamiento y el ordenamiento de mis vivencias, acumuladas en mi espíritu como en un saco y que necesitan ser colocadas en su sitio, ordenadas y revisadas.
Llegué a la hora exacta a la que me habían ordenado. El capellán me recibió ostensiblemente contento, aunque algo contrariado por mi aspecto “integrista” (eso dijo). “Aquí le sobrará la sotana, hace mucho calor. Puede coger cualquiera de las batas del armario. El capellán de hospital debe vestir con bata, como el resto del personal sanitario, es la normativa. No necesitará esa sotana integrista”. Estaba muy contento de irse de vacaciones, de alejarse de la pesada tarea de escuchar confesiones de agonizantes y dar la Extrema Unción a quién ya no la necesita (según sus palabras). “Este es un trabajo inútil, así no se llega a ningún sitio, hay que trabajar en los medios, en las modernas plazas de la comunicación, en el foro donde se decide el futuro, no aquí, poniendo paños calientes en las heridas que ya no tienen remedio”. Y parloteando como una cotorra, sin dejarme hablar, sin preguntar nada, explicando los horarios y dónde estaban las cosas de la capellanía, entre lamentaciones por su trabajo en el hospital y suspiros por las ansiadas vacaciones. Aquí me dejó, con un mes por delante de capellán, sustituyendo a un cura de mentira que se fue de vacaciones huyendo de su sombra. Aquí estoy, obedeciendo la orden del obispo (él sabrá lo que se hace).
Este pobre chico, qué perdido estaba. Este fervor moderno por las vacaciones me deja claro la pérdida del sentido vocacional de paternidad sacerdotal que se ha cambiado por cierto sentido profesional que se traduce en que uno es sacerdote durante la jornada laboral, sacrificándose por los demás con ciertos derechos y obligaciones, y luego, fuera de la jornada establecida y durante el periodo vacacional uno se dedica a vivir su propia vida. Es no entender que su vida es ser sacerdote. Como si un padre ya no fuera padre fuera de las horas de trabajo ‘paternal’. Si los curas damos este ejemplo los padres de familia vendrán exigiendo vacaciones y durante un mes tendremos que cuidar a sus hijos o contemplar el espectáculo de verlos abandonados. Al fin y al cabo toda vocación no es más que la manifestación en una persona concreta y de una manera concreta del amor infinito de Dios y su invitación a amarnos como él nos ha amado. Y Dios no ama sólo de ocho a cinco, como un oficinista.
Me pregunto con qué vocación llegó este chico al seminario, incluso a la vida cristiana. Me viene a la memoria la palabra del Señor: “Yo soy el Buen Pastor, el que da la vida por las ovejas”. Seguro que si juntaran a todos los curas de la diócesis y les ordenaran un paso al frente a todos los que se sienten identificados con “Yo soy el Buen Pastor...”, la mayoría darían el paso sin pensar; algunos, como este pobre capellán, darían un salto, para que se les viera mejor, incluso se anunciarían por televisión (las modernas plazas de la comunicación). No faltarían los que se apuntaran a sí mismos con el dedo (¡el pastor que lava más blanco!) y compitieran para ver quién es el mejor de entre todos ellos. Sólo algunos pocos, conscientes de su propia miseria, se quedarían retraídos pidiendo perdón por sus pecados. Pero si la misma voz continuara la frase “... que da la vida por las ovejas”, ¿qué ocurriría? Dar la vida, de golpe, una sangre por otra. ¿Cuántos retrocederían ante un pelotón de fusilamiento que les asegurara la entrega de su vida por sus ovejas? ¿Cuántos renegarían de su calidad de “pastores”? Posiblemente casi todos; algunos lentamente, con ese miedo que se disfraza de prudencia y sensatez; otros dando brincos, ahora de terror; sólo algún valiente, seguramente de los que quedaron atrás antes, avanzaría con el temblor del que se sabe condenado. Condenado a morir por los demás. Esa es nuestra elección: morir por los demás, dar la vida por las ovejas. Esa es nuestra vocación sacerdotal, la ministerial y la real: los que debemos entregar la vida.
Me pregunto si repitiéramos el ejercicio con los obispos o con los padres de familia o con el personal sanitario, ¿cuántos están dispuestos a dar su vida realmente?
Las opciones son claras: o entregar la vida voluntariamente y dar fruto o esperar a que nos sea arrebatada contra nuestra voluntad y acabar estérilmente.
II
Un pobre hombre tenía en su cabecera una postal manida con un corazón de Jesús y la leyenda: “Corazón de Jesús, reina en España”. No me gusta. Creo que confunde. Cristo no reina en España, ni en el mundo, ni quiere hacerlo. Ese es el drama de la Iglesia y de los cristianos, añorando la cristiandad medieval. Querer que reine Jesús en este mundo es ir contra su propia voluntad: su reino no es de este mundo. Cristo nos anuncia la llegada del reino, que es vivir con él, pero no reinará en este mundo. Aquí Cristo no reina, aquí reina Satanás. ¿Es que no tienen suficientes pruebas? El príncipe de este mundo es el que manda aquí, es el que rige, el que ordena, el que dispone. Cristo no reina aquí (Mi reino no es de este mundo), ni reinará por ahora. Eso está claro, por eso es soportable el mal, porque es lo suyo, lo que corresponde a este mundo regido por el Malo, por el Príncipe de la mentira. Si se ve el mundo, España, este hospital, con los ojos de la fe, no se ve más que eso: un rebaño de sirvientes del Maligno obedeciendo sus órdenes. Porque los hombres están perdidos. ¿No es evidente? ¿De qué se escandalizan los cristianos? Este es el rebaño de Satanás: esclavos, enfermos, degenerados, dementes, violentos, avaros, maníacos, desgarrados, rencorosos, egoístas, mentirosos... bailando la música de desolación que canta la desafinada voz de Lucifer. Esta manada de perdidos sin remedio, que se destrozan unos a otros como animales salvajes y restriegan sus heridas en barro y en sal: esta es la humanidad, esos somos nosotros. Aquí no reina Cristo, aquí reina la muerte.
