Textos de Historia del Arte
eBook - ePub

Textos de Historia del Arte

  1. 184 páginas
  2. Spanish
  3. ePUB (apto para móviles)
  4. Disponible en iOS y Android
eBook - ePub

Textos de Historia del Arte

Descripción del libro

Los textos de historia del arte están incluidos en los tres últimos libros de la Historia Natural. Pueden ser leídos de forma autónoma y constituyen una fuente imprescindible para el conocimiento del arte antiguo y de los tratados de arte anteriores a su redacción.?En sus escritos podemos encontrar, además, opiniones e ideas sobre el arte que pueden entenderse como opiniones e ideas de época: destacan la austeridad y el sentido de la utilidad de Plinio, la crítica del despilfarro, la moderación en el lujo, la admiración por las obras públicas... La presente edición de M.ª Esperanza Torrego ofrece una nueva y cuidadosa traducción, acompañada de un completo aparato crítico que facilita la lectura fecunda del texto de Plinio.

Preguntas frecuentes

Sí, puedes cancelar tu suscripción en cualquier momento desde la pestaña Suscripción en los ajustes de tu cuenta en el sitio web de Perlego. La suscripción seguirá activa hasta que finalice el periodo de facturación actual. Descubre cómo cancelar tu suscripción.
No, los libros no se pueden descargar como archivos externos, como los PDF, para usarlos fuera de Perlego. Sin embargo, puedes descargarlos en la aplicación de Perlego para leerlos sin conexión en el móvil o en una tableta. Obtén más información aquí.
Perlego ofrece dos planes: Essential y Complete
  • El plan Essential es ideal para los estudiantes y los profesionales a los que les gusta explorar una amplia gama de temas. Accede a la biblioteca Essential, con más de 800 000 títulos de confianza y superventas sobre negocios, crecimiento personal y humanidades. Incluye un tiempo de lectura ilimitado y la voz estándar de «Lectura en voz alta».
  • Complete: perfecto para los estudiantes avanzados y los investigadores que necesitan un acceso completo sin ningún tipo de restricciones. Accede a más de 1,4 millones de libros sobre cientos de temas, incluidos títulos académicos y especializados. El plan Complete también incluye funciones avanzadas como la lectura en voz alta prémium y el asistente de investigación.
Ambos planes están disponibles con un ciclo de facturación mensual, semestral o anual.
Somos un servicio de suscripción de libros de texto en línea que te permite acceder a toda una biblioteca en línea por menos de lo que cuesta un libro al mes. Con más de un millón de libros sobre más de 1000 categorías, ¡tenemos todo lo que necesitas! Obtén más información aquí.
Busca el símbolo de lectura en voz alta en tu próximo libro para ver si puedes escucharlo. La herramienta de lectura en voz alta lee el texto en voz alta por ti, resaltando el texto a medida que se lee. Puedes pausarla, acelerarla y ralentizarla. Obtén más información aquí.
¡Sí! Puedes usar la aplicación de Perlego en dispositivos iOS o Android para leer cuando y donde quieras, incluso sin conexión. Es ideal para cuando vas de un lado a otro o quieres acceder al contenido sobre la marcha.
Ten en cuenta que no será compatible con los dispositivos que se ejecuten en iOS 13 y Android 7 o en versiones anteriores. Obtén más información sobre cómo usar la aplicación.
Sí, puedes acceder a Textos de Historia del Arte de Plinio el Viejo, M.ª Esperanza Torrego en formato PDF o ePUB, así como a otros libros populares de Arte y Historia del arte antiguo. Tenemos más de un millón de libros disponibles en nuestro catálogo para que explores.

Información

Año
2019
ISBN del libro electrónico
9788491143192
Categoría
Arte

Libro 35, 1-30; 50-165





Introducción

Hemos mostrado con cierto detalle la naturaleza de los metales, fuente de toda riqueza, y de los elementos relacionados con ellos, y hemos conectado las cosas de manera que se ha hablado al mismo tiempo de la inmensa selva de la medicina, de los secretos de los talleres y de la minuciosa sutileza del arte de cincelar, esculpir o teñir. Quedan ahora algunos tipos de tierras propiamente dichas y de piedras, que forman grupos muy numerosos, a cada uno de los cuales se le han dedicado numerosísimos volúmenes, sobre todo por parte de los griegos. Nosotros en estos vamos a ser fieles a la brevedad, tan útil a nuestro propósito, sin omitir por ello nada propio de su naturaleza.
Primero diré lo que queda por añadir de la pintura, arte ilustre antaño –cuando interesaba a reyes y ciudadanos–, y que hacía célebres a los que consideraba dignos de pasar a la posteridad, pero que ahora se ha visto relegada totalmente por los mármoles y también por el oro, y no solo porque con ellos se cubran paredes completas, sino porque incluso cincelándolo con relieves e incrustándole en el dibujo vetas rojas representa el mármol figuras de cosas y animales. Ya no gustan los paneles pintados ni los espacios que dilataban los montes hasta la misma habitación: incluso hemos empezado a pintar la piedra1. Este procedimiento se descubrió en el principado de Claudio, mientras que en el de Nerón se introdujo la modificación de insertar unas manchas, que no estaban en los revestimientos originales, para dar veracidad al conjunto, de manera que se le añadían al mármól numídico2 unos óvalos y se marcaba el de Sínada3 con unas manchas color púrpura en la forma en que habrían querido los refinamientos que fuesen en la realidad. Estos son los sustitutos de las montañas cuando ya no satisfacen y no cesa el lujo de procurar que en caso de incendio se pierda lo más posible.