Negarlo es la cobardía de los cristianos encogidos y enclenques que abundan en las iglesias: en los bancos y en los púlpitos. Negar la miseria profunda de este mundo es negar su necesidad de salvación. Es negar el Evangelio, la buena noticia: “Ha llegado El Salvador”. Aquí viene lo apasionante de la tarea sacerdotal: vendar corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad... La raquítica altura sacerdotal de los ministros y del pueblo cristiano viene de creer esas sandeces nacional-católicas de que Cristo reina o debe reinar en España.
Las cosas son de otra manera. A Dios le gusta trabajar de otra manera. ¿No somos testigos de la victoria de Cristo sobre la muerte? Pero esa victoria es misteriosa y paradójica. Cristo muere, con gran humillación, en medio de un aparato ostensiblemente aplastante: Roma, el Sanedrín. Muere bien muerto, incluso es rematado, descendido, arrojado a la tumba, y la tumba, sellada. Y cuando Satanás se relamía de su victoria, entonces, sólo entonces, la tumba está vacía. ¡Muerte! ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde su victoria?
Así reina Cristo, en esa especie de destierro que es el fracaso. Nosotros seguimos esperando al Mesías victorioso que levante sus armas. Pero no. Estamos equivocados, no nos enteramos de nada, vivimos en la tramoya del príncipe de la mentira y creemos que el decorado es real. Qué desorientación la nuestra, qué absurda impostura. El fracaso es aparente pero es necesario. El fracaso es la manera que Dios tiene de mostrar su poder que sobrepasa todo nuestro sistema mental, nuestra miserable humanidad herida. El fracaso es el único camino que lleva a la victoria. El fracaso del hombre es la condición para la victoria de Dios. El fracaso es la victoria.
Nos resistimos a entender que este mundo, este montaje de Satanás, es FALSO. El fracaso en el mundo irreal en que vivimos es victoria en el mundo real, en el mundo de Dios. Vivir de la fe, en la fe, significa vivir literalmente en otro mundo (“Mi reino no es de este mundo”), en otro orden de realidades, que a los ojos de nuestros contemporáneos debe aparecer indefectiblemente como absurdo.
¿Es mi vida coherente ante los ojos mundanos? Entonces vivo en el terreno de Satanás. Si vivo en el terreno de Dios mi vida debe aparecer ante los demás como absurda. Eso significa fracaso, humanamente hablando, mundanamente hablando. Fracaso total, incluso vergonzante. Entonces iré por el buen camino. Sólo entonces.
III
Hoy se ha armado un buen lío. Me llamaron a asistir a un enfermo a la UVI1; quería confesarse. Fui para allá, me costó un par de vueltas encontrarla, la UVI; aún no me oriento muy bien en este laberinto. Finalmente, entre biombos donde las máquinas rodean a los enfermos, me indicaron el lugar del buen señor. Fue una confesión breve, él apenas podía hablar y estaba bastante sordo, pero intensa, puro ejercicio sobrenatural por ambas partes, por la mía y por la suya. Quedó en paz y perdonado. Recé un rato a su lado y le dejé durmiendo tranquilo. Luego me enteré que murió a las pocas horas.
Pero ese no fue el asunto del lío. Cuando volvía entre los biombos, el Espíritu Santo me dio un empujón de esos que acostumbra; de improviso, sin saber cómo, me metí en una de esas camarillas donde un tipo maduro reposaba bastante quieto con poca cosa conectada, un par de pantallitas y poco más. Le miré, me miró, sin decir una palabra. Le pregunté que si quería confesarse y allá que fuimos, a bañar una vida larga y pecadora en la sangre de Cristo, el cordero pascual que quita el pecado del mundo. Aquí sí que fluyó la palabra, el arrepentimiento y la misericordia. Quedó agotado, también medio dormido. Recé también un rato y le dejé mientras pensaba en la misteriosa e infinita misericordia del Padre, aguardando por el hijo pródigo. Justo entonces, al correr la cortina que cerraba la mampara, me asaltó una enfermera desencajada: “¿Qué hacía con este hombre?”, me gritaba iracunda. Ahí llegó el lío, allí empezó lo bueno: parece ser que llevaba varios meses en coma, casi vegetal. Habló conmigo y volvió a su estado de dormición. Esto fue hace tres días, hoy ha muerto. La familia está indignada, creo que van a demandarme, al parecer todos son bastante anticlericales. Al follón que me armó la enfermera se sumó el jefe de servicio, casi me echan a patadas de la UVI. Me llamó “gusano fascista y retrógrado” y “cucaracha inquisidora” (epítetos de lo más creativos y originales). En la puerta me crucé con una auxiliar de clínica, le propuse cambiar el letrero de la puerta y poner “U.V.I. Charitas”, parafraseando el himno latino2. Evidentemente no en...
Índice
- Portadilla
- Créditos
- Dedicatoria
- Contenido
- Amargura
- La profesora
- Carta del cura
- El trabajo
- Navidad
- Tareas
- Errante
- Impactos
- Segundo trimestre
- Dificultades
- Huida
- Confusión
- Semana Santa
- Paréntesis
- Buscando
- Tercer trimestre
- Crisis
- Hijo mío
- Cuaderno del Hospital