El retrato

Lo cierto es que la pintura de los retratos, por la que se transmiten a la posteridad representaciones extraordinariamente fieles al original, ha caído totalmente en desuso. Se dedican escudos de bronce, efigies de plata, sin rasgos que difieren a las figuras. Se cambian las cabezas de unas estatuas con las de otras, lo que ya hace tiempo provoca la proliferación de bromas en los versos satíricos. Hasta tal punto prefieren todos que se admire el material utilizado antes que el que se les reconozca. Y entre tanto, se tapizan las pinacotecas de pinturas antiguas y se admiran las efigies extranjeras, considerándolas dignas de honor solo en la medida de su precio; ello explica que el heredero las destruya y también que el lazo del ladrón las sustraiga. Así, al conservarse la efigie de un individuo, no perduran sus propios rasgos, sino los de su dinero. Las mismas personas decoran sus palestras y sus gimnasios con retratos de atletas y colocan en sus dormitorios la imagen de Epicuro4 y la llevan consigo cuando viajan. Celebran un sacrificio el día de su cumpleaños, y todos los meses, el vigésimo día de la luna, guardan la fiesta que llaman icada: esto es lo que hacen especialmente aquellos que ni siquiera estando vivos quieren que se les reconozca. Y así sucede, de hecho: la desidia ha destruido el arte, y puesto que no pueden existir retratos de las almas se abandonan también los de los cuerpos. Otro era el tipo de cosas que había en los atrios de las casas de nuestros mayores con el solo objeto de ser contempladas: no había estatuas de artistas extranjeros, ni bronces, ni mármoles; se guardaban en ornacinas individuales máscaras de cera, cuya función era servir de retrato en las ceremonias fúnebres de la familia y siempre, cuando alguien moría, estaban presentes todos los miembros de la familia que habían existido alguna vez. Las ramas del árbol genealógico discurrían por todas sus líneas hasta los retratos pintados. Los archivos familiares se llenaban de registros y menciones de los hechos llevados a cabo durante una magistratura. Fuera y en torno a los umbrales había otros retratos de almas ilustres que se fijaban junto con los despojos tomados al enemigo y que ni siquiera un nuevo comprador de la mansión podía descolgar; triunfaban eternas como recuerdos de la casa incluso si esta cambiaba de dueño. Esto suponía un enorme estímulo: el que las propias paredes echaran en cara cada día a un dueño pusilánime su intrusión en el triunfo ajeno. Queda constancia de la indignación de Mesala el orador5, que prohibió insertar en su gens el retrato ajeno de uno de los Levinios6. Una razón semejante hizo a Mesala el Viejo7 publicar aquellos famosos volúmenes que había compuesto sobre las familias, porque al atravesar el atrio de Escipión Pomponiano había visto que por adopción testamentaria los Salvitones –pues este era en efecto su sobrenombre– habían trepado hasta el nombre de los Escipiones para vergüenza de los Africanos8. Pero –que los Mesalas me disculpen por decirlo– incluso el hecho de usurpar los retratos a los ilustres era una señal de amor a sus valerosas cualidades y mucho más honroso que el que nadie apetezca merecer las de uno.
Tampoco se debe omitir la mención a un invento reciente: existe la costumbre de dedicar en las bibliotecas, si no en oro ni plata sí por lo menos en bronce, los retratos de aquellos de los cuales nos hablan en estos mismos lugares las almas inmortales; más aún, se imaginan incluso los de aquellos que no existen, y se materializan, de acuerdo con los deseos, rostros de los cuales la tradición no nos informa, como ocurre con el caso de Homero. No hay, en mi opinión, un rasgo mayor de felicidad para un individuo que el que siempre quiera saber todo el mundo cómo fue en realidad. En Roma esta costumbre fue inventada por Asinio Polión, el primero que, al fundar la biblioteca, hizo de los genios de la humanidad patrimonio público9. Si tuvo como antecesores a los reyes de Alejandría y de Pérgamo, que rivalizaron en crear bibliotecas a cual mejor, no es fácil de decir10.
Testimonios de que en otro tiempo existía un ardiente amor por los retratos son el famoso Atico, amigo de Cicerón, que publicó una obra sobre este tema11, y M. Varrón, que tuvo la buenísima idea de insertar en su fecunda obra12 unos setecientos retratos de hombres ilustres, impidiendo así que desaparecieran sus figuras o que el paso del tiempo prevaleciera sobre los hombres; se le puede considerar inventor de un regalo que incluso provocó la envidia de los dioses, porque no solo les confirió la inmortalidad, sino que hizo también que fueran conocidos por todas las tierras, de manera que podían, como los dioses, estar presentes en todas partes. Y esto se lo hizo a personas que no le eran cercanas.
Pero el primero en consagrar a título privado los escudos en un lugar sagrado o público fue, según mis informaciones, Apio Claudio, que fue cónsul con P. Servilio el año 259 de Roma. En efecto, situó a sus mayores en el templo de Belona13 y tuvo a bien que se les viera en un lugar alto con los títulos de sus cargos honoríficos para que se pudieran leer, espectáculo honroso sobre todo si una turba de hijos en retratos en miniatura muestra algo semejante al nido de la descendencia: nadie miraba tales escudos sin gozo y aprobación.
Después de este, M. Emilio, colega de Q. Lutacio en el consulado colocó los suyos no solo en la Basílica Emilia14, sino también en su casa, y esto siguiendo el ejemplo militar. Efectivamente, la parte central de los escud...

Índice

  1. Índice
  2. Introducción
  3. Libro 34, 5-93; 140-141
  4. Libro 35, 1-30; 50-165
  5. Libro 36, 9-54; 64-125; 171-179; 184-189
  6. Apéndice